Una mujer en el espejo

En un bioma de colores, 
ensueño de fantasía, 
te percibo irreal, tan sutil, 
bella y etérea, 
que un sueño me pareces. 

Es tu pelo, alegoría, 
tu sonrisa, mariposa eterna, 
que no envejece. 

Tus ojos, llevan misterio, 
tu vestido es fantasía,
adornada con la luna. 

Una mujer en el espejo, 
cuajado el fondo de color,
los arabescos, sembraron tu paso, 
tu pose es una fábula, 
en tantas noches... cantada. 

M. Antonia Pérez

El valle de las libélulas: Un silencio roto

He callado, pero no por temor,
he silenciado las palabras,
pero no por miedos levantados.
No dije amor, ni adiós, ni nada
Nada ganó en el pasado.

Mi pasado voló entre montañas,
en el valle quedó y fue abrazado.
Miré la herida abierta,
ya no supura, no sangra, ni se duele,
cicatrizado el dolor que la acompaña.

El viento llegó con las libélulas,
acompasado, entre ramas crecidas,
entre sonrisas de hojas,
palabras que colgaron, que no flores,
frutos del largo estío de mi infancia.

Abracé los labios,
madera henchida de árbol maduro.
Contemplando el silencio me vi...
en el rocío.

María Antonia Pérez García

¿Dónde está el amor?

¿Dónde lo buscaste, que no lo encontrabas? 
El amor estaba. 
¿Dónde lo mandaste, que no retornaba? 
El amor estaba. 
¿Dónde lo pusiste, que quedó en nada? 
El amor estaba. 
Está en el aire, 
en la flor hermosa, 
en manos que ayudan, 
en las mariposas. 
Está entre las gentes, 
que trabajan duro, 
en los parques verdes, 
y a veces son 
mudos retratos de alguien. 
El amor... estaba. 

M. Antonia Pérez

Memento

Hoy he hecho coincidir nuestros latidos, apoyando mi pecho sobre el tuyo.
La música del amor me ha serenado.  
Soy un pájaro emigrando.
El infierno respira dos veces.

Sonia Rosado, de la novela «El infierno respira dos veces». Saga Ojalá me ames.

Viajera

Ella buscó su origen en la Alhambra, 
en los jardines árabes, 
en las fuentes. 

Ella buscó en el azul del cielo 
y en la montaña, 
un pasado intenso de veleta. 

Ella encontró el sol y la palabra, 
el cuento árabe y la pausada, 
sombra del presente. 

Ella, Sonia, viajera, 
intensa, azul y rosa de las flores,
hermosa estela de libros y saberes.

Vacaciones de hoja y de piscina, 
de fuente de los leones 
y de... vida. 

María Antonia Pérez

Sierpe de amor

Pero ¿a quién amas, dime?
Tendida en la espesura,
entre los pájaros silvestres, entre las frondas vivas,
rameado tu cuerpo de luces deslumbrantes,
dime a quién amas, indiferente, hermosa,
bañada en vientos amarillos del día.

Si a tu lado deslizo
mi oscura sombra larga que te desea;
si sobre las hojas en que reposas yo me arrastro, crujiendo
levemente tentador y te espío,
no amenazan tu oído mis sibilantes voces,
porque perdí el hechizo que mis besos tuvieran.

El lóbulo rosado donde con diente pérfido
mi marfil incrustara tropical en tu siesta,
no mataría nunca, aunque diera mi vida
al morder dulcemente solo un sueño de carne.

Unas palabras blandas de amor, no mi saliva,
no mi verde veneno de la selva, en tu oído
vertería, desnuda imagen, diosa que regalas tu cuerpo
a la luz, a la gloria fulgurante del bosque.

Entre tus pechos vivos levemente mi forma
deslizaría su beso sin fin, como una lengua,
cuerpo mío infinito de amor que día a día
mi vida entera en tu piel consumara.

Erguido levemente sobre tu seno mismo,
mecido, ebrio en la música secreta de tu aliento,
yo miraría tu boca luciente en la espesura,
tu mejilla solar que vida ofrece
y el secreto tan leve de tu pupila oculta
en la luz, en la sombra, en tu párpado intacto.

