Empieza a leer «El don más codiciado del mundo»


EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO

SONIA ROSADO

El don más codiciado del mundo

Si ya has leído el libro de relatos OJALÁ ME AMES (en caso contrario pincha aquí) y has quedado poderosamente atraíd@ por los personajes y la intrínseca realidad de sus respectivas historias, ahora puedes disfrutar también de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO, la primera novela de la saga.

SINOPSIS

Alma, poseedora de un increíble don, ve peligrar su vida. Gente muy poderosa la busca para utilizar sus habilidades en beneficio propio. Por eso decide desaparecer sin dejar rastro, no solo para salvarse ella, sino también para alejar el mal de sus seres queridos. Pero su familia no se resigna a perderla. Sin saber si está viva o muerta, pasan diez años tratando de encontrarla, con todas las precauciones, pues en la era digital, donde todos podemos ser espiados y controlados y el correo postal es susceptible de ser confiscado, temen revelar a los enemigos su paradero. Hasta que Carmen, la madre, idea un sistema de comunicación. Conociendo la pasión de su hija por las novelas, encarga la escritura de la historia familiar utilizando el diario de Alma y los testimonios de familiares y amigos. El libro, que deciden titular «Si la muerte es la nada» tiene por tanto este propósito: enviar un mensaje a Alma.

Alma es una mujer aturdida, invadida por su historia, una mujer rota por el pasado. La opresión del ambiente en el que vive llena cada uno de los espacios, la atmósfera viciada la envuelve. La guía el amor, llevándola hasta personas oscuras por callejones sucios. La pasión la consume, y solo ve una luz pequeña a la salida del túnel. La enfermedad que muestra la muerte, y la búsqueda de la cura por cualquier medio, la arrastran hasta los bajos fondos de las ciudades y relaciones, siempre con las ansias de vida como bandera.

FRAGMENTOS DE LA NOVELA

«He escrito esta novela solo para encontrarte. Porque nadie sabe dónde estás. Hay quien dice que nos cuidas desde el más allá. Pero yo sé que estás viva. Perdóname por investigar tu vida, por entrevistar a familia y a amigos […] Perdóname por desvelar secretos, mentiras, engaños, por convertir en palabras los sentimientos, los tuyos, los míos, los de todos […] Esta novela es para ti, Alma, para que en ella puedas reconocerte, y reconocernos, en cada letra de cada página, por si llega a ti tan solo un fragmento o, por si en el caso de que nunca llegues a leerla, alguien algún día pueda contarte el argumento, y con ello, sin saberlo, te relate tu propia historia. Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»

«Alma, has encontrado la fuerza para viajar, a pesar de cómo te sientes, a pesar de lo que sientes. Has encontrado la fuerza para imponerte, para volver a ser tú, porque has dejado de ser tú, hasta tal punto que deseas secretamente que te arranquen la cabeza, con saña.

Pides que la golpeen, que la trituren, que la quemen, que la entierren, así estás de atormentada. Necesitas una nueva cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones. Ya no quieres tu cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones.

Hasta que tomas conciencia de que debes salir de ese embobamiento irracional, de ese atontamiento carnívoro que te oprime, porque otra persona, más merecedora de ello, necesita de toda tu energía.

Parodójicamente ves la salvación en otro veneno. Coges un avión y te largas.

Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»

¿Cómo conseguir EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO?

Está disponible en AMAZON. Permanece atent@ a mis publicaciones y podrás adquirir el libro con una oferta especial.

Dulce ilusión

Me acaricio el vientre con ternura y sonrío. Estoy ilusionada. No entraba en mis planes pero ha sucedido, y la verdad es que estoy muy feliz. Un pedacito de él, un pedacito suyo en mis entrañas. Imagino cómo será y a quién se parecerá, pero en cambio no pienso en la reacción de Iván. No sopeso con calma las consecuencias derivadas del hecho de estar encinta. Me he limitado a tomar una decisión inamovible. Voy a tener un hijo del hombre al que tanto amo, y rezo para que tenga su tez morena, sus ojos oscuros y su fuerza y determinación ante las adversidades de la vida.

