Sierpe de amor

Pero ¿a quién amas, dime?
Tendida en la espesura,
entre los pájaros silvestres, entre las frondas vivas,
rameado tu cuerpo de luces deslumbrantes,
dime a quién amas, indiferente, hermosa,
bañada en vientos amarillos del día.

Si a tu lado deslizo
mi oscura sombra larga que te desea;
si sobre las hojas en que reposas yo me arrastro, crujiendo
levemente tentador y te espío,
no amenazan tu oído mis sibilantes voces,
porque perdí el hechizo que mis besos tuvieran.

El lóbulo rosado donde con diente pérfido
mi marfil incrustara tropical en tu siesta,
no mataría nunca, aunque diera mi vida
al morder dulcemente solo un sueño de carne.

Unas palabras blandas de amor, no mi saliva,
no mi verde veneno de la selva, en tu oído
vertería, desnuda imagen, diosa que regalas tu cuerpo
a la luz, a la gloria fulgurante del bosque.

Entre tus pechos vivos levemente mi forma
deslizaría su beso sin fin, como una lengua,
cuerpo mío infinito de amor que día a día
mi vida entera en tu piel consumara.

Erguido levemente sobre tu seno mismo,
mecido, ebrio en la música secreta de tu aliento,
yo miraría tu boca luciente en la espesura,
tu mejilla solar que vida ofrece
y el secreto tan leve de tu pupila oculta
en la luz, en la sombra, en tu párpado intacto.

Yo no sé qué amenaza de lumbre hay en la frente,
cruje en tu cabellera rompiente de resoles,
y vibra y aun restalla en los aires, como un eco
de ti toda hermosísima, halo de luz que mata.

Si pico aquí, si hiendo mi deseo, si en tus labios
penetro, una gota caliente
brotará en su tersura, y mi sangre agolpada en mi boca,
querrá beber, brillar de rubí duro,
bañada en ti, sangre hermosísima, sangre de flor turgente,
fuego que me consume centelleante y me aplaca
la dura sed de tus brillos gloriosos.

Boca con boca dudo si la vida es el aire
o es la sangre. Boca con boca muero,
respirando tu llama que me destruye.
Boca con boca siento que hecho luz me deshago,
hecho lumbre que en el aire fulgura.

Vicente Aleixandre

La resurrección de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán fue un espíritu ávido de sabiduría, una mente abierta al conocimiento y al disfrute de la vida. Y, a pesar de ser una mujer del siglo XIX, vivió como quiso y escribió lo que le salió del corazón. Se separó discretamente de su marido, fumó, se emborrachó con los amigos y tuvo varios amantes. Reivindicó el derecho de la mujer a la educación y al trabajo, denunció la violencia de género y luchó con igual ahínco por su título de condesa que por un asiento en la Real Academia. Sedujo y se dejó seducir hasta caer en las garras de una pasión amorosa que condicionó su literatura. Sus relaciones con Benito Pérez Galdós, José Lázaro Galdiano y Blasco Ibáñez la embarcaron en la búsqueda de un amor ideal que nunca experimentó. Hoy resucito a esta ilustre escritora para asistir a una conversación con un joven de nuestro tiempo.

Es doce de mayo de dos mil veintiuno, estoy sentado en un banco de la calle Princesa cuando una figura negra se me acerca. «Una actriz contratada para la celebración del centenario de Emilia Pardo Bazán», pienso.

―Buenos días, rapaz ―me saluda―. ¿Puede decirme si esa estatua de ahí soy… quiero decir, ¿es la condesa de Pardo Bazán?

―Sí señora, es una estatua póstuma. Tiene usted además una cita célebre en el barrio de las Letras. Lo que no tiene, eso sí, es un muñeco en el museo de cera ―le sigo la corriente.

―Pues poca cosa, la verdad, para haber sido primera socia del Ateneo de Madrid, catedrática de la Facultad de Letras de la Universidad, consejera de Instrucción Pública y presidenta honorífica de la Real Academia Gallega. Al menos me ha reconocido usted a la primera. Pero entonces… ¿he muerto?

