Memento

Hoy he hecho coincidir nuestros latidos, apoyando mi pecho sobre el tuyo.
La música del amor me ha serenado.  
Soy un pájaro emigrando.
El infierno respira dos veces.

Sonia Rosado, de la novela «El infierno respira dos veces». Saga Ojalá me ames.

Muxes

«Muxe», adaptación fonética del vocablo español de «mujer», es como denominan los zapotecos a los indígenas de sexo masculino que asumen roles femeninos. El muxe es el tercer sexo de Méjico, reconocido ya en la época precolombina, y respetado en la familia tradicional, donde es considerado el mejor de los hijos, pues a diferencia de los heterosexuales, el muxe nunca abandona el hogar y es una inestimable ayuda para los padres.

Ser muxe es una dualidad. Puede adoptarse un rol u otro dependiendo de las circunstancias, puede ser que en ocasiones el muxe se vea como un hombre y en otras ocasiones como una mujer.

En los muxes me he inspirado para crear uno de los personajes más interesantes de mi novela La novia roja y el mal del Caribe.

Fotografía de Tim Walker para Vogue México, diciembre de 2019

«Génesis»: así sucedió

La Biblia es falaz. La historia no es como nos la han contado. El hombre no es producto de un plan divino, ni nada parecido. El hombre es fruto de una serie de casualidades o, más bien, consecuencia de una cadena de errores. Esta es la verdad:

Un ocho de marzo, de hace catorce billones de años, la Diosa del universo número siete se fue de party (primer error) con sus amigas de los otros nueve universos paralelos. Porque en el multiverso solo había Diosas, las mujeres se reproducían por esporas. Cada universo era,  por tanto, la creación divina del género femenino. La Diosa número siete se acercó toda cachonda a la Diosa número tres. Había mucha química entre ellas, y no me refiero solo a las sustancias que ingerían. Pero aquel día la Diosa número tres padecía dolor de cabeza, y además no estaba de humor, porque había ido el día anterior a la peluquería, donde en vez de hacerle un moño y dejarle peludo el entrecejo y pelos en el bigote, -como ella había pedido-, la tiñeron de rubia, le depilaron el lanugo, le pusieron pestañas postizas y le inyectaron botox. O sea, todo un desastre estético, porque en lugar de salir con el look de Frida Kahlo salió con la imagen de una muñeca de plástico. La Diosa número siete renunció al cunilíngulis que le había prometido la tres, regresó a casa, consultó la página de Amazon (segundo error) y encargó un R2D2-C3PO, un robot consolador de última generación, con el que venía de regalo una botella de cava. Oye, aquello era magnífico… la succión en la velocidad 3,1416 le había puesto los ojos bizcos. Pero como lo que había comprado era una imitación china la batería le explotó dentro del coño dejando la vagina en carne viva, tan viva que se abría y se cerraba dolorosísimamente como la concha de una almeja. No os digo más, pero la Diosa tuvo que inyectarse el cava en vena a modo de anestesia (tercer error). Decepcionada con su R2D2-C3PO, la número siete dijo: «A tomar por culto» o «A tomar por el higo», algo así, porque las Diosas eran cultas y refinadas y no soltaban palabrotas. Así que para desahogarse hizo lo único que podía hacer: crear un nuevo universo, el número once, el nuestro. En el «principio» la Diosa creó los cielos y la tierra. Y la tierra estaba «desordenada» y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de la Diosa se movía sobre la faz de las aguas. De repente sus pezones se irguieron, se encendieron como luciérnagas y se hizo LA LUZ. Y vio la Diosa que la luz era buena y separó la luz de las tinieblas, diferenciando la Noche del Día. Esto sucedió en el primer día. Y dijo la Diosa: «Haya un firmamento en medio de las aguas y separe aquel las aguas de las aguas». Para conseguirlo meó para abajo, meó para arriba -tenía esa habilidad de contorsionista-, hasta aislar un cacho de firmamento al que llamó «CIELOS». Esto ocurrió en el segundo día. Lo siguiente fue crear «lo seco» a lo que llamó TIERRA, que hizo a su imagen y semejanza.

