La Habana invisible

¿TE GUSTA LA HABANA?

Si hacemos esta pregunta a los turistas nos sorprenderá escuchar que a algunos les encanta pero que a otros les horroriza. Y es que esta ciudad es así, porque La Habana, de buenas a primeras, te seduce o te produce rechazo, todo depende de quién mire y cómo se mire. Así que para formarte tu propia opinión necesitas ir allí y empaparte del ambiente, o puedes también leer mi novela 😉 El don más codiciado del mundo.

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¿CÓMO ES LA HABANA?

Os ilustro con unas cuantas fotografías.

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Pasear por La Habana Vieja produce la sensación de vivir en otra época. El tiempo parece haberse detenido en ella anclándola en la década de los cincuenta del siglo pasado, pero en lugar de conservar el esplendor de esos años el abandono ha sumido a esa parte de la ciudad en una dolorosa decadencia, como si acabase de sufrir el efecto devastador de una guerra. Se cae a pedazos.

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Sus calles están sucias y llenas de zanjas, las aceras son desiguales y hay muchos edificios sostenidos por andamios para evitar su caída. La mayoría de las viviendas presentan un aspecto ruinoso, con fachadas descoloridas, agujereadas, surcadas por enormes desconchones que parecen piel que se cae a tiras.

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Algunos bloques, roídos por inmensos socavones, parecen a punto de derrumbarse, por eso impacta tanto ver gente asomada a las ventanas y ropa tendida en los balcones. Solo se salvan de esta miseria varios monumentos o edificios de la época colonial bien conservados debido a su carácter turístico o gubernamental.

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El Capitolio, icono arquitectónico por excelencia, es quizá el edificio más imponente. Y por supuesto los hoteles, algunos enclavados en edificios históricos, se mantienen en óptimas condiciones. Los hay incluso que podrían calificarse de un lujo indignante por encontrarse en medio de tanta pobreza. El contraste con las viviendas erigidas alrededor es tan grotesco que da vergüenza alojarse en ellos.

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En cuanto a los automóviles, la mayoría son demasiado antiguos, como los añejos Cadillacs, que circulan llenos de abolladuras y de parches de pintura cientos de veces retocada. Y es que, con libretas de racionamiento y sueldos que en ocasiones no llegan ni a los diez euros mensuales, los cubanos se arreglan como pueden. Muchos habaneros intentan sacar provecho de los turistas, a los que ofrecen todo tipo de servicios, como circuitos turísticos, taxis, o restaurantes. Servicios todos ellos ilegales, al margen de la gestión del estado.

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De modo que, por ejemplo, el viajero corre el riesgo de pactar un precio para un determinado recorrido en coche de caballos y que el conductor a la mitad le deje tirado; que uno de esos supuestos taxistas le pida un adelanto para gasolina para que el precario motor pueda arrancar; que le lleven al corral de una casa particular donde han montado un restaurante que sirve productos del mercado negro, mientras una banda local que pide propina toca sus canciones con el canto del gallo de fondo. La picaresca no tiene límites: hay pintores que te persiguen y te hacen retratos que no has pedido; ni tampoco edad: señoras de setenta años o más se disfrazan con vestidos afrocubanos y turbantes en la cabeza para posar ante las cámaras de los viajeros más inocentes, que deben pagar después su buena disposición a dejarse fotografiar.

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Otra «costumbre» local es la de la venta de puros falsos. Los ofrecen más baratos porque según ellos algún familiar los «saca» de la fábrica donde trabaja, cuando en realidad están elaborados en sus casas con hojas secas de plátano. Pero la práctica diaria más rentable, si sale bien, es la de cambiar a los visitantes incautos los pesos cubanos (CUP), la moneda nacional, por pesos cubanos convertibles (CUC), la moneda utilizada por los extranjeros. Les convencen de que tienen el mismo valor, pero no es así, ya que un peso convertible ―equivalente a un dólar― son unos veinticinco pesos cubanos.

Sin embargo, a pesar de la falta de libertad y la escasez de bienes y recursos, los cubanos tienen un carácter abierto y alegre digno de admiración. Les gusta disfrutar de la vida al aire libre, del baile, de la fiesta, y por supuesto del sexo.