Camino muy despacio, más que pisar el suelo, mis pies parecen flotar sobre él. Saboreo cada uno de los colores, sonidos y olores del hermoso día primaveral: el sol brillante sobre un cielo azul salpicado de minúsculas nubes, el perfume dulce e intenso de las lilas que embellecen los árboles, el amable trino de los pájaros, el grato murmullo del agua que mana de la fuente en el centro de la plaza, y sobre todo las risas, las despreocupadas risas de los niños que juegan al escondite.

Iván me espera en el banco de siempre, en el banco en el que nos besamos por primera vez y en el que, una noche sin luna, sus hábiles manos jugaron bajo mi jersey recorriendo mi cintura, mis caderas y mis pechos.

Observo su gesto sombrío y su boca desfigurada por una mueca de preocupación.

Me alarmo, porque Iván es un hombre difícil de contrariar, no se amilana ante los obstáculos que se le van presentando. Ninguno de ellos le parece insalvable, y los afronta con una sonrisa y a todos les da rápida y práctica solución, porque «todo tiene solución en esta vida, todo menos la muerte», suele decirme. Por eso intuyo que algo muy grave pasa y le dejo hablar a él primero.                     

Iván es muy directo.

—Dulce, mi ex vino a verme hace tres meses y me acosté con ella. Está embarazada. Nos vamos a vivir a Londres con sus padres. Lo siento.

Y entonces pienso que hace tres meses ya salíamos juntos, y no digo nada, no puedo, porque el suelo sobre el que parecía flotar hace tan solo unos instantes se hunde bajo mis pies. El cielo se nubla, y dejo de percibir el aroma de las lilas, el canto de los pájaros y el incesante goteo del agua de la fuente.

Las risas de los niños me estrangulan el alma y me desgarran el corazón. 

Tu vida antes de Jairo

Sonia Rosado/

Te incorporaste, Alma. Te tocaste las sienes doloridas, y al hacerlo rozaste tu cabello. Un ovillo de lana. Te costaría deshacer los enredos.

Bajaste la vista hasta tu pecho. Tu olfato percibió el olor agridulce de tu cuerpo.

No llevabas sujetador, ni bragas. Después del sexo solo te habías puesto el camisón.

Te sentías muy cansada. Era una fatiga anómala que te impedía respirar con naturalidad.

—¡Creo que deberías espabilarte de una vez! ¡No puedes levantarte de ahí solo para ir al baño o comer un bocado rápido!

Marcos se había dignado al fin a entrar en la habitación desde que te penetró, hace ya casi un día.

Aunque para lo que tenía que decir habría sido mejor que se marchara.

 —¡Tienes un marido del que ocuparte!

Un momento, pensaste. ¿No debería ser al contrario? ¿No soy yo la que está mala?

La indignación te quitó las ganas de morirte.

Y te enfadaste, como solo tú te enfadas, y hablaste y hablaste, o más bien gritaste, sin parar.

—¡Quiero salir de Madrid! ¡Necesito un respiro! ¡La enfermedad de mi hermano pequeño está siendo muy dura! ¡Y aún puede serlo más!

Te miró con un gesto de incomprensión mezclado con rabia. Pero tú no te callaste, tenías que rematarle.

—¡Tu excusa de la falta de dinero es absurda! Aún tengo cuatro días de vacaciones —relajaste el tono—. Y me voy, porque si no lo hago me sentiré bastante estúpida cuando te presentes el día menos pensado con tu nuevo coche. He visto el par de folletos que ocultas en el cajón de tu mesilla.

—¡Necesito un coche nuevo! —su dedo te apuntaba amenazador.

—¡Y yo vacaciones de Semana Santa. Y una cosa no tendría por qué excluir a la otra si estuvieras dispuesto a adquirir una marca más barata!

Sus desorbitados y encolerizados ojos te observaron como si hubieras dicho alguna barbaridad.

