Una terapia fantástica

Imagen de luxstorm en Pixabay 

Sonia Rosado/

Estoy en Italia, en Florencia, en el Campanile de Giotto, contemplando de pie la ciudad desde las alturas. No siento vértigo, todo el vértigo que podía sentir creo que ya lo he experimentado, en el lapso de unos pocos meses. En julio estuve en La Habana, donde puse mi vida en peligro, incluso fui secuestrada, pero al final el riesgo no valió de nada, mi hermano nos dejó de todas formas. Después perdí mi trabajo, y llevo un mes divorciada porque me enamoré como una idiota, de Jairo. Y ahora, mientras ÉL está disfrutando de su luna de miel con Elisabeth, yo estoy pensando cuántos segundos tardará mi cuerpo en recorrer la distancia entre el punto más alto del Campanile y la plaza del Duomo. De repente me embarga un ligero mareo, y me agacho para sentarme en el suelo, por dos motivos, para evitar la tentación de lanzarme al vacío y porque estoy demasiado cansada, tanto que me cuesta respirar. Mi amiga Ángela se acerca a mí, asustada. Dios mío, Alma, estás pálida, me dice. Seguro que lo estoy, porque me duelen las piernas y los brazos, y tengo ganas de vomitar. Debemos volver a casa, me insta Ángela, que me ayuda a levantarme y también a caminar.

Bajar los cuatrocientos escalones del campanile es una tarea ardua. Mis piernas pesan como el plomo. Mientras descendemos, Ángela me mira con compasión. Vamos Alma, anímate. No tienes nada que lamentar. TU VIDA ANTES DE JAIRO era bastante complicada.

Ya en el exterior, bajo el influjo del sol de mediodía me siento desfallecer. Los potentes rayos de luz me queman por dentro, y un calor seco acelera los latidos de mi corazón. Entonces lo veo, a mi querido Tito, a un Tito sano, fuerte y hermoso, que me llama sonriente con el dedo índice de su mano. Acudo febril a su encuentro, imprimiendo, en las baldosas de piedra, pequeñas y débiles pisadas. Llego hasta él abriendo los brazos para acogerlo en mi seno. De pronto el semblante de mi hermano adquiere la dureza de una roca. Su gesto, serio y sombrío, es lo último que observo antes de caer desplomada sobre el pavimento gris de la histórica plaza italiana.

Me despierto en una ambulancia, tumbada en una camilla. Tengo mucha fiebre. Ángela está a mi lado, llorando. Cuando se percata de que he abierto los ojos trata de esconder las lágrimas limpiándose la cara con una toallita refrescante.

Me llevan a un hospital algo lejos de Florencia, menos masificado y donde atienden antes las urgencias. En el registro, después de preguntarme por mis síntomas, me hacen cumplimentar una hoja con mis datos personales. Me solicitan mi tarjeta sanitaria europea, al tiempo que me ponen un termómetro y me dan paracetamol para bajarme los treinta y nueve grados de fiebre. A los pocos minutos me llevan a la consulta de reconocimiento, Ángela se queda en la sala de espera. Me auscultan el tórax, me colocan un pulsímetro en el dedo para comprobar el porcentaje de saturación de oxígeno y me hacen un electrocardiograma. También quieren realizarme una radiografía, pero antes necesitan saber si estoy embarazada. Les cuento en español y en inglés que no hay ninguna posibilidad de que esté preñada. Aun así tengo que firmarlo por escrito y dar mi autorización para la realización de la prueba, durante la cual me tengo que apañar con las instrucciones que el técnico de rayos X me da en francés.

A continuación me conducen en camilla a observación, con otros pacientes. Pasa bastante tiempo hasta que alguien viene a verme para contarme qué es lo que me pasa, aunque yo ya me lo imagino. Un joven enfermero, llamado Ángel, me lo corrobora en un perfecto español. Tengo neumonía, sí, eso ya lo suponía, pero lo que no esperaba oír es que es una neumonía grave, la mancha del pulmón izquierdo que han visto en la radiografía es grande, la infección es importante. Van a ingresarme como mínimo cinco días, y eso ya sí que me preocupa. Justo en ese momento recibo en el móvil una llamada de Dulce, no lo cojo, no quiero decirle a mi hermana que estoy en un hospital. No quiero asustar a mi familia.

Se hace de noche. A Ángela no le permiten quedarse conmigo y regresa en taxi a su villa. Me trasladan a una habitación ocupada por otras dos mujeres, una es más o menos de mi edad y la otra es una señora mayor. La joven tiene un extraño virus tropical, que no son capaces de determinar, y la señora mayor una infección a raíz de una operación de corazón. Una enfermera me dice en «itañol», así denomino yo a la mezcla de ambos idiomas, que tenga paciencia con ellas, porque se pasan el día discutiendo por elegir el canal de televisión o la temperatura del aire acondicionado.

Y aquí estoy, con la mascarilla de oxígeno en la cara y enganchada al antibiótico por vía intravenosa, tumbada en la cama mirando al techo, esperando a que remita la fiebre o me venza el sueño, mientras lleno mi mente de oscuros pensamientos, mortificándome por mi egoísmo, porque siempre estoy tratando de superar mis carencias y defectos para poder seguir creyéndome el ombligo del mundo, la protagonista de una ÓPERA, cosa que me está resultando bastante difícil esta vez. Por fortuna, una taza de capuccino, depositada sobre mi cama en un plato, es una inyección de ánimo para mi creciente desconsuelo.