Así que nuestro mundo, pese a quien le pese, es el cuerpo de una Diosa. La número siete esculpió las montañas con la forma de sus tetas e hizo valles, tan fértiles como su útero, por los que hizo correr ríos de flujo vaginal. Esto lo creó en los días tercero y cuarto. Los días sucesivos, según iba creciendo su excitación sexual y el cava se le subía más y más a la cabeza, desarrolló una creación salvaje y peligrosa. De su vagina comenzaron a brotar raíces, ramas, hojas y después árboles enteros. Con su vello púbico hizo los bosques y las selvas y con su sangre menstrual el magma del interior de la tierra. Después de esto continuó el derroche de sensualidad creadora. Con un golpe de melena creó a los animales, con un meneo de cadera a las mujeres y con un movimiento de nalgas los centros comerciales… y todo ello al mismo tiempo, sin despeinarse, pues ya se sabe que el género femenino puede hacer tres o cuatro cosas a la vez. Habían pasado seis días desde el inicio de la creación y la Diosa decidió que era hora de descansar, de todo. De la excitación sexual, de la efusividad creadora y de los efectos del vino (¿o había tomado cava? No lo podía precisar…). El séptimo día, antes de echarse un sueñecito se fumó un puro habano, chavista y bolivariano y después se fue a plantar un pino (cuarto error). Creedme si os digo que la Diosa habría interrumpido el placer de la cagada si hubiera sabido lo que sucedería a continuación. Y lo que sucedió fue una inoportuna tos (quinto error). Sí, la Diosa tosió. Y al hacerlo se le escapó un pedo, uno finísimo y ligero, tan veloz que iba cortando el viento  mientras, con su olor,  mataba a todo bicho viviente surgido de la creación. Pero eso no fue lo peor. Porque junto con el pedo había salido una espora que cayó a los pies de la Diosa. La espora, aunque diminuta, era lo suficientemente grande a los ojos de la número siete. La Diosa se echó las manos a la cabeza. Aquello era una cagada, en el sentido literal y figurado de la palabra. Y se puso a llorar, y con sus lágrimas saladas creó, ya sin intención alguna, los MARES. En verdad, la situación era triste. De aquella ventosidad, acompañada de una espora con una mutación genética (quién sabe si por el puto aparato chino, el vino o la combinación de ambas cosas. ¿A quién diablos le importa?) había nacido el hombre. Sí, querido lector. El hombre es el fruto del pedo desviado de una Diosa con melopea. Lamentable. La pobre número siete sabía por universos anteriores, ya extinguidos, lo que eso significaba. Aquello era el fin del mundo. La hecatombe. Con la aparición del hombre nacería la egolatría y surgirían las conductas violentas, agresivas y competitivas; surgiría el deseo de controlar, de poseer, el deseo de conquista; surgirían las guerras, los toros y el fútbol. Surgirian líderes con ideologías excluyentes, fundamentadas en el miedo, en el odio, en el enemigo o la nacionalidad. Tras un momento de reflexión la Diosa se recompuso. Al fin y al cabo ya no había vuelta atrás. Así que decidió ver el lado bueno de las cosas. Ya no tendría que echar mano de un robot consolador cuando su novia la rechazara, puesto que los hombres estaban dispuestos a tener sexo a todas horas.

¡Feliz día de los Santos Inocentes!

La novia roja y el mal del Caribe

Consigue aquí la novela.

Una novela de misterio, pasión y aventuras. ¿Te atreves a descubrir la leyenda de Ziza?

La novia roja y el mal del Caribe es la esperada segunda parte de la saga Ojalá me ames, que comienza con el libro de relatos Ojalá me ames :Tres décadas de amor y desamor y continúa con la primera novela El don más codiciado del mundo.

SiNOpsis

Alma escribe el libro El dominio de las pasiones en respuesta al mensaje de Abril. En un paraje solitario de la sierra madrileña, Carmen reúne a familiares y amigos en plena pandemia de la COVID-19 para tratar de averiguar el paradero de su hija. Allí saldrá a la luz una historia sorprendente sobre el origen de Ziza y se revelarán los misterios ocultos en El don más codiciado del mundo.