Y te hartaste. Quince minutos después tenías la maleta preparada.

Te fuiste al día siguiente.

Y fue peor el remedio que la enfermedad, porque si no te hubieras ido jamás le habrías conocido, a ÉL.

En Roma llueven pétalos de rosa

Sonia Rosado/

En el panteón de Agripa, Roma, un pórtico con ocho columnas frontales sostienen el techo piramidal. En la piedra del friso, una inscripción: M AGRIPPA LF COS TERTIVM FECIT (Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez). Traspasada la entrada, la construcción adquiere forma de rotonda. En el techo, una bóveda cubierta por una cúpula, destaca una abertura, un óculo: el ojo de los dioses. Sobre los muros de mármol verde y dorado, las pinturas, frescos y esculturas custodian los sepulcros. La luz que alumbra las obras de arte se asemeja al fuego, si se mira desde lejos los haces luminosos parecen llamas estáticas. A través del óculo caen pétalos de rosa, rojos como la sangre, que planean como mariposas hasta esparcirse por el suelo como un manto aterciopelado de color carmesí.

¿A QUE NO LO SABÍAS?

En el Panteón de Agripa, todos los años por Pentecostés, caen del cielo pétalos de rosas rojas. Una tradición cristiana para conmemorar el descenso del Espíritu Santo sobre la Virgen y los Apóstoles. Este año el domingo de Pentecostés es el 31 de mayo. Comenzará con una misa a las 10:30 de la mañana, y a las 12:00 se arrojarán los pétalos por el óculo, formando una original lluvia que extenderá sobre el suelo una suave alfombra roja, como símbolo del amor y la sangre derramada por Cristo para redención de la humanidad. Si quieres asistir a este maravilloso espectáculo deberás acudir al menos con una hora de antelación a la misa, pues el aforo es limitado.

El accidente

Pixabay

Sonia Rosado/

La ventanilla del Seat Córdoba abierta. El viento alborotando su cabello. El sol iluminando sus piernas,  su brazo izquierdo y la mano que sujeta el volante; la otra, la derecha, marcando en el móvil el número de su madre que, tras diez toques de llamada, por fin contesta. El mensaje es breve, para evitar la multa correspondiente: «Demasiado tráfico, mamá. Llegaré más tarde de lo previsto…», y cuelga. Observa el horizonte completamente azul, y le acosa la impaciencia al imaginar a su hija Laurita, de nueve meses, jugando con la arena, chapoteando en una improvisada piscina a orillas del mar. Pero no será hoy el día en que esa visión se haga realidad. Y todo por culpa de la caravana. Su madre, mientras, con la niña, esperándola. La maleta preparada, y la cuna de viaje y los juguetes de plástico aguardando en un rincón del salón. El coche, que circula con lentitud por la M-40, se detiene de golpe, justo cuando Mariví ve, delante de ella, las luces de emergencia de un Ibiza con el nombre de Norma pegado en la parte trasera; del retrovisor cuelga, danzarina, una muñequita hawaiana. La conductora es rubia, como Mariví, pero tiene más sentido del humor y paciencia, y quizá no se arrepiente, como ahora hace ella, de haber elegido el puente de mayo para viajar a la Costa Blanca, o a cualquier otro lugar de España. Pero solo porque Norma desconoce lo que viene a continuación: un golpe, un estallido, un infernal ruido. Cristales rotos, chapa contra chapa, hierros contra hierros, amasijos de metal contra amasijos de carne. Un camión ilegal, sin limitación de velocidad, se ha estampado contra el Córdoba, que ha chocado, a su vez, contra el Ibiza, antes de dar varias vueltas de campana.  En el aire flotan pedazos de vida deshilachada, memorias de Mariví de la infancia. De su padre, muerto hace muchos años, enseñándole a contar las horas en el reloj; de su madre, tendiendo la ropa perfumada; de la escuela, de la universidad, de los amigos, del botellón, de la poesía de Ángel, diez años atrás, confesándole que la amaba; de Jairo, guapo y seductor, llevándosela a la cama. Pero sobre todos estos recuerdos prima uno: su hija Laura. Algo, que hasta el momento había, por voluntad propia, ignorado, ahora, al borde de la muerte, le preocupaba. ¿De quién era en realidad su hija Laura? ¿De ÉL, Jairo, su gran amor, su pasión… O de Ángel, su mejor amigo, su exnovio, con el que tuvo aquel imperdonable desliz? Se había empeñado, sin haberlo verificado, en creer que su bebé era de Jairo, porque quería a ese hombre solo para ella, y pensó que si una hija les unía, tal vez, se replanteara dejar a su mujer, aunque con ella también tuviera una familia. Una actitud egoísta e ingenua pues, al fin y al cabo, Jairo se había desentendido de la niña. Y si ahora se iba de este mundo, ¿qué sería de ella? Se quedaría huérfana. Una consideración que llegaba tarde, pues si ella moría no se sabría la verdad, nunca, y Laura seguiría siendo, a todos los efectos, hija de Jairo. Su mente comienza a emborronarse, los colores a difuminarse. Siente desdibujarse, lentamente, y dejar tras de sí una estela de luz. Antes de cerrar los ojos definitivamente, un gran pesar: haber ignorado las señales de amor de Ángel, cuando al enterarse de su embarazo, le entregó, para que comprendiera la inmensidad de su amor −por contraposición al de Jairo−, aquel relato robado, en el hospital de la Toscana, a una mujer llamada Alma.