―Me temo que hoy es el centenario de su fallecimiento ―prosigo la farsa.

―¡Señor Dios de los Ejércitos! ¡Esto es cosa tuya! ―exclama mirando al cielo.

―Será más bien cosa de la ciencia ―replico yo.

―No me miente usted la ciencia, ni me suelte ningún disparate, que ya tuve bastante con Darwin y su absurda teoría de que el hombre desciende del mono ―dice examinándome con desconfianza―.Necesito averiguar qué ha pasado.

―Lo que necesita usted, de momento, es una mascarilla. ¿No ve que se acerca ya un policía? Tenga, tenga… ―le coloco con mimo una de color amarillo que chirría con el negro de un vestido que le llega hasta los pies y contrasta con el dorado de sus impertinentes.

―¿Pero qué es esto? ―protesta con recelo.

―Una mala noticia. Estamos en pandemia.

―¿¿¿Todavía???

―No, esta es nueva, made in China, para más señas.

―¡Dios de bondad! ―retrocede asustada. Y se me hace la luz: esa viejecilla recortadita y rechoncha, con el moño altivo y estola de piel, es la auténtica y genuina Doña Emilia Pardo Bazán. Así que decido aprovechar la oportunidad para conocerla. La tomo del brazo y nos encaminamos hacia los restaurantes de la Plaza Mayor. A nuestro paso, decenas de móviles inmortalizan a la condesa.

―¿Pero qué hace el vulgo? ―me pregunta con curiosidad.

―Retratarla.

―¿Con ese artilugio?

―Sí. Es un teléfono con cámara fotográfica.

―¡Qué asombroso cachivache! ―exclama complacida ante tanta admiración, sin sospechar que el interés de aquellas personas tiene más relación con el exotismo de su apariencia y la obsesión con Instagram que por su talento literario, el cual probablemente desconocen.

 ―Vaya, Doña Emilia, veo que el invento le agrada. Yo pensaba que a usted el progreso le resultaba amenazador.

―Bueno, es cierto que vi antinatural y con recelo el creciente confort de los aldeanos de mi época. No entendía cómo iban a pagar todas aquellas mejoras en su higiene, su indumentaria, sus viviendas… Sentí crujir las bases de la sociedad en una fractura que, además, habíamos iniciado las clases acomodadas. Sinceramente, creí que les hacíamos un flaco favor.

―Entonces… es cierto lo que he leído en algunos libros ―comento pensativo―. Que es usted una elitista, una hidalga con ínfulas de noble que cree que ser pobre está determinado por la biología (llegó a decir de Rousseau que había nacido «plebeyo» y que cometió el sacrilegio de no aceptar su condición); una condesa de título y no de sangre, que daba limosna y educaba a sus criadas, atribuyéndose el papel de civilizadora de la clase humilde; una católica exacerbada (aunque disfrutara infringiendo el sexto mandamiento) que justificó la Inquisición ante Víctor Hugo (quién sabe si solo por defender ante los franceses toda institución española); y una entusiasta patriota que llegó, en ocasiones, opinando como la mayoría de las personas de su clase, a restar importancia al racismo y al antisemitismo. «Vaya V. a llorar por unos cuantos judíos achicharrados en el siglo XVI!», le escribió a su amigo Luis Vidart en una carta. «Creemos en la superioridad absoluta de la raza indoeuropea, noble y preclara, capaz de las más altas y profundas concepciones a que puede arribar mente humana», manifestó en su obra La revolución y la novela en Rusia.

―Venga, venga, no exagere, y no se sulfure, que se le está hinchando la carótida y no es para tanto. Si además yo cambio fácilmente de opinión y sé reconocer cuándo me equivoco.  De todos modos, ¿no será usted un exaltado, un zanguango, un anarquista de esos que pierde la fe en cuanto tiene un golpe de suerte y le llueven los dineros? 

