Pero ¿a quién amas, dime?
Tendida en la espesura,
entre los pájaros silvestres, entre las frondas vivas,
rameado tu cuerpo de luces deslumbrantes,
dime a quién amas, indiferente, hermosa,
bañada en vientos amarillos del día.
Si a tu lado deslizo
mi oscura sombra larga que te desea;
si sobre las hojas en que reposas yo me arrastro, crujiendo
levemente tentador y te espío,
no amenazan tu oído mis sibilantes voces,
porque perdí el hechizo que mis besos tuvieran.
El lóbulo rosado donde con diente pérfido
mi marfil incrustara tropical en tu siesta,
no mataría nunca, aunque diera mi vida
al morder dulcemente solo un sueño de carne.
Unas palabras blandas de amor, no mi saliva,
no mi verde veneno de la selva, en tu oído
vertería, desnuda imagen, diosa que regalas tu cuerpo
a la luz, a la gloria fulgurante del bosque.
Entre tus pechos vivos levemente mi forma
deslizaría su beso sin fin, como una lengua,
cuerpo mío infinito de amor que día a día
mi vida entera en tu piel consumara.
Erguido levemente sobre tu seno mismo,
mecido, ebrio en la música secreta de tu aliento,
yo miraría tu boca luciente en la espesura,
tu mejilla solar que vida ofrece
y el secreto tan leve de tu pupila oculta
en la luz, en la sombra, en tu párpado intacto.
Yo no sé qué amenaza de lumbre hay en la frente,
cruje en tu cabellera rompiente de resoles,
y vibra y aun restalla en los aires, como un eco
de ti toda hermosísima, halo de luz que mata.
Si pico aquí, si hiendo mi deseo, si en tus labios
penetro, una gota caliente
brotará en su tersura, y mi sangre agolpada en mi boca,
querrá beber, brillar de rubí duro,
bañada en ti, sangre hermosísima, sangre de flor turgente,
fuego que me consume centelleante y me aplaca
la dura sed de tus brillos gloriosos.
Boca con boca dudo si la vida es el aire
o es la sangre. Boca con boca muero,
respirando tu llama que me destruye.
Boca con boca siento que hecho luz me deshago,
hecho lumbre que en el aire fulgura.
Vicente Aleixandre
O mejor dicho, les viste, en la oscuridad de la noche, caminando por la acera en dirección al club.
Jairo iba de la mano de una mujer morena de rasgos gitanos, con una melena que le rozaba el coxis. Era muy joven (debía rondar los veinte), y tan delgada, que en su figura, cubierta por un vestido negro ceñido, apenas se intuían las formas femeninas. Su pecho era muy pequeño, y su cadera estrecha casi medía lo mismo que su cintura. Y sin embargo era guapa, y caminaba por la calle con perfecto equilibrio, dominando el peso de unos tacones que estilizaban aún más unas piernas que de por sí eran como dos alfileres.
Parpadeaste varias veces, y también suspiraste, aunque fue este un suspiro más de resignación que de sorpresa. Tenías claro que un hombre como Jairo no podía ser para ti.
Antes de franquear la puerta de la sala contemplaste en el retrovisor de un coche el estado de tu maquillaje, te atusaste los rizos cobrizos y te colocaste el pecho en el escote de tu vestido blanco, ajustado como el de la gitana, pero que en ti resaltaba una cierta exuberancia.
De hecho Jairo te observó, desde el centro de la pista de baile, y se dio cuenta de que, además de su propia mirada, había otras que se posaban en tu pecaminoso cuerpo, como la del hombre de pelo engominado que te guiñó un ojo sin que tú te percatases, o la de aquel otro con una camiseta que resaltaba sus pectorales, y cuya sensual boca dibujó una sonrisa de profunda admiración.
La orquesta cambió de estilo, pasando de la salsa al reguetón, en el justo momento en que divisaste a la pareja mientras tomabas asiento en una zona apenas iluminada, junto a una mesa donde había una copa vacía y ardía la llama de una vela. Allí tratarías de esconder tu desengaño.
Mientras tú te arrancabas nerviosamente las uñas con las manos, ellos se balanceaban al compás de una música lasciva, bajo el brillo de enormes e indecorosas bolas plateadas. La morena le restregaba el culo en la bragueta con las manos de uñas larguísimas aferradas a las caderas masculinas, como temiendo que el hombre se le escapara. Jairo no parecía estar muy atento a esa provocativa insinuación, envidiada ya por algunos machos de la sala, que no le quitaban los ojos de encima a la bella e impúdica gitana. Muy al contrario, sus ojos estaban distraídos mirándote tan fijamente que brotaron dos grandes coloretes en tus pálidas mejillas. Pero tú estabas segura de un vínculo amoroso o sexual con la gitana. No había más que verla, la seguridad con la que ejecutaba aquellos movimientos obscenos, la brillantez de su negra mirada y la sonrisa triunfal en los labios. Era la viva expresión de la euforia, manifestada en cada uno de sus gestos. Exhalaba una especie de embriaguez que supiste reconocer. La mujer morena estaba enamorada.
