La resurrección de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán fue un espíritu ávido de sabiduría, una mente abierta al conocimiento y al disfrute de la vida. Y, a pesar de ser una mujer del siglo XIX, vivió como quiso y escribió lo que le salió del corazón. Se separó discretamente de su marido, fumó, se emborrachó con los amigos y tuvo varios amantes. Reivindicó el derecho de la mujer a la educación y al trabajo, denunció la violencia de género y luchó con igual ahínco por su título de condesa que por un asiento en la Real Academia. Sedujo y se dejó seducir hasta caer en las garras de una pasión amorosa que condicionó su literatura. Sus relaciones con Benito Pérez Galdós, José Lázaro Galdiano y Blasco Ibáñez la embarcaron en la búsqueda de un amor ideal que nunca experimentó. Hoy resucito a esta ilustre escritora para asistir a una conversación con un joven de nuestro tiempo.

Es doce de mayo de dos mil veintiuno, estoy sentado en un banco de la calle Princesa cuando una figura negra se me acerca. «Una actriz contratada para la celebración del centenario de Emilia Pardo Bazán», pienso.

―Buenos días, rapaz ―me saluda―. ¿Puede decirme si esa estatua de ahí soy… quiero decir, ¿es la condesa de Pardo Bazán?

―Sí señora, es una estatua póstuma. Tiene usted además una cita célebre en el barrio de las Letras. Lo que no tiene, eso sí, es un muñeco en el museo de cera ―le sigo la corriente.

―Pues poca cosa, la verdad, para haber sido primera socia del Ateneo de Madrid, catedrática de la Facultad de Letras de la Universidad, consejera de Instrucción Pública y presidenta honorífica de la Real Academia Gallega. Al menos me ha reconocido usted a la primera. Pero entonces… ¿he muerto?

―Me temo que hoy es el centenario de su fallecimiento ―prosigo la farsa.

―¡Señor Dios de los Ejércitos! ¡Esto es cosa tuya! ―exclama mirando al cielo.

―Será más bien cosa de la ciencia ―replico yo.

―No me miente usted la ciencia, ni me suelte ningún disparate, que ya tuve bastante con Darwin y su absurda teoría de que el hombre desciende del mono ―dice examinándome con desconfianza―.Necesito averiguar qué ha pasado.

―Lo que necesita usted, de momento, es una mascarilla. ¿No ve que se acerca ya un policía? Tenga, tenga… ―le coloco con mimo una de color amarillo que chirría con el negro de un vestido que le llega hasta los pies y contrasta con el dorado de sus impertinentes.

―¿Pero qué es esto? ―protesta con recelo.

―Una mala noticia. Estamos en pandemia.

―¿¿¿Todavía???

―No, esta es nueva, made in China, para más señas.

―¡Dios de bondad! ―retrocede asustada. Y se me hace la luz: esa viejecilla recortadita y rechoncha, con el moño altivo y estola de piel, es la auténtica y genuina Doña Emilia Pardo Bazán. Así que decido aprovechar la oportunidad para conocerla. La tomo del brazo y nos encaminamos hacia los restaurantes de la Plaza Mayor. A nuestro paso, decenas de móviles inmortalizan a la condesa.

―¿Pero qué hace el vulgo? ―me pregunta con curiosidad.

―Retratarla.

―¿Con ese artilugio?

―Sí. Es un teléfono con cámara fotográfica.

―¡Qué asombroso cachivache! ―exclama complacida ante tanta admiración, sin sospechar que el interés de aquellas personas tiene más relación con el exotismo de su apariencia y la obsesión con Instagram que por su talento literario, el cual probablemente desconocen.

 ―Vaya, Doña Emilia, veo que el invento le agrada. Yo pensaba que a usted el progreso le resultaba amenazador.

―Bueno, es cierto que vi antinatural y con recelo el creciente confort de los aldeanos de mi época. No entendía cómo iban a pagar todas aquellas mejoras en su higiene, su indumentaria, sus viviendas… Sentí crujir las bases de la sociedad en una fractura que, además, habíamos iniciado las clases acomodadas. Sinceramente, creí que les hacíamos un flaco favor.

―Entonces… es cierto lo que he leído en algunos libros ―comento pensativo―. Que es usted una elitista, una hidalga con ínfulas de noble que cree que ser pobre está determinado por la biología (llegó a decir de Rousseau que había nacido «plebeyo» y que cometió el sacrilegio de no aceptar su condición); una condesa de título y no de sangre, que daba limosna y educaba a sus criadas, atribuyéndose el papel de civilizadora de la clase humilde; una católica exacerbada (aunque disfrutara infringiendo el sexto mandamiento) que justificó la Inquisición ante Víctor Hugo (quién sabe si solo por defender ante los franceses toda institución española); y una entusiasta patriota que llegó, en ocasiones, opinando como la mayoría de las personas de su clase, a restar importancia al racismo y al antisemitismo. «Vaya V. a llorar por unos cuantos judíos achicharrados en el siglo XVI!», le escribió a su amigo Luis Vidart en una carta. «Creemos en la superioridad absoluta de la raza indoeuropea, noble y preclara, capaz de las más altas y profundas concepciones a que puede arribar mente humana», manifestó en su obra La revolución y la novela en Rusia.

