Cuando sus ojos morunos se topan por primera vez, en La Habana, con los bucles pelirrojos, la mirada ámbar, los pómulos rosados y la hermosa comisura de unos labios rojos coloreados por una mordida de preocupación, EL AMOR DE AZIZ se dispara. Ella es española, y su nombre: Alma.
—¿Qué significa Aziz?
―Hombre invencible y poderoso.
―¿En serio? ―Alma esboza una sonrisa irónica. Él se inclina hacia ella, hasta rozar con la boca la punta de su nariz. El aroma natural del árabe es el de las palmas datileras, dulce como el fruto y fresco como las hojas, y a Alma le resulta acogedor como un oasis en medio del desierto.
―¿Te burlas de mí, señorita?
―Por supuesto que no ―aparta el rostro avergonzada―. Pero dime, ¿cuál es tu historia?
La infancia
Zahra se ha levantado temprano para ordeñar la única oveja de la familia, regalo de uno de los vecinos del campamento de refugiados. El frío del alba estremece sus huesudas carnes, protegidas tan solo por el tejido de su melhfa y el grueso collar que adorna su piel morena bajo ella.
De vuelta al interior de la jaima sus manos infantiles agitan un cuenco grande de leche para obtener mantequilla, mientras sus grandes ojos negros vigilan atentos el menor movimiento de su hermano pequeño Aziz, que descalzo y semidesnudo, a pesar de la baja temperatura, da volteretas sobre la estera que cubre la arena. Su madre, Salka, prepara el té del desayuno con aire cansado, porque la guerra le roba noche tras noche el sueño, pues piensa a todas horas en el regreso de su marido y de sus dos hijos mayores; cincela en su memoria su recuerdo, una y otra vez, hasta más de cien veces al día, para no olvidar sus rasgos, para no olvidar el vigor de sus hijos y la mirada sabia de su marido; cuando cierra los ojos los ve salir de entre las dunas, caminando hacia ella vestidos con pantalones de guerrillero, el fusil al hombro y el turbante amarillo enrollado al cuello; muchas otras veces ve solo a su marido, con un elzam negro que cubre su cabeza y su rostro dejando solo al descubierto sus ojos, surcados de profundas arrugas, marcas indelebles similares a las líneas definidas por el paisaje de dunas.
Un grito desgarrado desvía la mirada de Zahra del cuerpecito escuálido de su hermano al rostro agrio y demudado de Salka, cuya mano ajada y temblorosa ha dejado caer la tetera al suelo para llevársela al corazón. El líquido caliente se esparce por la estera alcanzando uno de los piececitos del niño, que llora desconsolado aferrado a la melhfa de su madre. « ¿Qué te pasa madre?» «Hija, siento adentro de mí, no sé cómo, pues no puedo explicarlo, que algo malo, algo terrible le sucede a uno de tus hermanos», sigue con la mano en el pecho, en el lugar del corazón». « ¿Pero qué dices madre…?» «Espera Zahra, veo sus ojos… claros… sí, no me cabe duda, a tu hermano mayor le acecha el demonio.»
La adolescencia
A Aziz le pica la garganta, le cuesta respirar. Necesita a su madre, necesita de su abrazo y de su protección, pero no sabe dónde está. Y ahora su hermana Zahra le resguarda debajo de una acacia, un refugio tonto ante las bombas que caen del cielo. Quiere llorar, pero no lo hace. Su padre antes de marchar a la guerra le dijo que debía ser fuerte, que debía de cuidar de su madre y de su hermana. Pero él solo tiene siete años, y está viendo llover fuego, sangre, y pedacitos de gente. Aziz despierta de esta pesadilla, fruto del recuerdo de una vívida experiencia, a la vez que el sol abre sus ojos y calienta la arena escarchada. La luz baña la tierra seca y colorea las dunas bajas. La brisa crea el sonido metálico de las llantas colgadas en los barrios de la wilaya. Los animales se desperezan en sus corrales, el gallo canta, la cabra bala. La calidez del día es un huésped bienvenido dentro de las congeladas jaimas y los fríos muros de adobe de las casas. El agua comienza a hervir en las teteras mientras el pan se cuece en los hornos de gas. Los niños se levantan para asistir al colegio y las mujeres se preparan para realizar las tareas domésticas o para ir a sus respectivos trabajos en la escuela, en el centro de salud, o en los talleres de confección. Los hombres atienden su comercio, su ganado, o también su trabajo, aunque la mayoría son militares, porque allí no hay nada mejor que hacer que pensar en el futuro, un futuro cada vez más amenazado por la sombra de una nueva guerra. Aziz piensa si podría ser como ese médico italiano, que ayuda a sanar los ojos de un niño, castigados por el viento y la arena, y a paliar la anemia de una mujer embarazada, a atajar o mitigar los males del desierto: asma, bronquitis, diarreas, bocio, fiebres, anemia, quemaduras del sol, malnutrición, deshidratación y todos los problemas en general derivados del castigo del sol, de la mala calidad del agua y de una alimentación pobre en verduras y frutas. Aziz piensa también si podría ser profesor, como el español que da clases de pintura en la escuela, y responde con paciencia a los niños que le hacen preguntas insólitas, porque muchos no saben dibujar el mar, ni los prados, ni las flores, ni las aves. Solo los que pasan los abrasadores meses de verano en España con familias de acogida, gracias al programa Vacaciones en Paz, conocen estas maravillas de la naturaleza y pueden hablar de la sensación de bañarse en la playa, de caminar por el campo, de oler las flores o de escuchar el canto de los pájaros. Aziz piensa, por último, si podría viajar a Cuba, la opción, sin duda, más difícil de tomar, ya que, aunque tiene las mayores ventajas, tiene también los mayores inconvenientes, pues los niños saharauis que estudian en la isla pasan allí más de una década, y al finalizar los estudios universitarios deben regresar a Argelia. El choque cultural con Cuba es impactante, allí aprenden a bailar salsa y a disfrutar de la libertad sexual. Las chicas usan minifaldas y bikinis y se echan novio, y algunos hombres tienen hijos con mujeres cubanas sin estar casados, algo impensable en la cultura saharaui; todo lo que en la isla se aprende es una falta de respeto para su religión. Luego viene el drama de abandonar para siempre a la pareja o a la familia cubana para volver al Sáhara. Y aclimatarse de nuevo a la vida en los campamentos es demasiado difícil, hay quien necesita muchos meses, otros nunca se habitúan. Además la carrera estudiada en Cuba no es útil en todos los casos, lo cual es muy frustrante, porque hay licenciados o ingenieros que acaban realizando tareas menores, muy por debajo de su cualificación. Aziz finalmente se decantará por esta última opción, no sin haber antes recapacitado. Se hará del Frente Polisario, acompañará a los activistas y asistirá a eventos de interés, cuya información reportará a la radio y a la televisión de la RASD. Viajará y gozará de cierta libertad, y lo mejor: disfrutará de las mujeres. Aunque de ellas no se pueda enamorar.
Me acaricio el vientre con ternura y sonrío. Estoy ilusionada. No entraba en mis planes pero ha sucedido, y la verdad es que estoy muy feliz. Un pedacito de él, un pedacito suyo en mis entrañas. Imagino cómo será y a quién se parecerá, pero en cambio no pienso en la reacción de Iván. No sopeso con calma las consecuencias derivadas del hecho de estar encinta. Me he limitado a tomar una decisión inamovible. Voy a tener un hijo del hombre al que tanto amo, y rezo para que tenga su tez morena, sus ojos oscuros y su fuerza y determinación ante las adversidades de la vida.
Camino muy despacio, más que pisar el suelo, mis pies parecen flotar sobre él. Saboreo cada uno de los colores, sonidos y olores del hermoso día primaveral: el sol brillante sobre un cielo azul salpicado de minúsculas nubes, el perfume dulce e intenso de las lilas que embellecen los árboles, el amable trino de los pájaros, el grato murmullo del agua que mana de la fuente en el centro de la plaza, y sobre todo las risas, las despreocupadas risas de los niños que juegan al escondite.
Iván me espera en el banco de siempre, en el banco en el que nos besamos por primera vez y en el que, una noche sin luna, sus hábiles manos jugaron bajo mi jersey recorriendo mi cintura, mis caderas y mis pechos.
Observo su gesto sombrío y su boca desfigurada por una mueca de preocupación.