No respondo, pero la fulmino con la mirada. Nunca antes había experimentado yo tantos deseos de estrangular a nadie. No me extraña que Zorrilla la llamase no ya la «inevitable», sino la «inaguantable». Y es que Emilia fue una mujer de grandes contradicciones, debido a la imposibilidad de conciliar su deseo de pertenecer a la nobleza (con privilegios y valores tradicionales) con sus ansias de feminismo y libertad.

―No se enfade usted, eh, no me haga la del humo y me deje aquí plantada. Que quizá tenga algo de razón, y de ahí venga el poco afecto que me profesaban Rosalía de Castro (su marido me odiaba) y Concepción Arenal. Menos mal que conté con la amistad de Blanca de los Ríos, con la que compartí, por cierto, el interés por la figura de «Don Juan».

Al final me calmé. La condesa poseía, después de todo, una apertura de miras inusual para su condición y su tiempo. Como decía Pavlovski, Doña Emilia era «una mujer buena y audaz que no deseaba mal a nadie».

Sentados a la mesa de un bar castizo, pedimos, por insistencia de la condesa, algo extravagante: champagne y chuletas. Apenas diez minutos después, más divertida que un sainete, inicia una interminable disertación.

―Verá usted, en la España de entonces no era útil hablar de derechos ni adelantos femeninos, despertaba más interés saber cómo se preparaba el escabeche de perdices. Ahí no había sufragistas, ¿sabe usted? Y sin embargo ahora ¡la mujer lleva pantalones! ―exclama entusiasmada―. Hace un siglo no podía decir ni la vigésima parte de lo que pensaba de mi sexo en la sociedad y ante la ley. Pues ahora me voy a despachar a gusto: soy una radical feminista; creo que todos los derechos que tiene el hombre, debe tenerlos la mujer…

El camarero se acerca con la prensa, que Doña Emilia, hambrienta de noticias, le había solicitado.

―¡Cómo está el panorama! ―dice al cabo de un rato―.La política ha cambiado poco o nada.

―¿Por qué lo dice?―pregunto con curiosidad.

―Porque seguimos con las dos Españas, y con los mismos tejemanejes y la misma mezquina cuchipanda de egoísmos, codicias y ambiciones.

―Hombre, condesa, algo habremos avanzado. Ilústreme, ¿usted en qué bando militaría?

―Pues mire, yo he ido dando bandazos desde mi juventud, fui liberal por influencia de mi padre y luego carlista cuando me casé. Llegué incluso a viajar a Londres con mi marido para comprar armas con el oro que oculté en mi sostén. Pero ahora no elegiría ni el bando de los liberales ni el de los conservadores, sino un justo medio entre estos dos polos imposibles de reconciliar.

―¿Y en cuanto a la forma de gobierno?

―Las formas de gobierno no tienen tanta importancia para mí como los estados de cultura. Si viera una república presidida por una mujer sería partidaria de la misma.

―Una república, ¿usted? ¿No se habrá dejado influir por su amante republicano?

―¿Pero sabe lo de Galdós?

―Se han publicado las cartas amorosas que usted le escribió.

La condesa se ruborizó.

―No se apure, el deseo de Galdós de comerle los pechos es hoy en día un erotismo tibio.

―Pues no fue tibio el amor que yo sentí por él.

―No debió serlo, porque la pasión por Benito Pérez Galdós puso en jaque su enconado catolicismo.

―Así fue, pero ¡qué desengaño con Benito! Yo quería una relación entre iguales, basado no solo en el amor, sino también en el intelecto y la mutua admiración. En cambio él prefería una mujer que se ajustara más a los estereotipos del momento sobre la dama decente, la madre cristiana, «el ángel del hogar» o la amante inferior dependiente y entregada. Vamos, que yo tenía que serle fiel y consentirle a él sus otras relaciones y aventuras. ¡Qué mal encajó mi infidelidad con José Lázaro Galdiano!

―Sin embargo, fue precisamente a raíz de ese desliz cuando más se encaprichó de usted.

―Sí, después de confesarle mi aventura fue cuando declaró que me amaba, porque hasta entonces… sexo y poco más. Me acosté con Galdiano por abandono y por despecho, pero cuando Benito expresó lo mucho que me quería juré serle fiel.