―Venga, venga, no exagere, y no se sulfure, que se le está hinchando la carótida y no es para tanto. Si además yo cambio fácilmente de opinión y sé reconocer cuándo me equivoco.  De todos modos, ¿no será usted un exaltado, un zanguango, un anarquista de esos que pierde la fe en cuanto tiene un golpe de suerte y le llueven los dineros? 

No respondo, pero la fulmino con la mirada. Nunca antes había experimentado yo tantos deseos de estrangular a nadie. No me extraña que Zorrilla la llamase no ya la «inevitable», sino la «inaguantable». Y es que Emilia fue una mujer de grandes contradicciones, debido a la imposibilidad de conciliar su deseo de pertenecer a la nobleza (con privilegios y valores tradicionales) con sus ansias de feminismo y libertad.

―No se enfade usted, eh, no me haga la del humo y me deje aquí plantada. Que quizá tenga algo de razón, y de ahí venga el poco afecto que me profesaban Rosalía de Castro (su marido me odiaba) y Concepción Arenal. Menos mal que conté con la amistad de Blanca de los Ríos, con la que compartí, por cierto, el interés por la figura de «Don Juan».

Al final me calmé. La condesa poseía, después de todo, una apertura de miras inusual para su condición y su tiempo. Como decía Pavlovski, Doña Emilia era «una mujer buena y audaz que no deseaba mal a nadie».

Sentados a la mesa de un bar castizo, pedimos, por insistencia de la condesa, algo extravagante: champagne y chuletas. Apenas diez minutos después, más divertida que un sainete, inicia una interminable disertación.

―Verá usted, en la España de entonces no era útil hablar de derechos ni adelantos femeninos, despertaba más interés saber cómo se preparaba el escabeche de perdices. Ahí no había sufragistas, ¿sabe usted? Y sin embargo ahora ¡la mujer lleva pantalones! ―exclama entusiasmada―. Hace un siglo no podía decir ni la vigésima parte de lo que pensaba de mi sexo en la sociedad y ante la ley. Pues ahora me voy a despachar a gusto: soy una radical feminista; creo que todos los derechos que tiene el hombre, debe tenerlos la mujer…

El camarero se acerca con la prensa, que Doña Emilia, hambrienta de noticias, le había solicitado.

―¡Cómo está el panorama! ―dice al cabo de un rato―.La política ha cambiado poco o nada.

―¿Por qué lo dice?―pregunto con curiosidad.

―Porque seguimos con las dos Españas, y con los mismos tejemanejes y la misma mezquina cuchipanda de egoísmos, codicias y ambiciones.

―Hombre, condesa, algo habremos avanzado. Ilústreme, ¿usted en qué bando militaría?

―Pues mire, yo he ido dando bandazos desde mi juventud, fui liberal por influencia de mi padre y luego carlista cuando me casé. Llegué incluso a viajar a Londres con mi marido para comprar armas con el oro que oculté en mi sostén. Pero ahora no elegiría ni el bando de los liberales ni el de los conservadores, sino un justo medio entre estos dos polos imposibles de reconciliar.

―¿Y en cuanto a la forma de gobierno?

―Las formas de gobierno no tienen tanta importancia para mí como los estados de cultura. Si viera una república presidida por una mujer sería partidaria de la misma.

―Una república, ¿usted? ¿No se habrá dejado influir por su amante republicano?

―¿Pero sabe lo de Galdós?

―Se han publicado las cartas amorosas que usted le escribió.

La condesa se ruborizó.

―No se apure, el deseo de Galdós de comerle los pechos es hoy en día un erotismo tibio.

―Pues no fue tibio el amor que yo sentí por él.

―No debió serlo, porque la pasión por Benito Pérez Galdós puso en jaque su enconado catolicismo.

―Así fue, pero ¡qué desengaño con Benito! Yo quería una relación entre iguales, basado no solo en el amor, sino también en el intelecto y la mutua admiración. En cambio él prefería una mujer que se ajustara más a los estereotipos del momento sobre la dama decente, la madre cristiana, «el ángel del hogar» o la amante inferior dependiente y entregada. Vamos, que yo tenía que serle fiel y consentirle a él sus otras relaciones y aventuras. ¡Qué mal encajó mi infidelidad con José Lázaro Galdiano!

―Sin embargo, fue precisamente a raíz de ese desliz cuando más se encaprichó de usted.

―Sí, después de confesarle mi aventura fue cuando declaró que me amaba, porque hasta entonces… sexo y poco más. Me acosté con Galdiano por abandono y por despecho, pero cuando Benito expresó lo mucho que me quería juré serle fiel.

―A mí me impresionan las cosas que usted le escribió: «Yo me acuesto contigo y me acostaré siempre […] porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro».

―Fíjese si le quise, que le regalé el manuscrito de una de mis obras de teatro, El sacrificio, para que me perdonase el desliz con Lázaro. Benito la estrenó con el nombre de La casa de la loca. ¡Y tuvo buena acogida entre el público, qué ironía! Porque todas aquellas obras teatrales que presenté con mi nombre fracasaron. Sin embargo, todas las de Benito se «aceptaron», aunque ambos innovásemos en el modo de escribir teatro y hablásemos de los mismos temas.