Me alarmo, porque Iván es un hombre difícil de contrariar, no se amilana ante los obstáculos que se le van presentando. Ninguno de ellos le parece insalvable, y los afronta con una sonrisa y a todos les da rápida y práctica solución, porque «todo tiene solución en esta vida, todo menos la muerte», suele decirme. Por eso intuyo que algo muy grave pasa y le dejo hablar a él primero.
Iván es muy directo.
—Dulce, mi ex vino a verme hace tres meses y me acosté con ella. Está embarazada. Nos vamos a vivir a Londres con sus padres. Lo siento.
Y entonces pienso que hace tres meses ya salíamos juntos, y no digo nada, no puedo, porque el suelo sobre el que parecía flotar hace tan solo unos instantes se hunde bajo mis pies. El cielo se nubla, y dejo de percibir el aroma de las lilas, el canto de los pájaros y el incesante goteo del agua de la fuente.
Las risas de los niños me estrangulan el alma y me desgarran el corazón.
Grito desesperado de Alma, impotente ante el amor que siente por Jairo
Por favor, ¡arrancadme la cabeza! ¡Arrancádmela con saña! ¡Golpeadla, trituradla, quemadla, enterradla! ¡Y dadme así la libertad! Fabricadme después una nueva, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de las estúpidas pasiones. Ya no quiero mi cabeza, porque ya no es mía, la lujuria la ha devorado, como harían las hormigas con una lagartija viva dentro de un tarro de cristal. Solo que el tarro es, en este caso, un laberinto teñido de rojo en el que soy incapaz de encontrar la salida. ¿Y cómo voy a hacerlo? Si no puedo concentrarme en nada que no sea ÉL, cada hora, cada minuto y cada segundo del día. He dejado de ser yo, hasta el punto de dejarme comer por sus deseos carnales. Pero ya no, ya no puedo tolerarlo más porque hay alguien que me necesita. Así que por favor, ¡ayudadme!, sacadme de este embobamiento irracional, de este atontamiento carnívoro; y no tengáis remordimientos, porque esta no soy yo. Por favor, ¡arrancadme la cabeza y devolvedme mi libertad!
VILLAVERDE BAJO, MADRID 14:00 HORAS: Salgo del trabajo.
Tardo 17 minutos en llegar andando a mi casa. En este recorrido de 1,5 km veo…
-Total de personas circulando a pie por las calles (aparte de mí): 51(menos de la mitad con mascarilla).
– De estas con perro: 7
– Concarrito de la compra: 4
–Caminando de dos en dosy hablando (sin mascarilla): Dos compañeros de trabajo (lo deduzco por su conversación)+ Chica joven con chico joven (no tengo pistas al respecto).
-Personas circulando en bicicleta: 1 chico joven vestido con ropa de calle (ayer vi a un ciclista, vestido de ciclista).
–Hechos insólitos: Chica sin mascarilla, sin bolso, sin perro, sin carrito de la compra. Se me acerca para pedirme un cigarro (yo ni siquiera fumo) + chico joven gritando a la entrada de un portal a un telefonillo. Extracto de la conversación (a gritos): «¡Es que tía estás loca. No sé cómo dejas entrar a tu casa gente, con esto del coronavirus…Te vas a quedar sola…!»
Respecto a los que siguen trabajando… ¿Creéis que los propios trabajadores respetan siempre las normas de seguridad y la distancia entre ellos? NO.
TODO ESTO ES LO QUE HE VISTO hoy. Juzgad vosotros mismos…
Recuerdo la primera vez que contemplé el amanecer en brazos de Soledad. Nos habíamos conocido el día anterior. La había estado observando, durante toda la tarde, esperar sola y desamparada en la Renfe de Villaverde Bajo, a alguien que nunca llegaría. Y decidí rescatarla, llevándola a mi refugio, al edificio abandonado de la antigua estación de tren, donde atendía a las personas sin hogar con las que convivía. Pensé que jamás volvería a enamorarme, ya que nunca había experimentado antes un amor tan grande como el que sentía por mi exnovia, Mariví. Con ella me volví loco, pues abrió mi corazón y se coló dentro para habitar en él, desordenando mi vida por completo. Cada vez que me miraba, me sonreía o me besaba, yo dejaba de ser «yo». Mi ser entero le pertenecía, era su prisionero. Pero aquel inesperado día en que me topé con Soledad, fue como si un rayo de luz rompiera las cadenas que me aprisionaban. Sentí que amándola a ella sería capaz de olvidar, por fin, a Mariví, que me había abandonado por otro, que a su vez terminaría abandonándola a ella, dejándola embarazada y negándose a reconocer a su bebé. Entonces yo le propuse matrimonio y ejercer de padre de su futuro hijo. Ella me rechazó, pero ese doloroso rechazo terminó reconduciendo mi vida. Me convertí en EL ÁNGEL.
Desperté por tanto aquel día en brazos de Soledad, tras una noche de cariño, ternura, mimos y abrazos. Aquello no era pasión, iba más allá, superando toda excitación sexual. Era una sensación de bienestar que recorría mi espina dorsal, y barría toda sensación de angustia, vacío y frustración. Era un sentimiento hermoso, puro y desconocido que me desveló la verdadera forma de amar. Ambos estábamos verdaderamente necesitados, de afecto, de comprensión, de cariño. Sobre todo después de lo que iba a suceder a continuación: la muerte de nuestros seres queridos y una pandemia que asolaría el mundo.
Todo empezó aquella mágica mañana, cuando tras deshacerme del abrazo de Soledad, le pedí que cuidara de los «sin techo» hasta que yo regresara del trabajo. Conduje hasta el hospital mientras escuchaba en la radio la canción Resistiré de El Dúo Dinámico. No podía imaginar que aquella antigua melodía, compuesta en los años ochenta del siglo pasado, llegaría pronto a ser el himno de toda una nación.
Sandra, la recepcionista, indicó al guardia de seguridad que me diera el alto en cuanto me vio aparecer.
—¿Qué ocurre? —les pregunté a ambos.
—Ve a ver a Pablo, está en su despacho —me dijo Sandra—. Tiene algo importante que comunicarte —añadió al ver mi indecisión. Pablo era mi jefe de planta y mi relación con él no era buena, pues yo le solía hacer muchas recomendaciones y sugerencias acerca de cómo hacer mejor su trabajo. A él por supuesto no le agradaba nada mi intromisión y hacía caso omiso de todos mis consejos, aunque repercutiesen en beneficio de los pacientes. Pero aquella vez, todo iba a ser diferente, muy diferente.
Para empezar tuve que recibir de él la noticia más dura de mi vida. Mariví acababa de morir en la UCI y, por si fuera poco, descubrí que igual suerte había corrido Norma, la amiga de Soledad. Las dos habían sido víctimas del mismo accidente. Se me saltaron las lágrimas al instante, no podía creerlo. No sabía cómo encajar aquello, y menos delante de aquel maldito médico.
—Ángel…—me dijo en tono afectuoso—. Sé que estás afectado, y que probablemente la seguías amando. Tienes todo mi apoyo y, por supuesto, cualquier cosa que necesites. Puedes cogerte unos días de baja y recibir atención psicológica aquí en el centro. Eso sí, debo confesarte que dentro de muy poco vamos a necesitar a todo el personal disponible en el hospital. No sé si has visto las noticias en la televisión esta mañana.
—En realidad no. Sabes que ahora vivo en la antigua estación cuidando de las personas sin hogar. Apenas tengo tiempo de ver la tele.
—Comprendo. Pues Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias del Ministerio de Sanidad, acaba de dar un comunicado. Se han detectado 76 casos de coronavirus COVID-19 en Italia, en la zona de Lombardía y Véneto.
—Pero si esas son las regiones donde se encuentran Milán y Venecia, zonas muy turísticas del país…
—Exacto. Y me temo que cuando todos los turistas regresen a sus casas muchos de ellos llevarán el virus consigo, y comenzaran a transmitirlo en sus respectivos países.
—¡Dios mío! ¿Tú sabes la cantidad de turistas europeos y del resto del mundo que viaja a Italia? ¿La cantidad de personas de España y de otros países de la Unión Europea que trabajan allí?