El Ángel

Sonia Rosado/

La veo a la luz dorada del atardecer, dice «el Ángel», mientras abro la ventana para dejar entrar en la habitación el fresco viento de primavera. Varios mechones rubios, salidos de una trenza despeinada, caen en cascada sobre su espalda. Me humedezco los labios, me vuelven loco las mujeres de pelo áureo. Lleva un vestido rosa, largo y ceñido a la cintura, con mangas de farol y volantes que nacen desde donde se adivinan las rodillas y continúan hasta los pies, cubiertos por unas botas tejanas que asoman, a cada paso que da, por debajo de la gruesa tela. De su brazo izquierdo, tatuado en vertical con una rosa y una frase, que por la distancia, no acierto a leer, cuelga un gran bolso de flecos marrón, a juego con las extravagantes botas. Tal estropicio estético lo compensa su juventud: no aparenta más de veinticinco años. Camina por el andén con gesto de hartazgo, como si estuviera cansada, o como si la pequeña maleta que arrastra tras de sí le pesara. Ahora sube las escaleras mecánicas y accede al corredor techado, situado encima de las vías, que conduce al exterior. En ese momento el silbido del tren esparce su romántico sonido por los alrededores de la estación, y la joven se detiene, paralizada. Quizá aquella música evocadora ha despertado en su mente ciertos recuerdos amargos. O quizá solo espera a alguien, porque mueve la cabeza en todas direcciones, se coloca las manos en jarras y comienza a dar golpecitos en el suelo con uno de los pies, en señal de inequívoca impaciencia. No sé por qué, pero hay algo en ella más allá del físico que me excita, tal vez su aparente cabreo, o su actitud beligerante, porque en lugar de echarse a un lado está parada en todo el medio, entorpeciendo el paso al resto de viandantes a pesar de los improperios. La pierdo de vista cuando me giro hacia la puerta al oír unos golpes secos y espaciados. Cuento cinco y acudo. Es la contraseña. Abro, y al verlos suspiro, pero no me sorprendo, ni siquiera cuando entran y la sangre comienza a teñir de rojo oscuro los azulejos.