―Y a pesar de todos sus esfuerzos no fue usted correspondida por tan ilustre varón.

―No. Después de aquel viaje por Europa, en el que vivimos como un matrimonio, Benito comenzó a alejarse de mí.

―Hasta el punto de tener una hija con Lorenza Cobián.

―Ay hijo, sí, tuvo una niña con la Peluda. Así que, yo, que aspiraba a una relación a lo Harried Taylor y Stuart Mill, me quedé con las ganas. Lo suyo sí que fue un matrimonio, con todas las letras.

―Bueno, Doña Emilia, quizá buscar el amor ideal sea una Quimera. Así que mejor de Blasco Ibáñez ni hablamos.

―Mejor, mejor… Pero, volviendo a Galdós… ¿Puede usted creer que, a pesar de todo, mantuvimos la relación de amistad hasta el final? Después de las cartas de amor nos pasamos a otro tipo de correspondencia. Nos comunicábamos a través de nuestras obras, expresábamos a través de ellas lo que sentíamos el uno por el otro y cómo creíamos que debía ser la relación amorosa entre hombre y mujer. Tiene usted como ejemplos mi novela Insolación, Morriña y Memorias de un solterón, y por parte de Benito La incógnita y Realidad; asimismo «discutíamos» sobre el papel de la mujer en la sociedad. Teníamos una visión diferente, la suya era patriarcal, y cuando se atrevía a reivindicar la libertad de la mujer, esta no llegaba por ejemplo hasta la emancipación económica, algo fundamental para mí. Por tanto, yo le replicaba. Escribí una crítica de Tristana y la obra de teatro Cuesta abajo en contraposición a El abuelo.

―O sea, que fueron ustedes como el dúo Pimpinela ―digo en voz baja.

―¿Decía usted algo? ―pregunta la condesa.

―Nada, nada, que quizá sea hora de ir buscando un jesuita que nos desvele el misterio de su resurrección.

―¿Podríamos antes pasarnos por la peluquería? Es que tengo el capricho de ser rubia, como me pintó Vaamonde. Y ya conoce usted el dicho: ¡Solo se muere una vez!

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EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO

SONIA ROSADO

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«Un libro entretenido y profundo. Personajes que desean y aman, que nos muestran sus miserias, sus renuncias, sus heroísmos y la consecuencia de sus acciones»

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OJALÁ ME AMES

Sonia rosado

El don más codiciado del mundo

Si ya has leído el libro de relatos OJALÁ ME AMES (en caso contrario pincha aquí) y has quedado poderosamente atraíd@ por los personajes y la intrínseca realidad de sus respectivas historias, ahora puedes disfrutar también de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO, la primera novela de la saga.

SINOPSIS

Alma, poseedora de un increíble don, ve peligrar su vida. Gente muy poderosa la busca para utilizar sus habilidades en beneficio propio. Por eso decide desaparecer sin dejar rastro, no solo para salvarse ella, sino también para alejar el mal de sus seres queridos. Pero su familia no se resigna a perderla. Sin saber si está viva o muerta, pasan diez años tratando de encontrarla, con todas las precauciones, pues en la era digital, donde todos podemos ser espiados y controlados y el correo postal es susceptible de ser confiscado, temen revelar a los enemigos su paradero. Hasta que Carmen, la madre, idea un sistema de comunicación. Conociendo la pasión de su hija por las novelas, encarga la escritura de la historia familiar utilizando el diario de Alma y los testimonios de familiares y amigos. El libro, que deciden titular «Si la muerte es la nada» tiene por tanto este propósito: enviar un mensaje a Alma.

Alma es una mujer aturdida, invadida por su historia, una mujer rota por el pasado. La opresión del ambiente en el que vive llena cada uno de los espacios, la atmósfera viciada la envuelve. La guía el amor, llevándola hasta personas oscuras por callejones sucios. La pasión la consume, y solo ve una luz pequeña a la salida del túnel. La enfermedad que muestra la muerte, y la búsqueda de la cura por cualquier medio, la arrastran hasta los bajos fondos de las ciudades y relaciones, siempre con las ansias de vida como bandera.

FRAGMENTOS DE LA NOVELA

«He escrito esta novela solo para encontrarte. Porque nadie sabe dónde estás. Hay quien dice que nos cuidas desde el más allá. Pero yo sé que estás viva. Perdóname por investigar tu vida, por entrevistar a familia y a amigos […] Perdóname por desvelar secretos, mentiras, engaños, por convertir en palabras los sentimientos, los tuyos, los míos, los de todos […] Esta novela es para ti, Alma, para que en ella puedas reconocerte, y reconocernos, en cada letra de cada página, por si llega a ti tan solo un fragmento o, por si en el caso de que nunca llegues a leerla, alguien algún día pueda contarte el argumento, y con ello, sin saberlo, te relate tu propia historia. Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»

«Alma, has encontrado la fuerza para viajar, a pesar de cómo te sientes, a pesar de lo que sientes. Has encontrado la fuerza para imponerte, para volver a ser tú, porque has dejado de ser tú, hasta tal punto que deseas secretamente que te arranquen la cabeza, con saña.