A la mañana siguiente abro los ojos sobresaltada por el murmullo de voces y pasos que llegan desde el pasillo. Me levanto, con la misma ropa con la que entré en el hospital, pantalones cortos y camiseta de tirantes −aquí no te dan camisón como en España−, y me calzo mis sandalias planas. Salgo fuera de la habitación, y me fijo en que las enfermeras llevan libros en las bandejas del desayuno, todos con etiquetas de diferentes colores. Regreso a mi cama, a esperar con curiosidad una de aquellas extrañas bandejas. Por fin entra alguien. Es el enfermero español de nombre Ángel. Mis compañeras reciben, con el desayuno, novelas, una cada una. Del libro de la anciana pende una etiqueta roja, del de la joven una morada. Pero para mí no hay novela, aunque si la hubiera no podría leerla, pues no hablo italiano. Ángel adivina mis pensamientos con solo ver mi cara de desconcierto. A ti todavía no te ha visto el psicólogo, me comenta, pero de todas formas no tenemos nada en español. Le pregunto por qué sirven libros a los pacientes. Es una nueva terapia, me responde. Muchas veces las enfermedades físicas son el reflejo de las enfermedades emocionales. Y aun cuando no lo sean, los libros siempre nos ayudan, son una especie de cura. Podemos vivir a través de ellos otras vidas, o comprender mejor la nuestra, y así sanarnos el alma.

Pues la mía está patas arriba, le digo.

Me mira extrañado.

Mi vida, quiero decir. Es un galimatías. La verdad es que necesitaría una guía para entenderme a mí misma, y a las personas o circunstancias que tanto me han hecho sufrir.

¿Qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?

Ahora mismo se me ocurre que si el amor, el enamoramiento y el deseo recayesen sobre la misma persona, nos evitaríamos muchos problemas y mucho sufrimiento. Desde luego la humanidad sería más feliz.

Tienes ahí algo de razón, pero el ser humano es más complejo que eso, me replica el enfermero. Puedes amar a varias personas a la vez, aunque de diferentes formas.

Pero enamorarte solo de una…

Así es. ¿Sabes Alma?  Me gustaría darte algo para leer, con etiqueta roja, pero, como te he dicho antes, no hay nada en nuestro idioma. Eres la única paciente española que ha habido en este hospital desde hace mucho tiempo. Creo que es hora de reclamar la inclusión de otras lenguas en nuestra biblioteca.

Y yo creo que debería hacer una profunda reflexión acerca de lo que me pasa. Escribiré algo, y lo dejaré aquí para que otros compatriotas, después de mí, lo lean.

Es una buena idea, me dice Ángel, te proporcionaré boli y papel.

Por la tarde comienzo a escribir RECUERDOS DE CAMA. Cuando termino llamo de nuevo al enfermero para que busque un rincón para mi relato en la biblioteca. Con el tiempo sabré que nunca lo hizo. Lo guardó para sí mismo. Diez años después se lo enseñará a Mariví, al enterarse de que espera un hijo de Jairo. Le explicará que quiere cuidar de ella y de su bebé, porque su amor es como EL AMOR DE AZIZ. Lo que ninguno podrá imaginar es que el Jairo de mi relato será exactamente el mismo Jairo de Mariví, cuya vida era un CUENTO DISPARATADO, antes de sufrir EL ACCIDENTE que impedirá a EL ÁNGEL conocer mucho antes esa gran verdad que cambiará, para siempre, su vida.

Tu vida antes de Jairo

Sonia Rosado/

Te incorporaste, Alma. Te tocaste las sienes doloridas, y al hacerlo rozaste tu cabello. Un ovillo de lana. Te costaría deshacer los enredos.

Bajaste la vista hasta tu pecho. Tu olfato percibió el olor agridulce de tu cuerpo.

No llevabas sujetador, ni bragas. Después del sexo solo te habías puesto el camisón.

Te sentías muy cansada. Era una fatiga anómala que te impedía respirar con naturalidad.

—¡Creo que deberías espabilarte de una vez! ¡No puedes levantarte de ahí solo para ir al baño o comer un bocado rápido!

Marcos se había dignado al fin a entrar en la habitación desde que te penetró, hace ya casi un día.

Aunque para lo que tenía que decir habría sido mejor que se marchara.

 —¡Tienes un marido del que ocuparte!

Un momento, pensaste. ¿No debería ser al contrario? ¿No soy yo la que está mala?

La indignación te quitó las ganas de morirte.

Y te enfadaste, como solo tú te enfadas, y hablaste y hablaste, o más bien gritaste, sin parar.

—¡Quiero salir de Madrid! ¡Necesito un respiro! ¡La enfermedad de mi hermano pequeño está siendo muy dura! ¡Y aún puede serlo más!

Te miró con un gesto de incomprensión mezclado con rabia. Pero tú no te callaste, tenías que rematarle.

—¡Tu excusa de la falta de dinero es absurda! Aún tengo cuatro días de vacaciones —relajaste el tono—. Y me voy, porque si no lo hago me sentiré bastante estúpida cuando te presentes el día menos pensado con tu nuevo coche. He visto el par de folletos que ocultas en el cajón de tu mesilla.

