El Ángel

Sonia Rosado/

La veo a la luz dorada del atardecer, dice «el Ángel», mientras abro la ventana para dejar entrar en la habitación el fresco viento de primavera. Varios mechones rubios, salidos de una trenza despeinada, caen en cascada sobre su espalda. Me humedezco los labios, me vuelven loco las mujeres de pelo áureo. Lleva un vestido rosa, largo y ceñido a la cintura, con mangas de farol y volantes que nacen desde donde se adivinan las rodillas y continúan hasta los pies, cubiertos por unas botas tejanas que asoman, a cada paso que da, por debajo de la gruesa tela. De su brazo izquierdo, tatuado en vertical con una rosa y una frase, que por la distancia, no acierto a leer, cuelga un gran bolso de flecos marrón, a juego con las extravagantes botas. Tal estropicio estético lo compensa su juventud: no aparenta más de veinticinco años. Camina por el andén con gesto de hartazgo, como si estuviera cansada, o como si la pequeña maleta que arrastra tras de sí le pesara. Ahora sube las escaleras mecánicas y accede al corredor techado, situado encima de las vías, que conduce al exterior. En ese momento el silbido del tren esparce su romántico sonido por los alrededores de la estación, y la joven se detiene, paralizada. Quizá aquella música evocadora ha despertado en su mente ciertos recuerdos amargos. O quizá solo espera a alguien, porque mueve la cabeza en todas direcciones, se coloca las manos en jarras y comienza a dar golpecitos en el suelo con uno de los pies, en señal de inequívoca impaciencia. No sé por qué, pero hay algo en ella más allá del físico que me excita, tal vez su aparente cabreo, o su actitud beligerante, porque en lugar de echarse a un lado está parada en todo el medio, entorpeciendo el paso al resto de viandantes a pesar de los improperios. La pierdo de vista cuando me giro hacia la puerta al oír unos golpes secos y espaciados. Cuento cinco y acudo. Es la contraseña. Abro, y al verlos suspiro, pero no me sorprendo, ni siquiera cuando entran y la sangre comienza a teñir de rojo oscuro los azulejos.

Habla un poco más alto, le dice Soledad a su amiga Norma. Aquí hay mucho jaleo, y de todas formas creo que tengo el móvil estropeado, aun con el volumen a tope se oye demasiado bajo… Sí, Norma, ahora te oigo mejor. Deberías verme, tengo roto el borde del vestido, una mancha de vino tinto cerca del escote y mierda de caballo adherido a las suelas de las tejanas… Porque sí, no te rías, me he ido a la Feria de Abril con botas en lugar de tacones, y lo que es peor, vestida de sevillana, no veas el jolgorio de las flamencas. Ahora bien, todos los chinos me fotografiaban a mí. Me van a sacar hasta en el telediario, te lo digo yo… ¿El peinado? Pues una trenza, no he sabido colocarme la puñetera flor… Me alegro de que te diviertas a mi costa, Norma, pero a mí no me hace ni pizca de gracia, y no por la vestimenta, aunque parezca un helado de fresa, porque el verdadero ridículo lo he hecho al llegar a la caseta y encontrarme a ese subnormal morreándose con otra. Es que no sé por qué te hice caso, tanto repetirme: «Cógete el puente de mayo y ve a darle una sorpresa». Pues ya ves, la sorpresa me la he llevado yo. Así que ya puedes ir devolviendo el vestido a la tienda, porque después de todo, gracias a ti, no va a haber boda. Y a todo esto, ¿dónde estás? ¿Atascada en la operación salida? Joder, Norma, deberías haber salido antes del trabajo… Nada más colgar me echo a llorar. Tres horas escasas ha durado mi aventura en la capital hispalense, el tiempo justo para salir del AVE, dejar la maleta en consigna, coger un taxi hasta la feria, buscar la caseta de la familia, presenciar los cuernos con discreción y salir huyendo en dirección a las casetas públicas para desquitarme bailando sevillanas con un par de rebujitos en las manos, hasta que me han arrojado un vaso de vino en el vestido y una manaza grosera ha colonizado mi culo. Al final, sucia y humillada, he decidido regresar a Madrid. Esta vida es un asco, pienso. Medio día me ha bastado, esta vez, para llegar a la misma conclusión de siempre. El batacazo sentimental es lo único que me faltaba por añadir a mi larga lista de infortunios y fracasos.

