Mi padre es un héroe

Me llamo Laura Domínguez López, por exclusiva decisión de mi madre. Mi padre no tuvo nada que ver en la elección de mi nombre, ni en nada concerniente a mí, a decir verdad. Los dos apellidos son de mi madre, María Victoria Domínguez López, a la que todo el mundo llamaba Mariví. Del hombre cuyos genes están impresos en mí solo sé que contribuyó a mi concepción. El resto es un misterio. Jamás pude preguntarle a ella, a Mariví, pues murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía nueve meses. Me crio mi abuela Manuela, quien tampoco sabía gran cosa, pues hacía años que se había enfriado la relación con mi madre, a raíz de la muerte de mi abuelo y la posterior boda de mi abuela con un señor gritón y antipático que siempre olía a puros y a alcohol. Al menos ese es el recuerdo que guardo de mi abuelo postizo, que falleció cuando yo tenía ocho años de edad. En definitiva, no sé quién es mi padre, y por ende no sé quién soy yo. Porque según mi abuela poco tengo de mi madre, tan solo una figura esbelta, una piel fina y blanca y unos ojos azules puros y cristalinos. Mi madre era una mujer pragmática y superficial, desapasionada y poco dada al altruismo o a idealismos de ninguna clase. Pero yo no soy así, sino todo lo contrario. «Esta niña no sé a quién habrá salido», solía decir mi abuela a sus amigas, «Tan sensible, tan cariñosa, siempre preocupándose por el bienestar de los demás, y recogiendo a todos los gatos de la calle…, pero ya me he hartado, en mi casa no solo no entra un gato más sino que me he deshecho también del perro». El caso es que la pregunta que se hacía indirectamente mi abuela también me la hago yo: «¿A quién he salido?». Puede que no sea como mi madre, pero no creo que me parezca en absoluto a mi padre. Si fuera así estoy segura de que él nunca me habría abandonado, como afirma mi abuela que hizo. Por eso siempre he estado tan confusa, aparte de sentirme incomprendida y fuera de lugar entre tíos −hijos del segundo matrimonio de mi abuela− y primos caracterizados por el egoísmo y la falta de empatía y sensibilidad. «¿Quién soy yo?» «¿De dónde procedo?» La incertidumbre me produce desasosiego, el desconocimiento soledad. Con la muerte de mi abuela me he dado cuenta de que necesito conocer mi identidad, mis orígenes, la otra parte de mi familia, sea para bien o para mal. Por eso decidí ponerme a investigar. Y algo he hallado, mi madre sigue estando en Facebook, una red social hoy en día prácticamente en desuso pero que continúa existiendo en 2041. He visitado su perfil y el de todos sus amigos, y he llegado a la siguiente conclusión: Mariví solo tuvo un novio, durante muchos años, se llamaba, o se llama, Ángel. Pero según los mensajes de Messenger intercambiados con él mi padre es en realidad un tal Jairo Casado, que ni siquiera tiene perfil en Facebook, algo bastante raro. Por lo que extraigo una nueva conclusión: el tal Jairo ocultaba u oculta algo. Y ese algo puede ser la relación con mi madre, pero ese algo puedo ser también yo. Gracias a esta red social he averiguado además el correo electrónico de mi madre. Por suerte la contraseña ha resultado ser demasiado fácil, pues es la fecha de mi nacimiento sin barras de separación: 06082019. Y esto es, entre otras cosas, lo descubierto por ahora: una serie de fotografías eróticas de mi madre enviadas al correo jairo34@yahoo.es y más de cincuenta emails seguidos procedentes de esta misma dirección, dos meses después, pidiéndola perdón y suplicándole volver a verla. Deduzco de todo esto que el hombre en cuestión hace honor a su apellido y que está, o estaba, casado. Hace tres días le envié el siguiente mensaje:

Hola Jairo,

Me llamo Laura Domínguez López, tengo 22 años. Quiero saber cómo eres. Espérame el viernes a las 20:00 h en La Playa de Lavapiés. Fue allí donde conociste a mi madre. Te aconsejo que acudas, de lo contrario me presentaré en tu casa el día menos pensado. 