Pides que la golpeen, que la trituren, que la quemen, que la entierren, así estás de atormentada. Necesitas una nueva cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones. Ya no quieres tu cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones.

Hasta que tomas conciencia de que debes salir de ese embobamiento irracional, de ese atontamiento carnívoro que te oprime, porque otra persona, más merecedora de ello, necesita de toda tu energía.

Parodójicamente ves la salvación en otro veneno. Coges un avión y te largas.

Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»

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OJALÁ ME AMES: el libro de relatos

Es el libro de apertura de la saga. En él conocerás a los personajes y sus respectivas historias. Y si te quedas con ganas de más puedes leer también las siguientes novelas de la saga: El don más codiciado del mundo y La novia roja y el mal del Caribe.

Seducción, pasión, intriga, aventura, misterio, e incluso humor, son los ingredientes principales de estos relatos cortos donde los protagonistas luchan por la conquista del ser amado. Todos ellos viven por amor, sufren por amor, traicionan por amor, e incluso matarían o morirían por amor, por todas las formas de amor. Por el filial, por el fraternal, por el sexual, y sobre todo por el romántico, esa adictiva droga, ese virus pasional, que puede dinamitar la felicidad. Carmen y Laura ven sus vidas lastradas por la ausencia de sus seres queridos, Aziz reniega de su religión, Alma quiere que le arranquen la cabeza, Ángel combate el desamor como un guerrero solidario y Mariví guarda un oscuro secreto. «¡Ojalá me ames!», «¡Ojalá algún día me ames!», es su grito de guerra y su más íntimo deseo.

Los lectores han dicho…

«Escrito con un gusto exquisito que te hace devorar cada página como si no hubiera un mañana, una narración hermosa.»

«Las historias y el estilo poético arrebatador de la autora enganchan desde el principio.»

«Lectura fresca ideal para reflexionar sobre el poder del Amor.»

«Como la vida misma. Breve pero intenso.»

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El pasado de Aziz


Cuando sus ojos morunos se topan por primera vez, en La Habana, con los bucles pelirrojos, la mirada ámbar, los pómulos rosados y la hermosa comisura de unos labios rojos coloreados por una mordida de preocupación, EL AMOR DE AZIZ se dispara. Ella es española, y su nombre: Alma.

—¿Qué significa Aziz?

―Hombre invencible y poderoso.

―¿En serio? ―Alma esboza una sonrisa irónica. Él se inclina hacia ella, hasta rozar con la boca la punta de su nariz. El aroma natural del árabe es el de las palmas datileras, dulce como el fruto y fresco como las hojas, y a Alma le resulta acogedor como un oasis en medio del desierto.

―¿Te burlas de mí, señorita?

―Por supuesto que no ―aparta el rostro avergonzada―. Pero dime, ¿cuál es tu historia?

La infancia

Zahra se ha levantado temprano para ordeñar la única oveja de la familia, regalo de uno de los vecinos del campamento de refugiados. El frío del alba estremece sus huesudas carnes, protegidas tan solo por el tejido de su melhfa y el grueso collar que adorna su piel morena bajo ella.

De vuelta al interior de la jaima sus manos infantiles agitan un cuenco grande de leche para obtener mantequilla, mientras sus grandes ojos negros vigilan atentos el menor movimiento de su hermano pequeño Aziz, que descalzo y semidesnudo, a pesar de la baja temperatura, da volteretas sobre la estera que cubre la arena. Su madre, Salka, prepara el té del desayuno con aire cansado, porque la guerra le roba noche tras noche el sueño, pues piensa a todas horas en el regreso de su marido y de sus dos hijos mayores; cincela en su memoria su recuerdo, una y otra vez, hasta más de cien veces al día, para no olvidar sus rasgos, para no olvidar el vigor de sus hijos y la mirada sabia de su marido; cuando cierra los ojos los ve salir de entre las dunas, caminando hacia ella vestidos con pantalones de guerrillero, el fusil al hombro y el turbante amarillo enrollado al cuello; muchas otras veces ve solo a su marido, con un elzam negro que cubre su cabeza y su rostro dejando solo al descubierto sus ojos, surcados de profundas arrugas, marcas indelebles similares a las líneas definidas por el paisaje de dunas.

Un grito desgarrado desvía la mirada de Zahra del cuerpecito escuálido de su hermano al rostro agrio y demudado de Salka, cuya mano ajada y temblorosa ha dejado caer la tetera al suelo para llevársela al corazón. El líquido caliente se esparce por la estera alcanzando uno de los piececitos del niño, que llora desconsolado aferrado a la melhfa de su madre. « ¿Qué te pasa madre?» «Hija, siento adentro de mí, no sé cómo, pues no puedo explicarlo, que algo malo, algo terrible le sucede a uno de tus hermanos», sigue con la mano en el pecho, en el lugar del corazón». « ¿Pero qué dices madre…?» «Espera Zahra, veo sus ojos… claros… sí, no me cabe duda, a tu hermano mayor le acecha el demonio.»