—Sí. Me temo que si los gobiernos y la propia UE no toman medidas urgentes y tan restrictivas como las de China, desde el primer momento, esto va a ser un coladero. Tenemos el ejemplo chino, la provincia de Hubei paralizada, millones de personas en cuarentena, drones desinfectando las calles, miles de infectados y… de muertos.
—¿Tú crees que los gobiernos actuarán rápido?
—Desconfío de que así sea. Está el factor económico. En cualquier caso debemos prepararnos. Ya de por sí tenemos un problema de escasez de medios materiales y humanos, debidos a los recortes. Voy a establecer un protocolo con medidas de seguridad del personal y de optimización de los recursos con los que contamos. Y he pensado también en preparar el gimnasio para albergar camas UCI.
—¿Piensas que es necesario llegar a tanto?
—Me temo que sí. Prefiero pecar de exagerado y tomar desde ya las necesarias precauciones. Si Italia no cierra fronteras desde el minuto uno, y España no pone en cuarentena obligatoria a la gente que venga de allí, en poco tiempo tendremos por todo el país miles de infectados. Digan lo que digan a partir de ahora la prensa y los políticos esto es serio. Estamos hablando de un virus que se propaga a la velocidad del rayo, un virus para el que no existe vacuna, un virus que está matando, sobre todo a las personas mayores y personas con patologías, un virus que está desesperando a los médicos chinos, que no entienden por qué hay pacientes que pasan de tener un cuadro moderadamente grave a morir de un día para otro. Los pulmones dejan de funcionar de repente. Además, se están estudiando las secuelas que el virus deja en los supervivientes. También he leído que en muchos casos están utilizando radiografías de tórax para la diagnosis, pues parece ser que los test dan muchos falsos negativos y deben realizarlo de tres a cuatro veces hasta que obtienen el positivo.
—¡Pero esto es un problema de dimensiones descomunales! ¡Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos!
—Lo haremos Ángel. Te lo prometo.
Salí mareado del despacho de Pablo, tuve que apoyar una mano en la pared, agachar la cabeza y respirar hondo para no vomitar o caer. En ese estado me encontró Dulce, la hermana de Alma. Ambas eran, o mejor dicho, habían sido, primas de Mariví. Sí, ironías del destino, aquella muchacha llamada Alma a quien robé en Florencia el relato RECUERDOS DE CAMA resultó ser prima hermana de Mariví.
—Ángel, ¿estás bien?
—Sí —contesté incorporándome y alzando la cabeza hacia ella—. Dulce, ¿qué haces aquí en la zona del personal médico?
—Te estaba buscando. He preguntado por ti y me han dicho que estabas reunido con el jefe de planta. Quería verte antes de que comenzaras tu turno. No sabía si ya te habrías enterado.
—Acabo de saberlo.
—Lo siento —me dijo con lágrimas en los ojos.
—Yo también —respondí con un hilo de voz—. ¿Y la niña?
—¿La conoces?
—En realidad no.
—Laurita está con mis padres. Ahora mismo la están dando un paseo por los alrededores del hospital. He quedado ahora con ellos en la cafetería.
—¿Y los demás?
—No hay nadie más. Ninguno de los hermanastros de Mariví se ha dignado aún a venir. Tampoco lo ha hecho su padrastro. Solo estamos Manuela y yo. También estaría Alma, si no… si no estuviera desaparecida.
—Lo sé. Después de tantos años, ¿tenéis alguna pista nueva?
—No, pero hemos ideado un método para tratar de ponernos en contacto con ella sin levantar sospechas. No sabemos si la secta sigue de algún modo operativa.
—¿Qué vais a hacer?
—Escribir una novela, contando su vida, y la nuestra. En ella le haremos llegar un mensaje, sabrá que la estamos buscando y que queremos que vuelva. Esperamos sacarla al mercado en el plazo máximo de dos años. Tiene que ser lo bastante buena como para que se venda y se hable de ella.
—Es una gran idea. Alma podría pasarse días enteros en una librería o en una biblioteca. Seguro que tarde o temprano descubriría la novela. ¿Y ha habéis pensado en el título?
—Sí. Si la muerte es la nada.
Suspiro.
—Ángel —me miró fijamente a los ojos—. Ojalá fueras tú el padre de Laurita.
—Pues no lo soy. Mariví estaba convencida. El padre es Jairo.
—Ya, pues no es justo. ¿Por qué tenía que conocer a Jairo casi diez años después de destrozarle la vida a mi hermana? Y mira que se lo advertí. Pero ya sabes que mi prima era testaruda. Pensaba además que con ella sería diferente, y que podría hacerle cambiar.
—Pues por desgracia no ha sido así.
—Te juro que no sé lo que tiene ese hombre, Ángel. A veces pienso que destila hormonas que se adhieren a la piel de las mujeres como abejas a la miel. Otra explicación no tiene.
—¿Pero sigue casado?
—Por supuesto. Puede que Elisabeth tenga más cuernos que un ciervo, pero nunca la dejará.
Me encogí de hombros. Todo eso me daba igual.
—Venga, vamos a la cafetería, mis padres deben de haber llegado ya. Quiero que conozcas a la niña.
Alejandro, el padre de Dulce y Alma, empujaba un carro de bebé, pero Laurita estaba en los brazos de Carmen, llorando. Me la entregó para que yo la cogiera, y automáticamente se calmó. Algo había ocurrido entre nosotros, algo se había activado en mi interior, una ola de ternura, un deseo de protección, como si nos uniese un hilo invisible, más aún, un vínculo de sangre. Pero cómo iba a ser eso posible, si aquella criatura a la que miraba arrobado ni tan siquiera era mi hija. Le manifesté el deseo a Dulce de verla de vez en cuando. Ella aceptó.
—Serás una gran influencia para ella, Ángel, todo un ejemplo. ¡Y quién sabe!, igual acaba siguiendo tus pasos y se convierte en personal sanitario.
Quedamos en vernos dentro de dos sábados, cuando me tocaba librar.
Me llamo Laura Domínguez López, por exclusiva decisión de mi madre. Mi padre no tuvo nada que ver en la elección de mi nombre, ni en nada concerniente a mí, a decir verdad. Los dos apellidos son de mi madre, María Victoria Domínguez López, a la que todo el mundo llamaba Mariví. Del hombre cuyos genes están impresos en mí solo sé que contribuyó a mi concepción. El resto es un misterio. Jamás pude preguntarle a ella, a Mariví, pues murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía nueve meses. Me crio mi abuela Manuela, quien tampoco sabía gran cosa, pues hacía años que se había enfriado la relación con mi madre, a raíz de la muerte de mi abuelo y la posterior boda de mi abuela con un señor gritón y antipático que siempre olía a puros y a alcohol. Al menos ese es el recuerdo que guardo de mi abuelo postizo, que falleció cuando yo tenía ocho años de edad. En definitiva, no sé quién es mi padre, y por ende no sé quién soy yo. Porque según mi abuela poco tengo de mi madre, tan solo una figura esbelta, una piel fina y blanca y unos ojos azules puros y cristalinos. Mi madre era una mujer pragmática y superficial, desapasionada y poco dada al altruismo o a idealismos de ninguna clase. Pero yo no soy así, sino todo lo contrario. «Esta niña no sé a quién habrá salido», solía decir mi abuela a sus amigas, «Tan sensible, tan cariñosa, siempre preocupándose por el bienestar de los demás, y recogiendo a todos los gatos de la calle…, pero ya me he hartado, en mi casa no solo no entra un gato más sino que me he deshecho también del perro». El caso es que la pregunta que se hacía indirectamente mi abuela también me la hago yo: «¿A quién he salido?». Puede que no sea como mi madre, pero no creo que me parezca en absoluto a mi padre. Si fuera así estoy segura de que él nunca me habría abandonado, como afirma mi abuela que hizo. Por eso siempre he estado tan confusa, aparte de sentirme incomprendida y fuera de lugar entre tíos −hijos del segundo matrimonio de mi abuela− y primos caracterizados por el egoísmo y la falta de empatía y sensibilidad. «¿Quién soy yo?» «¿De dónde procedo?» La incertidumbre me produce desasosiego, el desconocimiento soledad. Con la muerte de mi abuela me he dado cuenta de que necesito conocer mi identidad, mis orígenes, la otra parte de mi familia, sea para bien o para mal. Por eso decidí ponerme a investigar. Y algo he hallado, mi madre sigue estando en Facebook, una red social hoy en día prácticamente en desuso pero que continúa existiendo en 2041. He visitado su perfil y el de todos sus amigos, y he llegado a la siguiente conclusión: Mariví solo tuvo un novio, durante muchos años, se llamaba, o se llama, Ángel. Pero según los mensajes de Messenger intercambiados con él mi padre es en realidad un tal Jairo Casado, que ni siquiera tiene perfil en Facebook, algo bastante raro. Por lo que extraigo una nueva conclusión: el tal Jairo ocultaba u oculta algo. Y ese algo puede ser la relación con mi madre, pero ese algo puedo ser también yo. Gracias a esta red social he averiguado además el correo electrónico de mi madre. Por suerte la contraseña ha resultado ser demasiado fácil, pues es la fecha de mi nacimiento sin barras de separación: 06082019. Y esto es, entre otras cosas, lo descubierto por ahora: una serie de fotografías eróticas de mi madre enviadas al correo jairo34@yahoo.es y más de cincuenta emails seguidos procedentes de esta misma dirección, dos meses después, pidiéndola perdón y suplicándole volver a verla. Deduzco de todo esto que el hombre en cuestión hace honor a su apellido y que está, o estaba, casado. Hace tres días le envié el siguiente mensaje:
Hola Jairo,
Me llamo Laura Domínguez López, tengo 22 años. Quiero saber cómo eres. Espérame el viernes a las 20:00 h en La Playa de Lavapiés. Fue allí donde conociste a mi madre. Te aconsejo que acudas, de lo contrario me presentaré en tu casa el día menos pensado.