―A mí me impresionan las cosas que usted le escribió: «Yo me acuesto contigo y me acostaré siempre […] porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro».

―Fíjese si le quise, que le regalé el manuscrito de una de mis obras de teatro, El sacrificio, para que me perdonase el desliz con Lázaro. Benito la estrenó con el nombre de La casa de la loca. ¡Y tuvo buena acogida entre el público, qué ironía! Porque todas aquellas obras teatrales que presenté con mi nombre fracasaron. Sin embargo, todas las de Benito se «aceptaron», aunque ambos innovásemos en el modo de escribir teatro y hablásemos de los mismos temas.

―Y a pesar de todos sus esfuerzos no fue usted correspondida por tan ilustre varón.

―No. Después de aquel viaje por Europa, en el que vivimos como un matrimonio, Benito comenzó a alejarse de mí.

―Hasta el punto de tener una hija con Lorenza Cobián.

―Ay hijo, sí, tuvo una niña con la Peluda. Así que, yo, que aspiraba a una relación a lo Harried Taylor y Stuart Mill, me quedé con las ganas. Lo suyo sí que fue un matrimonio, con todas las letras.

―Bueno, Doña Emilia, quizá buscar el amor ideal sea una Quimera. Así que mejor de Blasco Ibáñez ni hablamos.

―Mejor, mejor… Pero, volviendo a Galdós… ¿Puede usted creer que, a pesar de todo, mantuvimos la relación de amistad hasta el final? Después de las cartas de amor nos pasamos a otro tipo de correspondencia. Nos comunicábamos a través de nuestras obras, expresábamos a través de ellas lo que sentíamos el uno por el otro y cómo creíamos que debía ser la relación amorosa entre hombre y mujer. Tiene usted como ejemplos mi novela Insolación, Morriña y Memorias de un solterón, y por parte de Benito La incógnita y Realidad; asimismo «discutíamos» sobre el papel de la mujer en la sociedad. Teníamos una visión diferente, la suya era patriarcal, y cuando se atrevía a reivindicar la libertad de la mujer, esta no llegaba por ejemplo hasta la emancipación económica, algo fundamental para mí. Por tanto, yo le replicaba. Escribí una crítica de Tristana y la obra de teatro Cuesta abajo en contraposición a El abuelo.

―O sea, que fueron ustedes como el dúo Pimpinela ―digo en voz baja.

―¿Decía usted algo? ―pregunta la condesa.

―Nada, nada, que quizá sea hora de ir buscando un jesuita que nos desvele el misterio de su resurrección.

―¿Podríamos antes pasarnos por la peluquería? Es que tengo el capricho de ser rubia, como me pintó Vaamonde. Y ya conoce usted el dicho: ¡Solo se muere una vez!

Viktor Frankl: «La salvación del hombre se produce a través del amor y en el amor»

Sonia Rosado

Titulo este post con una cita en memoria del neurólogo y filósofo austriaco Viktor Frankl, que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. En 1946, a partir de esa experiencia, publicó el libro EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO, que más tarde se convertiría en un best seller.

CON SAN VALENTÍN «A LA VUELTA DE LA ESQUINA» REFLEXIONO SOBRE EL MISTERIO DEL AMOR

Los mecanismos del amor son un misterio, como lo es la vida en sí. ¿Por qué vivimos, por qué amamos y por qué morimos? Nos regimos por deseos y fuerzas incomprensibles, y nuestra existencia misma depende de ellos.

Amar y ser amado es una necesidad biológica para la reproducción y para la supervivencia. El ser humano está diseñado para la «autotrascendencia», es decir, para relacionarse, aparte de consigo mismo, con el resto de seres vivos. Por eso experimentamos un ansia de «fusión» con la persona amada, pues el amor es el deseo y la búsqueda de la «totalidad». Además enamorarse de alguien facilita que nos mostremos más amorosos con el resto de personas. El corazón es «glotón» y gusta de tener varias personas a quien amar.

Es imposible, o al menos muy difícil, resistirse al deseo, a la emoción y al sentimiento del amor. De hecho no solo nos enamoramos una vez, sino que nos enamoramos una vez tras otra.