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¿Y A TI? ¿LA HABANA TE ENCANTA O TE HORRORIZA?

Espero que el post os haya resultado útil a la hora de decantaros, o no, por Cuba, y más en concreto por La Habana, como destino de vuestras próximas vacaciones. Y si decidís ir,  que el respeto y la solidaridad sean vuestras máximas. Yo volvería sin dudarlo. Mientras vosotros lo pensáis yo me voy a «subir la radio», que bailar nunca está de más.

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Rincones de Granada I: La Alhambra

Fotografía: vista de la Alhambra (al fondo) desde el barrio del Albaicín.

Granada, en el sureste de Andalucía, nos brinda numerosos rincones secretos: bellezas naturales, paisajísticas y arquitectónicas. En Granada, la última ciudad «reconquistada» por los Reyes Católicos a los árabes, el legado morisco de la Alhambra nos transporta al pasado, a un lugar de cuentos, mitos y leyendas.

Vista del Albaicín desde la Alcazaba de la Alhambra.

Visitando la Alhambra entendemos la pena de Boabdil, último sultán del reino nazarí, por tener que abandonar para siempre su palacio, construido por sus antepasados doscientos años atrás.

Mitos y leyendas

Corría el año 1492, y Boabdil, tras la entrega de las llaves de la ciudad, salió por la puerta principal de la Alhambra, situada en la Torre de los Siete Suelos, pidiendo que esa puerta se cerrase y que nunca más fuera utilizada. Su deseo se respeta hasta hoy, por lo que la Puerta de los Siete Suelos permanece siempre cerrada.

Boabdil partió con su séquito hacia un destierro impuesto en la zona de las Alpujarras. Cuando llegó a la última loma desde la que se divisa la Alhambra, a unos 12 kilómetros al sur, se detuvo. Y observando por última vez el que había sido su hogar dijo: «Hasta siempre patria de mi alma. Hágase pues la voluntad de Alá». A lo que su propia madre, la sultana Aixa al-Horra contestó: «Llora como mujer lo que no has sabido defender como un hombre». Hoy, ese lugar, a 865 m de altitud en la Villa de Otura, se llama Puerto del Suspiro del Moro.

Cuadro de Manuel Gómez Moreno: Salida de la familia de Boabdil de Granada (1880). MUSEO DE BELLAS ARTES (Palacio de Carlos V, dentro de la Alhambra)

Sintra

«Sería un buen paraíso si Dios hiciese otra tentativa»

José Saramago

A un paso de Lisboa, enclavada entre las cumbres del Monte de la Luna, Sintra es una ciudad mágica. Su hechizo te envuelve nada más llegar. Estás en otra época, en otro tiempo. Lo que contemplan tus ojos, atónitos, es el sueño hecho realidad de los reyes y masones que habitaron la villa, tallando su impronta en cada uno de sus jardines y piedras.

Cuenta la leyenda que en sus montes los celtas celebraban ceremonias druídicas y que, desde la prehistoria, se rendía culto a la luna, de ahí el nombre Monte da Lua. La práctica de estos ritos llenaron los paraje de magia y supersticiones. Se dice, de hecho, que de las montañas manan energías telúricas y espirituales.

La aureola de enigma y misterio que rodea a Sintra, unida a la belleza de su naturaleza salvaje y sus edificios románticos, ha sido el acicate de muchos músicos y literatos. Richard Strauss, Hans Christian Andersen y Lord Byron, entre otros, encontraron en esta asombrosa villa la inspiración para componer algunas de sus obras.

PALÁCIO DA PENA

Un regalo de amor de Fernando II para su esposa, la reina María II de Portugal

Tras la niebla, con las últimas brumas disipadas, un palacio colorido de torres almenadas se alza en lo alto de la sierra como en un cuento de hadas. Es el Palácio Da Pena, fruto de la genialidad creativa de Fernando II, mezcla de estilos manuelino y morisco. A su alrededor exuberantes jardines, con más de quinientas especies arbóreas procedentes de todo el mundo, conforman un parque natural de una belleza inusitada.