Y sin embargo, no podías eludir su mirada. Ese hombre emanaba un encanto natural, irresistible y peligroso: con su pícara sonrisa, sus expresivos ojos verdes con motas negras, su voz educada y melosa y sus manos fuertes de uñas grandes y dedos gruesos, sabía tejer una fina tela de araña en la que las mujeres quedabais atrapadas.
Conseguiste finalmente desasirse de su trampa y saliste del local buscando refugio en la oscuridad de la noche estrellada. Caminaste hasta el coche de alquiler, apoyaste la espalda en la puerta del conductor y aspiraste con fuerza para llenar tus pulmones con la brisa que traía el fresco aliento del mar.
Ni en sueños se te habría ocurrido imaginar que él te seguiría.
En cambio allí estaba, inesperadamente, a más o menos medio metro de ti. La distancia variaba, dependiendo del movimiento de sus piernas, que daban pasos cortos y temblaban, o temblaban primero y luego andaban para tratar de detener la exaltación.
La pareja de baile, y de cama, muy cerca, observaba la escena de brazos cruzados, con un continuo y negativo movimiento de cabeza. Sus ojos negros habían perdido brillo y su cara se había descolorido. No pudiste saber lo que Elisabeth, que no era gitana pero sí su amante, sintió en aquel trágico momento. Lo que sí sé, Alma, es lo que vio: la consecuencia de ese hilo invisible que inexplicablemente os unía, y que tú, más que él, mostrabas sin que te dieras cuenta cada vez que lo mirabas. Tus ojos eran flamas palpitantes que calentaban su corazón; y eso lo alentaba.
Acortó el espacio que os separaba. Ahora podías escuchar el ritmo agitado de su respiración. Los ojos verdes se clavaron como espinas en los tuyos, pero la miel que los coloreaba, en lugar de derretirse se espesó de pánico, porque estabas aterrada, por la culpa, por la duda, y sobre todo por los celos. No estabas preparada para lo que vino a continuación.
Jairo te abrazó, rodeando tu tembloroso cuerpo con sus brazos poderosos de prominentes venas azuladas. En un primer momento intentó calmar la angustia que leía en tu expresión. Pero sus intenciones eran otras. Deshizo el abrazo, te rodeó el cuello con sus fuertes manos y bajó la cabeza buscando tocar tu nariz con la suya, y apretó los labios contra los tuyos.
Asustada, rechazaste su beso, girando la cara. Te zafaste de él retirando las manos que aún te rodeaban, y huiste desvalida como una niña extraviada en territorio ignoto. Pero solo eras una mujer inexperta que no se atrevió a explorar un sentimiento desconocido, que se le había incrustado bajo la piel, y se extendía como una droga, como una enfermedad infecciosa. Comprendiste que nunca habías sentido algo ni remotamente parecido, POR NADIE. A partir de aquel momento el deseo urdiría la búsqueda constante de su presencia.
Ay, Alma, no lo sabías entonces:
La pasión, como una grave enfermedad, mata.
Y como la muerte, la pasión no tiene un momento más apropiado, o menos, para hacer su aparición. Ni a la pasión ni a la muerte les importa sin son oportunas o no. No les importa tampoco a quién o a quienes dejarás atrás cuando te atrapen. No importa si estás a punto de casarte, si acabas de ser madre o padre, si estás perdiendo a un ser querido, si luchas contra una enfermedad… Porque te alcanzarán y no habrá vuelta atrás. Nada podrá ya deshacerse. Y lo peor es cuando se mezclan ambas o cuando una conduce a la otra. Es un pecado descubrir la pasión cuando vas a morir o morir de pasión.
Y ambas son un pensamiento obsesivo.
Me cuesta imaginar, querida Alma, el momento en que te diste cuenta de que todo tu ser dependía de esa perturbación, que explosionó en un momento tan extraño, en que lidiabas con la pérdida de un bebé que ni siquiera había llegado a formarse en tu vientre, la desidia de tu marido y una enfermedad que no era tuya pero que te dolía como si lo fuera, una enfermedad temible sobre todo porque no te era en absoluto ajena, la conocías muy bien, por desgracia, y sabías que todo lo devastaría.
Menuda imprudencia, en tu estado, dejarse arrastrar por aquella locura insensata.