—¡Necesito un coche nuevo! —su dedo te apuntaba amenazador.

—¡Y yo vacaciones de Semana Santa. Y una cosa no tendría por qué excluir a la otra si estuvieras dispuesto a adquirir una marca más barata!

Sus desorbitados y encolerizados ojos te observaron como si hubieras dicho alguna barbaridad.

Y te hartaste. Quince minutos después tenías la maleta preparada.

Te fuiste al día siguiente.

Y fue peor el remedio que la enfermedad, porque si no te hubieras ido jamás le habrías conocido, a ÉL.

El accidente

Pixabay

Sonia Rosado/

La ventanilla del Seat Córdoba abierta. El viento alborotando su cabello. El sol iluminando sus piernas,  su brazo izquierdo y la mano que sujeta el volante; la otra, la derecha, marcando en el móvil el número de su madre que, tras diez toques de llamada, por fin contesta. El mensaje es breve, para evitar la multa correspondiente: «Demasiado tráfico, mamá. Llegaré más tarde de lo previsto…», y cuelga. Observa el horizonte completamente azul, y le acosa la impaciencia al imaginar a su hija Laurita, de nueve meses, jugando con la arena, chapoteando en una improvisada piscina a orillas del mar. Pero no será hoy el día en que esa visión se haga realidad. Y todo por culpa de la caravana. Su madre, mientras, con la niña, esperándola. La maleta preparada, y la cuna de viaje y los juguetes de plástico aguardando en un rincón del salón. El coche, que circula con lentitud por la M-40, se detiene de golpe, justo cuando Mariví ve, delante de ella, las luces de emergencia de un Ibiza con el nombre de Norma pegado en la parte trasera; del retrovisor cuelga, danzarina, una muñequita hawaiana. La conductora es rubia, como Mariví, pero tiene más sentido del humor y paciencia, y quizá no se arrepiente, como ahora hace ella, de haber elegido el puente de mayo para viajar a la Costa Blanca, o a cualquier otro lugar de España. Pero solo porque Norma desconoce lo que viene a continuación: un golpe, un estallido, un infernal ruido. Cristales rotos, chapa contra chapa, hierros contra hierros, amasijos de metal contra amasijos de carne. Un camión ilegal, sin limitación de velocidad, se ha estampado contra el Córdoba, que ha chocado, a su vez, contra el Ibiza, antes de dar varias vueltas de campana.  En el aire flotan pedazos de vida deshilachada, memorias de Mariví de la infancia. De su padre, muerto hace muchos años, enseñándole a contar las horas en el reloj; de su madre, tendiendo la ropa perfumada; de la escuela, de la universidad, de los amigos, del botellón, de la poesía de Ángel, diez años atrás, confesándole que la amaba; de Jairo, guapo y seductor, llevándosela a la cama. Pero sobre todos estos recuerdos prima uno: su hija Laura. Algo, que hasta el momento había, por voluntad propia, ignorado, ahora, al borde de la muerte, le preocupaba. ¿De quién era en realidad su hija Laura? ¿De ÉL, Jairo, su gran amor, su pasión… O de Ángel, su mejor amigo, su exnovio, con el que tuvo aquel imperdonable desliz? Se había empeñado, sin haberlo verificado, en creer que su bebé era de Jairo, porque quería a ese hombre solo para ella, y pensó que si una hija les unía, tal vez, se replanteara dejar a su mujer, aunque con ella también tuviera una familia. Una actitud egoísta e ingenua pues, al fin y al cabo, Jairo se había desentendido de la niña. Y si ahora se iba de este mundo, ¿qué sería de ella? Se quedaría huérfana. Una consideración que llegaba tarde, pues si ella moría no se sabría la verdad, nunca, y Laura seguiría siendo, a todos los efectos, hija de Jairo. Su mente comienza a emborronarse, los colores a difuminarse. Siente desdibujarse, lentamente, y dejar tras de sí una estela de luz. Antes de cerrar los ojos definitivamente, un gran pesar: haber ignorado las señales de amor de Ángel, cuando al enterarse de su embarazo, le entregó, para que comprendiera la inmensidad de su amor −por contraposición al de Jairo−, aquel relato robado, en el hospital de la Toscana, a una mujer llamada Alma.

Recuerdos de cama

Pixabay

Sonia Rosado/

Las camas hablan. Por eso Mariví, cuando se quedó embarazada, empezó a pedirle a la suya que le hablara. Había aprendido a hacerlo leyendo un texto que Ángel, su amante, le regaló al enterarse de su estado. Ángel había robado ese escrito, nueve años atrás, en el hospital de Florencia donde realizó, como enfermero, sus primeras prácticas. El texto, escrito por una paciente, era un relato. Esa paciente era Alma.

Mi cama habla en este hospital de la Toscana, sobre todo al amanecer, dice Alma. Estoy tumbada sobre las sábanas blancas, con mi mejilla izquierda hundida en la almohada, aplastando mis tirabuzones rojos, mientras el sol se abre paso entre huecos de vidrio desnudo y me unta los ojos ambarinos de luz. Mis pupilas brillan con los párpados abiertos, cuando las escondo tras ellos, apenas dos segundos, resurgen pequeñas y húmedas.