Dicen que el amor todo lo cura y todo lo puede. Quizá sea así, puede que el amor nos «salve», puesto que es un acicate que nos anima a seguir adelante, a pesar de las dificultades, a pesar de las adversidades. Porque el amor es sinónimo de dicha, de júbilo, de plena felicidad. Pero ¡ojo!, aunque el amor es eterno en su universalidad, no lo es sin embargo en la concreción de una determinada persona. Con el tiempo podemos dejar de desear y/o de amar a alguien en particular. El amor es efímero como lo es nuestra propia existencia. Y la pérdida de un ser querido, ya sea por la rotura del vínculo amoroso o por la ineluctabilidad de la muerte, provoca el dolor más agudo y el sufrimiento más intenso. Y es que el amor es fuente inagotable de placer siempre que consigamos mantener el vínculo o «encendida la llama». Porque, seamos honestos: para amar hay que tener agallas. El amor necesita esfuerzo, empeño, mimo. El amor es como una delicada planta a merced del viento, de la lluvia, de la nieve y de los cambios bruscos de temperatura. Hay que saber cuándo regarla, cuándo y cómo protegerla, cuándo y en qué manera trasladarla a un nuevo entorno. Pues así igual se debería hacer con el amor, porque la gente cambia, las personas crecemos, maduramos, nos adaptamos a la vida y la vida se adapta a nosotros. Nuestras trayectorias vitales están sujetas a frecuentes cambios e interrupciones, y por lo tanto también lo están nuestros afectos, que deben ir adaptándose a las nuevas circunstancias y quizá, además, a nuestra «nueva identidad», pues nunca dejamos de evolucionar psicológicamente. Por tanto, la forma más fidedigna de medir nuestro amor hacia alguien es la disposición que mostramos a integrar a este ser amado en nuestra vida a medida que este o nosotros mismos nos transformamos.

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EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO

SONIA ROSADO

Empieza a leer «Ojalá me ames»

«Un libro entretenido y profundo. Personajes que desean y aman, que nos muestran sus miserias, sus renuncias, sus heroísmos y la consecuencia de sus acciones»

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OJALÁ ME AMES

Sonia rosado

El don más codiciado del mundo

Si ya has leído el libro de relatos OJALÁ ME AMES (en caso contrario pincha aquí) y has quedado poderosamente atraíd@ por los personajes y la intrínseca realidad de sus respectivas historias, ahora puedes disfrutar también de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO, la primera novela de la saga.

SINOPSIS

Alma, poseedora de un increíble don, ve peligrar su vida. Gente muy poderosa la busca para utilizar sus habilidades en beneficio propio. Por eso decide desaparecer sin dejar rastro, no solo para salvarse ella, sino también para alejar el mal de sus seres queridos. Pero su familia no se resigna a perderla. Sin saber si está viva o muerta, pasan diez años tratando de encontrarla, con todas las precauciones, pues en la era digital, donde todos podemos ser espiados y controlados y el correo postal es susceptible de ser confiscado, temen revelar a los enemigos su paradero. Hasta que Carmen, la madre, idea un sistema de comunicación. Conociendo la pasión de su hija por las novelas, encarga la escritura de la historia familiar utilizando el diario de Alma y los testimonios de familiares y amigos. El libro, que deciden titular «Si la muerte es la nada» tiene por tanto este propósito: enviar un mensaje a Alma.

Alma es una mujer aturdida, invadida por su historia, una mujer rota por el pasado. La opresión del ambiente en el que vive llena cada uno de los espacios, la atmósfera viciada la envuelve. La guía el amor, llevándola hasta personas oscuras por callejones sucios. La pasión la consume, y solo ve una luz pequeña a la salida del túnel. La enfermedad que muestra la muerte, y la búsqueda de la cura por cualquier medio, la arrastran hasta los bajos fondos de las ciudades y relaciones, siempre con las ansias de vida como bandera.