FRAGMENTO DE LA NOVELA

«Desde que Paquita me habló de Cozumel, la isla se adhirió a mi piel como un tatuaje. No podía desprenderme de ella, ni siquiera cuando mi labor de costurera requería mi máxima atención. Al despertar me asomaba a la ventana y, en lugar de las cuatro palmeras raquíticas que adornaban la avenida, veía enormes cocoteros brillando bajo el sol. Desayunaba bizcochos dorados como las arenas del mar y un zumo turquesa dulcísimo, mezcla de arándanos con papaya y otras frutas tropicales. En momentos nostálgicos arramplaba con todas las botellas de zumo disponibles en el supermercado y regresaba a casa, rauda como un leopardo, a llenar la bañera con el líquido azulado. A veces, incluso, sacaba a mis peces naranjas del acuario y los arrojaba al néctar de la bañera; algunos, pobres, perecían al instante y ascendían a la superficie, donde flotaban como nenúfares.»

¿Por qué leer La novia roja y el mal del Caribe?

  • Es una historia humana, dura, sentimental y emotiva. Una historia original e inolvidable.
  • Mezcla diversos géneros: romance, aventura, misterio, acción, intriga…
  • Te identificarás con alguno de sus personajes.
  • Viajarás a lugares exóticos de México e Italia.

Si te gusta María Dueñas, Megan Maxwell, Paloma Sánchez-Garnica, Luz Gabás o Isabel Allende, disfrutarás con la saga Ojalá me ames.

Sonia Rosado (Madrid, 1976) es periodista. Ha escrito el libro de relatos cortos OJALÁ ME AMES como apertura de la saga familiar del mismo nombre. EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO es la primera novela de esta saga y LANOVIA ROJA Y EL MAL DEL CARIBE la segunda. Sonia Rosado también es autora del prólogo y del relato corto La resurrección de la nueva edición de la novela Insolación de Emilia Pardo Bazán.

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Ruta literaria «Emilia Pardo Bazán»

Para celebrar el centenario del fallecimiento de Emilia Pardo Bazán, este mes de diciembre puedes disfrutar de un recorrido teatralizado por el centro de Madrid visitando los lugares más emblemáticos en la vida de esta escritora, novelista, periodista, dramaturga, editora, poetisa, catedrática y crítica literaria. Una mujer, en definitiva, de gran capacidad intelectual y pionera además en la lucha por la igualdad de las mujeres

«Madrid es audaz, jaranero y curioso»

Emilia Pardo Bazán

¿En qué consiste la Ruta?

De la mano del historiador y guía turístico, Juan Carlos González, uno de los artífices de esta ruta histórico-literaria, viajarás atrás en el tiempo para transitar por los lugares en los que vivieron la autora y algunos de sus personajes literarios. Te encontrarás con la propia Emilia en distintos momentos de su vida e identificarás los escenarios relacionados con su biografía así como de alguna de sus obras. 

Visitarás e inmortalizarás la estatua de Emilia Pardo Bazán, descubrirás la casa de San Bernardo de Doña Emilia, la Universidad Central donde fue nombrada catedrática o la calle de la Palma en donde se producían sus citas amorosas y clandestinas con Benito Pérez Galdós. 

Paradas en la Ruta

  1. Escultura de Emilia Pardo Bazán (frente al palacio de Liria).
  2. Plaza de Casto Plasencia.
  3. Calle San Bernardino.
  4. Plaza del Conde de Toreno. 
  5. Calle San Bernardo.
  6. Calle Tres Cruces. 
  7. Calle del Pez.
  8. Calle de la Palma.
  9. Plaza del 2 de Mayo.
AmarantaMunana
La actriz Amaranta Munana dando vida a Emilia Pardo Bazán

Consejos antes de realizar la Ruta de Emilia Pardo Bazán

Para disfrutar plenamente de este recorrido literario es recomendable conocer los datos más relevantes de la biografía de Emilia Pardo Bazán y haber leído por ejemplo sus novelas Morriña e Insolación, cuya acción transcurre en Madrid.

¿Cuándo y cómo puedo hacer la Ruta de Emilia Pardo Bazán?

La próxima convocatoria será este domingo 12 de diciembre de 2021. 

  • La actividad se realiza aproximadamente dos veces al mes en sábados/domingos, festivos o vísperas en abierto, y también, para grupos previa petición. Puedes inscribirte aquí.
  • Hora: 11 h.
  • Precio: 12€.
  • Duración: unas 2 horas y media aproximadamente.
  • 30% de descuento con Carnet Joven.
  • 10% de descuento con carnets (ISIC, Student, Alberguista, Amigos de
  • Cervantes)
  • Incluye: visita guiada + representada + documentación + sorpresas + seguro de responsabilidad civil.
  • Punto de encuentro: Escultura de Emilia Pardo Bazán (frente al palacio
    de Liria) en Calle Princesa. Metro: Ventura Rodríguez.
  • Punto de llegada: Plaza del Dos de Mayo.