Tras limpiar la sangre y socorrer al herido, Ángel saca de nuevo la cabeza por la ventana: la joven de rosa sigue ahí. La veo salir del apeadero, dice, cruzar el paso de peatones y situarse en este lado de la calle. Deja la maleta en el suelo y se sienta sobre ella, de cara a la estación. Aunque está de espaldas a mí, ahora la distingo mucho mejor, a pesar de la valla que se alza sobre el puente. Veo el roto de su vestido, sus botas llenas de polvo, el cabello desaliñado y la frase escrita en su brazo: «Cada caída es un nuevo comienzo». Durante un rato mira a un lado y a otro, observando su entorno: el tráfico escaso, el constante trasiego de gente y los edificios nuevos que flanquean la estación a ambos lados de la carretera. Después coloca los codos sobre las rodillas y aprieta los puños contra su cara; de vez en cuando se rasca la nariz o enreda entre sus dedos algún que otro mechón de pelo. Cuando parece asumir que tiene espera para rato saca un libro del bolso, Más fuerte que el odio, y lo abre más o menos por la mitad. No me gusta la idea de dejarla ahí abandonada, pero el horizonte es púrpura. Tengo que salir a cazar.

Leo la última página del libro a la luz de una farola. Las agujas del reloj del apeadero marcan las nueve y cuarto. Miro el móvil: ni llamadas, ni mensajes, ni whatsapp nuevos. En definitiva, ni rastro de Norma. Me pongo en pie y miro hacia abajo apoyándome sobre la valla del puente. Veo el edificio, rodeado de árboles, al que, hasta hace unos segundos, había ignorado por completo. Es bonito, y parece antiguo, como de mediados del siglo pasado. La fachada es enfoscado blanco, pero remates de ladrillo visto separan sus tres plantas de altura y adornan las esquinas y el perfil de las ventanas, que son más grandes de lo habitual y tienen la parte superior en forma de arco. Deduzco que lo que tengo ante mí es la vieja estación de Villaverde Bajo. El viento comienza a soplar y percibo su frío aliento en la piel desnuda de mis brazos. Los cubro con una chaqueta de punto amarilla que extraigo del equipaje. Parezco, cada vez más, una auténtica pordiosera. El móvil tiembla en una de mis manos. «Soledad…», oigo decir a mi amiga.

Chica, lo siento, no he podido responder antes a ninguna de tus llamadas. He tenido un accidente de tráfico y estoy en el hospital. Debo pasar la noche en urgencias, pero seguro que saldré mañana. Puedes pasar la noche en el hotel que hay al final de la Gran Vía, tú sigue la carretera… Soledad, ¿me oyes?

Sí, sí, perdona Norma, es que me he distraído. Acabo de ver una luz encendida en el viejo edificio.

Es imposible, hace años que está abandonado, es una estación fantasma.

Pues te juro que la luz está ahí… Es igual. Lo importante es si estás bien, que no te lo he preguntado.

Lo estoy, Sole, no te preocupes. Venga, vete al hotel, debes estar cansada, llevas demasiado tiempo esperando.

Sí, toda una vida, pienso yo, pero no se lo digo. Tampoco le cuento que exigirle un día de vacaciones a mi jefe me ha costado el trabajo, ni que me han robado el monedero con la documentación, el dinero en efectivo y la tarjeta de crédito en el AVE, ni que se me cayeron, al salir del piso de Manolo, las llaves por el hueco del ascensor. Hasta mañana, me limito a decir, antes de apretar la tecla que silencia la querida voz de mi amiga. Bueno, ¿y ahora qué?, me pregunto. Ahora nada, vas a pasar la noche en la calle por tonta. Porque encima soy hija única, y huérfana. De mis padres empresarios solo heredé deudas, de hecho tuve que renunciar a la casa familiar y al resto de la herencia. Pero un capricho del destino quiso que conociera a Manolo en el bar del tanatorio. Enseguida me abrió las puertas de su hogar e iniciamos un bonito noviazgo. Nunca pensé que acabaríamos de esta manera. Y ahora me doy cuenta de lo poco que tengo, prácticamente nada, en la cuenta bancaria. He gastado hasta el último céntimo en la boda, en el viaje y en el vestido de novia. Y lanzo al aire un largo suspiro. Nadie vendrá a socorrerme en esta noche aciaga. Todos mis amigos o conocidos están fuera de Madrid, en las playas de levante o esquiando en las montañas. Las letras de mi nombre estallan en el fondo de mi alma. Siento cómo la oscuridad extiende un manto de aislamiento sobre mi persona, mientras el cielo dibuja horripilantes nubes con forma de calavera. La calle ha quedado desierta. Oigo el alborozo de los grillos y el graznido de un cuervo solitario. Pero mi cansancio puede más que mi instinto de supervivencia. Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la valla, me acurruco al lado de mi maleta y cierro los ojos. Poco pueden quitarme ya, y no creo probable toparme con ninguna manada. Los depredadores sexuales se habrán trasladado también, en busca de fiesta, donde les sea más fácil drogar y atrapar a sus presas. ¿Quién se va a fijar en mí, aquí y ahora, toda desastrada? Me duermo arrullada por el ulular del viento y el libro de Tim Guénard a mi lado. Sueño con la trágica historia del autor francés: un niño abandonado, atado a un poste por su madre a los tres años, apaleado casi a la muerte por su padre a los seis, maltratado en las instituciones sociales, violado en la calle a los doce, y reclutado por una organización para ser gigoló, vender drogas y robar a las prostitutas. Es la historia de cómo un niño dócil y necesitado de cariño se convierte, para sobrevivir, en un rebelde sin causa. Me despierto de repente, sobresaltada por el traqueteo de unas ruedas sobre el asfalto, abro los ojos, mi cuerpo se agita de espanto. Un rostro arrugado frente al mío. Hilos grises y mugrientos penden de su cráneo. «¡Qué susto me ha dado, señora!» La anciana suelta una risotada con su boca sin dientes. Lleva una blusa de flores, una falda de cuadros, medias hasta las rodillas y unas zapatillas de casa agujereadas. Arrastra con ella un carrito de supermercado.