No es la luz hiriente del sol lo que me hace llorar, sino la nostalgia, digo en voz baja.

Es más bien tristeza, me contesta la cama, la tristeza de haberme compartido, no a mí, sino a mis hermanas de Madrid y de La Habana, porque ahora tienes en ellas recuerdos de los tres.

Tienes razón, respondo yo. Y solo debería recordar a uno.

¿A quién?

No lo sé, ayúdame, por favor.

¿Cómo voy a hacer eso, Alma?

Hablándome de ellos. Llevo varios días durmiendo sobre ti. Debes conocer mis sueños, y por tanto mis recuerdos.

Muy bien, dice la cama. El primero, Marcos, se casó contigo. Le molestaban tus pies helados, pero tiraba de la manta hacia su lado y te dejaba tiritando de frío. Usaba pijamas y calzoncillos de dibujos animados que te bajaban la libido. Nunca te acariciaba el pelo o te masajeaba la espalda, o te masturbaba si te quedabas con ganas. No te decía «Te quiero». No te cuidaba cuando estabas mala, te dejaba aquí, a solas conmigo, bueno, con mi hermana de Madrid.

Suena horrible.

Sí, pero tú le querías tanto que te empeñaste en pensar que todos los hombres eran así. Y no le diste la importancia que debías. Hasta que conociste al otro.

¿A quién?

Al segundo, al de Canarias.

Cierto. Jairo fue mi gran pasión.

Una pasión desaforada, que confundiste con amor.

Pero si yo le amaba…

Pero él a ti no. Tampoco te diste cuenta de ello, claro, embobada como estabas.

¿Cómo se comportaba?

Este sí te acariciaba, y se preocupaba por darte placer. Enredaba sus piernas entre las suyas, y siempre te abrazaba.

¿En serio?

Sí, pero por poco tiempo. Enseguida se iba corriendo… con la que hoy es su mujer.

¿Y me decía que me quería?

Si tú se lo preguntabas sí, pero le costaba mucho decirlo.

¿Y me lo demostraba?

¿Cómo se demuestra el amor?

No sé. Recuerdo, por ejemplo, que a mí me encantaba hacerle regalos.

Pues él jamás te regaló nada a ti.

¿Me invitó alguna vez a cenar?

No, de hecho nunca salíais.

¿Por qué?

Él se negaba cuando tú se lo proponías. Además te decía algo que a mi hermana cama le sonaba extraño.

¿El qué?

Que no eráis amigos, ni tan siquiera amantes.

¿Entonces qué éramos?

Según él, compañeros.

¿Compañeros de qué?

No te sé responder.

¿Y aun así yo le quería?

Más de lo que te podías permitir.

Por eso ahora me arrepiento…. Así que dime, por favor, algo del tercero.

Lo conociste en La Habana. No te acostaste con él, y sin embargo…

¿Qué?

¡Cómo te miraba! No cabía más amor en su mirada. 

¿Tú crees?

Por supuesto. Además arriesgó su vida por ti, y después limpió y curó la herida que te provocó aquel hombre gigante. ¿Te acuerdas de lo que sentiste mientras te acariciaba el cabello?

Sí, digo, dejando escapar una lágrima. Sentí una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo eso existía; sentí un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, y un oasis salvador en el inhóspito desierto; sentí la generosidad y la belleza del mundo, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos. Parecía como si fuese para él la única mujer en la Tierra.

Es que lo eras, Alma. Lo eras. No puedes pensar otra cosa tras haber visto tu pañuelo verde apretado en su puño, y su mirada fija y lánguida sobre ti mientras te alejabas de aquel edificio derruido en la ciudad de La Habana.

Le doy, una vez más, la razón a la cama. Con Aziz me sentí verdaderamente amada.

Mariví emitió un largo suspiró… y de repente sonrió. Laura se había movido dentro de ella.

¿De quién es mi hija?, le preguntó a su cama.

¿No lo sabes tú?, se respondió a sí misma en su imaginación.

Claro que lo sé. Pero me encanta que me hables de ÉL.

A tu lado

© Antonio Rosado

Sonia Rosado: A MI MADRE QUERIDA/

Por él te vestías cada mañana,/ por él te maquillabas, /por él sonreías,/ aunque no tuvieras ganas./ Por él te tragabas tus lágrimas,/ y cocinabas cada día/ comida rica que llevabas al hospital./Madre, abnegada y entregada,/por él dejaste un día de teñirte las canas,/pintarte las uñas, arreglar la cama./ Apenas dormías,/ apenas comías,/ apenas… nada./ Como una madre primeriza,/obsesiva,/ siempre con el niño en brazos,/ aunque tuviese ya veintiséis años./ Te costaba moverte de su lado,/ hasta para ir al baño./ Ya comerías,/ ya te ducharías,/ ya limpiarías la casa./ Porque, a excepción de tu pequeño,/ todo te traía sin cuidado;/ a pesar de su enfermedad,/ te habrías cambiado por él,/ sin dudarlo./ Pero no pudo ser,/ porque la muerte no admite intercambios./ De esto hace ya diez años,/ y hoy, Madre querida, quiero regalarte/ una promesa,/ por tu 68 cumpleaños./ No es sola mía, /es también de mi padre,/ y de mis hermanos./ Permaneceremos juntos y, por siempre,/A TU LADO.