La respuesta me llegó anoche:

De acuerdo.

El viernes acordado es esta misma tarde. Y aquí estoy, en el pub de Lavapiés, famoso por tener el suelo cubierto de arena de playa. Me descalzo para no ensuciar mis sandalias. Le reconozco al instante, tras haber estudiado con atención la única fotografía que de él tenía Mariví en su correo. Aunque han pasado muchos años, conserva el porte elegante y seductor y el mismo corte de pelo, aclarado ahora por un montón de canas. Está sentado en una silla plegable de rayas marineras con un botellín de Mahou en la mano. Tomo asiento en la silla contigua a la suya. Miro fijamente sus ojos extraños, verdes con motitas negras, como salpicaduras de pintura oscura sobre esmeraldas. Me sonríe. «¿Eres Laura?», me pregunta. «Sí», respondo.

—Verás, Laura, lo siento. Se lo expliqué a Mariví. Yo ya tenía una mujer, una familia, no podía comprometerme con ella, y no es que quisiera que tú no nacieras, o quizá sí… Lo siento… No podía reconocerte, no podía ocuparme de ti… Mi mujer me habría dejado en cuanto lo hubiera sabido, me habría alejado de mi niña… Porque entonces yo ya tenía una hija, ¿lo sabías?, ¿te ha contado tu madre algo? Por cierto, ¿cómo está ella?

—Mi madre está muerta.

—¿Cómo?… No puede ser… ¿Cómo ha sucedido?

—No ha sucedido, sucedió. Hace más de veinte años.

—¡Dios Mío! Lo siento, de verdad… ¿Te ha criado tu abuela?

—Sí. He vivido toda mi vida con ella, pero también ha muerto.

—Laura, querida, deja entonces que te ayude en todo lo que necesites. Déjame enmendar los errores del pasado. Puedo ocuparme de ti, darte dinero… Incluso podemos establecer algún tipo de relación padre-hija, aunque, claro, con discreción, llevando el parentesco en secreto.

—Gracias por el ofrecimiento, pero yo solo quería conocer a mi padre.

—Bien, bien. Estoy aquí para responder a todas tus preguntas. ¿Qué quieres saber de mí? —pregunta con una sonrisa que me resulta grotesca.

—Nada en absoluto.

—¿Qué insinúas?

—Tú no eres mi padre— afirmo, con tal rotundidad que Jairo da un respingo en el asiento, a la vez que se le frunce el ceño y la sonrisa huye de su boca.

—No te comprendo…

—No sé explicarlo, pero en cuanto te vi lo supe. Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo poniéndome en pie, dispuesta a marcharme.

—¿Quién?

—¿De verdad no lo sabes?    

A Ángel le mando un Messenger nada más llegar a casa. Responde enseguida:

No puedo creerlo. Me emociona que quieras conocerme. Tu madre lo fue todo para mí. Nunca he vuelto a amar a nadie como la amé a ella, aunque soy feliz con Sole, mi mujer. Increíble que sepas lo del bar de Malasaña… Allí estaré, el viernes a las 20 h. Cuídate, mi niña.

Tiemblo cuando lo veo aparecer. No obstante logro controlar mis nervios para no parecer ansiosa o neurótica, quiero causarle buena impresión. Le señalo el taburete vacío al lado del mío. Se sienta y pide una tónica. Sonrío, es mi refresco favorito, pero me decanto por una copa de vino, necesito desinhibir mis sentidos y que las rodillas me dejen de temblar.

—¿Quieres saber cómo conocí a tu madre? —me pregunta de pronto, con un brillo especial en los ojos.

—Claro.