QUINTA DA REGALEIRA

En el corazón de la ciudad, el Palácio e Quinta da Regaleira oculta el misterio de la masonería y los símbolos templarios. El brasileño Carvalho Monteiro hizo de este palacio su propio templo masónico, contratando al arquitecto Luigi Manini para que transformara el palacio y el bosque que lo circundaba. Inspirándose en la Divina Comedia de Dante construyeron un entramado de sinuosos caminos, colinas, y grutas que hacen referencia a las dificultades del Mundo y la bajada a los Infiernos.

La quinta terminó de construirse en 1910, agrupando los estilos gótico, románico, renacentista y manuelino.
En la parte más alta de la casa, una torre octogonal se abre a la terraza de la biblioteca, donde se experimentaba la alquimia.

Símbolos de la Luna, la Tierra y el Sol se encuentran repartidos por toda la finca, conviviendo con las estatuas de los dioses greco-romanos, obra del escultor José da Fonseca.

El paraje oculta grutas secretas, galerías subterráneas, lagos, cascadas y pozos utilizados para celebrar los ritos de iniciación masónicos.

Uno de los pozos iniciáticos del rito masón. Simboliza la Muerte, y desciende lentamente (el descenso es el Purgatorio) hasta las grutas que interconectan toda la quinta (el Infierno). Su fondo, recubierto de mármol, luce la cruz templaria debajo de la mística rosa de los vientos.

Para más información sobre Sintra:

http://www.visitportugal.com

http://www.cm-sintra.pt

http://www.parquesdesintra.pt

http://www.regaleira.pt

Una terapia fantástica

Imagen de luxstorm en Pixabay 

Sonia Rosado/

Estoy en Italia, en Florencia, en el Campanile de Giotto, contemplando de pie la ciudad desde las alturas. No siento vértigo, todo el vértigo que podía sentir creo que ya lo he experimentado, en el lapso de unos pocos meses. En julio estuve en La Habana, donde puse mi vida en peligro, incluso fui secuestrada, pero al final el riesgo no valió de nada, mi hermano nos dejó de todas formas. Después perdí mi trabajo, y llevo un mes divorciada porque me enamoré como una idiota, de Jairo. Y ahora, mientras ÉL está disfrutando de su luna de miel con Elisabeth, yo estoy pensando cuántos segundos tardará mi cuerpo en recorrer la distancia entre el punto más alto del Campanile y la plaza del Duomo. De repente me embarga un ligero mareo, y me agacho para sentarme en el suelo, por dos motivos, para evitar la tentación de lanzarme al vacío y porque estoy demasiado cansada, tanto que me cuesta respirar. Mi amiga Ángela se acerca a mí, asustada. Dios mío, Alma, estás pálida, me dice. Seguro que lo estoy, porque me duelen las piernas y los brazos, y tengo ganas de vomitar. Debemos volver a casa, me insta Ángela, que me ayuda a levantarme y también a caminar.

Bajar los cuatrocientos escalones del campanile es una tarea ardua. Mis piernas pesan como el plomo. Mientras descendemos, Ángela me mira con compasión. Vamos Alma, anímate. No tienes nada que lamentar. TU VIDA ANTES DE JAIRO era bastante complicada.

Ya en el exterior, bajo el influjo del sol de mediodía me siento desfallecer. Los potentes rayos de luz me queman por dentro, y un calor seco acelera los latidos de mi corazón. Entonces lo veo, a mi querido Tito, a un Tito sano, fuerte y hermoso, que me llama sonriente con el dedo índice de su mano. Acudo febril a su encuentro, imprimiendo, en las baldosas de piedra, pequeñas y débiles pisadas. Llego hasta él abriendo los brazos para acogerlo en mi seno. De pronto el semblante de mi hermano adquiere la dureza de una roca. Su gesto, serio y sombrío, es lo último que observo antes de caer desplomada sobre el pavimento gris de la histórica plaza italiana.