La Habana: vampiros sexuales

Son vampiros sexuales en La Habana. Su tela de araña son sus cuerpos bellos, esculpidos y cuidados con una admirable pulcritud. Se visten con ropas ajustadas, las faldas redondeando las nalgas, los senos turgentes bajo blusas escotadas, las camisas sin mangas que marcan el contorno de los músculos y los jeans a la altura de la ilíaca. Su provocación nada tiene de elegante, porque son animales puramente sexuales que viven de los instintos carnales, de los sucios deseos de los polvos de una noche, de los encuentros casuales donde imperan las maneras vulgares y un lenguaje lúdico erótico contrario a la galantería, la caricia, el coqueteo, la ternura o el enamoramiento.


FRAGMENTO de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO.

México: Viaje sorpresa a Cozumel

Desde que Paquita me habló de Cozumel, la isla se adhirió a mi piel como un tatuaje. No podía desprenderme de ella, ni siquiera cuando mi labor de costurera requería de mi máxima atención. Al despertar me asomaba a la ventana y, en lugar de las cuatro palmeras raquíticas que adornaban la avenida, veía enormes cocoteros brillando bajo el sol. Desayunaba bizcochos dorados como las arenas del mar y un zumo turquesa dulcísimo, mezcla de arándanos con papaya y otras frutas tropicales. En momentos nostálgicos arramplaba con todas las botellas de zumo disponibles en el supermercado y regresaba a casa, rauda como un leopardo, a llenar la bañera con el líquido azulado. A veces, incluso, sacaba a mis peces naranjas del acuario y los arrojaba al néctar de la bañera; algunos, pobres, perecían al instante y ascendían a la superficie, donde flotaban como nenúfares. 

Me vestía siempre con prendas algodonosas que yo misma confeccionaba. Alternaba la ropa cada día, atendiendo a las necesidades del alma. Si el espíritu se levantaba aventurero me ponía pantalones de bolsillos, chaqueta sahariana y sombrero. Si el corazón latía romántico me metía por la cabeza el vestido blanco, con bordado de flores en la cintura, y me colocaba una orquídea en el pelo. Mis compañeras del taller de costura no terminaban de entender aquella fijación por Cozumel. Pero lo cierto es que existía, y según transcurrían las horas, los días, las semanas, aquella tierra caribeña enraizaba en mis anhelos de escapar de todo cuanto conocía.

Lo que acabas de leer, querido lector, es un fragmento de la novela Novia Roja, segunda novela de la saga Ojalá me ames que saldrá a la venta el 15 de diciembre. Tienes toda la información de la saga en la página de inicio de este blog y dentro del menú en el apartado mis libros. Suscríbete o sigue mi página para estar informado de mis próximas promociones, en las que puedes conseguir descuentos por la compra de los libros e incluso eBooks gratis.

La resurrección de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán fue un espíritu ávido de sabiduría, una mente abierta al conocimiento y al disfrute de la vida. Y, a pesar de ser una mujer del siglo XIX, vivió como quiso y escribió lo que le salió del corazón. Se separó discretamente de su marido, fumó, se emborrachó con los amigos y tuvo varios amantes. Reivindicó el derecho de la mujer a la educación y al trabajo, denunció la violencia de género y luchó con igual ahínco por su título de condesa que por un asiento en la Real Academia. Sedujo y se dejó seducir hasta caer en las garras de una pasión amorosa que condicionó su literatura. Sus relaciones con Benito Pérez Galdós, José Lázaro Galdiano y Blasco Ibáñez la embarcaron en la búsqueda de un amor ideal que nunca experimentó. Hoy resucito a esta ilustre escritora para asistir a una conversación con un joven de nuestro tiempo.

Es doce de mayo de dos mil veintiuno, estoy sentado en un banco de la calle Princesa cuando una figura negra se me acerca. «Una actriz contratada para la celebración del centenario de Emilia Pardo Bazán», pienso.

―Buenos días, rapaz ―me saluda―. ¿Puede decirme si esa estatua de ahí soy… quiero decir, ¿es la condesa de Pardo Bazán?

