He callado, pero no por temor, he silenciado las palabras, pero no por miedos levantados. No dije amor, ni adiós, ni nada Nada ganó en el pasado. Mi pasado voló entre montañas, en el valle quedó y fue abrazado. Miré la herida abierta, ya no supura, no sangra, ni se duele, cicatrizado el dolor que la acompaña. El viento llegó con las libélulas, acompasado, entre ramas crecidas, entre sonrisas de hojas, palabras que colgaron, que no flores, frutos del largo estío de mi infancia. Abracé los labios, madera henchida de árbol maduro. Contemplando el silencio me vi... en el rocío.
Etiqueta: belleza
Madre
En ti me he inspirado, madre, útero amable y querido, en tu cariño especial, en tus manos que acarician, en tus palabras al niño que somos, y que seremos. A ti te hago este poema, por tu querer tan humano, pero lleno de conciencia. Que nos trajiste a la vida, y siempre nos has arropado, alerta a todo peligro, y atenta al sueño sanado, en un despertar con paciencia. Por ti aprendí cada día, que el amor es descuidado, de... egoísmos.
María Antonia Pérez
Jardines de El Buen Retiro
Exuberante naturaleza de plantas tropicales y pavos reales. Museos, monumentos, exposiciones de arte. Una biblioteca enorme con vistas al parque. Un lago con embarcadero, titiriteros, turistas nacionales y extranjeros, gente de todas las culturas y clases sociales. Restaurantes florales y bares al aire libre con baile. Luces nocturnas, música con luna. Besos sostenidos por estatuas, caricias tras los árboles, murmullos de voces que proclaman amor a un viento juguetón. Imposible no hallar la inspiración en este edén madrileño un atardecer de marzo bañado por el sol.



Madrid: Algo que confesarte
José Navarro
Perdido en el bosque de tu cabello busco la salida desesperado, pues la noche eterna se acerca y la vida se oscurece... Vagando sin sentido por senderos de otoño me apodero de tus manos para agarrarme a las ramas y que la tierra no me trague... Perdido en el bosque de tu cabello la noche envuelve la ilusión y descubre temores... Mezcla de café y sueño, vagabundo de peldaños, arqueólogo de recuerdos, fundo mi atención en la nada. Te oigo recordarme que la vida continúa, que la memoria vive, que el corazón es fuerte... Pero no, la vida está cortada, mi memoria oxidada te habla, y el corazón, apaleado...
Jugar con fuego

Retengo las lágrimas que pugnan por salir, maldiciendo el día en que ese moreno de ojos oliva se cruzó en mi camino.
Por su culpa he dejado de tener una vida. Porque ahora mi existencia entera gira en torno a ÉL, en torno a ese hombre varonil y seductor que me tiene enloquecida. Sé, porque él mismo me lo ha contado, que ha estado con unas cuantas mujeres, todas guapas. Por eso no comprendo por qué se fijó en mí cuando me conoció. El caso es que él empezó a tontear conmigo y a mí me gustó. Entonces me planteé sus galanterías y sus juegos como un reto. Me propuse conquistarle en serio, enamorarle en serio. Quise tomármelo como una venganza en general hacia los hombres, hacia esos canallas que se aprovechan de los sentimientos de las mujeres y luego las dejan plantadas, como le había ocurrido a mi hermana Dulce. Quería ver al conquistador conquistado. Para conseguirlo adelgacé cinco kilos, me teñí el pelo de color cobrizo y empecé a llevar ropa ajustada y sexy. Me transformé en una nueva Alma, una mujer más femenina, atractiva y deseable. Pero después de muchos meses de coqueteo tuve que admitir a regañadientes que algo fallaba en mi plan. Si Jairo era el típico mujeriego, ¿por qué no había intentado llevarme a la cama? Nunca me había propuesto quedar, en realidad nunca me había propuesto nada, solo me vacilaba. Y estaba muy confusa porque sabía, desde que intentó besarme en Canarias, que de verdad me deseaba. Lo sabía también por su forma de mirarme, y por las caricias que me hacía en la cara. Lo sabía porque se tropezaba conmigo como por descuido y retenía su mano entre las mías cada vez que intercambiábamos unos folios o un bolígrafo. Lo sabía porque era escrupuloso, y sin embargo en las comidas de trabajo a veces él bebía de mi vaso y yo utilizaba su cucharilla de postre. Lo sabía porque una vez posó sus labios sobre mi frente para comprobar si tenía fiebre. E incluso en más de una ocasión, lejos de miradas indiscretas, me había cogido en brazos. Pero después de La Gomera no había intentado de nuevo besarme. Nunca. Hasta que por fin sucedió. Nos quedamos en la agencia solos por casualidad y ahí comenzó la historia que aún perdura.