Habla un poco más alto, le dice Soledad a su amiga Norma. Aquí hay mucho jaleo, y de todas formas creo que tengo el móvil estropeado, aun con el volumen a tope se oye demasiado bajo… Sí, Norma, ahora te oigo mejor. Deberías verme, tengo roto el borde del vestido, una mancha de vino tinto cerca del escote y mierda de caballo adherido a las suelas de las tejanas… Porque sí, no te rías, me he ido a la Feria de Abril con botas en lugar de tacones, y lo que es peor, vestida de sevillana, no veas el jolgorio de las flamencas. Ahora bien, todos los chinos me fotografiaban a mí. Me van a sacar hasta en el telediario, te lo digo yo… ¿El peinado? Pues una trenza, no he sabido colocarme la puñetera flor… Me alegro de que te diviertas a mi costa, Norma, pero a mí no me hace ni pizca de gracia, y no por la vestimenta, aunque parezca un helado de fresa, porque el verdadero ridículo lo he hecho al llegar a la caseta y encontrarme a ese subnormal morreándose con otra. Es que no sé por qué te hice caso, tanto repetirme: «Cógete el puente de mayo y ve a darle una sorpresa». Pues ya ves, la sorpresa me la he llevado yo. Así que ya puedes ir devolviendo el vestido a la tienda, porque después de todo, gracias a ti, no va a haber boda. Y a todo esto, ¿dónde estás? ¿Atascada en la operación salida? Joder, Norma, deberías haber salido antes del trabajo… Nada más colgar me echo a llorar. Tres horas escasas ha durado mi aventura en la capital hispalense, el tiempo justo para salir del AVE, dejar la maleta en consigna, coger un taxi hasta la feria, buscar la caseta de la familia, presenciar los cuernos con discreción y salir huyendo en dirección a las casetas públicas para desquitarme bailando sevillanas con un par de rebujitos en las manos, hasta que me han arrojado un vaso de vino en el vestido y una manaza grosera ha colonizado mi culo. Al final, sucia y humillada, he decidido regresar a Madrid. Esta vida es un asco, pienso. Medio día me ha bastado, esta vez, para llegar a la misma conclusión de siempre. El batacazo sentimental es lo único que me faltaba por añadir a mi larga lista de infortunios y fracasos.

Tras limpiar la sangre y socorrer al herido, Ángel saca de nuevo la cabeza por la ventana: la joven de rosa sigue ahí. La veo salir del apeadero, dice, cruzar el paso de peatones y situarse en este lado de la calle. Deja la maleta en el suelo y se sienta sobre ella, de cara a la estación. Aunque está de espaldas a mí, ahora la distingo mucho mejor, a pesar de la valla que se alza sobre el puente. Veo el roto de su vestido, sus botas llenas de polvo, el cabello desaliñado y la frase escrita en su brazo: «Cada caída es un nuevo comienzo». Durante un rato mira a un lado y a otro, observando su entorno: el tráfico escaso, el constante trasiego de gente y los edificios nuevos que flanquean la estación a ambos lados de la carretera. Después coloca los codos sobre las rodillas y aprieta los puños contra su cara; de vez en cuando se rasca la nariz o enreda entre sus dedos algún que otro mechón de pelo. Cuando parece asumir que tiene espera para rato saca un libro del bolso, Más fuerte que el odio, y lo abre más o menos por la mitad. No me gusta la idea de dejarla ahí abandonada, pero el horizonte es púrpura. Tengo que salir a cazar.

Leo la última página del libro a la luz de una farola. Las agujas del reloj del apeadero marcan las nueve y cuarto. Miro el móvil: ni llamadas, ni mensajes, ni whatsapp nuevos. En definitiva, ni rastro de Norma. Me pongo en pie y miro hacia abajo apoyándome sobre la valla del puente. Veo el edificio, rodeado de árboles, al que, hasta hace unos segundos, había ignorado por completo. Es bonito, y parece antiguo, como de mediados del siglo pasado. La fachada es enfoscado blanco, pero remates de ladrillo visto separan sus tres plantas de altura y adornan las esquinas y el perfil de las ventanas, que son más grandes de lo habitual y tienen la parte superior en forma de arco. Deduzco que lo que tengo ante mí es la vieja estación de Villaverde Bajo. El viento comienza a soplar y percibo su frío aliento en la piel desnuda de mis brazos. Los cubro con una chaqueta de punto amarilla que extraigo del equipaje. Parezco, cada vez más, una auténtica pordiosera. El móvil tiembla en una de mis manos. «Soledad…», oigo decir a mi amiga.

