Ángel del desamor

Sonia Rosado/

Por favor, no borres esta conversación. Siento haberte ofendido. Estaba celoso porque otro va a darte la felicidad que yo siempre quise entregarte. No estaba preparado para oír que esperas un hijo de Jairo. Después de la noche que pasamos juntos comencé a albergar esperanzas de que dejaras a tu amante y volvieras conmigo. Fui un necio, lo sé. Y quizá lo siga siendo, al decirte esto: Estoy dispuesto a cuidar de ti, y de tu bebé, en caso de que Él no pueda hacerlo. Y quiero que entiendas por qué. Soy un hombre complicado, y nunca creí que pudiera amar a alguien, hasta que nos conocimos, intercambiando libros en la biblioteca, y entonces deseé que el destino nos permitiese también intercambiar anillos. Por eso, aunque mi color favorito es el negro, traté de hacer lo posible por llenar tu vida de color. Sobre todo porque me daba miedo perderte. No sabía que verte al lado de otro hombre sería aún peor, y que mataría lentamente cada célula de mi cuerpo. Tuve que resignarme, pero es muy duro tratar de olvidar a alguien con quien imaginaste pasar el resto de tu vida. Porque la gente cambia, la mente cambia, pero los recuerdos perduran. Me dijiste que me ayudaría el que me deshiciera de la foto tuya que llevaba en la cartera, pero no he podido deshacerme de tu imagen impresa en mi memoria. Y es que, aunque estés lejos de mis ojos, siempre estarás cerca de mi corazón. Solo recordar tu sonrisa me evade de todas mis preocupaciones. Contigo, hasta mis días malos eran felices. Ahora, incluso mis días más felices siguen estando vacíos. El tiempo pasado contigo me parecen minutos, mientras que cada segundo sin ti es como una hora, y pesa. Y cuanto más me pide mi cerebro olvidarte, más aumenta el amor en mi corazón. Quiero que entiendas, Mariví, que hay diferentes formas de amar, y que nadie te quiere como yo.
Me gustaría que leyeses algo, un relato que escribió, hace diez años, una de mis pacientes. Lo tomé prestado, porque de algún modo intuí que este momento llegaría. Y necesito que comprendas que yo soy el Aziz de nuestra historia. Te lo envío a continuación. Se llama RECUERDOS DE CAMA.

El amor de Aziz

 Sonia Rosado/

Tras ducharme rodeo mi cuerpo con una toalla y voy, no sin cierto pudor, a sentarme encima de la cama. Primero descubro mis hombros y luego, de espaldas a él, dejo caer la toalla a la altura de la cintura, exponiendo la herida infringida por el cuchillo del gigante y, aunque sé que él no los ve, me cubro los pechos con las manos. Espero paciente el tacto de un algodón sobre mi piel, pero no es esto lo que siento sobre mi persona, sino algo totalmente inesperado. Me pongo a temblar. ¿Es esto posible?

La forma en la que acaricia mi cabello pasando suavemente sus largos dedos entre mis mechones rizados, para consolarme, y la manera en que, a continuación, limpia con agua y jabón mi herida, como si mi piel fuese el delicado pétalo de una flor, me hace sentir que valgo algo, que soy un bien preciado, una mujer, un ser humano, y que importo, que a él, hombre desconocido, le importo.

Está anteponiendo mi bienestar a todo. Nada me ha preguntado, ni qué, ni cuándo, ni cómo, ni por qué. Ni una sola suspicacia, ni un solo juicio de valor.

Alzo la vista hacia la pared y sonrío ante El beso de Klimt. Me nace la imperiosa necesidad de saber más acerca de este misterioso musulmán, que desinteresadamente está vertiendo sobre mí toda la delicadeza del mundo, sin más pretensiones ni objetivo que  mimarme para hacerme sentir bien. Lloran por tanto mis ojos de emoción, y se desborda mi alma con la generosidad y la belleza de la Tierra, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos.

Me embargan una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo esto existía, que aún existe. Porque después de tanta pena, tanta rabia, tanto dolor y tanta lucha encarnizada contra el sufrimiento, encuentro un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, un oasis salvador en el inhóspito desierto.

Percibo cómo se pudren dentro de mí las frutas de una desconfianza y agresividad inconscientemente, durante este tiempo, cultivadas, y que en ocasiones habían salido irremediablemente a la luz, a pesar de mis esfuerzos por controlarlas. Yo, que he sido siempre tan dulce y tolerante, me había estado transformando, sin apenas percatarme, en un antipático gusano.

Ahora, la pureza de Aziz, la divinidad de las caricias con las que me prodiga y cura mis heridas, me conducen a una nueva metamorfosis.

Ahora, yo, Alma desgarrada, soy una prometedora crisálida.