FRAGMENTOS DE LA NOVELA

«He escrito esta novela solo para encontrarte. Porque nadie sabe dónde estás. Hay quien dice que nos cuidas desde el más allá. Pero yo sé que estás viva. Perdóname por investigar tu vida, por entrevistar a familia y a amigos […] Perdóname por desvelar secretos, mentiras, engaños, por convertir en palabras los sentimientos, los tuyos, los míos, los de todos […] Esta novela es para ti, Alma, para que en ella puedas reconocerte, y reconocernos, en cada letra de cada página, por si llega a ti tan solo un fragmento o, por si en el caso de que nunca llegues a leerla, alguien algún día pueda contarte el argumento, y con ello, sin saberlo, te relate tu propia historia. Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»

«Alma, has encontrado la fuerza para viajar, a pesar de cómo te sientes, a pesar de lo que sientes. Has encontrado la fuerza para imponerte, para volver a ser tú, porque has dejado de ser tú, hasta tal punto que deseas secretamente que te arranquen la cabeza, con saña.

Pides que la golpeen, que la trituren, que la quemen, que la entierren, así estás de atormentada. Necesitas una nueva cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones. Ya no quieres tu cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones.

Hasta que tomas conciencia de que debes salir de ese embobamiento irracional, de ese atontamiento carnívoro que te oprime, porque otra persona, más merecedora de ello, necesita de toda tu energía.

Parodójicamente ves la salvación en otro veneno. Coges un avión y te largas.

Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»

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OJALÁ ME AMES: el libro de relatos

Es el libro de apertura de la saga. En él conocerás a los personajes y sus respectivas historias. Y si te quedas con ganas de más puedes leer también las siguientes novelas de la saga: El don más codiciado del mundo y La novia roja y el mal del Caribe.

Seducción, pasión, intriga, aventura, misterio, e incluso humor, son los ingredientes principales de estos relatos cortos donde los protagonistas luchan por la conquista del ser amado. Todos ellos viven por amor, sufren por amor, traicionan por amor, e incluso matarían o morirían por amor, por todas las formas de amor. Por el filial, por el fraternal, por el sexual, y sobre todo por el romántico, esa adictiva droga, ese virus pasional, que puede dinamitar la felicidad. Carmen y Laura ven sus vidas lastradas por la ausencia de sus seres queridos, Aziz reniega de su religión, Alma quiere que le arranquen la cabeza, Ángel combate el desamor como un guerrero solidario y Mariví guarda un oscuro secreto. «¡Ojalá me ames!», «¡Ojalá algún día me ames!», es su grito de guerra y su más íntimo deseo.

Los lectores han dicho…

«Escrito con un gusto exquisito que te hace devorar cada página como si no hubiera un mañana, una narración hermosa.»

«Las historias y el estilo poético arrebatador de la autora enganchan desde el principio.»

«Lectura fresca ideal para reflexionar sobre el poder del Amor.»

«Como la vida misma. Breve pero intenso.»

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MADRID: Tour literario gratuito

Si estás leyendo este post quizá hayas leído también los relatos de OJALÁ ME AMES, y  si no es así, tienes ahora la oportunidad de descubrirlos de la mano de la propia autora, a través de un tour literario por el paisaje urbano descrito en el libro. Podrás conocer la historia de la vieja estación de Villaverde Bajo, el refugio para la gente sin hogar creado por EL ÁNGEL; pasear por el barrio de Lavapiés, donde Laura se reúne con Jairo, y por las calles del Amparo y del Calvario de CUENTO DISPARATADO. También podrás experimentar la meditación en la plaza de Isabel II (solo Tour Diurno), como lleva haciendo ya, desde hace muchos años, Orlando, el meditador callejero de ÓPERA; y disfrutar del ambiente bohemio de Malasaña (solo Tour Nocturno), uno de los escenarios de MI PADRE ES UN HÉROE y LA BÚSQUEDA DEL AMOR. Además durante el recorrido debatiremos sobre EL PODER DEL AMOR en todas sus manifestaciones y, como broche final, impartiré un mini taller literario y de autopublicación para todos aquellos que estéis interesados.