La respuesta me llegó anoche:
De acuerdo.
El viernes acordado es esta misma tarde. Y aquí estoy, en el pub de Lavapiés, famoso por tener el suelo cubierto de arena de playa. Me descalzo para no ensuciar mis sandalias. Le reconozco al instante, tras haber estudiado con atención la única fotografía que de él tenía Mariví en su correo. Aunque han pasado muchos años, conserva el porte elegante y seductor y el mismo corte de pelo, aclarado ahora por un montón de canas. Está sentado en una silla plegable de rayas marineras con un botellín de Mahou en la mano. Tomo asiento en la silla contigua a la suya. Miro fijamente sus ojos extraños, verdes con motitas negras, como salpicaduras de pintura oscura sobre esmeraldas. Me sonríe. «¿Eres Laura?», me pregunta. «Sí», respondo.
—Verás, Laura, lo siento. Se lo expliqué a Mariví. Yo ya tenía una mujer, una familia, no podía comprometerme con ella, y no es que quisiera que tú no nacieras, o quizá sí… Lo siento… No podía reconocerte, no podía ocuparme de ti… Mi mujer me habría dejado en cuanto lo hubiera sabido, me habría alejado de mi niña… Porque entonces yo ya tenía una hija, ¿lo sabías?, ¿te ha contado tu madre algo? Por cierto, ¿cómo está ella?
—Mi madre está muerta.
—¿Cómo?… No puede ser… ¿Cómo ha sucedido?
—No ha sucedido, sucedió. Hace más de veinte años.
—¡Dios Mío! Lo siento, de verdad… ¿Te ha criado tu abuela?
—Sí. He vivido toda mi vida con ella, pero también ha muerto.
—Laura, querida, deja entonces que te ayude en todo lo que necesites. Déjame enmendar los errores del pasado. Puedo ocuparme de ti, darte dinero… Incluso podemos establecer algún tipo de relación padre-hija, aunque, claro, con discreción, llevando el parentesco en secreto.
—Gracias por el ofrecimiento, pero yo solo quería conocer a mi padre.
—Bien, bien. Estoy aquí para responder a todas tus preguntas. ¿Qué quieres saber de mí? —pregunta con una sonrisa que me resulta grotesca.
—Nada en absoluto.
—¿Qué insinúas?
—Tú no eres mi padre— afirmo, con tal rotundidad que Jairo da un respingo en el asiento, a la vez que se le frunce el ceño y la sonrisa huye de su boca.
—No te comprendo…
—No sé explicarlo, pero en cuanto te vi lo supe. Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo poniéndome en pie, dispuesta a marcharme.
—¿Quién?
—¿De verdad no lo sabes?
A Ángel le mando un Messenger nada más llegar a casa. Responde enseguida:
No puedo creerlo. Me emociona que quieras conocerme. Tu madre lo fue todo para mí. Nunca he vuelto a amar a nadie como la amé a ella, aunque soy feliz con Sole, mi mujer. Increíble que sepas lo del bar de Malasaña… Allí estaré, el viernes a las 20 h. Cuídate, mi niña.
Tiemblo cuando lo veo aparecer. No obstante logro controlar mis nervios para no parecer ansiosa o neurótica, quiero causarle buena impresión. Le señalo el taburete vacío al lado del mío. Se sienta y pide una tónica. Sonrío, es mi refresco favorito, pero me decanto por una copa de vino, necesito desinhibir mis sentidos y que las rodillas me dejen de temblar.
—¿Quieres saber cómo conocí a tu madre? —me pregunta de pronto, con un brillo especial en los ojos.
—Claro.
—En realidad lo importante no es el cómo, sino el qué o el por qué. Todos buscamos el amor, porque todos necesitamos amar y ser amados. Si no fuera así Mariví nunca se habría fijado en mí. Ella era una belleza etérea, delicada, una sirena, mientras que yo era un muchacho mal vestido y un poco desaliñado en aquella época. Verás, todo empezó…
Tras escuchar el relato de Ángel comprendo que el fin último del ser humano es LA BÚSQUEDA DEL AMOR. El problema es que el amor, el deseo y el enamoramiento no suelen recaer sobre la misma persona. Puede suceder que amemos con gran apego a nuestra pareja, pero a la vez nos podemos enamorar de otra persona, e incluso sentir deseo sexual por una tercera. Esto ahora la sociedad lo tiene completamente asimilado, pero hace veinte años se entendía a duras penas, por eso tanta infidelidad, tanta traición y engaño, y tanto sufrimiento innecesario.
—Y eso es, Laura, todo lo que puedo contarte de Mariví —me dice Ángel al finalizar su historia—. Ojalá fuera yo tu padre, ojalá aquella última noche que pasamos juntos fuera la noche en que te concebimos. Pero tu madre me dejó claro que el bebé que se estaba formando en su vientre era de Jairo, él es por tanto la persona que estás buscando.
—Ángel, tú y yo somos víctimas de la ineficiencia humana, de la cobardía, del miedo, del egoísmo, de la falta de valor, de la incomunicación, de la ocultación. Se nos ha privado de nuestros derechos.
—¿Por qué dices eso, Laura?
Suspiro antes de decir:
—Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo, sacando un sobre de mi bolso—. Mandé realizar unos análisis de ADN. Cogí un vaso de cristal que abandonaste en la bandeja con restos de comida un día que te seguí hasta la cafetería del hospital. Fui allí para verte antes de encontrarme contigo. Quería saber cómo te movías, cómo hablabas, cómo te expresabas, cómo te comportabas con los compañeros, con los médicos, y sobre todo con los pacientes. No podía creer que fuera a conocer en persona a uno de los «héroes» de la crisis del COVID-19. Fueron tantas vidas las que salvasteis…
—Entonces, ¿en ese sobre está el resultado de la prueba?
—Sí, ha salido positivo, papá.
—¿Robaste mi vaso? —se ríe de repente, con lágrimas en los ojos.
—Sí.
—Cariño, no eres la primera en la familia en robar algo de un hospital.
—¿No?
—Yo lo hice antes, en Florencia, para demostrarle a tu madre que mi amor por ella era sincero, honesto, verdadero. Laura —me coge las manos—. No te conozco, y sin embargo siento ya lo mucho que te quiero. Quiero que estés en mi vida, desde hoy y para siempre.
Retengo las lágrimas que pugnan por salir, maldiciendo el día en que ese moreno de ojos oliva se cruzó en mi camino.