La adolescencia

A Aziz le pica la garganta, le cuesta respirar. Necesita a su madre, necesita de su abrazo y de su protección, pero no sabe dónde está. Y ahora su hermana Zahra le resguarda debajo de una acacia, un refugio tonto ante las bombas que caen del cielo. Quiere llorar, pero no lo hace. Su padre antes de marchar a la guerra le dijo que debía ser fuerte, que debía de cuidar de su madre y de su hermana. Pero él solo tiene siete años, y está viendo llover fuego, sangre, y pedacitos de gente. Aziz despierta de esta pesadilla, fruto del recuerdo de una vívida experiencia, a la vez que el sol abre sus ojos y calienta la arena escarchada. La luz baña la tierra seca y colorea las dunas bajas. La brisa crea el sonido metálico de las llantas colgadas en los barrios de la wilaya. Los animales se desperezan en sus corrales, el gallo canta, la cabra bala. La calidez del día es un huésped bienvenido dentro de las congeladas jaimas y los fríos muros de adobe de las casas. El agua comienza a hervir en las teteras mientras el pan se cuece en los hornos de gas. Los niños se levantan para asistir al colegio y las mujeres se preparan para realizar las tareas domésticas o para ir a sus respectivos trabajos en la escuela, en el centro de salud, o en los talleres de confección. Los hombres atienden su comercio, su ganado, o también su trabajo, aunque la mayoría son militares, porque allí no hay nada mejor que hacer que pensar en el futuro, un futuro cada vez más  amenazado por la sombra de una nueva guerra. Aziz piensa si podría ser como ese médico italiano, que ayuda a sanar los ojos de un niño, castigados por el viento y la arena, y a paliar la anemia de una mujer embarazada, a atajar o mitigar los males del desierto: asma, bronquitis, diarreas, bocio, fiebres, anemia, quemaduras del sol, malnutrición, deshidratación y todos los problemas en general derivados del castigo del sol, de la mala calidad del agua y de una alimentación pobre en verduras y frutas. Aziz piensa también si podría ser profesor, como el español que da clases de pintura en la escuela, y responde con paciencia a los niños que le hacen preguntas insólitas, porque muchos no saben dibujar el mar, ni los prados, ni las flores, ni las aves. Solo los que pasan los abrasadores meses de verano en España con familias de acogida, gracias al programa Vacaciones en Paz, conocen estas maravillas de la naturaleza y pueden hablar de la sensación de bañarse en la playa, de caminar por el campo, de oler las flores o de escuchar el canto de los pájaros. Aziz piensa, por último, si podría viajar a Cuba, la opción, sin duda, más difícil de tomar, ya que, aunque tiene las mayores ventajas, tiene también los mayores inconvenientes, pues los niños saharauis que estudian en la isla pasan allí más de una década, y al finalizar los estudios universitarios deben regresar a Argelia. El choque cultural con Cuba es impactante, allí aprenden a bailar salsa y a disfrutar de la libertad sexual. Las chicas usan minifaldas y bikinis y se echan novio, y algunos hombres tienen hijos con mujeres cubanas sin estar casados, algo impensable en la cultura saharaui; todo lo que en la isla se aprende es una falta de respeto para su religión. Luego viene el drama de abandonar para siempre a la pareja o a la familia cubana para volver al Sáhara. Y aclimatarse de nuevo a la vida en los campamentos es demasiado difícil, hay quien necesita muchos meses, otros nunca se habitúan. Además la carrera estudiada en Cuba no es útil en todos los casos, lo cual es muy frustrante, porque hay licenciados o ingenieros que acaban realizando tareas menores, muy por debajo de su cualificación. Aziz finalmente se decantará por esta última opción, no sin haber antes recapacitado. Se hará del Frente Polisario, acompañará a los activistas y asistirá a eventos de interés, cuya información reportará a la radio y a la televisión de la RASD. Viajará y gozará de cierta libertad, y lo mejor: disfrutará de las mujeres. Aunque de ellas no se pueda enamorar.

Dulce ilusión

Me acaricio el vientre con ternura y sonrío. Estoy ilusionada. No entraba en mis planes pero ha sucedido, y la verdad es que estoy muy feliz. Un pedacito de él, un pedacito suyo en mis entrañas. Imagino cómo será y a quién se parecerá, pero en cambio no pienso en la reacción de Iván. No sopeso con calma las consecuencias derivadas del hecho de estar encinta. Me he limitado a tomar una decisión inamovible. Voy a tener un hijo del hombre al que tanto amo, y rezo para que tenga su tez morena, sus ojos oscuros y su fuerza y determinación ante las adversidades de la vida.

Camino muy despacio, más que pisar el suelo, mis pies parecen flotar sobre él. Saboreo cada uno de los colores, sonidos y olores del hermoso día primaveral: el sol brillante sobre un cielo azul salpicado de minúsculas nubes, el perfume dulce e intenso de las lilas que embellecen los árboles, el amable trino de los pájaros, el grato murmullo del agua que mana de la fuente en el centro de la plaza, y sobre todo las risas, las despreocupadas risas de los niños que juegan al escondite.

Iván me espera en el banco de siempre, en el banco en el que nos besamos por primera vez y en el que, una noche sin luna, sus hábiles manos jugaron bajo mi jersey recorriendo mi cintura, mis caderas y mis pechos.

Observo su gesto sombrío y su boca desfigurada por una mueca de preocupación.