Chica, lo siento, no he podido responder antes a ninguna de tus llamadas. He tenido un accidente de tráfico y estoy en el hospital. Debo pasar la noche en urgencias, pero seguro que saldré mañana. Puedes pasar la noche en el hotel que hay al final de la Gran Vía, tú sigue la carretera… Soledad, ¿me oyes?

Sí, sí, perdona Norma, es que me he distraído. Acabo de ver una luz encendida en el viejo edificio.

Es imposible, hace años que está abandonado, es una estación fantasma.

Pues te juro que la luz está ahí… Es igual. Lo importante es si estás bien, que no te lo he preguntado.

Lo estoy, Sole, no te preocupes. Venga, vete al hotel, debes estar cansada, llevas demasiado tiempo esperando.

Sí, toda una vida, pienso yo, pero no se lo digo. Tampoco le cuento que exigirle un día de vacaciones a mi jefe me ha costado el trabajo, ni que me han robado el monedero con la documentación, el dinero en efectivo y la tarjeta de crédito en el AVE, ni que se me cayeron, al salir del piso de Manolo, las llaves por el hueco del ascensor. Hasta mañana, me limito a decir, antes de apretar la tecla que silencia la querida voz de mi amiga. Bueno, ¿y ahora qué?, me pregunto. Ahora nada, vas a pasar la noche en la calle por tonta. Porque encima soy hija única, y huérfana. De mis padres empresarios solo heredé deudas, de hecho tuve que renunciar a la casa familiar y al resto de la herencia. Pero un capricho del destino quiso que conociera a Manolo en el bar del tanatorio. Enseguida me abrió las puertas de su hogar e iniciamos un bonito noviazgo. Nunca pensé que acabaríamos de esta manera. Y ahora me doy cuenta de lo poco que tengo, prácticamente nada, en la cuenta bancaria. He gastado hasta el último céntimo en la boda, en el viaje y en el vestido de novia. Y lanzo al aire un largo suspiro. Nadie vendrá a socorrerme en esta noche aciaga. Todos mis amigos o conocidos están fuera de Madrid, en las playas de levante o esquiando en las montañas. Las letras de mi nombre estallan en el fondo de mi alma. Siento cómo la oscuridad extiende un manto de aislamiento sobre mi persona, mientras el cielo dibuja horripilantes nubes con forma de calavera. La calle ha quedado desierta. Oigo el alborozo de los grillos y el graznido de un cuervo solitario. Pero mi cansancio puede más que mi instinto de supervivencia. Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la valla, me acurruco al lado de mi maleta y cierro los ojos. Poco pueden quitarme ya, y no creo probable toparme con ninguna manada. Los depredadores sexuales se habrán trasladado también, en busca de fiesta, donde les sea más fácil drogar y atrapar a sus presas. ¿Quién se va a fijar en mí, aquí y ahora, toda desastrada? Me duermo arrullada por el ulular del viento y el libro de Tim Guénard a mi lado. Sueño con la trágica historia del autor francés: un niño abandonado, atado a un poste por su madre a los tres años, apaleado casi a la muerte por su padre a los seis, maltratado en las instituciones sociales, violado en la calle a los doce, y reclutado por una organización para ser gigoló, vender drogas y robar a las prostitutas. Es la historia de cómo un niño dócil y necesitado de cariño se convierte, para sobrevivir, en un rebelde sin causa. Me despierto de repente, sobresaltada por el traqueteo de unas ruedas sobre el asfalto, abro los ojos, mi cuerpo se agita de espanto. Un rostro arrugado frente al mío. Hilos grises y mugrientos penden de su cráneo. «¡Qué susto me ha dado, señora!» La anciana suelta una risotada con su boca sin dientes. Lleva una blusa de flores, una falda de cuadros, medias hasta las rodillas y unas zapatillas de casa agujereadas. Arrastra con ella un carrito de supermercado.