Cuento disparatado sobre los barrios de Madrid

Sonia Rosado/

Echo de menos a mi abuela. Tanto que fantaseo con encontrarla en cada elemento de la naturaleza. Deslizo la cortina de la ventana. En el vidrio se reflejan mis labios rosados. Abro la boca y ahí están también mis dientes, que se aproximan a una pequeña taza blanca de café. Por eso su reflejo, por su color. No brillan en el cristal ni mi cabello oscuro ni mi rostro dorado por el sol, un sol que me deslumbra y al que me obligo a mirar, aun dañándome las pupilas. Y solo porque en la búsqueda constante de vida, en el sentir muy dentro de mí la mía, se me olvida, a veces se me olvida, que mi abuela ya no está. Y yo tampoco estoy donde debiera estar. He tenido que dejar el piso donde vivía con ella para habitar la única parte de mi herencia que no debo compartir con mis primos. Abro la ventana y miro hacia abajo, hacia la derecha, la placa azul de letras blancas incrustada en la fachada que indica el nombre de la calle. Ese nombre, hoy, nada tiene que ver conmigo.

Todo lo impregnan los recuerdos, es más, estos últimos días vivo por comparación, y no puedo hacer más que suspirar al darme cuenta de que he salido perdiendo. Nada que ver la vista desde mi actual apartamento −un parque infantil−, con la de todo Madrid, incluyendo el famoso pirulí, que veía desde la terraza llena de plantas del séptimo piso de mi abuela. Sin embargo, en este barrio de Villaverde la ausencia de belleza del paisaje urbano se combina con la extraña mezcla de sus residentes. Aquí son todos gigantes de gran cabeza o latinos de rasgos indígenas y estatura incipiente. Un barrio de contrastes en lo físico, pero aburrido en lo intelectual. Y esta es otra de las razones por las que tanto echo de menos vivir en el distrito de Vallecas, al lado de la Asamblea de Madrid. Adoraba la vecindad. Adoraba los paseos por las calles culturales, como la de Historias de la Radio, donde viven los periodistas radiofónicos, o la avenida Pablo Neruda, donde he pasado tardes enteras leyendo los poemas escritos en las aceras. Pero la calle preferida de mi abuela era La Cenicienta. Vamos a la pasarela, solía decir, a ver lo que se lleva este verano. Porque cariño, me decía, no he visto en mi vida tanta mujer bella y elegante en tan poco metro cuadrado. Aquella calle era, efectivamente, una pasarela de moda. En cambio, mi favorita era otra. Venga abuela, le decía tirándole de la manga del vestido, cuando no era más que una mocosa. Ella cedía a mis deseos y se ponía sus mejores galas. Y allí que íbamos las dos, a la Corte del Faraón, a casa de sus amigas Berenice y Cleopatra, las actrices.

Mi abuela leía en mis ojos la fascinación por el barrio y se echaba a reír. Si tú supieras, Laurita… ¿Saber qué?, le preguntaba yo con la inocencia de mis seis años. Algún día te lo contaré, cuando tengas edad suficiente para comprenderlo. Crecí por tanto con el misterio, y con la memoria imborrable de aquella frase que tantas veces le oí susurrar al aire: Ay, Mariví, ¡qué barrio más lindo nos hiciste! Mariví era mi madre, y había muerto, siendo yo un bebé de meses, en un accidente de tráfico. Al fin, el día que cumplí los nueve años, mi abuela me contó, como si fuera un cuento, la historia de nuestro admirado barrio.

Todo sucedió en la Navidad del 2019. Tu madre trabajaba como jefa de administración en el Instituto de la Vivienda. El día 23 de diciembre, justo un día antes de Nochebuena, centenares de personas hacían cola en la calle para recibir el certificado de adjudicación de una vivienda social. Corrían tiempos muy convulsos, políticamente hablando. Era una época tan excepcional, que incluso el mismo alcalde estaba al frente de la entrega. Su partido no podía descuidarse, la oposición le venía pisando los talones.

¿Cómo dice Mariví? ¿Que se ha caído el sistema? ¿Que un pirata informático ha eliminado la base de datos? El alcalde, boqueando como un besugo, se desajustó el nudo de la corbata. ¡Esto sí que es un problema, y gordo, y en plena campaña navideña! Hay que arreglar el desatino, como sea, o sufriremos el acoso de la oposición y de la prensa. Venga, tomen lápiz y papel y hagan ustedes mismas las adjudicaciones, ordenó a las secretarias.

Sí, señor alcalde, ¿pero qué criterio seguimos?, preguntó Mariví.

Qué sé yo, habrá que echarle imaginación. A ver, páseme una copia de la lista de los inmuebles, le dijo a Mariví. Cuando la tuvo en sus manos repasó con sus minúsculos ojos los distritos donde se erigían las viviendas: Vallecas, Usera, Villaverde, Chueca… Se le puso cara de horror. Mariví intuyó que el señor alcalde no viviría en ninguno de aquellos lugares ni aunque le regalaran una de las casas, que por otra parte no superaban los cincuenta metros cuadrados. La mirada del alcalde se paseó directamente de la lista a los afortunados que esperaban dentro del edificio.

Por ejemplo, usted, acérquese, le dijo a un caballero de ojos saltones y orejas de soplillo.