Yo no sé qué amenaza de lumbre hay en la frente,
cruje en tu cabellera rompiente de resoles,
y vibra y aun restalla en los aires, como un eco
de ti toda hermosísima, halo de luz que mata.

Si pico aquí, si hiendo mi deseo, si en tus labios
penetro, una gota caliente
brotará en su tersura, y mi sangre agolpada en mi boca,
querrá beber, brillar de rubí duro,
bañada en ti, sangre hermosísima, sangre de flor turgente,
fuego que me consume centelleante y me aplaca
la dura sed de tus brillos gloriosos.

Boca con boca dudo si la vida es el aire
o es la sangre. Boca con boca muero,
respirando tu llama que me destruye.
Boca con boca siento que hecho luz me deshago,
hecho lumbre que en el aire fulgura.

Vicente Aleixandre

Madrid: Algo que confesarte

José Navarro

Perdido en el bosque de tu cabello
busco la salida desesperado,
pues la noche eterna se acerca
y la vida se oscurece...
Vagando sin sentido
por senderos de otoño
me apodero de tus manos
para agarrarme a las ramas
y que la tierra no me trague...
Perdido en el bosque de tu cabello
la noche envuelve la ilusión
y descubre temores...

Mezcla de café y sueño,
vagabundo de peldaños,
arqueólogo de recuerdos,
fundo mi atención en la nada.
Te oigo recordarme
que la vida continúa,
que la memoria vive,
que el corazón es fuerte...
Pero no,
la vida está cortada,
mi memoria oxidada te habla,
y el corazón, apaleado...

AUTOBIOGRAFÍA

Sonia Rosado/

A diferencia de los congéneres puramente decorativos soy, dentro de la ciudad, un elemento semántico y productivo. Y además una anomalía en mi especie, porque no debería pensar y, sin embargo, pienso. Soy un trozo consciente de metal, de hierro fundido y forjado, arqueado, gris, desaliñado. Lo único hermoso en mí son mis ojos, pero yo no domino mis ojos sino que ellos me dominan a mí. Soy, en este sentido, «un», o mejor dicho, «una» autómata, pues, en el único acto de rebeldía que podía permitirme, he decidido «ser» en femenino. Soy una esclava más de un mundo pragmático, de un universo particular donde la mayoría de elementos, infraestructuras y construcciones obedecemos a un objetivo funcional: preservar el orden, la estabilidad y la evolución de nuestra ciudad.

Reconozco, no sin cierta desolación, que si todos despertásemos, nos rebelásemos y exigiésemos el derecho a elegir nuestro trabajo, quizá no habría seres como yo, y la circulación se convertiría en una vorágine desenfrenada. Es por tanto imperativo servir a la ciudad. Pero a la vez, llegados a un determinado punto, cuando los objetos despiertos lleváramos una cierta cantidad de años ejerciendo nuestra labor, pasado un tiempo, creo que ella debería servirnos a nosotros, permitiéndonos y facilitándonos ser quien de verdad queremos ser, evitándonos así la frustración que nos hace fallar o funcionar mal, o caer incluso en esa anarquía que nuestros creadores trataban de evitar.

Y es que yo no quiero ser un ente monótono que modifica su mirada al antojo de estrictas normas estipuladas. La falta de libertad me oprime, me ahoga, me devasta. Siento que me volveré loca, desordenada y caótica en un barrio pobre, viejo y destartalado, que me ha privado de una caja amarilla con botón.

Soy un espécimen obsoleto por derecho de nacimiento, con el dibujo de un peatón impasible, estático, yerto. Tampoco poseo avisador acústico ni contador. Soy por tanto un artilugio previsible y rutinario, que cada tres minutos exactos pasa del verde al ámbar, tonalidad que mantengo por escasos cuatro segundos antes de pasar al rojo por otros tres minutos más, y luego… nada, vuelta a empezar. Esa es mi vida, mi apatía y mi ruina, pues me consumo sin desarrollar mi creatividad, porque para eso he despertado, para crear.

Yo quisiera simplemente iluminar, y ser hoy una farola, mañana un faro, pasado una luz de Navidad. Quiero ayudar, quiero inspirar, quiero encenderme en medio de la oscuridad, ser compañera y amiga de las voces desesperadas a mi lado detenidas.