Me alarmo, porque Iván es un hombre difícil de contrariar, no se amilana ante los obstáculos que se le van presentando. Ninguno de ellos le parece insalvable, y los afronta con una sonrisa y a todos les da rápida y práctica solución, porque «todo tiene solución en esta vida, todo menos la muerte», suele decirme. Por eso intuyo que algo muy grave pasa y le dejo hablar a él primero.                     

Iván es muy directo.

—Dulce, mi ex vino a verme hace tres meses y me acosté con ella. Está embarazada. Nos vamos a vivir a Londres con sus padres. Lo siento.

Y entonces pienso que hace tres meses ya salíamos juntos, y no digo nada, no puedo, porque el suelo sobre el que parecía flotar hace tan solo unos instantes se hunde bajo mis pies. El cielo se nubla, y dejo de percibir el aroma de las lilas, el canto de los pájaros y el incesante goteo del agua de la fuente.

Las risas de los niños me estrangulan el alma y me desgarran el corazón. 

¡Arrancadme la cabeza!

Grito desesperado de Alma, impotente ante el amor que siente por Jairo

Por favor, ¡arrancadme la cabeza! ¡Arrancádmela con saña! ¡Golpeadla, trituradla, quemadla, enterradla! ¡Y dadme así la libertad! Fabricadme después una nueva, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de las estúpidas pasiones. Ya no quiero mi cabeza, porque ya no es mía, la lujuria la ha devorado, como harían las hormigas con una lagartija viva dentro de un tarro de cristal. Solo que el tarro es, en este caso, un laberinto teñido de rojo en el que soy incapaz de encontrar la salida. ¿Y cómo voy a hacerlo? Si no puedo concentrarme en nada que no sea ÉL, cada hora, cada minuto y cada segundo del día. He dejado de ser yo, hasta el punto de dejarme comer por sus deseos carnales. Pero ya no, ya no puedo tolerarlo más porque hay alguien que me necesita. Así que por favor, ¡ayudadme!, sacadme de este embobamiento irracional, de este atontamiento carnívoro; y no tengáis remordimientos, porque esta no soy yo. Por favor, ¡arrancadme la cabeza y devolvedme mi libertad!

El inicio de la pandemia

Imagen de REUTERS

Recuerdo la primera vez que contemplé el amanecer en brazos de Soledad. Nos habíamos conocido el día anterior. La había estado observando, durante toda la tarde, esperar sola y desamparada en la Renfe de Villaverde Bajo, a alguien que nunca llegaría. Y decidí rescatarla, llevándola a mi refugio, al edificio abandonado de la antigua estación de tren, donde atendía a las personas sin hogar con las que convivía. Pensé que jamás volvería a enamorarme, ya que nunca había experimentado antes un amor tan grande como el que sentía por mi exnovia, Mariví. Con ella me volví loco, pues abrió mi corazón y se coló dentro para habitar en él, desordenando mi vida por completo. Cada vez que me miraba, me sonreía o me besaba, yo dejaba de ser «yo». Mi ser entero le pertenecía, era su prisionero. Pero aquel inesperado día en que me topé con Soledad, fue como si un rayo de luz rompiera las cadenas que me aprisionaban. Sentí que amándola a ella sería capaz de olvidar, por fin, a Mariví, que me había abandonado por otro, que a su vez terminaría abandonándola a ella, dejándola embarazada y negándose a reconocer a su bebé. Entonces yo le propuse matrimonio y ejercer de padre de su futuro hijo. Ella me rechazó, pero ese doloroso rechazo terminó reconduciendo mi vida. Me convertí en EL ÁNGEL.

Desperté por tanto aquel día en brazos de Soledad, tras una noche de cariño, ternura, mimos y abrazos. Aquello no era pasión, iba más allá, superando toda excitación sexual. Era una sensación de bienestar que recorría mi espina dorsal, y barría toda sensación de angustia, vacío y frustración. Era un sentimiento hermoso, puro y desconocido que me desveló la verdadera forma de amar. Ambos estábamos verdaderamente necesitados, de afecto, de comprensión, de cariño. Sobre todo después de lo que iba a suceder a continuación: la muerte de nuestros seres queridos y una pandemia que asolaría el mundo.

Todo empezó aquella mágica mañana, cuando tras deshacerme del abrazo de Soledad, le pedí que cuidara de los «sin techo» hasta que yo regresara del trabajo. Conduje hasta el hospital mientras escuchaba en la radio la canción Resistiré de El Dúo Dinámico. No podía imaginar que aquella antigua melodía, compuesta en los años ochenta del siglo pasado, llegaría pronto a ser el himno de toda una nación.

Sandra, la recepcionista, indicó al guardia de seguridad que me diera el alto en cuanto me vio aparecer.

—¿Qué ocurre? —les pregunté a ambos.

—Ve a ver a Pablo, está en su despacho —me dijo Sandra—. Tiene algo importante que comunicarte —añadió al ver mi indecisión. Pablo era mi jefe de planta y mi relación con él no era buena, pues yo le solía hacer muchas recomendaciones y sugerencias acerca de cómo hacer mejor su trabajo. A él por supuesto no le agradaba nada mi intromisión y hacía caso omiso de todos mis consejos, aunque repercutiesen en beneficio de los pacientes. Pero aquella vez, todo iba a ser diferente, muy diferente.