Por su culpa he dejado de tener una vida. Porque ahora mi existencia entera gira en torno a ÉL, en torno a ese hombre varonil y seductor que me tiene enloquecida. Sé, porque él mismo me lo ha contado, que ha estado con unas cuantas mujeres, todas guapas. Por eso no comprendo por qué se fijó en mí cuando me conoció. El caso es que él empezó a tontear conmigo y a mí me gustó. Entonces me planteé sus galanterías y sus juegos como un reto. Me propuse conquistarle en serio, enamorarle en serio. Quise tomármelo como una venganza en general hacia los hombres, hacia esos canallas que se aprovechan de los sentimientos de las mujeres y luego las dejan plantadas, como le había ocurrido a mi hermana Dulce. Quería ver al conquistador conquistado. Para conseguirlo adelgacé cinco kilos, me teñí el pelo de color cobrizo y empecé a llevar ropa ajustada y sexy. Me transformé en una nueva Alma, una mujer más femenina, atractiva y deseable. Pero después de muchos meses de coqueteo tuve que admitir a regañadientes que algo fallaba en mi plan. Si Jairo era el típico mujeriego, ¿por qué no había intentado llevarme a la cama? Nunca me había propuesto quedar, en realidad nunca me había propuesto nada, solo me vacilaba. Y estaba muy confusa porque sabía, desde que intentó besarme en Canarias, que de verdad me deseaba. Lo sabía también por su forma de mirarme, y por las caricias que me hacía en la cara. Lo sabía porque se tropezaba conmigo como por descuido y retenía su mano entre las mías cada vez que intercambiábamos unos folios o un bolígrafo. Lo sabía porque era escrupuloso, y sin embargo en las comidas de trabajo a veces él bebía de mi vaso y yo utilizaba su cucharilla de postre. Lo sabía porque una vez posó sus labios sobre mi frente para comprobar si tenía fiebre. E incluso en más de una ocasión, lejos de miradas indiscretas, me había cogido en brazos. Pero después de La Gomera no había intentado de nuevo besarme. Nunca. Hasta que por fin sucedió. Nos quedamos en la agencia solos por casualidad y ahí comenzó la historia que aún perdura.
He jugado con fuego y me he quemado, porque ni duermo, ni como, ni vivo.
Me enamoré de Mariví nada más verla desde el balcón de la casa de mis padres. Estaba en una terraza floreada de hermosas plantas. Su cabello rubio brillaba al sol mientras el viento jugueteaba con él. Las mejillas infantiles estaban encendidas por el calor inusual de primavera. Se sentó en el suelo para oler las rosas que su madre cultivaba en macetas. Las había de todos los colores: blancas, amarillas, naranjas, rojas, lilas y rosas. Se fijó en estas últimas, posando sus dedos de niña alrededor de uno de los capullos sin abrir. Enseguida la vi llevarse el dedo índice a la boca. Le dio un beso y sus labios se colorearon de carmín. Se había pinchado con una de las espinas. La yema del dedo sangraba. Y en aquel instante sentí el deseo de barrer con mi propio beso el tinte momentáneo de su boca. Pero ella entró en la casa desvaneciendo mi tierna imaginación. A partir de entonces comencé a salir al balcón. Al principio salía una vez al día, a la salida del instituto, a la misma hora en que la había visto la primera vez. Allí permanecía por tiempo indefinido, sentado en la butaca de mimbre de mi padre, sin perder de vista la puerta de la terraza. Sin embargo pasaron dos semanas y Mariví nunca apareció. Decidí entonces redoblar la vigilancia y salir también a media tarde, quedándome hasta la puesta de sol. Mi madre comenzó a extrañarse ante mi insistente manía de tomar el aire y el sol, pero nunca adivinó mi verdadera motivación.
Para cuando llegó el verano algunas plantas habían perdido color, otras tenían las hojas lacias o marchitas. Las rosas habían comenzado a perder las hojas y algunos capullos sin florecer se estaban oscureciendo hasta ponerse marrones, casi negros. Perdí toda esperanza de volverla a ver. Pero una tarde sucedió. Era sábado y regresaba de la piscina pública con mis amigos. Salí al balcón para tender la toalla y allí estaba ella, mirando el horizonte con indiferencia, quizá porque las rosas habían dejado de ser bellas y ya no merecían su atención. Pero supe que había algo más en cuanto me fijé mejor en su expresión, en ella había dolor. Lo corroboré cuando la vi pasarse las yemas de los dedos alrededor de sus ojos, azules como las hortensias, como si tratase de deshacerse de las lágrimas. Sin duda estaba llorando. De pronto se giró. Por la puerta de la terraza asomaba un hombre, sentado en silla de ruedas. Vi unas manos femeninas, en la oscuridad del interior, empujar la silla hasta sacarla al exterior, después esas manos desaparecieron. La niña y el hombre se quedaron solos. Me pareció raro el aspecto de aquel señor calvo, que llevaba jersey de manga larga y sus rodillas tapadas con una manta de cuadros, a pesar del calor infernal que había derretido hasta las plantas. Mariví se sentó encima de él y le rodeó el cuello con sus brazos, y así se quedaron largo rato, no sé exactamente cuánto pues llegué a un punto en que me dio pudor observar esa delicada intimidad y volví dentro de mi casa. Aquella tarde fue la última vez que vi a Mariví en esa terraza. Quiso en cambio el destino que la volviera a encontrar años después en un pub de Malasaña. La reconocí al instante, el mismo pelo, los mismos labios, la misma triste mirada. La invité a bailar, una canción de Shakira, y ella aceptó encantada, para mi sorpresa, pues me sentía un hombre rudo, feo y torpe frente a esa mujer de piel aterciopelada, gráciles movimientos y maneras sutiles y elegantes. Me volví a enamorar, y empecé a quererla como nadie la querría jamás. Era un pajarillo desvalido, huérfana de padre, y casi de madre, porque esta había rehecho su vida otorgando prioridad a su pareja frente a las necesidades de su propia hija. Quizá por ello Mariví, aunque no me amaba, se dejó querer, aceptando un noviazgo que nos mantuvo unidos más de diez años, hasta que otro la pidió bailar. Ese otro fue Jairo. La sedujo con su encanto viril y picaresco, y ella cayó en la trampa como una boba. Pero no la culpo, sé que, aunque me llegó a querer con toda su alma, nunca pudo amarme con pasión, un sentimiento que sí albergó por Jairo. Llegó a decirme algo que me rompió el corazón: «Jairo me hace sentir mujer». Me pareció cruel, además de una ironía. Aunque se sintiera todo lo mujer con él que su cuerpo le permitiera, nunca se sintió querida. Por eso una noche acudió a mí. Me echaba de menos. Hicimos el amor como si en ello nos fuera la vida, como si aquella fuera nuestra última vez. Y desgraciadamente así fue. A pesar de todo yo intenté mantenerla a mi lado, cuando me confesó, un mes después, que estaba embarazada de Jairo. Me ofrecí a criar a ese hijo como si fuera mío, ya que estaba seguro de que Jairo, no solo seguiría casado con Elisabeth, con la que tenía además una hija, sino que ni siquiera asumiría su responsabilidad de padre.
Y eso es, Laura, todo lo que puedo contarte de Mariví. Ojalá fuera yo tu padre, ojalá aquella última noche que pasamos juntos fuera la noche en que te concebimos. Pero tu madre me dejó claro que el bebé que se estaba formando en su vientre era de Jairo, él es por tanto la persona que estás buscando.
Había algo de sobrenatural en aquella isla, donde una persistente niebla solía envolver sus parajes, evocando el misterioso mundo de los cuentos de hadas. En ella explosionaban con brillantez los colores. El ocre, el negro, el azul y el verde en su estado más puro y natural coloreaban los montes y barrancos, los bosques de pinos y laurisilva, las altísimas montañas guardianas de manantiales y cascadas, las exóticas palmeras y las vírgenes y negras playas.
Hacía calor aunque era marzo, y una humedad algodonosa hacía sudar a Alma mientras desde el asiento trasero del todoterreno miraba con maravillado asombro ese paisaje que jamás imaginó descubrir. El vehículo ascendía una pendiente, un sendero de arena oscura, casi negra, que llevaba directamente a la entrada del hotel, situado a pie de un acantilado. Detrás de él una montaña sobrevolada por grajos escupía un chorro de agua que desembocaba en una poza de color azul verdoso; las aguas eran tan cristalinas que se podían distinguir las raíces de los árboles y las piedras del fondo.