—En realidad lo importante no es el cómo, sino el qué o el por qué. Todos buscamos el amor, porque todos necesitamos amar y ser amados. Si no fuera así Mariví nunca se habría fijado en mí. Ella era una belleza etérea, delicada, una sirena, mientras que yo era un muchacho mal vestido y un poco desaliñado en aquella época. Verás, todo empezó…

Tras escuchar el relato de Ángel comprendo que el fin último del ser humano es LA BÚSQUEDA DEL AMOR. El problema es que el amor, el deseo y el enamoramiento no suelen recaer sobre la misma persona.  Puede suceder que amemos con gran apego a nuestra pareja, pero a la vez nos podemos enamorar de otra persona, e incluso sentir deseo sexual por una tercera. Esto ahora la sociedad lo tiene completamente asimilado, pero hace veinte años se entendía a duras penas, por eso tanta infidelidad, tanta traición y engaño, y tanto sufrimiento innecesario.

—Y eso es, Laura, todo lo que puedo contarte de Mariví —me dice Ángel al finalizar su historia—. Ojalá fuera yo tu padre, ojalá aquella última noche que pasamos juntos fuera la noche en que te concebimos. Pero tu madre me dejó claro que el bebé que se estaba formando en su vientre era de Jairo, él es por tanto la persona que estás buscando.

—Ángel, tú y yo somos víctimas de la ineficiencia humana, de la cobardía, del miedo, del egoísmo, de la falta de valor, de la incomunicación, de la ocultación. Se nos ha privado de nuestros derechos.

—¿Por qué dices eso, Laura?

Suspiro antes de decir:

—Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo, sacando un sobre de mi bolso—. Mandé realizar unos análisis de ADN. Cogí un vaso de cristal que abandonaste en la bandeja con restos de comida un día que te seguí hasta la cafetería del hospital. Fui allí para verte antes de encontrarme contigo. Quería saber cómo te movías, cómo hablabas, cómo te expresabas, cómo te comportabas con los compañeros, con los médicos, y sobre todo con los pacientes. No podía creer que fuera a conocer en persona a uno de los «héroes» de la crisis del COVID-19. Fueron tantas vidas las que salvasteis…

—Entonces, ¿en ese sobre está el resultado de la prueba?

—Sí, ha salido positivo, papá.

—¿Robaste mi vaso? —se ríe de repente, con lágrimas en los ojos.

—Sí.

—Cariño, no eres la primera en la familia en robar algo de un hospital.

—¿No?

—Yo lo hice antes, en Florencia, para demostrarle a tu madre que mi amor por ella era sincero, honesto, verdadero. Laura —me coge las manos—. No te conozco, y sin embargo siento ya lo mucho que te quiero. Quiero que estés en mi vida, desde hoy y para siempre.

Una terapia fantástica

Imagen de luxstorm en Pixabay 

Sonia Rosado/

Estoy en Italia, en Florencia, en el Campanile de Giotto, contemplando de pie la ciudad desde las alturas. No siento vértigo, todo el vértigo que podía sentir creo que ya lo he experimentado, en el lapso de unos pocos meses. En julio estuve en La Habana, donde puse mi vida en peligro, incluso fui secuestrada, pero al final el riesgo no valió de nada, mi hermano nos dejó de todas formas. Después perdí mi trabajo, y llevo un mes divorciada porque me enamoré como una idiota, de Jairo. Y ahora, mientras ÉL está disfrutando de su luna de miel con Elisabeth, yo estoy pensando cuántos segundos tardará mi cuerpo en recorrer la distancia entre el punto más alto del Campanile y la plaza del Duomo. De repente me embarga un ligero mareo, y me agacho para sentarme en el suelo, por dos motivos, para evitar la tentación de lanzarme al vacío y porque estoy demasiado cansada, tanto que me cuesta respirar. Mi amiga Ángela se acerca a mí, asustada. Dios mío, Alma, estás pálida, me dice. Seguro que lo estoy, porque me duelen las piernas y los brazos, y tengo ganas de vomitar. Debemos volver a casa, me insta Ángela, que me ayuda a levantarme y también a caminar.