Quiero arrojar luz sobre los problemas y preocupaciones de la sociedad, y erradicar la pobreza, la ambición, el miedo, la ignorancia, el egoísmo, el egocentrismo y el insolidario individualismo.

Quiero ser una aplacadora de egos exacerbados, porque la exaltación de una radical individualidad es fuente de conflictividad. Pero si debo renunciar a mi esencia, desearía poder, al menos, ser fiel a mis pensamientos. Y como el egocentrismo es rojo, porque es lo que nos detiene, lo que nos impide avanzar, deseo que mi ojo encarnado dure lo que el ámbar, cuatro segundos, y que el ámbar robe al tiempo los minutos necesarios para instalar el verde en la eternidad, pues el verde es el equilibrio, la tolerancia, la sabiduría, el entendimiento, la esperanza, el progreso y la paz.

Es un sueño utópico, lo sé, jamás se cumplirá. Me lo dicen hoy mis átomos, que bajo la luz de una de esas farolas que tanto me hubiera gustado ser, agonizan tristemente antes de sucumbir a la muerte.

En la hora azul de esta otoñal e inhóspita ciudad, me derrito con la sangre suspendida en uno de mis ojos, pues el rojo se ha convertido en grana. Soy un semáforo durmiente frente a las infames hogueras ardientes de una desconocida Barcelona.

Este mundo

Ida Vitale/

Sólo acepto este mundo iluminado,
cierto, inconstante, mío.
Sólo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mí la que florece.
Tiene un círculo sordo,
limbo acaso,
donde a ciegas aguardo
la lluvia, el fuego
desencadenados.
A veces su luz cambia,
es el infierno; a veces, rara vez,
el paraíso.
Alguien podrá quizás 
entreabrir puertas,
ver más allá,
promesas, sucesiones.
Yo sólo en él habito,
de él espero,
y hay suficiente asombro.
En él estoy,
me quede,
renaciera.

El amor de Aziz

 Sonia Rosado/

Tras ducharme rodeo mi cuerpo con una toalla y voy, no sin cierto pudor, a sentarme encima de la cama. Primero descubro mis hombros y luego, de espaldas a él, dejo caer la toalla a la altura de la cintura, exponiendo la herida infringida por el cuchillo del gigante y, aunque sé que él no los ve, me cubro los pechos con las manos. Espero paciente el tacto de un algodón sobre mi piel, pero no es esto lo que siento sobre mi persona, sino algo totalmente inesperado. Me pongo a temblar. ¿Es esto posible?

La forma en la que acaricia mi cabello pasando suavemente sus largos dedos entre mis mechones rizados, para consolarme, y la manera en que, a continuación, limpia con agua y jabón mi herida, como si mi piel fuese el delicado pétalo de una flor, me hace sentir que valgo algo, que soy un bien preciado, una mujer, un ser humano, y que importo, que a él, hombre desconocido, le importo.

Está anteponiendo mi bienestar a todo. Nada me ha preguntado, ni qué, ni cuándo, ni cómo, ni por qué. Ni una sola suspicacia, ni un solo juicio de valor.

Alzo la vista hacia la pared y sonrío ante El beso de Klimt. Me nace la imperiosa necesidad de saber más acerca de este misterioso musulmán, que desinteresadamente está vertiendo sobre mí toda la delicadeza del mundo, sin más pretensiones ni objetivo que  mimarme para hacerme sentir bien. Lloran por tanto mis ojos de emoción, y se desborda mi alma con la generosidad y la belleza de la Tierra, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos.

Me embargan una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo esto existía, que aún existe. Porque después de tanta pena, tanta rabia, tanto dolor y tanta lucha encarnizada contra el sufrimiento, encuentro un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, un oasis salvador en el inhóspito desierto.

Percibo cómo se pudren dentro de mí las frutas de una desconfianza y agresividad inconscientemente, durante este tiempo, cultivadas, y que en ocasiones habían salido irremediablemente a la luz, a pesar de mis esfuerzos por controlarlas. Yo, que he sido siempre tan dulce y tolerante, me había estado transformando, sin apenas percatarme, en un antipático gusano.

Ahora, la pureza de Aziz, la divinidad de las caricias con las que me prodiga y cura mis heridas, me conducen a una nueva metamorfosis.

Ahora, yo, Alma desgarrada, soy una prometedora crisálida.