Titulo este post con una cita en memoria del neurólogo y filósofo austriaco Viktor Frankl, que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. En 1946, a partir de esa experiencia, publicó el libro EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO, que más tarde se convertiría en un best seller.
CON SAN VALENTÍN «A LA VUELTA DE LA ESQUINA» REFLEXIONO SOBRE EL MISTERIO DEL AMOR
Los mecanismos del amor son un misterio, como lo es la vida en sí. ¿Por qué vivimos, por qué amamos y por qué morimos? Nos regimos por deseos y fuerzas incomprensibles, y nuestra existencia misma depende de ellos.
Amar y ser amado es una necesidad biológica para la reproducción y para la supervivencia. El ser humano está diseñado para la «autotrascendencia», es decir, para relacionarse, aparte de consigo mismo, con el resto de seres vivos. Por eso experimentamos un ansia de «fusión» con la persona amada, pues el amor es el deseo y la búsqueda de la «totalidad». Además enamorarse de alguien facilita que nos mostremos más amorosos con el resto de personas. El corazón es «glotón» y gusta de tener varias personas a quien amar.
Es imposible, o al menos muy difícil, resistirse al deseo, a la emoción y al sentimiento del amor. De hecho no solo nos enamoramos una vez, sino que nos enamoramos una vez tras otra.
Dicen que el amor todo lo cura y todo lo puede. Quizá sea así, puede que el amor nos «salve», puesto que es un acicate que nos anima a seguir adelante, a pesar de las dificultades, a pesar de las adversidades. Porque el amor es sinónimo de dicha, de júbilo, de plena felicidad. Pero ¡ojo!, aunque el amor es eterno en su universalidad, no lo es sin embargo en la concreción de una determinada persona. Con el tiempo podemos dejar de desear y/o de amar a alguien en particular. El amor es efímero como lo es nuestra propia existencia. Y la pérdida de un ser querido, ya sea por la rotura del vínculo amoroso o por la ineluctabilidad de la muerte, provoca el dolor más agudo y el sufrimiento más intenso. Y es que el amor es fuente inagotable de placer siempre que consigamos mantener el vínculo o «encendida la llama». Porque, seamos honestos: para amar hay que tener agallas. El amor necesita esfuerzo, empeño, mimo. El amor es como una delicada planta a merced del viento, de la lluvia, de la nieve y de los cambios bruscos de temperatura. Hay que saber cuándo regarla, cuándo y cómo protegerla, cuándo y en qué manera trasladarla a un nuevo entorno. Pues así igual se debería hacer con el amor, porque la gente cambia, las personas crecemos, maduramos, nos adaptamos a la vida y la vida se adapta a nosotros. Nuestras trayectorias vitales están sujetas a frecuentes cambios e interrupciones, y por lo tanto también lo están nuestros afectos, que deben ir adaptándose a las nuevas circunstancias y quizá, además, a nuestra «nueva identidad», pues nunca dejamos de evolucionar psicológicamente. Por tanto, la forma más fidedigna de medir nuestro amor hacia alguien es la disposición que mostramos a integrar a este ser amado en nuestra vida a medida que este o nosotros mismos nos transformamos.