El hotel Diamante era una casa grande de dos plantas, aislada en medio de un platanar. Su fachada blanca, adornada con centenares de pequeñas piedras oscuras, relucía en medio de aquella naturaleza salvaje. Las paredes estaban hendidas con las grietas doradas que dibujaban los rayos de sol, y había sombras de hojas con forma de abanico bajo las ventanas. Una gran piscina, situada en el centro de un jardín de palmeras albinas, dominaba el idílico panorama y, desde una determinada perspectiva, sus artificiales aguas azules parecían fundirse con el infinito mar turquesa.
El todoterreno se detuvo en el pequeño parking de la entrada. El conductor se bajó y se posicionó en la parte trasera del vehículo, pero en lugar de ayudarle a bajar, como ella pensó que haría, se limitó a abrir el maletero y a sacar su equipaje que apoyó en el suelo de tierra. No se habían dirigido la palabra en todo el trayecto. Él se había presentado en el aeropuerto con una pequeña pancarta con el nombre de Alma.
—Soy Jairo—, había dicho cuando ella se detuvo frente a él. No tenía acento canario.
—Alma—, musitó ella, sin mirarle a la cara, porque sus ojos a la altura del pecho de la camisa de él no contemplaban otra cosa que no fuera ella misma y la situación deprimente en la que se encontraba. Alzó mecánicamente una mano, más por inercia que por ser consciente de lo que hacía.
Jairo, ofuscado, la estrechó con idéntico desdén, e igualmente sin mirarla. En su caso, sus ojos no estaban perdidos, sino que vagaban de un lado a otro, como buscando algo. Pero a estas alturas los tres sabemos de sobra, Alma, que no buscaba algo sino a alguien. ¿Verdad Jairo? Por eso la llevaste enseguida hasta el coche, guardaste su maleta, le indicaste que se acomodara en la parte trasera del todoterreno y condujiste con prisa y sin hablar durante todo el recorrido.
Así pues, no os hablasteis ni tampoco os mirasteis, no por mala educación o indiferencia, sino porque estabais ocupados en vuestros propios asuntos.
Jairo parecía contrariado, y Alma estaba completamente ensimismada, más pendiente de lo que ocurría en su mundo interior que en la vida exterior, que no lograba alcanzarla ni poniéndole delante al hombre, pensaría luego, más deseable de La Gomera.
El techo del lobby estaba invadido de vegetación. Plantas verdísimas y flores blancas y amarillas, de un color intenso, casi luminoso, pendían de él. Se respiraba una fresca y serena atmósfera que invitaba al más amable de los descansos. Si la habitación resultaba ser igual, habría dado en el clavo. Paz, tranquilidad, relax, naturaleza, y sobre todo soledad, que era lo que ella necesitaba. El chófer se marchó sin despedirse, sin tan siquiera pronunciar unas mínimas palabras de cortesía deseándola feliz estancia. Algo que en absoluto a Alma le importó, es más, ni siquiera se percató de ello. Jairo había sido apenas una sombra en el camino y como una sombra se había ido.
Una de las ventajas de aquel hotel pequeño y familiar eran las atenciones de sus empleados. La recepcionista, una rubia y sonriente francesa, agarró su equipaje y la condujo personalmente a su habitación, una estancia grande, de unos treinta metros cuadrados. En mitad de la pared derecha se apoyaba la cama, sobre la que movía el aire un ventilador gigantesco. Al fondo, una gran terraza abierta vertía en el interior el aroma de la vegetación y de los plátanos, el rugido del mar y el gorjeo de los pájaros. La recepcionista se retiró discretamente, cerrando la puerta, no sin antes, ella sí, desearle unas felices vacaciones.
¿Vacaciones? Aquella escapada no eran vacaciones, solo un intento desesperado de recuperar las ganas de vivir. Porque no sentía necesidad alguna de vivir. Si hacía el esfuerzo de seguir adelante con aquella vida llena de insatisfacciones era únicamente porque pensaba en sus padres.
Se sentía perdida, desilusionada y terriblemente frustrada, tanto que incluso había acariciado con ideas suicidas la muerte.
Con frecuencia sentía ganas de llorar, por cualquier cosa. Sentía que no era nadie, que no tenía nada para dar, nada que ofrecer al mundo que valiera la pena. Algunas veces le costaba respirar. La desesperación le alienaba, impidiéndole ver más allá de sus fracasos. No había logrado alcanzar, a sus más de treinta años, aquello que más deseaba: vivir de su vocación como historiadora, recorrer el mundo entero, un verdadero amor con el que formar una familia, una familia… ¡Eso era lo que más la atormentaba! Se colocó las manos en el vientre… ¡Cómo había deseado tener un hijo!, tanto tiempo buscándolo, a pesar de las reticencias de Marcos, y cuando al fin se quedó embarazada lo perdió en el segundo mes de gestación, en un aborto espontáneo. Fue como si le arrancaran la carne. Lloró tanto que llegó un momento en que su organismo careció de agua para segregar más lágrimas. Y aún no se había repuesto cuando la tragedia la golpeó de nuevo, a ella y a toda la familia. Pero ahora no quería pensar en eso. Había asimilado que tenía que vivir y, puesto que debía ser así, intentaría hacerlo de la mejor manera posible. Por eso se había levantado de la cama en Madrid, había cogido un avión y había aparecido en aquel remoto paraje. «Ya que hay que vivir… vivamos», se dijo a sí misma.
Desde la terraza contemplaba boquiabierta el cielo blanquiazul y el horizonte marino. Cerca de la orilla resplandecía la intensidad verdosa de las hojas de las palmeras; el viento les susurraba palabras de amor y ellas respondían con una danza suave y armoniosa, eran como abanicos que cortaban suavemente el aire. Y sonrió a aquella inmensidad, a aquella poderosa naturaleza. Toda aquella perfección logró al fin hacer algo de mella en su ánimo sombrío.
Se descalzó y se arrojó sobre la cama. Casi de inmediato se quedó dormida. Esta vez no soñó, y si lo hizo no lo recuerda, solo sabe que descansó y que aquel reposo le aportó una nueva perspectiva de su situación. La despertó la extraña letanía de un pájaro, con el pecho color cobrizo tornasolado y las alas mitad amarillas y mitad verdes; el pico era tan negro como la tierra. La miraba fijamente, desde el respaldo de una silla próxima a la cama. Sus pequeños ojos eran de cobre, como los suyos, y al igual que los extraños sonidos que salían de su pico, parecían decirle algo. De pronto, el lenguaje decayó; los sonidos del canto, de los trinos o de lo que fuese aquella fascinante algarabía, comenzaron a ser menos intensos hasta silenciarse del todo, aburridos por la falta de respuesta. Y el pájaro voló, buscando la salida y, cuando partió, el eco de su música resonó en su cabeza, despertándola de su letargo, de aquella hibernación voluntaria a la que se había sometido. Y le entraron ganas de hacer cosas. Y lo primero que se le ocurrió, bajar a la piscina, fue el primero de toda una cadena de errores que acabarían obstaculizando su destino.
Tenía un cuerpo que casi nunca pasaba desapercibido. Sus protuberantes caderas, portadoras de un magnífico trasero, habían sido objeto de deseo por primera vez cuando tenía doce años y un chico de su clase se atrevió a manosearle las nalgas, a lo que ella respondió con una sonora bofetada.
Alma sabía cómo mover aquellas caderas que tanto atraían al género masculino. Pero no era un movimiento ensayado, sino todo lo contrario, era un movimiento instintivo y natural que formaba parte de su genética. Su cintura era estrecha y su vientre plano, y sus pechos aunque no eran grandes tampoco eran pequeños. Algo parecido ocurría con sus piernas, ni eran largas ni cortas, ni demasiado delgadas ni tampoco gordas, y armonizaban perfectamente con el resto de su cuerpo.
Lo que menos solía gustar de ella, en unos tiempos en los que se había impuesto la moda del bronceado, era la extrema blancura de su piel. Y como tener el pelo rojo tampoco estaba muy bien visto y además a Marcos no le gustaba demasiado, lo llevaba teñido de castaño, a pesar de que su color natural le favorecía mucho. Aun así seguía luciendo un porte singular, y a ello contribuían los trajes de baño que escogía ponerse.
Bajó a la piscina con un bikini dorado, cuya parte superior parecía una cortinilla que se anudaba al cuello y se abría en el centro, mostrando la mitad de unos senos turgentes y apretados. En verdad no pretendía lucirse sino solo nadar un poco, se había puesto ese bikini pero podría haber elegido otro, menos llamativo, aunque no por eso habría llamado menos la atención. El atractivo estaba ahí, en su bien formado cuerpo.