Pero señora, ¿qué hace aquí a estas horas?  No me diga que se va de compras…

No, no, hija qué va. Estoy esperando el Tren de la Fresa.

Ese ya dejó de existir hace muchos años.

No, estás confundida, pasa ahora, a las doce.

Me echo las manos a la cabeza, esta mujer o se está burlando de mi vestido o se piensa que es la Cenicienta.

Es que verás, niña, soy la reina Isabel y me esperan en palacio.

¿En qué palacio?

En el de Aranjuez.

Ah, entonces es usted ¿la reina Isabel II, «la Reina Castiza», «la de los Tristes Destinos»?

Esa misma.

Curioso. Y si me permite la pregunta… ¿Por qué le llaman así, «la de los Tristes Destinos»?

Por mi mala suerte en todo. Porque además, te voy a contar un secreto: me persiguen.

¿Quién?

El Ángel. Por eso me voy a Aranjuez, no para tomar el té con mi prima, sino para escapar de él. Y tú deberías venir conmigo, o también vendrá a por ti. Y te llevará allí, dice señalando con su escuálido dedo la estación fantasma, donde brilla la misma luz en la ventana que he visto antes, cuando hablaba con Norma. De pronto la anciana se gira hacia mí y se tapa la boca para ahogar el grito que estaba a punto de proferir.

¡Te encontré!, oigo a mis espaldas. Me doy la vuelta y veo a un hombre vestido de negro, con una camiseta y un pantalón de chándal. Lleva las manos metidas en los bolsillos. Tiene los ojos oscuros y una prominente barba. Me dirige una breve mirada mientras ofrece su brazo a la señora.

Vamos Isabel, vámonos a casa.

Está bien, Angelito. La señora baja la cabeza con resignación y acepta el brazo que el hombre le tiende. A continuación le susurra algo al oído.

Isabel quiere que nos acompañes, me dice «el Ángel».

Me quedo muda, titubeante.

Vamos, si sigues aquí todavía es porque no tienes adónde ir. Te he visto llegar esta tarde.

Al final la mirada suplicante de Ángel me persuade.

Los goznes del portón chirrían bajo la presión de la mano masculina que, sin soltar el brazo de Isabel, empuja con fuerza la madera carcomida, abriéndonos paso a la historia pasada y presente de una estación con casi un siglo de antigüedad. Un edificio que, pese a dar muestras físicas de abandono, no conoce el significado de mi nombre, Soledad. Una emisora de radio sonando a lo lejos, el tibio olor a humedad y las hojas de los árboles dibujadas por la luz de la luna, agitándose en las paredes en penumbra, demuestran su viveza. Ángel parece conocer, aun en la oscuridad, la disposición de cada elemento del inmueble y, del aparador situado a la derecha de la entrada, recoge una pequeña linterna para iluminar el recinto y la amplia escalera que conduce a la primera y a la segunda planta. Encaro los escalones la última, con la lentitud y la prudencia de quien teme hallarse ante una aventura lesiva, la parada definitiva de una azarosa vida. ¿Quién va?, pregunta en la lejanía la voz rota de un hombre. Será «el Ángel» con «la Isabel», responde una mujer, a la vez que las figuras de los aludidos aparecen en la puerta de la estancia de la primera planta de donde provienen las voces. Detrás, temblorosa y asustada, estoy yo. Traemos compañía, anuncia Ángel, avanzando con Isabel hacia el interior del alojamiento, iluminado por la tenue luz de unas velas. La libera de su brazo para alargar hacia mí su mano. Podéis estar tranquilos, dice. Es de confianza. Entro y agarro la punta de sus dedos. Enseguida los suelto. Lo que veo allí me deja estupefacta. Más de una decena de colchones dispuestos en hilera, con mantas cubriendo a las personas tumbadas sobre ellos. Todos duermen, salvo los propietarios de las voces, cada uno en un extremo de aquella insólita sucesión de camas improvisadas. El hombre está sentado, desnudo de cintura para arriba. Un vendaje alrededor de su torso deja entrever un corte sangrante en el costado derecho. La mujer tiene en su regazo un aparato de radio, emitiendo el programa nocturno donde los oyentes se desahogan contando sus dramas, sin escatimar en gemidos o sollozos. El ambiente es tétrico. La luz de la linterna de Ángel se apaga y las velas titilan al lado de la ventana, movidas por una ráfaga de aire extraño, haciendo que los rasgos de nuestra cara, en esa semioscuridad, parezcan deshumanizados, como si fuéramos animales agazapados en un bosque sombrío.