Pero señora, ¿qué hace aquí a estas horas?  No me diga que se va de compras…

No, no, hija qué va. Estoy esperando el Tren de la Fresa.

Ese ya dejó de existir hace muchos años.

No, estás confundida, pasa ahora, a las doce.

Me echo las manos a la cabeza, esta mujer o se está burlando de mi vestido o se piensa que es la Cenicienta.

Es que verás, niña, soy la reina Isabel y me esperan en palacio.

¿En qué palacio?

En el de Aranjuez.

Ah, entonces es usted ¿la reina Isabel II, «la Reina Castiza», «la de los Tristes Destinos»?

Esa misma.

Curioso. Y si me permite la pregunta… ¿Por qué le llaman así, «la de los Tristes Destinos»?

Por mi mala suerte en todo. Porque además, te voy a contar un secreto: me persiguen.

¿Quién?

El Ángel. Por eso me voy a Aranjuez, no para tomar el té con mi prima, sino para escapar de él. Y tú deberías venir conmigo, o también vendrá a por ti. Y te llevará allí, dice señalando con su escuálido dedo la estación fantasma, donde brilla la misma luz en la ventana que he visto antes, cuando hablaba con Norma. De pronto la anciana se gira hacia mí y se tapa la boca para ahogar el grito que estaba a punto de proferir.

¡Te encontré!, oigo a mis espaldas. Me doy la vuelta y veo a un hombre vestido de negro, con una camiseta y un pantalón de chándal. Lleva las manos metidas en los bolsillos. Tiene los ojos oscuros y una prominente barba. Me dirige una breve mirada mientras ofrece su brazo a la señora.

Vamos Isabel, vámonos a casa.

Está bien, Angelito. La señora baja la cabeza con resignación y acepta el brazo que el hombre le tiende. A continuación le susurra algo al oído.

Isabel quiere que nos acompañes, me dice «el Ángel».

Me quedo muda, titubeante.

Vamos, si sigues aquí todavía es porque no tienes adónde ir. Te he visto llegar esta tarde.

Al final la mirada suplicante de Ángel me persuade.