―Sí señora, es una estatua póstuma. Tiene usted además una cita célebre en el barrio de las Letras. Lo que no tiene, eso sí, es un muñeco en el museo de cera ―le sigo la corriente.

―Pues poca cosa, la verdad, para haber sido primera socia del Ateneo de Madrid, catedrática de la Facultad de Letras de la Universidad, consejera de Instrucción Pública y presidenta honorífica de la Real Academia Gallega. Al menos me ha reconocido usted a la primera. Pero entonces… ¿he muerto?

―Me temo que hoy es el centenario de su fallecimiento ―prosigo la farsa.

―¡Señor Dios de los Ejércitos! ¡Esto es cosa tuya! ―exclama mirando al cielo.

―Será más bien cosa de la ciencia ―replico yo.

―No me miente usted la ciencia, ni me suelte ningún disparate, que ya tuve bastante con Darwin y su absurda teoría de que el hombre desciende del mono ―dice examinándome con desconfianza―.Necesito averiguar qué ha pasado.

―Lo que necesita usted, de momento, es una mascarilla. ¿No ve que se acerca ya un policía? Tenga, tenga… ―le coloco con mimo una de color amarillo que chirría con el negro de un vestido que le llega hasta los pies y contrasta con el dorado de sus impertinentes.

―¿Pero qué es esto? ―protesta con recelo.

―Una mala noticia. Estamos en pandemia.

―¿¿¿Todavía???

―No, esta es nueva, made in China, para más señas.

―¡Dios de bondad! ―retrocede asustada. Y se me hace la luz: esa viejecilla recortadita y rechoncha, con el moño altivo y estola de piel, es la auténtica y genuina Doña Emilia Pardo Bazán. Así que decido aprovechar la oportunidad para conocerla. La tomo del brazo y nos encaminamos hacia los restaurantes de la Plaza Mayor. A nuestro paso, decenas de móviles inmortalizan a la condesa.

―¿Pero qué hace el vulgo? ―me pregunta con curiosidad.

―Retratarla.

―¿Con ese artilugio?

―Sí. Es un teléfono con cámara fotográfica.

―¡Qué asombroso cachivache! ―exclama complacida ante tanta admiración, sin sospechar que el interés de aquellas personas tiene más relación con el exotismo de su apariencia y la obsesión con Instagram que por su talento literario, el cual probablemente desconocen.

 ―Vaya, Doña Emilia, veo que el invento le agrada. Yo pensaba que a usted el progreso le resultaba amenazador.

―Bueno, es cierto que vi antinatural y con recelo el creciente confort de los aldeanos de mi época. No entendía cómo iban a pagar todas aquellas mejoras en su higiene, su indumentaria, sus viviendas… Sentí crujir las bases de la sociedad en una fractura que, además, habíamos iniciado las clases acomodadas. Sinceramente, creí que les hacíamos un flaco favor.

―Entonces… es cierto lo que he leído en algunos libros ―comento pensativo―. Que es usted una elitista, una hidalga con ínfulas de noble que cree que ser pobre está determinado por la biología (llegó a decir de Rousseau que había nacido «plebeyo» y que cometió el sacrilegio de no aceptar su condición); una condesa de título y no de sangre, que daba limosna y educaba a sus criadas, atribuyéndose el papel de civilizadora de la clase humilde; una católica exacerbada (aunque disfrutara infringiendo el sexto mandamiento) que justificó la Inquisición ante Víctor Hugo (quién sabe si solo por defender ante los franceses toda institución española); y una entusiasta patriota que llegó, en ocasiones, opinando como la mayoría de las personas de su clase, a restar importancia al racismo y al antisemitismo. «Vaya V. a llorar por unos cuantos judíos achicharrados en el siglo XVI!», le escribió a su amigo Luis Vidart en una carta. «Creemos en la superioridad absoluta de la raza indoeuropea, noble y preclara, capaz de las más altas y profundas concepciones a que puede arribar mente humana», manifestó en su obra La revolución y la novela en Rusia.

―Venga, venga, no exagere, y no se sulfure, que se le está hinchando la carótida y no es para tanto. Si además yo cambio fácilmente de opinión y sé reconocer cuándo me equivoco.  De todos modos, ¿no será usted un exaltado, un zanguango, un anarquista de esos que pierde la fe en cuanto tiene un golpe de suerte y le llueven los dineros? 