Me llamo Laura Domínguez López, por exclusiva decisión de mi madre. Mi padre no tuvo nada que ver en la elección de mi nombre, ni en nada concerniente a mí, a decir verdad. Los dos apellidos son de mi madre, María Victoria Domínguez López, a la que todo el mundo llamaba Mariví. Del hombre cuyos genes están impresos en mí solo sé que contribuyó a mi concepción. El resto es un misterio. Jamás pude preguntarle a ella, a Mariví, pues murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía nueve meses. Me crio mi abuela Manuela, quien tampoco sabía gran cosa, pues hacía años que se había enfriado la relación con mi madre, a raíz de la muerte de mi abuelo y la posterior boda de mi abuela con un señor gritón y antipático que siempre olía a puros y a alcohol. Al menos ese es el recuerdo que guardo de mi abuelo postizo, que falleció cuando yo tenía ocho años de edad. En definitiva, no sé quién es mi padre, y por ende no sé quién soy yo. Porque según mi abuela poco tengo de mi madre, tan solo una figura esbelta, una piel fina y blanca y unos ojos azules puros y cristalinos. Mi madre era una mujer pragmática y superficial, desapasionada y poco dada al altruismo o a idealismos de ninguna clase. Pero yo no soy así, sino todo lo contrario. «Esta niña no sé a quién habrá salido», solía decir mi abuela a sus amigas, «Tan sensible, tan cariñosa, siempre preocupándose por el bienestar de los demás, y recogiendo a todos los gatos de la calle…, pero ya me he hartado, en mi casa no solo no entra un gato más sino que me he deshecho también del perro». El caso es que la pregunta que se hacía indirectamente mi abuela también me la hago yo: «¿A quién he salido?». Puede que no sea como mi madre, pero no creo que me parezca en absoluto a mi padre. Si fuera así estoy segura de que él nunca me habría abandonado, como afirma mi abuela que hizo. Por eso siempre he estado tan confusa, aparte de sentirme incomprendida y fuera de lugar entre tíos −hijos del segundo matrimonio de mi abuela− y primos caracterizados por el egoísmo y la falta de empatía y sensibilidad. «¿Quién soy yo?» «¿De dónde procedo?» La incertidumbre me produce desasosiego, el desconocimiento soledad. Con la muerte de mi abuela me he dado cuenta de que necesito conocer mi identidad, mis orígenes, la otra parte de mi familia, sea para bien o para mal. Por eso decidí ponerme a investigar. Y algo he hallado, mi madre sigue estando en Facebook, una red social hoy en día prácticamente en desuso pero que continúa existiendo en 2041. He visitado su perfil y el de todos sus amigos, y he llegado a la siguiente conclusión: Mariví solo tuvo un novio, durante muchos años, se llamaba, o se llama, Ángel. Pero según los mensajes de Messenger intercambiados con él mi padre es en realidad un tal Jairo Casado, que ni siquiera tiene perfil en Facebook, algo bastante raro. Por lo que extraigo una nueva conclusión: el tal Jairo ocultaba u oculta algo. Y ese algo puede ser la relación con mi madre, pero ese algo puedo ser también yo. Gracias a esta red social he averiguado además el correo electrónico de mi madre. Por suerte la contraseña ha resultado ser demasiado fácil, pues es la fecha de mi nacimiento sin barras de separación: 06082019. Y esto es, entre otras cosas, lo descubierto por ahora: una serie de fotografías eróticas de mi madre enviadas al correo jairo34@yahoo.es y más de cincuenta emails seguidos procedentes de esta misma dirección, dos meses después, pidiéndola perdón y suplicándole volver a verla. Deduzco de todo esto que el hombre en cuestión hace honor a su apellido y que está, o estaba, casado. Hace tres días le envié el siguiente mensaje:
Hola Jairo,
Me llamo Laura Domínguez López, tengo 22 años. Quiero saber cómo eres. Espérame el viernes a las 20:00 h en La Playa de Lavapiés. Fue allí donde conociste a mi madre. Te aconsejo que acudas, de lo contrario me presentaré en tu casa el día menos pensado.
La respuesta me llegó anoche:
De acuerdo.
El viernes acordado es esta misma tarde. Y aquí estoy, en el pub de Lavapiés, famoso por tener el suelo cubierto de arena de playa. Me descalzo para no ensuciar mis sandalias. Le reconozco al instante, tras haber estudiado con atención la única fotografía que de él tenía Mariví en su correo. Aunque han pasado muchos años, conserva el porte elegante y seductor y el mismo corte de pelo, aclarado ahora por un montón de canas. Está sentado en una silla plegable de rayas marineras con un botellín de Mahou en la mano. Tomo asiento en la silla contigua a la suya. Miro fijamente sus ojos extraños, verdes con motitas negras, como salpicaduras de pintura oscura sobre esmeraldas. Me sonríe. «¿Eres Laura?», me pregunta. «Sí», respondo.