¡Déjate seducir por la magia de OJALÁ ME AMES y anímate a vivir el Madrid más auténtico y desconocido!

HORARIOS DEL TOUR

Tour diurno: comienza a las 9:30 h.

Tour nocturno: comienza a las 20:00 h.

PUNTO DE PARTIDA

Estación metro/tren Atocha Renfe, salida situada en frente del museo de Antropología.

GRUPOS

De 5 a 10 personas.

DURACIÓN

1,5-2 horas, dependiendo del tour elegido.

MEDIDAS COVID-19

Se mantendrá la distancia de seguridad de 1’5 metros entre los asistentes.

El uso de mascarilla es obligatorio durante todo el recorrido.

RESERVAS

A través de DM de Instagram a @lapacienciamarchita.

Enviando un e-mail a lapacienciamarchita@gmail.com

Adquiriendo una entrada gratuita en Eventbrite.

CALENDARIO SEPTIEMBRE

TOUR DIURNO: Próximamente…

TOUR NOCTURNO: Próximamente…

El pasado de Aziz


Cuando sus ojos morunos se topan por primera vez, en La Habana, con los bucles pelirrojos, la mirada ámbar, los pómulos rosados y la hermosa comisura de unos labios rojos coloreados por una mordida de preocupación, EL AMOR DE AZIZ se dispara. Ella es española, y su nombre: Alma.

—¿Qué significa Aziz?

―Hombre invencible y poderoso.

―¿En serio? ―Alma esboza una sonrisa irónica. Él se inclina hacia ella, hasta rozar con la boca la punta de su nariz. El aroma natural del árabe es el de las palmas datileras, dulce como el fruto y fresco como las hojas, y a Alma le resulta acogedor como un oasis en medio del desierto.

―¿Te burlas de mí, señorita?

―Por supuesto que no ―aparta el rostro avergonzada―. Pero dime, ¿cuál es tu historia?

La infancia

Zahra se ha levantado temprano para ordeñar la única oveja de la familia, regalo de uno de los vecinos del campamento de refugiados. El frío del alba estremece sus huesudas carnes, protegidas tan solo por el tejido de su melhfa y el grueso collar que adorna su piel morena bajo ella.

De vuelta al interior de la jaima sus manos infantiles agitan un cuenco grande de leche para obtener mantequilla, mientras sus grandes ojos negros vigilan atentos el menor movimiento de su hermano pequeño Aziz, que descalzo y semidesnudo, a pesar de la baja temperatura, da volteretas sobre la estera que cubre la arena. Su madre, Salka, prepara el té del desayuno con aire cansado, porque la guerra le roba noche tras noche el sueño, pues piensa a todas horas en el regreso de su marido y de sus dos hijos mayores; cincela en su memoria su recuerdo, una y otra vez, hasta más de cien veces al día, para no olvidar sus rasgos, para no olvidar el vigor de sus hijos y la mirada sabia de su marido; cuando cierra los ojos los ve salir de entre las dunas, caminando hacia ella vestidos con pantalones de guerrillero, el fusil al hombro y el turbante amarillo enrollado al cuello; muchas otras veces ve solo a su marido, con un elzam negro que cubre su cabeza y su rostro dejando solo al descubierto sus ojos, surcados de profundas arrugas, marcas indelebles similares a las líneas definidas por el paisaje de dunas.

Un grito desgarrado desvía la mirada de Zahra del cuerpecito escuálido de su hermano al rostro agrio y demudado de Salka, cuya mano ajada y temblorosa ha dejado caer la tetera al suelo para llevársela al corazón. El líquido caliente se esparce por la estera alcanzando uno de los piececitos del niño, que llora desconsolado aferrado a la melhfa de su madre. « ¿Qué te pasa madre?» «Hija, siento adentro de mí, no sé cómo, pues no puedo explicarlo, que algo malo, algo terrible le sucede a uno de tus hermanos», sigue con la mano en el pecho, en el lugar del corazón». « ¿Pero qué dices madre…?» «Espera Zahra, veo sus ojos… claros… sí, no me cabe duda, a tu hermano mayor le acecha el demonio.»