No respondo, pero la fulmino con la mirada. Nunca antes había experimentado yo tantos deseos de estrangular a nadie. No me extraña que Zorrilla la llamase no ya la «inevitable», sino la «inaguantable». Y es que Emilia fue una mujer de grandes contradicciones, debido a la imposibilidad de conciliar su deseo de pertenecer a la nobleza (con privilegios y valores tradicionales) con sus ansias de feminismo y libertad.

―No se enfade usted, eh, no me haga la del humo y me deje aquí plantada. Que quizá tenga algo de razón, y de ahí venga el poco afecto que me profesaban Rosalía de Castro (su marido me odiaba) y Concepción Arenal. Menos mal que conté con la amistad de Blanca de los Ríos, con la que compartí, por cierto, el interés por la figura de «Don Juan».

Al final me calmé. La condesa poseía, después de todo, una apertura de miras inusual para su condición y su tiempo. Como decía Pavlovski, Doña Emilia era «una mujer buena y audaz que no deseaba mal a nadie».

Sentados a la mesa de un bar castizo, pedimos, por insistencia de la condesa, algo extravagante: champagne y chuletas. Apenas diez minutos después, más divertida que un sainete, inicia una interminable disertación.

―Verá usted, en la España de entonces no era útil hablar de derechos ni adelantos femeninos, despertaba más interés saber cómo se preparaba el escabeche de perdices. Ahí no había sufragistas, ¿sabe usted? Y sin embargo ahora ¡la mujer lleva pantalones! ―exclama entusiasmada―. Hace un siglo no podía decir ni la vigésima parte de lo que pensaba de mi sexo en la sociedad y ante la ley. Pues ahora me voy a despachar a gusto: soy una radical feminista; creo que todos los derechos que tiene el hombre, debe tenerlos la mujer…

El camarero se acerca con la prensa, que Doña Emilia, hambrienta de noticias, le había solicitado.

―¡Cómo está el panorama! ―dice al cabo de un rato―.La política ha cambiado poco o nada.

―¿Por qué lo dice?―pregunto con curiosidad.

―Porque seguimos con las dos Españas, y con los mismos tejemanejes y la misma mezquina cuchipanda de egoísmos, codicias y ambiciones.

―Hombre, condesa, algo habremos avanzado. Ilústreme, ¿usted en qué bando militaría?

―Pues mire, yo he ido dando bandazos desde mi juventud, fui liberal por influencia de mi padre y luego carlista cuando me casé. Llegué incluso a viajar a Londres con mi marido para comprar armas con el oro que oculté en mi sostén. Pero ahora no elegiría ni el bando de los liberales ni el de los conservadores, sino un justo medio entre estos dos polos imposibles de reconciliar.

―¿Y en cuanto a la forma de gobierno?

―Las formas de gobierno no tienen tanta importancia para mí como los estados de cultura. Si viera una república presidida por una mujer sería partidaria de la misma.

―Una república, ¿usted? ¿No se habrá dejado influir por su amante republicano?

―¿Pero sabe lo de Galdós?

―Se han publicado las cartas amorosas que usted le escribió.

La condesa se ruborizó.

―No se apure, el deseo de Galdós de comerle los pechos es hoy en día un erotismo tibio.

―Pues no fue tibio el amor que yo sentí por él.

―No debió serlo, porque la pasión por Benito Pérez Galdós puso en jaque su enconado catolicismo.

―Así fue, pero ¡qué desengaño con Benito! Yo quería una relación entre iguales, basado no solo en el amor, sino también en el intelecto y la mutua admiración. En cambio él prefería una mujer que se ajustara más a los estereotipos del momento sobre la dama decente, la madre cristiana, «el ángel del hogar» o la amante inferior dependiente y entregada. Vamos, que yo tenía que serle fiel y consentirle a él sus otras relaciones y aventuras. ¡Qué mal encajó mi infidelidad con José Lázaro Galdiano!

―Sin embargo, fue precisamente a raíz de ese desliz cuando más se encaprichó de usted.

―Sí, después de confesarle mi aventura fue cuando declaró que me amaba, porque hasta entonces… sexo y poco más. Me acosté con Galdiano por abandono y por despecho, pero cuando Benito expresó lo mucho que me quería juré serle fiel.