Eran las seis de la tarde y ya no había nadie en la piscina. Alma dedujo que todos o la mayoría de clientes del Diamante eran extranjeros y que estarían por tanto preparándose para cenar.
Se introdujo en el agua tibia muy despacio, bajando los escalones situados en la parte menos honda de la piscina. Hundió la cabeza y buceó hasta que los pulmones no pudieron resistir la falta de aire. Después nadó hasta el borde más cercano al mar y se quedó allí largo rato, sintiendo que aquel paraíso le estaba devolviendo la vida. Y se le ocurrió la segunda de las ideas, y al materializarla cometería el segundo de sus errores. Pensó que la poza, a esas horas, también estaría vacía.
Salió del agua, recogió la toalla de la hamaca donde había depositado sus efectos personales y comenzó a secarse el cabello.
En ese mismo momento Jairo caminaba cerca del borde del agua, con la mirada baja y distraída, hasta que se topó de frente con unos sugerentes pechos envueltos en oro. Alzó la mirada hacia su rostro y se quedó parado, observándola. Ella seguía secándose el pelo con la toalla y no le vio, hasta que dio unos pasos al frente para ponerse las chanclas que había dejado al ras de la piscina, y su cabeza acabó chocándose contra su pecho.
—Perdón —acertó a decir antes de levantar la vista.
Y ambos se reconocieron, y en ese reconocimiento Alma pasó de ser una mujer frágil, tímida y desorientada, a una mujer cautivadora; y Jairo dejó de ser el chófer serio y antipático para ser el hombre más guapo que Alma había visto en toda su vida. Lo primero que apreció de él fue su piel morena y su torso definido, de una belleza vandálica y libidinal. Su cabello era espeso y moreno, y sus ojos verdes brillaban iluminados por el sol. Se apartaron el uno del otro, más por vergüenza que por deseo real de alejarse, y continuaron sus respectivos caminos. Pero en ambos se quedó grabada la imagen del otro. Jairo dio media vuelta, y la siguió con la mirada. Cuando vio que en lugar de entrar al hotel había doblado la esquina, supo, con toda certeza, que enfilaría el sendero que partía de la parte trasera de la casa.
Alma llegó a la poza, justo en el instante en que una gran sombra se abatía sobre ella. Las ramas de algunos árboles se inclinaban balanceadas por el viento. El aire agitaba las aguas verde azuladas, donde aparecían las hojas y pétalos de flores que esparcía en ellas tras arrancarlos de las plantas y de las flores, cuyos tallos brotaban de los oscuros huecos de la tierra que rodeaban el caminito de guijarros que conducía a la entrada. Se descalzó, se desnudó, y atravesó las piedras con paso lento y perezoso, sintiéndolas frías bajo sus delicados pies, que percibían también las diferentes formas de aquellos cantos, puntiagudos y redondos. Tembló al tocar el agua helada, pero se negaba a desperdiciar la ocasión de bañarse rodeada de esa pura y natural belleza mundana. Avanzó despacio, hasta cubrirse la cintura, abrió los brazos y se zambulló en las profundidades como una hábil buceadora. Emergió después de las aguas frente a la majestuosidad de la cascada, cuyo rumor era el único sonido en mitad del silencio, pues hasta los pájaros se habían retirado, hasta el día siguiente, a la calidez de sus nidos. Un largo silbido, que sonó a llamada de apareamiento, desbarató aquel relajante mutismo.
Y entonces lo vio.
El antipático y atractivo chófer la observaba sin ruborizarse, estudiando sus formas desnudas y sinuosas, visibles en el agua transparente. Sintió deseos de abroncarle, de llorar y de sacarse de golpe toda la rabia que su pecho acumulaba hacía meses. Se contuvo, aunque continuó siendo un frágil junco a punto de romperse por la fuerza de una grosera impertinencia.
—No puede usted bañarse desnuda —le gritó.
Su voz era ruda, pero los ojos chispeantes rodeados de pequeñas arrugas y una sonrisa tan amplia como su descaro manifestaban otra cosa: parecían burlarse de ella.
—Esto no es una poza nudista, señorita… Aquí se bañan los respetables clientes del Diamante —recalcó.
La cara de Alma ardió, adquiriendo el color de una granada madura.
—Imagino que la poza, por muy cerca que esté del hotel, es pública, como toda la naturaleza que la circunda. Y si lo que insinúa usted es que no soy una mujer decente… ¡Mírese usted oiga, que se está aprovechando de la situación para darme un repaso! ¡Peor aún, se le ha hinchado el bañador, y no creo que sea por culpa del viento! —vociferó Alma antes de ponerse de pie en la charca. El agua le llegaba hasta la cintura, por lo que tuvo que ocultarse el pecho con las manos, y le encaró con el tono más chulesco que pudo.
—¿Está usted disfrutando de la vista? ¡Descarado!
—Ok señorita. No se enoje. Lleva usted razón, pero hablo en serio cuando afirmo que cualquiera puede subir ahora a la charca y sorprenderla… —y agregó con un gesto aclarativo de su mano—… en ese estado. A continuación utilizó esa misma mano para cogerle la toalla de la roca, donde ella la había dejado, y acercársela a la orilla.
—Venga, será mejor que salgas, o cogerás frío, el agua debe estar helada —comenzó a tutearla con un tono más dulce de voz—.Yo mientras te mostraré mi espalda, aunque como ya te has tomado la molestia de apreciar—no pudo evitar una risa burlona—, no es la parte más interesante de mi físico.
—¡Cuánta arrogancia, por favor! Pues no es mejor quién más tiene sino quien mejor sabe usarla, y a juzgar por lo engreído que eres… seguro que te preocupas solo de darte placer a ti mismo y la tienes desperdiciada. Y ahora, vamos, date la vuelta para que pueda de una vez ponerme el biquini —resopla—. Si es que los hombres como tú sois todos iguales, lo mejor es perderos de vista a la primera de cambio.
—Vale, vale, no te lo tomes tan mal —dijo con inesperada brusquedad—. Me gusta tomarle el pelo a la gente, pero no hay mala intención en mis bromas, y como puedes comprobar —añade señalando el sendero— tampoco te he mentido.
Alma notó que se había ofendido, e intuyó que entre sus defectos se encontraba una extrema y malsana susceptibilidad. Miró en la dirección que él apuntaba. Dos chicos jóvenes en bañador, uno rubio y otro moreno, se aproximaban con la toalla alrededor del cuello. Por suerte ya te habías puesto el bikini, cuentas en tu Diario. Para tu sorpresa, Jairo se metió en el agua y te cogió de la mano, ayudándote primero a salir de la poza, y luego guiando tus pasos por el caminito de piedras hasta el borde del sendero, donde cruzasteis las miradas con las de aquellos muchachos.
—Hombre, Jairo, ¿otra? Deja algo para los demás —dijo el moreno fijándose en su destacada protuberancia.
Tú frunciste el ceño, era justo lo que sospechabas.
—Nos vemos esta noche en la playa, ¿de acuerdo? —se limitó a decir él con una fría expresión y unos ojos duros.
—Tú también puedes venir —te propuso el chico rubio—. En este pueblo no celebramos la Semana Santa, pero tenemos la tradición en estos días de reunirnos en la playa junto a un fuego y contar cuentos o historias de los aborígenes de las islas.
Tu propia respuesta te sorprendió:
—Iré encantada—. Miraste a Jairo. No supiste discernir en la neutralidad de su rostro si aquella contestación le desagradaba.
Os despedisteis de los chicos y regresasteis juntos al Diamante, sin mediar palabra. Él estaba absorto en sus pensamientos y tú te morías por saber lo que pensaba, pero no le preguntaste nada. Te dejó en recepción con un simple adiós y tú fuiste derecha a la habitación. Querías darte una ducha y olvidar todo lo que había pasado, pero cuando intentaste abrir el grifo del agua no fuiste capaz, por mucha fuerza que empleaste. Aquel hecho simple, que no era más que una contrariedad casera y cotidiana, te lo tomaste como una confabulación del destino que se empeñaba en seguir amargándote la vida. Y entonces escuchaste dos golpes secos en la puerta. Abriste descalza y en albornoz. Tu cara no pudo disimular a tiempo el desconcierto de ver a Jairo allí plantado.