La adolescencia

A Aziz le pica la garganta, le cuesta respirar. Necesita a su madre, necesita de su abrazo y de su protección, pero no sabe dónde está. Y ahora su hermana Zahra le resguarda debajo de una acacia, un refugio tonto ante las bombas que caen del cielo. Quiere llorar, pero no lo hace. Su padre antes de marchar a la guerra le dijo que debía ser fuerte, que debía de cuidar de su madre y de su hermana. Pero él solo tiene siete años, y está viendo llover fuego, sangre, y pedacitos de gente. Aziz despierta de esta pesadilla, fruto del recuerdo de una vívida experiencia, a la vez que el sol abre sus ojos y calienta la arena escarchada. La luz baña la tierra seca y colorea las dunas bajas. La brisa crea el sonido metálico de las llantas colgadas en los barrios de la wilaya. Los animales se desperezan en sus corrales, el gallo canta, la cabra bala. La calidez del día es un huésped bienvenido dentro de las congeladas jaimas y los fríos muros de adobe de las casas. El agua comienza a hervir en las teteras mientras el pan se cuece en los hornos de gas. Los niños se levantan para asistir al colegio y las mujeres se preparan para realizar las tareas domésticas o para ir a sus respectivos trabajos en la escuela, en el centro de salud, o en los talleres de confección. Los hombres atienden su comercio, su ganado, o también su trabajo, aunque la mayoría son militares, porque allí no hay nada mejor que hacer que pensar en el futuro, un futuro cada vez más  amenazado por la sombra de una nueva guerra. Aziz piensa si podría ser como ese médico italiano, que ayuda a sanar los ojos de un niño, castigados por el viento y la arena, y a paliar la anemia de una mujer embarazada, a atajar o mitigar los males del desierto: asma, bronquitis, diarreas, bocio, fiebres, anemia, quemaduras del sol, malnutrición, deshidratación y todos los problemas en general derivados del castigo del sol, de la mala calidad del agua y de una alimentación pobre en verduras y frutas. Aziz piensa también si podría ser profesor, como el español que da clases de pintura en la escuela, y responde con paciencia a los niños que le hacen preguntas insólitas, porque muchos no saben dibujar el mar, ni los prados, ni las flores, ni las aves. Solo los que pasan los abrasadores meses de verano en España con familias de acogida, gracias al programa Vacaciones en Paz, conocen estas maravillas de la naturaleza y pueden hablar de la sensación de bañarse en la playa, de caminar por el campo, de oler las flores o de escuchar el canto de los pájaros. Aziz piensa, por último, si podría viajar a Cuba, la opción, sin duda, más difícil de tomar, ya que, aunque tiene las mayores ventajas, tiene también los mayores inconvenientes, pues los niños saharauis que estudian en la isla pasan allí más de una década, y al finalizar los estudios universitarios deben regresar a Argelia. El choque cultural con Cuba es impactante, allí aprenden a bailar salsa y a disfrutar de la libertad sexual. Las chicas usan minifaldas y bikinis y se echan novio, y algunos hombres tienen hijos con mujeres cubanas sin estar casados, algo impensable en la cultura saharaui; todo lo que en la isla se aprende es una falta de respeto para su religión. Luego viene el drama de abandonar para siempre a la pareja o a la familia cubana para volver al Sáhara. Y aclimatarse de nuevo a la vida en los campamentos es demasiado difícil, hay quien necesita muchos meses, otros nunca se habitúan. Además la carrera estudiada en Cuba no es útil en todos los casos, lo cual es muy frustrante, porque hay licenciados o ingenieros que acaban realizando tareas menores, muy por debajo de su cualificación. Aziz finalmente se decantará por esta última opción, no sin haber antes recapacitado. Se hará del Frente Polisario, acompañará a los activistas y asistirá a eventos de interés, cuya información reportará a la radio y a la televisión de la RASD. Viajará y gozará de cierta libertad, y lo mejor: disfrutará de las mujeres. Aunque de ellas no se pueda enamorar.