―A mí me impresionan las cosas que usted le escribió: «Yo me acuesto contigo y me acostaré siempre […] porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro».

―Fíjese si le quise, que le regalé el manuscrito de una de mis obras de teatro, El sacrificio, para que me perdonase el desliz con Lázaro. Benito la estrenó con el nombre de La casa de la loca. ¡Y tuvo buena acogida entre el público, qué ironía! Porque todas aquellas obras teatrales que presenté con mi nombre fracasaron. Sin embargo, todas las de Benito se «aceptaron», aunque ambos innovásemos en el modo de escribir teatro y hablásemos de los mismos temas.

―Y a pesar de todos sus esfuerzos no fue usted correspondida por tan ilustre varón.

―No. Después de aquel viaje por Europa, en el que vivimos como un matrimonio, Benito comenzó a alejarse de mí.

―Hasta el punto de tener una hija con Lorenza Cobián.

―Ay hijo, sí, tuvo una niña con la Peluda. Así que, yo, que aspiraba a una relación a lo Harried Taylor y Stuart Mill, me quedé con las ganas. Lo suyo sí que fue un matrimonio, con todas las letras.

―Bueno, Doña Emilia, quizá buscar el amor ideal sea una Quimera. Así que mejor de Blasco Ibáñez ni hablamos.

―Mejor, mejor… Pero, volviendo a Galdós… ¿Puede usted creer que, a pesar de todo, mantuvimos la relación de amistad hasta el final? Después de las cartas de amor nos pasamos a otro tipo de correspondencia. Nos comunicábamos a través de nuestras obras, expresábamos a través de ellas lo que sentíamos el uno por el otro y cómo creíamos que debía ser la relación amorosa entre hombre y mujer. Tiene usted como ejemplos mi novela Insolación, Morriña y Memorias de un solterón, y por parte de Benito La incógnita y Realidad; asimismo «discutíamos» sobre el papel de la mujer en la sociedad. Teníamos una visión diferente, la suya era patriarcal, y cuando se atrevía a reivindicar la libertad de la mujer, esta no llegaba por ejemplo hasta la emancipación económica, algo fundamental para mí. Por tanto, yo le replicaba. Escribí una crítica de Tristana y la obra de teatro Cuesta abajo en contraposición a El abuelo.

―O sea, que fueron ustedes como el dúo Pimpinela ―digo en voz baja.

―¿Decía usted algo? ―pregunta la condesa.

―Nada, nada, que quizá sea hora de ir buscando un jesuita que nos desvele el misterio de su resurrección.

―¿Podríamos antes pasarnos por la peluquería? Es que tengo el capricho de ser rubia, como me pintó Vaamonde. Y ya conoce usted el dicho: ¡Solo se muere una vez!

Viktor Frankl: «La salvación del hombre se produce a través del amor y en el amor»

Sonia Rosado

Titulo este post con una cita en memoria del neurólogo y filósofo austriaco Viktor Frankl, que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. En 1946, a partir de esa experiencia, publicó el libro EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO, que más tarde se convertiría en un best seller.

CON SAN VALENTÍN «A LA VUELTA DE LA ESQUINA» REFLEXIONO SOBRE EL MISTERIO DEL AMOR

Los mecanismos del amor son un misterio, como lo es la vida en sí. ¿Por qué vivimos, por qué amamos y por qué morimos? Nos regimos por deseos y fuerzas incomprensibles, y nuestra existencia misma depende de ellos.

Amar y ser amado es una necesidad biológica para la reproducción y para la supervivencia. El ser humano está diseñado para la «autotrascendencia», es decir, para relacionarse, aparte de consigo mismo, con el resto de seres vivos. Por eso experimentamos un ansia de «fusión» con la persona amada, pues el amor es el deseo y la búsqueda de la «totalidad». Además enamorarse de alguien facilita que nos mostremos más amorosos con el resto de personas. El corazón es «glotón» y gusta de tener varias personas a quien amar.

Es imposible, o al menos muy difícil, resistirse al deseo, a la emoción y al sentimiento del amor. De hecho no solo nos enamoramos una vez, sino que nos enamoramos una vez tras otra.