Mariví no pudo reprimir una risa floja. Señor, ha elegido usted al más feo, le dijo por lo bajo.

¡Válgame Dios, Mariví! ¡Qué falta de respeto!, le contestó él también en voz baja.

Entonces a ella se le ocurrió decir: a Chueca.

¿Cómo?, repítalo Mariví.

No, es que como ha dicho usted lo de «Válgame Dios»… Resulta que hay una calle que se llama así, en Chueca.

El alcalde se mesó con tranquilidad la punta de los cabellos y finalmente dijo:

Eso es Mariví, muy bien. Se acercó al resto de secretarias: Todos los feos a Chueca. Que se fastidie el colectivo LGTBI.

Ellas se echaron las manos a la cabeza.

Pues me ha gustado este criterio del físico, continuó diciendo el alcalde. ¿Cómo podemos seguir? ¿Alguna idea?

Señor, dijo una de las secretarias, en el distrito de Vallecas hay una calle que se llama La Cenicienta.

Eso es, muy bien Aurora. Selecciónenme entonces las mujeres más bellas y me las mandan a la calle La Cenicienta.

Y en Villaverde hay otra que se llama Paseo de Gigantes y Cabezudos, se animó otra compañera a decir.

Estupendo, pues hala, a todos los que parezcan jugadores de baloncesto me los acoplan ahí.

¡Madre del amor hermoso!, suspiró Mariví. A este paso vamos a hacer de Madrid un parque temático. Estamos tratando a estas personas como monos de feria.

Sí, efectivamente Mariví, respondió el alcalde, pero nosotros a lo que nos interesa… Vamos ahora con las parejas. A los jóvenes que vienen cogidos de la mano los envían a Usera, justo a la calle que ha mencionado usted: la del Amor hermoso. Y el resto, los menos cariñosos, a Vallecas, a la calle Romeo y Julieta.

Pasado un rato, Mariví se dirigió de nuevo al alcalde. Señor, hemos terminado de seleccionar las calles siguiendo los criterios físicos o de actitud de las parejas. Las últimas viviendas adjudicadas han sido las de la Reina de África, Cleopatra, La lechuga y la Rosa del azafrán. Ya no sabemos cómo continuar.

¿Y esos jóvenes de ahí?, preguntó el alcalde, señalando a un grupo situado a su derecha.

¿Qué pasa con ellos?

Son latinos.

Sí.

Seguro que solo escuchan reguetón. A todos estos los mandan a la Verbena de la paloma, que aprendan algo útil de nuestra tradición. Y déjeme de nuevo la lista, que repase el nombre de todas las calles, a ver si se me ocurre algo más. Carraspeó y se mesó el cabello de nuevo antes de decir: Ya está Mariví, tampoco es tan complicado, mujer, lo que deben hacer ustedes es eso que se les da tan bien, chismorrear. Es decir, sáquenle a esta gente un poco de información. Interroguen, sin que se note, claro, o al menos no demasiado.

¿Cómo está señora?, empezó a preguntar Aurora.

Un poco cansada, niña, con setenta años no debería haber estado en la calle tanto tiempo de pie, y pasando este frío… Es que verás… por mi edad me duelen todos los huesos, además tengo…

Sí, sí, muy bien, sentenció la secretaria, y le entregó su certificado.

Calle la Dolorosa, Villaverde, leyó la señora.

Tras tres horas de adjudicación el alcalde hizo una reflexión. ¿Y cómo es que hay tanto letrado en paro?

Mariví se encogió de hombros.

Bueno, está bien. A los periodistas los envían a la calle Historias de la radio, y a los escritores y poetas a la Avenida de Pablo Neruda.

¿Y a las víctimas de violencia de género?

El alcalde se quedó pensando. Pues, dijo al fin, me las reparten entre la calle del Calvario y la calle del Amparo, que están al lado. Y Mariví, continuó el alcalde, ¿por qué se tapa usted la nariz? No le hizo falta escuchar la respuesta. Un olor a queso de cabrales inundó sus fosas nasales. ¡Por Dios!, exclamó con repugnancia. El responsable del mal olor que se vaya enseguida a Lavapiés.

Hombre señor, no me lo meta usted con las maltratadas, que bastante han sufrido ya las pobres.

Tiene usted razón, a este lo dejamos para el final. Y que se aguante con las sobras, por guarro.

Por otra parte, prosiguió Mariví, ya con la nariz aliviada, están los divorciados y las divorciadas.

Ya…, se rascó la barbilla el alcalde. Pues todos esos a Volver a empezar.

Es que allí no hay pisos para todos.

Entonces indaguen mejor. Y a los cornudos me los reparten entre Olvido y Desengaño.

¿Y a los infieles?

Directamente a Mogambo.

De repente se produjo un tumulto en la fila, un señor, quizá del frío, de la espera, o de ambas cosas a la vez, se estaba poniendo azul.

Caballero, ¿qué le pasa?, se oyó decir.

Padezco de infección respiratoria, aclaró el hombre antes de desmayarse.

Rápido, una ambulancia, solicitó el alcalde en voz alta; y murmurando a continuación a Maraví: No hay duda, si sobrevive… A la calle del Oxígeno.

Cuando hubieron acoplado a todos, incluido al del olor a pies, Mariví le dijo al alcalde: Señor, quedo yo.

¿Usted, Mariví?

