México: Viaje sorpresa a Cozumel

Desde que Paquita me habló de Cozumel, la isla se adhirió a mi piel como un tatuaje. No podía desprenderme de ella, ni siquiera cuando mi labor de costurera requería de mi máxima atención. Al despertar me asomaba a la ventana y, en lugar de las cuatro palmeras raquíticas que adornaban la avenida, veía enormes cocoteros brillando bajo el sol. Desayunaba bizcochos dorados como las arenas del mar y un zumo turquesa dulcísimo, mezcla de arándanos con papaya y otras frutas tropicales. En momentos nostálgicos arramplaba con todas las botellas de zumo disponibles en el supermercado y regresaba a casa, rauda como un leopardo, a llenar la bañera con el líquido azulado. A veces, incluso, sacaba a mis peces naranjas del acuario y los arrojaba al néctar de la bañera; algunos, pobres, perecían al instante y ascendían a la superficie, donde flotaban como nenúfares. 

Me vestía siempre con prendas algodonosas que yo misma confeccionaba. Alternaba la ropa cada día, atendiendo a las necesidades del alma. Si el espíritu se levantaba aventurero me ponía pantalones de bolsillos, chaqueta sahariana y sombrero. Si el corazón latía romántico me metía por la cabeza el vestido blanco, con bordado de flores en la cintura, y me colocaba una orquídea en el pelo. Mis compañeras del taller de costura no terminaban de entender aquella fijación por Cozumel. Pero lo cierto es que existía, y según transcurrían las horas, los días, las semanas, aquella tierra caribeña enraizaba en mis anhelos de escapar de todo cuanto conocía.

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