Para empezar tuve que recibir de él la noticia más dura de mi vida. Mariví acababa de morir en la UCI y, por si fuera poco, descubrí que igual suerte había corrido Norma, la amiga de Soledad. Las dos habían sido víctimas del mismo accidente. Se me saltaron las lágrimas al instante, no podía creerlo. No sabía cómo encajar aquello, y menos delante de aquel maldito médico.

—Ángel…—me dijo en tono afectuoso—. Sé que estás afectado, y que probablemente la seguías amando. Tienes todo mi apoyo y, por supuesto, cualquier cosa que necesites. Puedes cogerte unos días de baja y recibir atención psicológica aquí en el centro. Eso sí, debo confesarte que dentro de muy poco vamos a necesitar a todo el personal disponible en el hospital. No sé si has visto las noticias en la televisión esta mañana.

—En realidad no. Sabes que ahora vivo en la antigua estación cuidando de las personas sin hogar. Apenas tengo tiempo de ver la tele.

—Comprendo. Pues Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias del Ministerio de Sanidad, acaba de dar un comunicado. Se han detectado 76 casos de coronavirus COVID-19 en Italia, en la zona de Lombardía y Véneto.

—Pero si esas son las regiones donde se encuentran Milán y Venecia, zonas muy turísticas del país…

—Exacto. Y me temo que cuando todos los turistas regresen a sus casas muchos de ellos llevarán el virus consigo, y comenzaran a transmitirlo en sus respectivos países.

—¡Dios mío! ¿Tú sabes la cantidad de turistas europeos y del resto del mundo que viaja a Italia? ¿La cantidad de personas de España y de otros países de la Unión Europea que trabajan allí?

—Sí. Me temo que si los gobiernos y la propia UE no toman medidas urgentes y tan restrictivas como las de China, desde el primer momento, esto va a ser un coladero. Tenemos el ejemplo chino, la provincia de Hubei paralizada, millones de personas en cuarentena, drones desinfectando las calles, miles de infectados y… de muertos.

—¿Tú crees que los gobiernos actuarán rápido?

—Desconfío de que así sea. Está el factor económico. En cualquier caso debemos prepararnos. Ya de por sí tenemos un problema de escasez de medios materiales y humanos, debidos a los recortes. Voy a establecer un protocolo con medidas de seguridad del personal y de optimización de los recursos con los que contamos. Y he pensado también en preparar el gimnasio para albergar camas UCI.

—¿Piensas que es necesario llegar a tanto?

—Me temo que sí. Prefiero pecar de exagerado y tomar desde ya las necesarias precauciones. Si Italia no cierra fronteras desde el minuto uno, y España no pone en cuarentena obligatoria a la gente que venga de allí, en poco tiempo tendremos por todo el país miles de infectados. Digan lo que digan a partir de ahora la prensa y los políticos esto es serio. Estamos hablando de un virus que se propaga a la velocidad del rayo, un virus para el que no existe vacuna, un virus que está matando, sobre todo a las personas mayores y personas con patologías, un virus que está desesperando a los médicos chinos, que no entienden por qué hay pacientes que pasan de tener un cuadro moderadamente grave a morir de un día para otro. Los pulmones dejan de funcionar de repente. Además, se están estudiando las secuelas que el virus deja en los supervivientes. También he leído que en muchos casos están utilizando radiografías de tórax para la diagnosis, pues parece ser que los test dan muchos falsos negativos y deben realizarlo de tres a cuatro veces hasta que obtienen el positivo.

—¡Pero esto es un problema de dimensiones descomunales! ¡Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos!

—Lo haremos Ángel. Te lo prometo.

Salí mareado del despacho de Pablo, tuve que apoyar una mano en la pared, agachar la cabeza y respirar hondo para no vomitar o caer. En ese estado me encontró Dulce, la hermana de Alma. Ambas eran, o mejor dicho, habían sido, primas de Mariví. Sí, ironías del destino, aquella muchacha llamada Alma a quien robé en Florencia el relato RECUERDOS DE CAMA resultó ser prima hermana de Mariví.

—Ángel, ¿estás bien?

—Sí —contesté incorporándome y alzando la cabeza hacia ella—. Dulce, ¿qué haces aquí en la zona del personal médico?

—Te estaba buscando. He preguntado por ti y me han dicho que estabas reunido con el jefe de planta. Quería verte antes de que comenzaras tu turno. No sabía si ya te habrías enterado.

—Acabo de saberlo.

—Lo siento —me dijo con lágrimas en los ojos.

—Yo también —respondí con un hilo de voz—. ¿Y la niña?

—¿La conoces?

—En realidad no.

—Laurita está con mis padres. Ahora mismo la están dando un paseo por los alrededores del hospital. He quedado ahora con ellos en la cafetería.

—¿Y los demás?

—No hay nadie más. Ninguno de los hermanastros de Mariví se ha dignado aún a venir. Tampoco lo ha hecho su padrastro. Solo estamos Manuela y yo. También estaría Alma, si no… si no estuviera desaparecida.

—Lo sé. Después de tantos años, ¿tenéis alguna pista nueva?

—No, pero hemos ideado un método para tratar de ponernos en contacto con ella sin levantar sospechas. No sabemos si la secta sigue de algún modo operativa.