Dicen que el amor todo lo cura y todo lo puede. Quizá sea así, puede que el amor nos «salve», puesto que es un acicate que nos anima a seguir adelante, a pesar de las dificultades, a pesar de las adversidades. Porque el amor es sinónimo de dicha, de júbilo, de plena felicidad. Pero ¡ojo!, aunque el amor es eterno en su universalidad, no lo es sin embargo en la concreción de una determinada persona. Con el tiempo podemos dejar de desear y/o de amar a alguien en particular. El amor es efímero como lo es nuestra propia existencia. Y la pérdida de un ser querido, ya sea por la rotura del vínculo amoroso o por la ineluctabilidad de la muerte, provoca el dolor más agudo y el sufrimiento más intenso. Y es que el amor es fuente inagotable de placer siempre que consigamos mantener el vínculo o «encendida la llama». Porque, seamos honestos: para amar hay que tener agallas. El amor necesita esfuerzo, empeño, mimo. El amor es como una delicada planta a merced del viento, de la lluvia, de la nieve y de los cambios bruscos de temperatura. Hay que saber cuándo regarla, cuándo y cómo protegerla, cuándo y en qué manera trasladarla a un nuevo entorno. Pues así igual se debería hacer con el amor, porque la gente cambia, las personas crecemos, maduramos, nos adaptamos a la vida y la vida se adapta a nosotros. Nuestras trayectorias vitales están sujetas a frecuentes cambios e interrupciones, y por lo tanto también lo están nuestros afectos, que deben ir adaptándose a las nuevas circunstancias y quizá, además, a nuestra «nueva identidad», pues nunca dejamos de evolucionar psicológicamente. Por tanto, la forma más fidedigna de medir nuestro amor hacia alguien es la disposición que mostramos a integrar a este ser amado en nuestra vida a medida que este o nosotros mismos nos transformamos.

Puedes encontrar estas y otras reflexiones traducidas en historias y experiencias relatadas en mis libros OJALÁ ME AMES y EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO.

Inspiración mexicana

Existe en México, en el estado de Oaxaca, una ciudad llamada Ixtepec, donde el 1 de noviembre, día de los muertos o Xhandú, se celebra con un festival de poesía, literatura, música, teatro, danza y fotografía. Toda una ofrenda cultural recogida este año, debido a la pandemia, en un libro titulado Biguié, que significa esencia, fragancia o aroma de flores; biguié es la ofrenda a los muertos, o los periodos de tiempo de la vida binnizá (zapoteca) registrados en su calendario ritual sagrado. En este proyecto, organizado y dirigido por el escritor Óscar Zárate, participan poetas, escritores y fotógrafos de Oaxaca, Baja California Sur, Ciudad de México, Yucatán y otros estados mexicanos.

BIGUIÉ, comienza relatando la historia del nacimiento de este festival que va ya por su sexta edición.

«Hace seis años se nos ocurrió hacer un encuentro poético en conmemoración del aniversario luctuoso de Alejandro Cruz Martínez, poeta jeromeño asesinado, e invitamos a amigos de la región a crear este espacio. El lugar fue en el Panteón municipal de Ixtepec, en un tanque de agua, a un costado de la sepultura del maestro Alejandro, armamos un escenario con tablones y encendimos más de cien veladoras que fue nuestra iluminación hasta la madrugada. Los vecinos nos obsequiaron tamalitos y café, el mezcal llegó solito, como el viento nostálgico de estas fechas, no paró la poesía toda la noche, llegaron dos compañeros de Alejandro y sorprendidos de conocer tantas voces nuevas celebraron con nosotros, cantándole al poeta chituguí. Así comenzó esta aventura, continuamos cada año, cada primero de noviembre con más invitados, todos hermanados en el arte. Se agregó la música, performance, danza, teatro, fotografía, y nuestro público creció. Nos preguntaban a qué hora comenzaremos, los tamalitos se acababan enseguida y el mezcal humedecía a la noche, que bajo el cielo y el huanacastle nos hacía eternos, una cita romántica con nuestros queridos muertitos.»

Y continúa con la poesía de Andrea Ek

 
 Recuerdo
 Las palabras se convierten en ceniza,
 Se esfuman contigo.
  
 No hay luz
 La luna:
 compañera nocturna,
  
 recolectora de lágrimas.
  
 Vida efímera,
 Recorrido de mi alma
 en los poetas;
  
 transición de la palabra
  
 en el viento que besa
  
 una mirada
 una sonrisa
  
 al atardecer