—Verás, Laura, lo siento. Se lo expliqué a Mariví. Yo ya tenía una mujer, una familia, no podía comprometerme con ella, y no es que quisiera que tú no nacieras, o quizá sí… Lo siento… No podía reconocerte, no podía ocuparme de ti… Mi mujer me habría dejado en cuanto lo hubiera sabido, me habría alejado de mi niña… Porque entonces yo ya tenía una hija, ¿lo sabías?, ¿te ha contado tu madre algo? Por cierto, ¿cómo está ella?
—Mi madre está muerta.
—¿Cómo?… No puede ser… ¿Cómo ha sucedido?
—No ha sucedido, sucedió. Hace más de veinte años.
—¡Dios Mío! Lo siento, de verdad… ¿Te ha criado tu abuela?
—Sí. He vivido toda mi vida con ella, pero también ha muerto.
—Laura, querida, deja entonces que te ayude en todo lo que necesites. Déjame enmendar los errores del pasado. Puedo ocuparme de ti, darte dinero… Incluso podemos establecer algún tipo de relación padre-hija, aunque, claro, con discreción, llevando el parentesco en secreto.
—Gracias por el ofrecimiento, pero yo solo quería conocer a mi padre.
—Bien, bien. Estoy aquí para responder a todas tus preguntas. ¿Qué quieres saber de mí? —pregunta con una sonrisa que me resulta grotesca.
—Nada en absoluto.
—¿Qué insinúas?
—Tú no eres mi padre— afirmo, con tal rotundidad que Jairo da un respingo en el asiento, a la vez que se le frunce el ceño y la sonrisa huye de su boca.
—No te comprendo…
—No sé explicarlo, pero en cuanto te vi lo supe. Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo poniéndome en pie, dispuesta a marcharme.
—¿Quién?
—¿De verdad no lo sabes?
A Ángel le mando un Messenger nada más llegar a casa. Responde enseguida:
No puedo creerlo. Me emociona que quieras conocerme. Tu madre lo fue todo para mí. Nunca he vuelto a amar a nadie como la amé a ella, aunque soy feliz con Sole, mi mujer. Increíble que sepas lo del bar de Malasaña… Allí estaré, el viernes a las 20 h. Cuídate, mi niña.
Tiemblo cuando lo veo aparecer. No obstante logro controlar mis nervios para no parecer ansiosa o neurótica, quiero causarle buena impresión. Le señalo el taburete vacío al lado del mío. Se sienta y pide una tónica. Sonrío, es mi refresco favorito, pero me decanto por una copa de vino, necesito desinhibir mis sentidos y que las rodillas me dejen de temblar.
—¿Quieres saber cómo conocí a tu madre? —me pregunta de pronto, con un brillo especial en los ojos.
—Claro.
—En realidad lo importante no es el cómo, sino el qué o el por qué. Todos buscamos el amor, porque todos necesitamos amar y ser amados. Si no fuera así Mariví nunca se habría fijado en mí. Ella era una belleza etérea, delicada, una sirena, mientras que yo era un muchacho mal vestido y un poco desaliñado en aquella época. Verás, todo empezó…
Tras escuchar el relato de Ángel comprendo que el fin último del ser humano es LA BÚSQUEDA DEL AMOR. El problema es que el amor, el deseo y el enamoramiento no suelen recaer sobre la misma persona. Puede suceder que amemos con gran apego a nuestra pareja, pero a la vez nos podemos enamorar de otra persona, e incluso sentir deseo sexual por una tercera. Esto ahora la sociedad lo tiene completamente asimilado, pero hace veinte años se entendía a duras penas, por eso tanta infidelidad, tanta traición y engaño, y tanto sufrimiento innecesario.
—Y eso es, Laura, todo lo que puedo contarte de Mariví —me dice Ángel al finalizar su historia—. Ojalá fuera yo tu padre, ojalá aquella última noche que pasamos juntos fuera la noche en que te concebimos. Pero tu madre me dejó claro que el bebé que se estaba formando en su vientre era de Jairo, él es por tanto la persona que estás buscando.
—Ángel, tú y yo somos víctimas de la ineficiencia humana, de la cobardía, del miedo, del egoísmo, de la falta de valor, de la incomunicación, de la ocultación. Se nos ha privado de nuestros derechos.
—¿Por qué dices eso, Laura?
