Ópera

© Sonia Rosado

 Sonia Rosado/

Rozábamos noviembre, sin embargo el verano se resistía a abandonarnos. El calor nos obligaba a descubrir la piel de las extremidades apenas dos horas después del amanecer y nos empujaba a buscar la sombra en las horas centrales del día, hasta que por fin, a la caída del sol, un viento amable suavizaba la temperatura; era el momento propicio para lanzarse a la calle, y recorrer con calma el Madrid cosmopolita invadido por las más variopintas almas, las cuales a menudo se espejaban en los cristales de la ciudad. Su reflejo me entretenía, al menos lo suficiente para conseguir olvidar un poco esa tristeza agria adherida a mi corazón: mi hija llevaba ya más de diez años desaparecida. Y aquella tarde, mientras mi esperanza se marchitaba, uno de los vidrios del caparazón de la estación de tren, en la Puerta del Sol, me devolvió, en forma de feo y compungido rostro, la viva imagen de la depresión. Y entonces lo vi claro, como el río de lágrimas que pugnaban por salir. En el reflejo de mi propia imagen encontré la solución: El meditador. El meditador callejero.

Me lo presentaste hace tiempo, pero no le había vuelto a ver desde que su nombre se diluyó en la originalidad de su apodo. Sabía cuándo y cómo encontrarlo, conocía el momento y el lugar exacto por las notas de tu diario. Alcé la vista hacia el reloj de la Casa de Correos, aún estaba a tiempo, antes de que se replegasen los últimos rayos de sol y el asfalto acerado dejase de reflejar las alargadas sombras de los coches y las anaranjadas siluetas de los peatones.

Emprendí la bajada de la calle del Arenal, un trazado en línea recta de un mapamundi cultural, donde se superponían sonidos de Babel mientras decenas de móviles se elevaban en el cielo para inmortalizar el talento de los artistas que, llegados desde los cinco continentes, habían roto límites y fronteras y compartían metros de calle abarrotada de gente. De repente Rusia estaba al lado de Japón y, alrededor de un ninja suspendido en el viento, giraba una pareja de bailarines de ballet ejecutando, con asombrosa agilidad y aparente sencillez, movimientos antinaturales del cuerpo. Giros imposibles de cadera, piruetas en el aire, saltos con las puntas de los pies… y el cuerpo no se les rompía, eran pájaros humanos, y en ocasiones estatuas, en una posición tan estática, que a la bailarina no se le movía un ápice la tela del vestido. Italia cantaba junto a Brasil, la ópera desafiando a la samba; el violín chillando a la guitarra; la arrogancia del O sole mio de una mujerona napolitana eclipsaba la dulce voz de la negrita carioca que bien podía haber lucido un traje carnavalesco y se había decantado, erróneamente, por un look moderno. Continué atravesando aquel mágico maremágnum hasta toparme en Ketama con los tambores secretos de hachís y vivir, un poco más al este, el espectáculo de los guerreros maoríes, cuyos tatuajes brillaban, bajo sus antorchas de fuego, en Nueva Zelanda, última parada antes de mi destino final: la Plaza de Isabel II, la plaza de la reina que servía de cobijo a las personas «sin techo», instaladas con sus cartones, sus mugrientos colchones, sus litronas vacías y sus mantas raídas frente a la verja metalizada de un viejo cine abandonado.

Llegué antes que tu amigo para conquistar el espacio de pavimento donde medita, desde hace doce años, y enseguida lo percibí: un remanso de paz urbano. Apareció de repente, pelo cano, delgado, vestimenta de lino blanco. Me miró, con sus pequeños ojos aristotélicos, y escribió con tiza blanca, sobre las grises baldosas, una de sus frases sabias: «La razón sin amor está muerta, el amor sin la razón camina ciego».

Me confesó que no recordaba mi nombre: Carmen. En cambio yo me acordaba muy bien del suyo, porque se llama como uno de los personajes «shakesperianos»: Orlando.

Sentados en el suelo, él sobre una manta, yo sobre una toalla prestada, cerramos los ojos. Al instante los sonidos de la plaza giraban a nuestro alrededor, nos envolvían, pero pronto dejamos de «oírlos», los fusionamos con la propia meditación.

Y entonces te veo.

Te toco en el aire con mis dedos viejos: tus mejillas de niña, sonrosadas, y tus rizos tiernos.

Recuerdo el color de la sangre en las sábanas, el día que te hiciste mujer.

Las horas de estudio, encerrada en casa, engullendo páginas de Historia.

Tu boda, con Marcos… y después tu empeño por remendar, pegar, hilar, fragmentos, pedazos de nuestras vidas rotas.

Sufrimiento y dolor, el abismo, la derrota y la muerte.

La revelación de nuestro don, el más codiciado del mundo.

Y la desesperación en tu voz, mi sol, la última vez que hablé contigo:

«Mamá, han hackeado mi móvil, y mi computadora.

Han secuestrado mi correo.

A partir de hoy desaparezco.

Pero volveremos a vernos.

Busca entre mis recuerdos».

Y lo hice, Alma. Durante largos años. Busqué entre las páginas de tu diario y entre las fotografías de tus viajes. Y solo hallé silencio, ni una sola pista de cómo encontrarte. Ni instinto de madre, ni premonición, ni tan siquiera el don, que parecía dormido. Andaba perdida, sin saber dónde hallarte. Tampoco podíamos arriesgarnos a darles sin querer tu dirección, de haberla obtenido. A nosotros también nos vigilaban, nos espiaban, nos revisaban el correo, hasta que de pronto dejaron de hacerlo. Entonces llegó el momento de aventurarse, de revisar cada palabra escrita por ti, de encontrarle significado oculto a cada verso, a cada frase. Y viajamos, mucho, por la geografía de tus fotos. Y otra vez el silencio, y el vacío inconsolable y yermo.

Pero espera un momento…

Porque ahora, sentada en este duro cemento, con la mente, leo y miro de nuevo.

Y ahora sí, se despierta mi don, ante las instantáneas de Madrid colgadas en la pared de tu dormitorio: imágenes de las calles que te gustaba recorrer, y de sus artistas callejeros, como estos que acabo de ver. Y… se me eriza la piel.

Me levanto y corro. Corro a buscarte, traspasando los límites y las fronteras, esta vez a la inversa. Atravieso en segundos la isla oceánica, la ciudad marroquí de Ketama, Brasil, Italia… Pero no llego a Rusia, ni tan siquiera a Japón. He decidido, por puro instinto materno, establecerme en Italia. Dejo que la soprano napolitana termine su canción.

En cuanto me vio chisporrotearon sus ojos dorados, y su boca tembló.

Llevo una eternidad esperándote.

¿Cómo dices?

¿Eres Carmen, no?

Sí, soy yo.

De la funda del violín de su músico extrajo un libro. Mi rostro acaparaba la portada.

Es una novela, me dijo. Como la que tu familia y tú escribisteis para tu hija Alma.

Bendije nuestra imaginación. Habías respondido a la llamada. Habíamos establecido, por fin, nuestro propio y secreto sistema de comunicación.

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