Sí, es que soy madre soltera y el sueldo no me llega.

Vaya, vaya, Mariví… El alcalde contempló su fina figura, y su piel clara y aterciopelada. Usted lo que necesita es… El alcalde se lo pensó mejor y no terminó la frase por miedo a que la secretaria lo denunciara por acoso sexual. Aun así, escenificó lo que quería decir con la metáfora de su decisión. En fin, Mariví, querida, que a usted la quiero yo en la Alegría de la huerta.

Ópera

© Sonia Rosado

 Sonia Rosado/

Rozábamos noviembre, sin embargo el verano se resistía a abandonarnos. El calor nos obligaba a descubrir la piel de las extremidades apenas dos horas después del amanecer y nos empujaba a buscar la sombra en las horas centrales del día, hasta que por fin, a la caída del sol, un viento amable suavizaba la temperatura; era el momento propicio para lanzarse a la calle, y recorrer con calma el Madrid cosmopolita invadido por las más variopintas almas, las cuales a menudo se espejaban en los cristales de la ciudad. Su reflejo me entretenía, al menos lo suficiente para conseguir olvidar un poco esa tristeza agria adherida a mi corazón: mi hija llevaba ya más de diez años desaparecida. Y aquella tarde, mientras mi esperanza se marchitaba, uno de los vidrios del caparazón de la estación de tren, en la Puerta del Sol, me devolvió, en forma de feo y compungido rostro, la viva imagen de la depresión. Y entonces lo vi claro, como el río de lágrimas que pugnaban por salir. En el reflejo de mi propia imagen encontré la solución: El meditador. El meditador callejero.

Me lo presentaste hace tiempo, pero no le había vuelto a ver desde que su nombre se diluyó en la originalidad de su apodo. Sabía cuándo y cómo encontrarlo, conocía el momento y el lugar exacto por las notas de tu diario. Alcé la vista hacia el reloj de la Casa de Correos, aún estaba a tiempo, antes de que se replegasen los últimos rayos de sol y el asfalto acerado dejase de reflejar las alargadas sombras de los coches y las anaranjadas siluetas de los peatones.

Emprendí la bajada de la calle del Arenal, un trazado en línea recta de un mapamundi cultural, donde se superponían sonidos de Babel mientras decenas de móviles se elevaban en el cielo para inmortalizar el talento de los artistas que, llegados desde los cinco continentes, habían roto límites y fronteras y compartían metros de calle abarrotada de gente. De repente Rusia estaba al lado de Japón y, alrededor de un ninja suspendido en el viento, giraba una pareja de bailarines de ballet ejecutando, con asombrosa agilidad y aparente sencillez, movimientos antinaturales del cuerpo. Giros imposibles de cadera, piruetas en el aire, saltos con las puntas de los pies… y el cuerpo no se les rompía, eran pájaros humanos, y en ocasiones estatuas, en una posición tan estática, que a la bailarina no se le movía un ápice la tela del vestido. Italia cantaba junto a Brasil, la ópera desafiando a la samba; el violín chillando a la guitarra; la arrogancia del O sole mio de una mujerona napolitana eclipsaba la dulce voz de la negrita carioca que bien podía haber lucido un traje carnavalesco y se había decantado, erróneamente, por un look moderno. Continué atravesando aquel mágico maremágnum hasta toparme en Ketama con los tambores secretos de hachís y vivir, un poco más al este, el espectáculo de los guerreros maoríes, cuyos tatuajes brillaban, bajo sus antorchas de fuego, en Nueva Zelanda, última parada antes de mi destino final: la Plaza de Isabel II, la plaza de la reina que servía de cobijo a las personas «sin techo», instaladas con sus cartones, sus mugrientos colchones, sus litronas vacías y sus mantas raídas frente a la verja metalizada de un viejo cine abandonado.

Llegué antes que tu amigo para conquistar el espacio de pavimento donde medita, desde hace doce años, y enseguida lo percibí: un remanso de paz urbano. Apareció de repente, pelo cano, delgado, vestimenta de lino blanco. Me miró, con sus pequeños ojos aristotélicos, y escribió con tiza blanca, sobre las grises baldosas, una de sus frases sabias: «La razón sin amor está muerta, el amor sin la razón camina ciego».

Me confesó que no recordaba mi nombre: Carmen. En cambio yo me acordaba muy bien del suyo, porque se llama como uno de los personajes «shakesperianos»: Orlando.

Sentados en el suelo, él sobre una manta, yo sobre una toalla prestada, cerramos los ojos. Al instante los sonidos de la plaza giraban a nuestro alrededor, nos envolvían, pero pronto dejamos de «oírlos», los fusionamos con la propia meditación.

Y entonces te veo.

Te toco en el aire con mis dedos viejos: tus mejillas de niña, sonrosadas, y tus rizos tiernos.

Recuerdo el color de la sangre en las sábanas, el día que te hiciste mujer.

Las horas de estudio, encerrada en casa, engullendo páginas de Historia.

Tu boda, con Marcos… y después tu empeño por remendar, pegar, hilar, fragmentos, pedazos de nuestras vidas rotas.

Sufrimiento y dolor, el abismo, la derrota y la muerte.

La revelación de nuestro don, el más codiciado del mundo.

Y la desesperación en tu voz, mi sol, la última vez que hablé contigo:

«Mamá, han hackeado mi móvil, y mi computadora.

