Fui muy temprano, a primera hora de la mañana. Vi en la entrada a dos jóvenes voluntarias que vendían rosas por un euro para ayudar a Haití, devastado por el fuerte terremoto de enero. Se me ocurrió la idea de regalarle cuatro de esas rosas a mamá, una por cada uno de sus hijos. Eran perfectas porque tenían lazos de raso con unas diminutas tarjetas de felicitación ideales para escribir nuestros nombres. Sabía que a ella le emocionaría el detalle. Sin embargo mis planes se frustraron al comprobar que las chicas no tenían cambio de cincuenta y tuve que conformarme con comprar solo tres, una por cada euro que llevaba suelto. Después subí a la habitación en la que Tito, adormilado por los medicamentos, descansaba bajo la cariñosa y atenta mirada de papá, sentado en un sillón al lado de la cama. En la mesa donde le servían la comida había una botella de agua mineral medio vacía. La utilicé como jarrón y la coloqué en el alféizar de la ventana. El sol matinal, vibrante en el cielo raso de Madrid, incidía sobre las flores intensificando sus diferentes colores: rojo, naranja y lila. Su agradable y fresco aroma contrastaba con el ambiente cargado y seco de la habitación poco ventilada. De repente la contemplación de esas tres únicas flores me produjo un desasosiego que debió de plasmarse en mi cara, porque papá me miró y comprendió al instante. Sin mediar palabra sacó un euro de su cartera y me lo entregó. Corrí en busca de las voluntarias, pero no las encontré. Se habían marchado ya o quizá habían cambiado de lugar. Volví a la habitación. Cuando mamá llegó al poco rato sentí un gran pesar al ver su mirada lánguida posada en las tres flores, esas tres únicas flores. Salió de la habitación con pasos apresurados, sin decirnos nada. Regresó veinte minutos después. Sus ojos sonreían ahora: traía en su mano ajada la cuarta rosa, de un color amarillo intenso. Les pusimos los nombres: Alma, Dulce, Diego, Tito. Elegimos para Tito la amarilla por su viveza, y para mí y para mis otros dos hermanos dejamos la ardiente roja, la noble lila y la plácida naranja. Aunque poco tiempo después la flor más viva fue la primera en marchitarse…