Me despierto en una ambulancia, tumbada en una camilla. Tengo mucha fiebre. Ángela está a mi lado, llorando. Cuando se percata de que he abierto los ojos trata de esconder las lágrimas limpiándose la cara con una toallita refrescante.

Me llevan a un hospital algo lejos de Florencia, menos masificado y donde atienden antes las urgencias. En el registro, después de preguntarme por mis síntomas, me hacen cumplimentar una hoja con mis datos personales. Me solicitan mi tarjeta sanitaria europea, al tiempo que me ponen un termómetro y me dan paracetamol para bajarme los treinta y nueve grados de fiebre. A los pocos minutos me llevan a la consulta de reconocimiento, Ángela se queda en la sala de espera. Me auscultan el tórax, me colocan un pulsímetro en el dedo para comprobar el porcentaje de saturación de oxígeno y me hacen un electrocardiograma. También quieren realizarme una radiografía, pero antes necesitan saber si estoy embarazada. Les cuento en español y en inglés que no hay ninguna posibilidad de que esté preñada. Aun así tengo que firmarlo por escrito y dar mi autorización para la realización de la prueba, durante la cual me tengo que apañar con las instrucciones que el técnico de rayos X me da en francés.

A continuación me conducen en camilla a observación, con otros pacientes. Pasa bastante tiempo hasta que alguien viene a verme para contarme qué es lo que me pasa, aunque yo ya me lo imagino. Un joven enfermero, llamado Ángel, me lo corrobora en un perfecto español. Tengo neumonía, sí, eso ya lo suponía, pero lo que no esperaba oír es que es una neumonía grave, la mancha del pulmón izquierdo que han visto en la radiografía es grande, la infección es importante. Van a ingresarme como mínimo cinco días, y eso ya sí que me preocupa. Justo en ese momento recibo en el móvil una llamada de Dulce, no lo cojo, no quiero decirle a mi hermana que estoy en un hospital. No quiero asustar a mi familia.

Se hace de noche. A Ángela no le permiten quedarse conmigo y regresa en taxi a su villa. Me trasladan a una habitación ocupada por otras dos mujeres, una es más o menos de mi edad y la otra es una señora mayor. La joven tiene un extraño virus tropical, que no son capaces de determinar, y la señora mayor una infección a raíz de una operación de corazón. Una enfermera me dice en «itañol», así denomino yo a la mezcla de ambos idiomas, que tenga paciencia con ellas, porque se pasan el día discutiendo por elegir el canal de televisión o la temperatura del aire acondicionado.

Y aquí estoy, con la mascarilla de oxígeno en la cara y enganchada al antibiótico por vía intravenosa, tumbada en la cama mirando al techo, esperando a que remita la fiebre o me venza el sueño, mientras lleno mi mente de oscuros pensamientos, mortificándome por mi egoísmo, porque siempre estoy tratando de superar mis carencias y defectos para poder seguir creyéndome el ombligo del mundo, la protagonista de una ÓPERA, cosa que me está resultando bastante difícil esta vez. Por fortuna, una taza de capuccino, depositada sobre mi cama en un plato, es una inyección de ánimo para mi creciente desconsuelo.

A la mañana siguiente abro los ojos sobresaltada por el murmullo de voces y pasos que llegan desde el pasillo. Me levanto, con la misma ropa con la que entré en el hospital, pantalones cortos y camiseta de tirantes −aquí no te dan camisón como en España−, y me calzo mis sandalias planas. Salgo fuera de la habitación, y me fijo en que las enfermeras llevan libros en las bandejas del desayuno, todos con etiquetas de diferentes colores. Regreso a mi cama, a esperar con curiosidad una de aquellas extrañas bandejas. Por fin entra alguien. Es el enfermero español de nombre Ángel. Mis compañeras reciben, con el desayuno, novelas, una cada una. Del libro de la anciana pende una etiqueta roja, del de la joven una morada. Pero para mí no hay novela, aunque si la hubiera no podría leerla, pues no hablo italiano. Ángel adivina mis pensamientos con solo ver mi cara de desconcierto. A ti todavía no te ha visto el psicólogo, me comenta, pero de todas formas no tenemos nada en español. Le pregunto por qué sirven libros a los pacientes. Es una nueva terapia, me responde. Muchas veces las enfermedades físicas son el reflejo de las enfermedades emocionales. Y aun cuando no lo sean, los libros siempre nos ayudan, son una especie de cura. Podemos vivir a través de ellos otras vidas, o comprender mejor la nuestra, y así sanarnos el alma.