Paco, debería revisar esa herida, le dice Ángel al hombre.

Paco asiente sin hablar, otorgándole permiso. Lo siento, no volveré a meterme en líos.

Ya conocéis la calle, le responde Ángel, por eso quiero que volváis a la estación antes del anochecer, y así me evito tener que salir a «cazaros» para traeros de vuelta al único sitio en el que estáis a salvo. Lo dice con una solemnidad revestida de ternura, como un padre amoroso riñendo cariñosamente a sus hijos. Y es entonces cuando una corriente de calor asciende desde mi ombligo hasta mi pecho. Por primera vez en la noche mi miedo se transforma en deseo. Y hago un esfuerzo por apreciar, a pesar de la oscuridad, los detalles de su físico. Tendrá unos cuarenta años, y sin embargo me gusta su bien formado cuerpo, la barba cuidada, el cabello negro y ondulado cayendo hasta el nacimiento de sus hombros y, sobre todo, el contorno de sus brazos, que le dan el definitivo e indudable aspecto de guerrero, un guerrero luchando en solitario en las calles de un barrio pobre de Madrid.

Arrodillado en el colchón de Paco le curo la herida causada por un navajazo salvaje. Al terminar me levanto, me giro y la descubro detrás de mí, observándome con fijeza, como si me estuviera analizando, o estudiando con minuciosidad mi cuerpo. Y mi coraza de gladiador se rompe ante la falta de inocencia en su mirada. Necesito saber cómo se llama.

Dime, muchacha, ¿cuál es tu nombre?

Soledad.

Bienvenida a nuestra morada, Soledad. Hoy puedes acomodarte con Isabel, hasta que encontremos un colchón para ti.

Pero yo no quiero acostarme con Isabel, sino con él. Quiero compartir su mismo espacio, sentir la calidez de su abrazo y su mirada protectora. En cambio me obligo a decir: Esta noche dormiré con «la reina», pero no será necesario buscarme una cama. Mañana me iré, cuando mi amiga Norma venga a buscarme.

Su amiga Norma no vendrá jamás. Murió esa misma noche, tras sufrir un derrame cerebral. Pero aún no lo sabíamos y nos pasamos la madrugada mirándonos en la oscuridad, deseándonos en silencio, la felicidad estallando en nuestros corazones. Fui yo quien supo de su muerte, al día siguiente, al inicio de mi turno de doce horas como enfermero en el hospital. Porque a eso me dedico, a curar, a cuidar de pacientes con enfermedad mental, tanto en los centros públicos como en esta vieja estación que decidí ocupar, hace ya mucho tiempo, con el «consentimiento» de la junta de distrito. Fui pionero en crear lo que se conoce en la actualidad como equipo de calle de salud mental, una agrupación de enfermeros y enfermeras, psicólogos y trabajadores sociales que, dejando la bata en nuestros lugares de trabajo, salimos vestidos con nuestra ropa de calle para evitar el rechazo de estas personas tan vulnerables, y lograr que acepten recibir atención médica e incluso, con suerte, su reinserción en la sociedad. Por eso, también, me llaman, hasta el día de hoy,  El Ángel.

Ha pasado una década de mi caída en el más profundo de los abismos.

Ahora soy enfermera, como mi marido.

Y he conseguido olvidar el significado de mi nombre.

Pues nunca más he sentido

desde aquella providencial noche,

  el aullido de la soledad.