—¿Te recojo a las siete y media?
—¿Qué? —preguntaste embobada.
—La fiesta de las hogueras…
—Ah… Ok. Y… Jairo —vacilaste—. ¿Podrías hacerme un favor? Sé que suena extraño, pero no consigo abrir el grifo de la ducha.
—Claro.
Te siguió hasta el baño. Te metiste en la ducha tú primero, para mostrarle que por más que tratabas de girar el grifo con las dos manos no se movía nada de nada. Él entró contigo, y al segundo de sus intentos el agua salió sin previo aviso y comenzó a caer sobre vuestras cabezas y vuestros cuerpos. En un acto reflejo os abrazasteis como queriendo protegeros. Tercer error. Sus ojos verdes te traspasaron a pesar de llevar puesto el albornoz. En esos ojos había un milagro, porque aquella mirada encendió en tu pecho la primera chispa de un fuego que quemaría tu amargura, aunque también tu corazón. Aquello era un renacer.
Jairo era una vela encendida en un oscuro mar de lamentos, alumbrando una marea que subía más y más, para iluminar tu sonrisa, una sonrisa que iba creciendo, al mismo tiempo que el asombroso descubrimiento de la pasión se expandía en tu interior.
O mejor dicho, les viste, en la oscuridad de la noche, caminando por la acera en dirección al club.
Jairo iba de la mano de una mujer morena de rasgos gitanos, con una melena que le rozaba el coxis. Era muy joven (debía rondar los veinte), y tan delgada, que en su figura, cubierta por un vestido negro ceñido, apenas se intuían las formas femeninas. Su pecho era muy pequeño, y su cadera estrecha casi medía lo mismo que su cintura. Y sin embargo era guapa, y caminaba por la calle con perfecto equilibrio, dominando el peso de unos tacones que estilizaban aún más unas piernas que de por sí eran como dos alfileres.
Parpadeaste varias veces, y también suspiraste, aunque fue este un suspiro más de resignación que de sorpresa. Tenías claro que un hombre como Jairo no podía ser para ti.
Antes de franquear la puerta de la sala contemplaste en el retrovisor de un coche el estado de tu maquillaje, te atusaste los rizos cobrizos y te colocaste el pecho en el escote de tu vestido blanco, ajustado como el de la gitana, pero que en ti resaltaba una cierta exuberancia.
De hecho Jairo te observó, desde el centro de la pista de baile, y se dio cuenta de que, además de su propia mirada, había otras que se posaban en tu pecaminoso cuerpo, como la del hombre de pelo engominado que te guiñó un ojo sin que tú te percatases, o la de aquel otro con una camiseta que resaltaba sus pectorales, y cuya sensual boca dibujó una sonrisa de profunda admiración.
La orquesta cambió de estilo, pasando de la salsa al reguetón, en el justo momento en que divisaste a la pareja mientras tomabas asiento en una zona apenas iluminada, junto a una mesa donde había una copa vacía y ardía la llama de una vela. Allí tratarías de esconder tu desengaño.
Mientras tú te arrancabas nerviosamente las uñas con las manos, ellos se balanceaban al compás de una música lasciva, bajo el brillo de enormes e indecorosas bolas plateadas. La morena le restregaba el culo en la bragueta con las manos de uñas larguísimas aferradas a las caderas masculinas, como temiendo que el hombre se le escapara. Jairo no parecía estar muy atento a esa provocativa insinuación, envidiada ya por algunos machos de la sala, que no le quitaban los ojos de encima a la bella e impúdica gitana. Muy al contrario, sus ojos estaban distraídos mirándote tan fijamente que brotaron dos grandes coloretes en tus pálidas mejillas. Pero tú estabas segura de un vínculo amoroso o sexual con la gitana. No había más que verla, la seguridad con la que ejecutaba aquellos movimientos obscenos, la brillantez de su negra mirada y la sonrisa triunfal en los labios. Era la viva expresión de la euforia, manifestada en cada uno de sus gestos. Exhalaba una especie de embriaguez que supiste reconocer. La mujer morena estaba enamorada.
Y sin embargo, no podías eludir su mirada. Ese hombre emanaba un encanto natural, irresistible y peligroso: con su pícara sonrisa, sus expresivos ojos verdes con motas negras, su voz educada y melosa y sus manos fuertes de uñas grandes y dedos gruesos, sabía tejer una fina tela de araña en la que las mujeres quedabais atrapadas.
Conseguiste finalmente desasirse de su trampa y saliste del local buscando refugio en la oscuridad de la noche estrellada. Caminaste hasta el coche de alquiler, apoyaste la espalda en la puerta del conductor y aspiraste con fuerza para llenar tus pulmones con la brisa que traía el fresco aliento del mar.
Ni en sueños se te habría ocurrido imaginar que él te seguiría.
En cambio allí estaba, inesperadamente, a más o menos medio metro de ti. La distancia variaba, dependiendo del movimiento de sus piernas, que daban pasos cortos y temblaban, o temblaban primero y luego andaban para tratar de detener la exaltación.
La pareja de baile, y de cama, muy cerca, observaba la escena de brazos cruzados, con un continuo y negativo movimiento de cabeza. Sus ojos negros habían perdido brillo y su cara se había descolorido. No pudiste saber lo que Elisabeth, que no era gitana pero sí su amante, sintió en aquel trágico momento. Lo que sí sé, Alma, es lo que vio: la consecuencia de ese hilo invisible que inexplicablemente os unía, y que tú, más que él, mostrabas sin que te dieras cuenta cada vez que lo mirabas. Tus ojos eran flamas palpitantes que calentaban su corazón; y eso lo alentaba.
Acortó el espacio que os separaba. Ahora podías escuchar el ritmo agitado de su respiración. Los ojos verdes se clavaron como espinas en los tuyos, pero la miel que los coloreaba, en lugar de derretirse se espesó de pánico, porque estabas aterrada, por la culpa, por la duda, y sobre todo por los celos. No estabas preparada para lo que vino a continuación.
Jairo te abrazó, rodeando tu tembloroso cuerpo con sus brazos poderosos de prominentes venas azuladas. En un primer momento intentó calmar la angustia que leía en tu expresión. Pero sus intenciones eran otras. Deshizo el abrazo, te rodeó el cuello con sus fuertes manos y bajó la cabeza buscando tocar tu nariz con la suya, y apretó los labios contra los tuyos.
Asustada, rechazaste su beso, girando la cara. Te zafaste de él retirando las manos que aún te rodeaban, y huiste desvalida como una niña extraviada en territorio ignoto. Pero solo eras una mujer inexperta que no se atrevió a explorar un sentimiento desconocido, que se le había incrustado bajo la piel, y se extendía como una droga, como una enfermedad infecciosa. Comprendiste que nunca habías sentido algo ni remotamente parecido, POR NADIE. A partir de aquel momento el deseo urdiría la búsqueda constante de su presencia.
Ay, Alma, no lo sabías entonces:
La pasión, como una grave enfermedad, mata.
Y como la muerte, la pasión no tiene un momento más apropiado, o menos, para hacer su aparición. Ni a la pasión ni a la muerte les importa sin son oportunas o no. No les importa tampoco a quién o a quienes dejarás atrás cuando te atrapen. No importa si estás a punto de casarte, si acabas de ser madre o padre, si estás perdiendo a un ser querido, si luchas contra una enfermedad… Porque te alcanzarán y no habrá vuelta atrás. Nada podrá ya deshacerse. Y lo peor es cuando se mezclan ambas o cuando una conduce a la otra. Es un pecado descubrir la pasión cuando vas a morir o morir de pasión.
Y ambas son un pensamiento obsesivo.
Me cuesta imaginar, querida Alma, el momento en que te diste cuenta de que todo tu ser dependía de esa perturbación, que explosionó en un momento tan extraño, en que lidiabas con la pérdida de un bebé que ni siquiera había llegado a formarse en tu vientre, la desidia de tu marido y una enfermedad que no era tuya pero que te dolía como si lo fuera, una enfermedad temible sobre todo porque no te era en absoluto ajena, la conocías muy bien, por desgracia, y sabías que todo lo devastaría.
Menuda imprudencia, en tu estado, dejarse arrastrar por aquella locura insensata.