He jugado con fuego y me he quemado, porque ni duermo, ni como, ni vivo.
Este mundo
Ida Vitale/
Sólo acepto este mundo iluminado, cierto, inconstante, mío. Sólo exalto su eterno laberinto y su segura luz, aunque se esconda. Despierta o entre sueños, su grave tierra piso y es su paciencia en mí la que florece. Tiene un círculo sordo, limbo acaso, donde a ciegas aguardo la lluvia, el fuego desencadenados. A veces su luz cambia, es el infierno; a veces, rara vez, el paraíso. Alguien podrá quizás entreabrir puertas, ver más allá, promesas, sucesiones. Yo sólo en él habito, de él espero, y hay suficiente asombro. En él estoy, me quede, renaciera.
El amor de Aziz
Sonia Rosado/
Tras ducharme rodeo mi cuerpo con una toalla y voy, no sin cierto pudor, a sentarme encima de la cama. Primero descubro mis hombros y luego, de espaldas a él, dejo caer la toalla a la altura de la cintura, exponiendo la herida infringida por el cuchillo del gigante y, aunque sé que él no los ve, me cubro los pechos con las manos. Espero paciente el tacto de un algodón sobre mi piel, pero no es esto lo que siento sobre mi persona, sino algo totalmente inesperado. Me pongo a temblar. ¿Es esto posible?
La forma en la que acaricia mi cabello pasando suavemente sus largos dedos entre mis mechones rizados, para consolarme, y la manera en que, a continuación, limpia con agua y jabón mi herida, como si mi piel fuese el delicado pétalo de una flor, me hace sentir que valgo algo, que soy un bien preciado, una mujer, un ser humano, y que importo, que a él, hombre desconocido, le importo.
Está anteponiendo mi bienestar a todo. Nada me ha preguntado, ni qué, ni cuándo, ni cómo, ni por qué. Ni una sola suspicacia, ni un solo juicio de valor.
Alzo la vista hacia la pared y sonrío ante El beso de Klimt. Me nace la imperiosa necesidad de saber más acerca de este misterioso musulmán, que desinteresadamente está vertiendo sobre mí toda la delicadeza del mundo, sin más pretensiones ni objetivo que mimarme para hacerme sentir bien. Lloran por tanto mis ojos de emoción, y se desborda mi alma con la generosidad y la belleza de la Tierra, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos.
Me embargan una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo esto existía, que aún existe. Porque después de tanta pena, tanta rabia, tanto dolor y tanta lucha encarnizada contra el sufrimiento, encuentro un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, un oasis salvador en el inhóspito desierto.
Percibo cómo se pudren dentro de mí las frutas de una desconfianza y agresividad inconscientemente, durante este tiempo, cultivadas, y que en ocasiones habían salido irremediablemente a la luz, a pesar de mis esfuerzos por controlarlas. Yo, que he sido siempre tan dulce y tolerante, me había estado transformando, sin apenas percatarme, en un antipático gusano.
Ahora, la pureza de Aziz, la divinidad de las caricias con las que me prodiga y cura mis heridas, me conducen a una nueva metamorfosis.
Ahora, yo, Alma desgarrada, soy una prometedora crisálida.





