Reflexiones de un seductor

Imagen de Leandro De Carvalho

Nada más entrar en mi alcoba me siento en el borde de la cama, llevándome las manos a la cabeza. Ahora soy consciente de que nunca he calculado las posibles consecuencias de utilizar a las mujeres; de que he ignorado con frecuencia sus sentimientos, alentados a veces por las propias expectativas románticas que he suscitado en ellas para lograr así mis objetivos. Y me doy cuenta de que únicamente me limito a tomar de las féminas lo que en cada momento necesito: acompañamiento, sexo, idolatría o todo ello a la vez. Todo menos amor. No busco enamorarme de ellas ni que ellas lo hagan de mí, aunque esto último es lo más habitual. No creo en el amor verdadero, único y eterno, como el que me han inculcado mis padres desde niño, o como el que promulgan las ñoñas películas de Hollywood. La experiencia me ha desvelado la evanescencia del amor, debida a la fugacidad de la admiración, de la pasión, de la confianza y de otros cimientos que a mi juicio lo sustentan. Naturalmente al principio me enamoré de Eli ―como de otras anteriormente―, aunque esta vez el sentimiento parecía más arraigado y me nació el instinto de serle fiel. Pero esta buena intención me duró pocos meses: hasta el día en que Alma apareció, con sus curvilíneas formas y su sonrisa perfecta. Y ahora sé que lo he hecho mal, que la ha cagado del todo. Es verdad que desde el primer momento le dejé claro a Alma los límites de la «relación», por llamar de algún modo a eso que pasaba entre nosotros con la, por otro lado incongruente, frecuencia de cada semana. «Quiero mucho a Eli y voy a casarme con ella, porque es una mujer para toda la vida. Es muy trabajadora, cariñosa, muy ama de casa, y con ella voy a tener muchos hijos.» Así tal cual y tan cristalino se lo había soltado. Pero debería haber sospechado que, por mucho que se lo advirtiera, el amor que ella sentía no iba a atender a razones, y menos con devaneo sexual, ahora ya totalmente consumado, de por medio. Así que pasado un tiempo Alma se creyó con determinados derechos, de pareja o de noviazgo, y esperaba muchos días que yo me quedara con ella después del trabajo en la oficina, e incluso albergaba la inútil esperanza de ir a un hotel o de hacer alguna actividad ociosa o romántica en fin de semana. «Vamos», pensaba yo, «Ni que fuera mi segunda mujer. Mi verdadera mujer me está esperando en casa.» Y sin embargo, en lugar de tener en cuenta los sentimientos de mi compañera de trabajo, en lugar de cortar por lo sano y de una vez por todas, hacía todo lo contrario: camelarla cuando me daba cuenta de que ella flojeaba. Y había flojeado en más de una ocasión, dando incluso el asunto por terminado; entonces yo reaccionaba yendo tras ella hasta conseguir tenerla de nuevo entre mis brazos. Sí, soy consciente del influjo que ejerzo sobre Alma. Y lo cierto es que me encanta. Me siento querido, admirado, deseado. Sé que ella haría cualquier cosa por mí, y me he aprovechado. Me he permitido el lujo de ser egoísta, no he podido evitarlo. Sé que un buen hombre no se habría comportado así con una mujer que tanto le ama, un buen hombre se habría alejado de ella. En cambio yo, Jairo Casado, no he querido renunciar a sus atenciones, ni a sus mimos, ni a su cariño, ni a sus caricias. Por eso siempre la he disuadido, con palabras envenenadas, cada vez que la he notado cansada de mí o verdaderamente desilusionada.

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