Bajar los cuatrocientos escalones del campanile es una tarea ardua. Mis piernas pesan como el plomo. Mientras descendemos, Ángela me mira con compasión. Vamos Alma, anímate. No tienes nada que lamentar. TU VIDA ANTES DE JAIRO era bastante complicada.

Ya en el exterior, bajo el influjo del sol de mediodía me siento desfallecer. Los potentes rayos de luz me queman por dentro, y un calor seco acelera los latidos de mi corazón. Entonces lo veo, a mi querido Tito, a un Tito sano, fuerte y hermoso, que me llama sonriente con el dedo índice de su mano. Acudo febril a su encuentro, imprimiendo, en las baldosas de piedra, pequeñas y débiles pisadas. Llego hasta él abriendo los brazos para acogerlo en mi seno. De pronto el semblante de mi hermano adquiere la dureza de una roca. Su gesto, serio y sombrío, es lo último que observo antes de caer desplomada sobre el pavimento gris de la histórica plaza italiana.

Me despierto en una ambulancia, tumbada en una camilla. Tengo mucha fiebre. Ángela está a mi lado, llorando. Cuando se percata de que he abierto los ojos trata de esconder las lágrimas limpiándose la cara con una toallita refrescante.

Me llevan a un hospital algo lejos de Florencia, menos masificado y donde atienden antes las urgencias. En el registro, después de preguntarme por mis síntomas, me hacen cumplimentar una hoja con mis datos personales. Me solicitan mi tarjeta sanitaria europea, al tiempo que me ponen un termómetro y me dan paracetamol para bajarme los treinta y nueve grados de fiebre. A los pocos minutos me llevan a la consulta de reconocimiento, Ángela se queda en la sala de espera. Me auscultan el tórax, me colocan un pulsímetro en el dedo para comprobar el porcentaje de saturación de oxígeno y me hacen un electrocardiograma. También quieren realizarme una radiografía, pero antes necesitan saber si estoy embarazada. Les cuento en español y en inglés que no hay ninguna posibilidad de que esté preñada. Aun así tengo que firmarlo por escrito y dar mi autorización para la realización de la prueba, durante la cual me tengo que apañar con las instrucciones que el técnico de rayos X me da en francés.

A continuación me conducen en camilla a observación, con otros pacientes. Pasa bastante tiempo hasta que alguien viene a verme para contarme qué es lo que me pasa, aunque yo ya me lo imagino. Un joven enfermero, llamado Ángel, me lo corrobora en un perfecto español. Tengo neumonía, sí, eso ya lo suponía, pero lo que no esperaba oír es que es una neumonía grave, la mancha del pulmón izquierdo que han visto en la radiografía es grande, la infección es importante. Van a ingresarme como mínimo cinco días, y eso ya sí que me preocupa. Justo en ese momento recibo en el móvil una llamada de Dulce, no lo cojo, no quiero decirle a mi hermana que estoy en un hospital. No quiero asustar a mi familia.

Se hace de noche. A Ángela no le permiten quedarse conmigo y regresa en taxi a su villa. Me trasladan a una habitación ocupada por otras dos mujeres, una es más o menos de mi edad y la otra es una señora mayor. La joven tiene un extraño virus tropical, que no son capaces de determinar, y la señora mayor una infección a raíz de una operación de corazón. Una enfermera me dice en «itañol», así denomino yo a la mezcla de ambos idiomas, que tenga paciencia con ellas, porque se pasan el día discutiendo por elegir el canal de televisión o la temperatura del aire acondicionado.