—¿Qué vais a hacer?

—Escribir una novela, contando su vida, y la nuestra. En ella le haremos llegar un mensaje, sabrá que la estamos buscando y que queremos que vuelva. Esperamos sacarla al mercado en el plazo máximo de dos años. Tiene que ser lo bastante buena como para que se venda y se hable de ella.

—Es una gran idea. Alma podría pasarse días enteros en una librería o en una biblioteca. Seguro que tarde o temprano descubriría la novela. ¿Y ha habéis pensado en el título?

—Sí. Si la muerte es la nada.

Suspiro.

—Ángel —me miró fijamente a los ojos—. Ojalá fueras tú el padre de Laurita.

—Pues no lo soy. Mariví estaba convencida. El padre es Jairo.

—Ya, pues no es justo. ¿Por qué tenía que conocer a Jairo casi diez años después de destrozarle la vida a mi hermana? Y mira que se lo advertí. Pero ya sabes que mi prima era testaruda. Pensaba además que con ella sería diferente, y que podría hacerle cambiar.

—Pues por desgracia no ha sido así.

—Te juro que no sé lo que tiene ese hombre, Ángel. A veces pienso que destila hormonas que se adhieren a la piel de las mujeres como abejas a la miel. Otra explicación no tiene.

—¿Pero sigue casado?

—Por supuesto. Puede que Elisabeth tenga más cuernos que un ciervo, pero nunca la dejará.

Me encogí de hombros. Todo eso me daba igual.

—Venga, vamos a la cafetería, mis padres deben de haber llegado ya. Quiero que conozcas a la niña.

Alejandro, el padre de Dulce y Alma, empujaba un carro de bebé, pero Laurita estaba en los brazos de Carmen, llorando. Me la entregó para que yo la cogiera, y automáticamente se calmó. Algo había ocurrido entre nosotros, algo se había activado en mi interior, una ola de ternura, un deseo de protección, como si nos uniese un hilo invisible, más aún, un vínculo de sangre. Pero cómo iba a ser eso posible, si aquella criatura a la que miraba arrobado ni tan siquiera era mi hija. Le manifesté el deseo a Dulce de verla de vez en cuando. Ella aceptó.

—Serás una gran influencia para ella, Ángel, todo un ejemplo. ¡Y quién sabe!, igual acaba siguiendo tus pasos y se convierte en personal sanitario.

Quedamos en vernos dentro de dos sábados, cuando me tocaba librar.

Pero el encuentro no se produjo.

No se produciría jamás.

Nadie estaba preparado para lo que iba a suceder.

Pandemia

Estado de alarma.

Cuarentena

Confinamiento.

Colapso humano, económico y sanitario.

Miles de infectados.

Miles de muertos

El planeta Tierra en guerra.

El enemigo: el SARS-CoV-2, un virus letal.

Jugar con fuego

Retengo las lágrimas que pugnan por salir, maldiciendo el día en que ese moreno de ojos oliva se cruzó en mi camino.

Por su culpa he dejado de tener una vida. Porque ahora mi existencia entera gira en torno a ÉL, en torno a ese hombre varonil y seductor que me tiene enloquecida. Sé, porque él mismo me lo ha contado, que ha estado con unas cuantas mujeres, todas guapas. Por eso no comprendo por qué se fijó en mí cuando me conoció. El caso es que él empezó a tontear conmigo y a mí me gustó. Entonces me planteé sus galanterías y sus juegos como un reto. Me propuse conquistarle en serio, enamorarle en serio. Quise tomármelo como una venganza en general hacia los hombres, hacia esos canallas que se aprovechan de los sentimientos de las mujeres y luego las dejan plantadas, como le había ocurrido a mi hermana Dulce. Quería ver al conquistador conquistado. Para conseguirlo adelgacé cinco kilos, me teñí el pelo de color cobrizo y empecé a llevar ropa ajustada y sexy. Me transformé en una nueva Alma, una mujer más femenina, atractiva y deseable. Pero después de muchos meses de coqueteo tuve que admitir a regañadientes que algo fallaba en mi plan. Si Jairo era el típico mujeriego, ¿por qué no había intentado llevarme a la cama? Nunca me había propuesto quedar, en realidad nunca me había propuesto nada, solo me vacilaba. Y estaba muy confusa porque sabía, desde que intentó besarme en Canarias, que de verdad me deseaba. Lo sabía también por su forma de mirarme, y por las caricias que me hacía en la cara. Lo sabía porque se tropezaba conmigo como por descuido y retenía su mano entre las mías cada vez que intercambiábamos unos folios o un bolígrafo. Lo sabía porque era escrupuloso, y sin embargo en las comidas de trabajo a veces él bebía de mi vaso y yo utilizaba su cucharilla de postre. Lo sabía porque una vez posó sus labios sobre mi frente para comprobar si tenía fiebre. E incluso en más de una ocasión, lejos de miradas indiscretas, me había cogido en brazos. Pero después de La Gomera no había intentado de nuevo besarme. Nunca. Hasta que por fin sucedió. Nos quedamos en la agencia solos por casualidad y ahí comenzó la historia que aún perdura.

He jugado con fuego y me he quemado, porque ni duermo, ni como, ni vivo.