Pues la mía está patas arriba, le digo.

Me mira extrañado.

Mi vida, quiero decir. Es un galimatías. La verdad es que necesitaría una guía para entenderme a mí misma, y a las personas o circunstancias que tanto me han hecho sufrir.

¿Qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?

Ahora mismo se me ocurre que si el amor, el enamoramiento y el deseo recayesen sobre la misma persona, nos evitaríamos muchos problemas y mucho sufrimiento. Desde luego la humanidad sería más feliz.

Tienes ahí algo de razón, pero el ser humano es más complejo que eso, me replica el enfermero. Puedes amar a varias personas a la vez, aunque de diferentes formas.

Pero enamorarte solo de una…

Así es. ¿Sabes Alma?  Me gustaría darte algo para leer, con etiqueta roja, pero, como te he dicho antes, no hay nada en nuestro idioma. Eres la única paciente española que ha habido en este hospital desde hace mucho tiempo. Creo que es hora de reclamar la inclusión de otras lenguas en nuestra biblioteca.

Y yo creo que debería hacer una profunda reflexión acerca de lo que me pasa. Escribiré algo, y lo dejaré aquí para que otros compatriotas, después de mí, lo lean.

Es una buena idea, me dice Ángel, te proporcionaré boli y papel.

Por la tarde comienzo a escribir RECUERDOS DE CAMA. Cuando termino llamo de nuevo al enfermero para que busque un rincón para mi relato en la biblioteca. Con el tiempo sabré que nunca lo hizo. Lo guardó para sí mismo. Diez años después se lo enseñará a Mariví, al enterarse de que espera un hijo de Jairo. Le explicará que quiere cuidar de ella y de su bebé, porque su amor es como EL AMOR DE AZIZ. Lo que ninguno podrá imaginar es que el Jairo de mi relato será exactamente el mismo Jairo de Mariví, cuya vida era un CUENTO DISPARATADO, antes de sufrir EL ACCIDENTE que impedirá a EL ÁNGEL conocer mucho antes esa gran verdad que cambiará, para siempre, su vida.

COMARES, Málaga: Pueblo Mágico de España

Sonia Rosado/

En Málaga, en pleno corazón de la Axarquía, desde las sinuosas curvas de la carretera, pasado Periana, se divisa un pueblo a lo lejos. Colgado en la sierra, suspendido en el horizonte, parece un nido de palomas blancas asentado en la rama de un árbol, tal es el resplandor de sus casas encaladas, que brillan como diamantes en el cielo añil despejado.

Comares es un pueblo mágico, una atalaya natural enclavada a más de 700 metros de altitud. Comares sabe a aceite, a almendras, a uvas pasas y a vino; huele a flores, y a mar en la lejanía; y suena al trino amable de pájaros altivos.

El trazado serpenteante de sus estrechas callejuelas habla de su legado morisco. Las fachadas de las casas lucen los nombres de sus dueños, y en muchos rincones los tradicionales azulejos narran la historia de sus habitantes. En el suelo empedrado, baldosas con el dibujo impreso de huellas árabes de cerámica nos indican el camino. Siguiéndolas llegamos al cementerio, enclavado en el antiguo castillo de la villa. Las espectaculares vistas allí invitan a quedarse, y a explorar, haciendo senderismo, el monte; o ¿por qué no? a colgarse de la tirolina más larga de España. Y como colofón a la aventura, su rica gastronomía: chivo, gazpachuelo, ajocolorao, ajoblanco, sopa de tomate o pimiento y de puchero. Y con los últimos destellos del sol, cuando el atardecer despliega su cálida y suave luz sobre los montes, empieza la fiesta con la Panda de los Verdiales, la alegre música del folclore.