Y aquí estoy, con la mascarilla de oxígeno en la cara y enganchada al antibiótico por vía intravenosa, tumbada en la cama mirando al techo, esperando a que remita la fiebre o me venza el sueño, mientras lleno mi mente de oscuros pensamientos, mortificándome por mi egoísmo, porque siempre estoy tratando de superar mis carencias y defectos para poder seguir creyéndome el ombligo del mundo, la protagonista de una ÓPERA, cosa que me está resultando bastante difícil esta vez. Por fortuna, una taza de capuccino, depositada sobre mi cama en un plato, es una inyección de ánimo para mi creciente desconsuelo.

A la mañana siguiente abro los ojos sobresaltada por el murmullo de voces y pasos que llegan desde el pasillo. Me levanto, con la misma ropa con la que entré en el hospital, pantalones cortos y camiseta de tirantes −aquí no te dan camisón como en España−, y me calzo mis sandalias planas. Salgo fuera de la habitación, y me fijo en que las enfermeras llevan libros en las bandejas del desayuno, todos con etiquetas de diferentes colores. Regreso a mi cama, a esperar con curiosidad una de aquellas extrañas bandejas. Por fin entra alguien. Es el enfermero español de nombre Ángel. Mis compañeras reciben, con el desayuno, novelas, una cada una. Del libro de la anciana pende una etiqueta roja, del de la joven una morada. Pero para mí no hay novela, aunque si la hubiera no podría leerla, pues no hablo italiano. Ángel adivina mis pensamientos con solo ver mi cara de desconcierto. A ti todavía no te ha visto el psicólogo, me comenta, pero de todas formas no tenemos nada en español. Le pregunto por qué sirven libros a los pacientes. Es una nueva terapia, me responde. Muchas veces las enfermedades físicas son el reflejo de las enfermedades emocionales. Y aun cuando no lo sean, los libros siempre nos ayudan, son una especie de cura. Podemos vivir a través de ellos otras vidas, o comprender mejor la nuestra, y así sanarnos el alma.

Pues la mía está patas arriba, le digo.

Me mira extrañado.

Mi vida, quiero decir. Es un galimatías. La verdad es que necesitaría una guía para entenderme a mí misma, y a las personas o circunstancias que tanto me han hecho sufrir.

¿Qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?

Ahora mismo se me ocurre que si el amor, el enamoramiento y el deseo recayesen sobre la misma persona, nos evitaríamos muchos problemas y mucho sufrimiento. Desde luego la humanidad sería más feliz.

Tienes ahí algo de razón, pero el ser humano es más complejo que eso, me replica el enfermero. Puedes amar a varias personas a la vez, aunque de diferentes formas.

Pero enamorarte solo de una…

Así es. ¿Sabes Alma?  Me gustaría darte algo para leer, con etiqueta roja, pero, como te he dicho antes, no hay nada en nuestro idioma. Eres la única paciente española que ha habido en este hospital desde hace mucho tiempo. Creo que es hora de reclamar la inclusión de otras lenguas en nuestra biblioteca.

Y yo creo que debería hacer una profunda reflexión acerca de lo que me pasa. Escribiré algo, y lo dejaré aquí para que otros compatriotas, después de mí, lo lean.

Es una buena idea, me dice Ángel, te proporcionaré boli y papel.

Por la tarde comienzo a escribir RECUERDOS DE CAMA. Cuando termino llamo de nuevo al enfermero para que busque un rincón para mi relato en la biblioteca. Con el tiempo sabré que nunca lo hizo. Lo guardó para sí mismo. Diez años después se lo enseñará a Mariví, al enterarse de que espera un hijo de Jairo. Le explicará que quiere cuidar de ella y de su bebé, porque su amor es como EL AMOR DE AZIZ. Lo que ninguno podrá imaginar es que el Jairo de mi relato será exactamente el mismo Jairo de Mariví, cuya vida era un CUENTO DISPARATADO, antes de sufrir EL ACCIDENTE que impedirá a EL ÁNGEL conocer mucho antes esa gran verdad que cambiará, para siempre, su vida.