Las camas hablan. Por eso Mariví, cuando se quedó embarazada, empezó a pedirle a la suya que le hablara. Había aprendido a hacerlo leyendo un texto que Ángel, su amante, le regaló al enterarse de su estado. Ángel había robado ese escrito, nueve años atrás, en el hospital de Florencia donde realizó, como enfermero, sus primeras prácticas. El texto, escrito por una paciente, era un relato. Esa paciente era Alma.
Mi cama habla en este hospital de la Toscana, sobre todo al amanecer, dice Alma. Estoy tumbada sobre las sábanas blancas, con mi mejilla izquierda hundida en la almohada, aplastando mis tirabuzones rojos, mientras el sol se abre paso entre huecos de vidrio desnudo y me unta los ojos ambarinos de luz. Mis pupilas brillan con los párpados abiertos, cuando las escondo tras ellos, apenas dos segundos, resurgen pequeñas y húmedas.
No es la luz hiriente del sol lo que me hace llorar, sino la nostalgia, digo en voz baja.
Es más bien tristeza, me contesta la cama, la tristeza de haberme compartido, no a mí, sino a mis hermanas de Madrid y de La Habana, porque ahora tienes en ellas recuerdos de los tres.
Tienes razón, respondo yo. Y solo debería recordar a uno.
¿A quién?
No lo sé, ayúdame, por favor.
¿Cómo voy a hacer eso, Alma?
Hablándome de ellos. Llevo varios días durmiendo sobre ti. Debes conocer mis sueños, y por tanto mis recuerdos.
Muy bien, dice la cama. El primero, Marcos, se casó contigo. Le molestaban tus pies helados, pero tiraba de la manta hacia su lado y te dejaba tiritando de frío. Usaba pijamas y calzoncillos de dibujos animados que te bajaban la libido. Nunca te acariciaba el pelo o te masajeaba la espalda, o te masturbaba si te quedabas con ganas. No te decía «Te quiero». No te cuidaba cuando estabas mala, te dejaba aquí, a solas conmigo, bueno, con mi hermana de Madrid.
Suena horrible.
Sí, pero tú le querías tanto que te empeñaste en pensar que todos los hombres eran así. Y no le diste la importancia que debías. Hasta que conociste al otro.
¿A quién?
Al segundo, al de Canarias.
Cierto. Jairo fue mi gran pasión.
Una pasión desaforada, que confundiste con amor.
Pero si yo le amaba…
Pero él a ti no. Tampoco te diste cuenta de ello, claro, embobada como estabas.
¿Cómo se comportaba?
Este sí te acariciaba, y se preocupaba por darte placer. Enredaba sus piernas entre las suyas, y siempre te abrazaba.
¿En serio?
Sí, pero por poco tiempo. Enseguida se iba corriendo… con la que hoy es su mujer.
¿Y me decía que me quería?
Si tú se lo preguntabas sí, pero le costaba mucho decirlo.
¿Y me lo demostraba?
¿Cómo se demuestra el amor?
No sé. Recuerdo, por ejemplo, que a mí me encantaba hacerle regalos.
Pues él jamás te regaló nada a ti.
¿Me invitó alguna vez a cenar?
No, de hecho nunca salíais.
¿Por qué?
Él se negaba cuando tú se lo proponías. Además te decía algo que a mi hermana cama le sonaba extraño.
¿El qué?
Que no eráis amigos, ni tan siquiera amantes.
¿Entonces qué éramos?
Según él, compañeros.
¿Compañeros de qué?
No te sé responder.
¿Y aun así yo le quería?
Más de lo que te podías permitir.
Por eso ahora me arrepiento…. Así que dime, por favor, algo del tercero.
Lo conociste en La Habana. No te acostaste con él, y sin embargo…
¿Qué?
¡Cómo te miraba! No cabía más amor en su mirada.
¿Tú crees?
Por supuesto. Además arriesgó su vida por ti, y después limpió y curó la herida que te provocó aquel hombre gigante. ¿Te acuerdas de lo que sentiste mientras te acariciaba el cabello?
Sí, digo, dejando escapar una lágrima. Sentí una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo eso existía; sentí un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, y un oasis salvador en el inhóspito desierto; sentí la generosidad y la belleza del mundo, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos. Parecía como si fuese para él la única mujer en la Tierra.
Es que lo eras, Alma. Lo eras. No puedes pensar otra cosa tras haber visto tu pañuelo verde apretado en su puño, y su mirada fija y lánguida sobre ti mientras te alejabas de aquel edificio derruido en la ciudad de La Habana.
Le doy, una vez más, la razón a la cama. Con Aziz me sentí verdaderamente amada.
Mariví emitió un largo suspiró… y de repente sonrió. Laura se había movido dentro de ella.
¿De quién es mi hija?, le preguntó a su cama.
¿No lo sabes tú?, se respondió a sí misma en su imaginación.
Claro que lo sé. Pero me encanta que me hables de ÉL.