Los goznes del portón chirrían bajo la presión de la mano masculina que, sin soltar el brazo de Isabel, empuja con fuerza la madera carcomida, abriéndonos paso a la historia pasada y presente de una estación con casi un siglo de antigüedad. Un edificio que, pese a dar muestras físicas de abandono, no conoce el significado de mi nombre, Soledad. Una emisora de radio sonando a lo lejos, el tibio olor a humedad y las hojas de los árboles dibujadas por la luz de la luna, agitándose en las paredes en penumbra, demuestran su viveza. Ángel parece conocer, aun en la oscuridad, la disposición de cada elemento del inmueble y, del aparador situado a la derecha de la entrada, recoge una pequeña linterna para iluminar el recinto y la amplia escalera que conduce a la primera y a la segunda planta. Encaro los escalones la última, con la lentitud y la prudencia de quien teme hallarse ante una aventura lesiva, la parada definitiva de una azarosa vida. ¿Quién va?, pregunta en la lejanía la voz rota de un hombre. Será «el Ángel» con «la Isabel», responde una mujer, a la vez que las figuras de los aludidos aparecen en la puerta de la estancia de la primera planta de donde provienen las voces. Detrás, temblorosa y asustada, estoy yo. Traemos compañía, anuncia Ángel, avanzando con Isabel hacia el interior del alojamiento, iluminado por la tenue luz de unas velas. La libera de su brazo para alargar hacia mí su mano. Podéis estar tranquilos, dice. Es de confianza. Entro y agarro la punta de sus dedos. Enseguida los suelto. Lo que veo allí me deja estupefacta. Más de una decena de colchones dispuestos en hilera, con mantas cubriendo a las personas tumbadas sobre ellos. Todos duermen, salvo los propietarios de las voces, cada uno en un extremo de aquella insólita sucesión de camas improvisadas. El hombre está sentado, desnudo de cintura para arriba. Un vendaje alrededor de su torso deja entrever un corte sangrante en el costado derecho. La mujer tiene en su regazo un aparato de radio, emitiendo el programa nocturno donde los oyentes se desahogan contando sus dramas, sin escatimar en gemidos o sollozos. El ambiente es tétrico. La luz de la linterna de Ángel se apaga y las velas titilan al lado de la ventana, movidas por una ráfaga de aire extraño, haciendo que los rasgos de nuestra cara, en esa semioscuridad, parezcan deshumanizados, como si fuéramos animales agazapados en un bosque sombrío.

Paco, debería revisar esa herida, le dice Ángel al hombre.

Paco asiente sin hablar, otorgándole permiso. Lo siento, no volveré a meterme en líos.

Ya conocéis la calle, le responde Ángel, por eso quiero que volváis a la estación antes del anochecer, y así me evito tener que salir a «cazaros» para traeros de vuelta al único sitio en el que estáis a salvo. Lo dice con una solemnidad revestida de ternura, como un padre amoroso riñendo cariñosamente a sus hijos. Y es entonces cuando una corriente de calor asciende desde mi ombligo hasta mi pecho. Por primera vez en la noche mi miedo se transforma en deseo. Y hago un esfuerzo por apreciar, a pesar de la oscuridad, los detalles de su físico. Tendrá unos cuarenta años, y sin embargo me gusta su bien formado cuerpo, la barba cuidada, el cabello negro y ondulado cayendo hasta el nacimiento de sus hombros y, sobre todo, el contorno de sus brazos, que le dan el definitivo e indudable aspecto de guerrero, un guerrero luchando en solitario en las calles de un barrio pobre de Madrid.

Arrodillado en el colchón de Paco le curo la herida causada por un navajazo salvaje. Al terminar me levanto, me giro y la descubro detrás de mí, observándome con fijeza, como si me estuviera analizando, o estudiando con minuciosidad mi cuerpo. Y mi coraza de gladiador se rompe ante la falta de inocencia en su mirada. Necesito saber cómo se llama.

Dime, muchacha, ¿cuál es tu nombre?

Soledad.

Bienvenida a nuestra morada, Soledad. Hoy puedes acomodarte con Isabel, hasta que encontremos un colchón para ti.

Pero yo no quiero acostarme con Isabel, sino con él. Quiero compartir su mismo espacio, sentir la calidez de su abrazo y su mirada protectora. En cambio me obligo a decir: Esta noche dormiré con «la reina», pero no será necesario buscarme una cama. Mañana me iré, cuando mi amiga Norma venga a buscarme.

Su amiga Norma no vendrá jamás. Murió esa misma noche, tras sufrir un derrame cerebral. Pero aún no lo sabíamos y nos pasamos la madrugada mirándonos en la oscuridad, deseándonos en silencio, la felicidad estallando en nuestros corazones. Fui yo quien supo de su muerte, al día siguiente, al inicio de mi turno de doce horas como enfermero en el hospital. Porque a eso me dedico, a curar, a cuidar de pacientes con enfermedad mental, tanto en los centros públicos como en esta vieja estación que decidí ocupar, hace ya mucho tiempo, con el «consentimiento» de la junta de distrito. Fui pionero en crear lo que se conoce en la actualidad como equipo de calle de salud mental, una agrupación de enfermeros y enfermeras, psicólogos y trabajadores sociales que, dejando la bata en nuestros lugares de trabajo, salimos vestidos con nuestra ropa de calle para evitar el rechazo de estas personas tan vulnerables, y lograr que acepten recibir atención médica e incluso, con suerte, su reinserción en la sociedad. Por eso, también, me llaman, hasta el día de hoy,  El Ángel.

Ha pasado una década de mi caída en el más profundo de los abismos.

Ahora soy enfermera, como mi marido.

Y he conseguido olvidar el significado de mi nombre.

Pues nunca más he sentido

desde aquella providencial noche,

  el aullido de la soledad.

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