Suspiro antes de decir:
—Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo, sacando un sobre de mi bolso—. Mandé realizar unos análisis de ADN. Cogí un vaso de cristal que abandonaste en la bandeja con restos de comida un día que te seguí hasta la cafetería del hospital. Fui allí para verte antes de encontrarme contigo. Quería saber cómo te movías, cómo hablabas, cómo te expresabas, cómo te comportabas con los compañeros, con los médicos, y sobre todo con los pacientes. No podía creer que fuera a conocer en persona a uno de los «héroes» de la crisis del COVID-19. Fueron tantas vidas las que salvasteis…
—Entonces, ¿en ese sobre está el resultado de la prueba?
—Sí, ha salido positivo, papá.
—¿Robaste mi vaso? —se ríe de repente, con lágrimas en los ojos.
—Sí.
—Cariño, no eres la primera en la familia en robar algo de un hospital.
—¿No?
—Yo lo hice antes, en Florencia, para demostrarle a tu madre que mi amor por ella era sincero, honesto, verdadero. Laura —me coge las manos—. No te conozco, y sin embargo siento ya lo mucho que te quiero. Quiero que estés en mi vida, desde hoy y para siempre.
Sólo acepto este mundo iluminado,
cierto, inconstante, mío.
Sólo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mí la que florece.
Tiene un círculo sordo,
limbo acaso,
donde a ciegas aguardo
la lluvia, el fuego
desencadenados.
A veces su luz cambia,
es el infierno; a veces, rara vez,
el paraíso.
Alguien podrá quizás
entreabrir puertas,
ver más allá,
promesas, sucesiones.
Yo sólo en él habito,
de él espero,
y hay suficiente asombro.
En él estoy,
me quede,
renaciera.
Tras ducharme rodeo mi cuerpo con una toalla y voy, no sin cierto pudor, a sentarme encima de la cama. Primero descubro mis hombros y luego, de espaldas a él, dejo caer la toalla a la altura de la cintura, exponiendo la herida infringida por el cuchillo del gigante y, aunque sé que él no los ve, me cubro los pechos con las manos. Espero paciente el tacto de un algodón sobre mi piel, pero no es esto lo que siento sobre mi persona, sino algo totalmente inesperado. Me pongo a temblar. ¿Es esto posible?
La forma en la que
acaricia mi cabello pasando suavemente sus largos dedos entre mis mechones
rizados, para consolarme, y la manera en que, a continuación, limpia con agua y
jabón mi herida, como si mi piel fuese el delicado pétalo de una flor, me hace
sentir que valgo algo, que soy un bien preciado, una mujer, un ser humano, y
que importo, que a él, hombre desconocido, le importo.
Está anteponiendo mi
bienestar a todo. Nada me ha preguntado, ni qué, ni cuándo, ni cómo, ni por
qué. Ni una sola suspicacia, ni un solo juicio de valor.
Alzo la vista hacia la
pared y sonrío ante El beso de Klimt.
Me nace la imperiosa necesidad de saber más acerca de este misterioso musulmán,
que desinteresadamente está vertiendo sobre mí toda la delicadeza del mundo, sin
más pretensiones ni objetivo que mimarme
para hacerme sentir bien. Lloran por tanto mis ojos de emoción, y se desborda
mi alma con la generosidad y la belleza de la Tierra, como si me hallara entre
vastos campos de almendros y cerezos florecidos.
Me embargan una calma,
una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que
había olvidado que todo esto existía, que aún existe. Porque después de tanta
pena, tanta rabia, tanto dolor y tanta lucha encarnizada contra el sufrimiento,
encuentro un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, un
oasis salvador en el inhóspito desierto.
Percibo cómo se pudren
dentro de mí las frutas de una desconfianza y agresividad inconscientemente,
durante este tiempo, cultivadas, y que en ocasiones habían salido
irremediablemente a la luz, a pesar de mis esfuerzos por controlarlas. Yo, que
he sido siempre tan dulce y tolerante, me había estado transformando, sin
apenas percatarme, en un antipático gusano.
Ahora, la pureza de
Aziz, la divinidad de las caricias con las que me prodiga y cura mis heridas,
me conducen a una nueva metamorfosis.
Ahora, yo, Alma
desgarrada, soy una prometedora crisálida.