Han secuestrado mi correo.

A partir de hoy desaparezco.

Pero volveremos a vernos.

Busca entre mis recuerdos».

Y lo hice, Alma. Durante largos años. Busqué entre las páginas de tu diario y entre las fotografías de tus viajes. Y solo hallé silencio, ni una sola pista de cómo encontrarte. Ni instinto de madre, ni premonición, ni tan siquiera el don, que parecía dormido. Andaba perdida, sin saber dónde hallarte. Tampoco podíamos arriesgarnos a darles sin querer tu dirección, de haberla obtenido. A nosotros también nos vigilaban, nos espiaban, nos revisaban el correo, hasta que de pronto dejaron de hacerlo. Entonces llegó el momento de aventurarse, de revisar cada palabra escrita por ti, de encontrarle significado oculto a cada verso, a cada frase. Y viajamos, mucho, por la geografía de tus fotos. Y otra vez el silencio, y el vacío inconsolable y yermo.

Pero espera un momento…

Porque ahora, sentada en este duro cemento, con la mente, leo y miro de nuevo.

Y ahora sí, se despierta mi don, ante las instantáneas de Madrid colgadas en la pared de tu dormitorio: imágenes de las calles que te gustaba recorrer, y de sus artistas callejeros, como estos que acabo de ver. Y… se me eriza la piel.

Me levanto y corro. Corro a buscarte, traspasando los límites y las fronteras, esta vez a la inversa. Atravieso en segundos la isla oceánica, la ciudad marroquí de Ketama, Brasil, Italia… Pero no llego a Rusia, ni tan siquiera a Japón. He decidido, por puro instinto materno, establecerme en Italia. Dejo que la soprano napolitana termine su canción.

En cuanto me vio chisporrotearon sus ojos dorados, y su boca tembló.

Llevo una eternidad esperándote.

¿Cómo dices?

¿Eres Carmen, no?

Sí, soy yo.

De la funda del violín de su músico extrajo un libro. Mi rostro acaparaba la portada.

Es una novela, me dijo. Como la que tu familia y tú escribisteis para tu hija Alma.

Bendije nuestra imaginación. Habías respondido a la llamada. Habíamos establecido, por fin, nuestro propio y secreto sistema de comunicación.

Este mundo

Ida Vitale/

Sólo acepto este mundo iluminado,
cierto, inconstante, mío.
Sólo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mí la que florece.
Tiene un círculo sordo,
limbo acaso,
donde a ciegas aguardo
la lluvia, el fuego
desencadenados.
A veces su luz cambia,
es el infierno; a veces, rara vez,
el paraíso.
Alguien podrá quizás 
entreabrir puertas,
ver más allá,
promesas, sucesiones.
Yo sólo en él habito,
de él espero,
y hay suficiente asombro.
En él estoy,
me quede,
renaciera.

El amor de Aziz

 Sonia Rosado/

Tras ducharme rodeo mi cuerpo con una toalla y voy, no sin cierto pudor, a sentarme encima de la cama. Primero descubro mis hombros y luego, de espaldas a él, dejo caer la toalla a la altura de la cintura, exponiendo la herida infringida por el cuchillo del gigante y, aunque sé que él no los ve, me cubro los pechos con las manos. Espero paciente el tacto de un algodón sobre mi piel, pero no es esto lo que siento sobre mi persona, sino algo totalmente inesperado. Me pongo a temblar. ¿Es esto posible?

La forma en la que acaricia mi cabello pasando suavemente sus largos dedos entre mis mechones rizados, para consolarme, y la manera en que, a continuación, limpia con agua y jabón mi herida, como si mi piel fuese el delicado pétalo de una flor, me hace sentir que valgo algo, que soy un bien preciado, una mujer, un ser humano, y que importo, que a él, hombre desconocido, le importo.

Está anteponiendo mi bienestar a todo. Nada me ha preguntado, ni qué, ni cuándo, ni cómo, ni por qué. Ni una sola suspicacia, ni un solo juicio de valor.

Alzo la vista hacia la pared y sonrío ante El beso de Klimt. Me nace la imperiosa necesidad de saber más acerca de este misterioso musulmán, que desinteresadamente está vertiendo sobre mí toda la delicadeza del mundo, sin más pretensiones ni objetivo que  mimarme para hacerme sentir bien. Lloran por tanto mis ojos de emoción, y se desborda mi alma con la generosidad y la belleza de la Tierra, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos.

Me embargan una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo esto existía, que aún existe. Porque después de tanta pena, tanta rabia, tanto dolor y tanta lucha encarnizada contra el sufrimiento, encuentro un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, un oasis salvador en el inhóspito desierto.

Percibo cómo se pudren dentro de mí las frutas de una desconfianza y agresividad inconscientemente, durante este tiempo, cultivadas, y que en ocasiones habían salido irremediablemente a la luz, a pesar de mis esfuerzos por controlarlas. Yo, que he sido siempre tan dulce y tolerante, me había estado transformando, sin apenas percatarme, en un antipático gusano.

Ahora, la pureza de Aziz, la divinidad de las caricias con las que me prodiga y cura mis heridas, me conducen a una nueva metamorfosis.

Ahora, yo, Alma desgarrada, soy una prometedora crisálida.