Génesis

Naya Lys teje historias entre la luz y la sombra, entre el humor y el misterio.

Génesis es un viaje por los confines del cosmos donde la imaginación no tiene límites.

Con un ingenioso humor que te sacará carcajadas y una profundidad emocional que te hará reflexionar, estos relatos celebran la diversidad, la creatividad y el poder del espíritu humano. Prepárate para sumergirte en un festín literario que desafiará tus expectativas y te dejará maravillado ante las posibilidades infinitas de un universo paralelo.

LA AUTORA

Naya Lys nació en el seno de una familia de humildes artistas en una ciudad costera donde el rumor del mar se mezcla con los susurros del viento. Desde temprana edad, su nombre, Naya («la guía» o «la sabia» en sánscrito), parecía predestinarla a una vida de exploración y descubrimiento, en permanente conexión con el mundo que la rodeaba y con su innata capacidad para desentrañar los misterios del universo a través de la escritura.

La infancia de Naya estuvo marcada por largas horas perdidas en las bibliotecas, donde se sumergía en las páginas de libros antiguos y en los relatos de civilizaciones olvidadas. Fue allí donde encontró un refugio para su curiosidad insaciable y donde las semillas de su pasión por la escritura fueron sembradas.

A medida que crecía, el significado de su nombre se manifestaba en sus relatos, actuando como una brújula que la guiaba a través de los laberintos de la imaginación. Por eso sus historias, tejidas con maestría, exploran las profundidades del alma humana y los límites de la realidad, ofreciendo al lector un viaje hacia lo desconocido.

El apellido de Naya, Lys, añade otro matiz a su identidad literaria. «Lys», que en francés significa «lirio», evoca la imagen de una flor delicada que florece en medio de la oscuridad. Para Naya, el lirio simboliza la belleza que puede surgir incluso en los momentos más sombríos, por esos sus escritos reflejan esta dualidad entre la luz y la oscuridad, entre la esperanza y la desesperación.

Naya Lys es una voz única en el mundo de la literatura. Desafiando las convenciones y explorando nuevos territorios narrativos, con una profundidad emocional y una creatividad audaces, nos recuerda que en toda oscuridad siempre hay una luz que guía nuestro camino.

Puedes conseguir el libro aquí.

Huesos de albaricoque

El atardecer dibuja sombras alargadas en la Reserva Natural del África subsahariana. Me hago una visera con las manos. Ahí está, la jirafa blanca, la última superviviente de su especie.

Un sonido agudo rompe el silencio de la sabana. Una mancha roja en la piel nívea del animal. Un grito ahogado, el mío. Furtivos. El culatazo de un rifle. Mi cabeza se apaga.

Despierto de noche, sobre un jergón, en una cabaña iluminada por un candil. Tengo una mordaza y ataduras en pies y manos. Una mujer bantú, sentada en una banqueta, me da la espalda. Intento captar su atención con sonidos guturales. Me ignora. O quizá solo escuche los golpes de su martillo. Sobre una mesa de madera la mujer destroza huesos de albaricoque, de forma mecánica, como si trabajara en una fábrica, durante horas. Cuando mi cabeza está a punto de estallar se detiene. Camina hacia mí con el martillo. En su mirada hay rabia. Cierro los ojos en un acto reflejo: no ocurre nada. Cuando los abro la veo moler con un mortero los trozos de los huesos. Quiero que pare. No soporto más ese ruido incesante.

Me incorporo a duras penas sobre el jergón. Examino el corte sangrante de mi brazo derecho, sobre él hay unos hilos finos, entretejidos. ¡Es una tela de araña! Observo el resto de mi cuerpo. Tengo telarañas en los pies, en el cuello, en los lóbulos de las orejas. Intento quitármelas de allí adonde llegan mis manos atadas. “Don´t do it!” (¡No lo hagas!), grita la mujer a la vez que aparta mis manos de mi cara. “La telaraña es antiséptica”, continúa en mi idioma, “tiene propiedades bactericidas y fungicidas, muy útiles para las heridas. Eres bióloga, deberías saberlo”. “No lo soy, soy veterinaria”, le responde mi mente, pues sigo amordazada. La mujer suspira. “Duérmete de una vez, Helen”, me dice antes de darme de nuevo la espalda. Me vence el sueño a pesar del constante repiqueteo del martillo.

Me despierta un olor a muerte, y a carne quemada. Es de día, y en el suelo brilla la lechosa piel de la jirafa. Los mosquitos revolotean sobre los desperdicios de sus entrañas. La bantú arroja el polvo de los huesos a una olla hirviendo. Remueve el contenido y después me quita la mordaza y me desata. “Ayúdame a escapar”, le suplico. No contesta. Me trae un cuenco con agua y unos albaricoques antes de reanudar la molienda.

Me vuelve loca el estruendo del martillo sobre el hueso. Agarro a la bantú por el cuello e intento estrangularla. Ella me golpea con la herramienta. Me tambaleo. Antes de desmayarme la oigo, una vez más, triturar los huesos.

Estoy sola en la cabaña cuando recobro el conocimiento. Corro hacia la puerta. La abro y veo a la bantú con la cabeza abierta. “Me he equivocado”, susurra. “Debería haberte dejado escapar. Así habrías sido tú la muerta. Ahora serás la cocinera”, dice cayendo de rodillas al suelo. “No dejes de moler”, sus ojos desorbitados se clavan en los míos. “¿Por qué?”, le pregunto. Sonríe como respuesta, mientras un hilillo de sangre escapa de la comisura de sus labios. “Soy bióloga, y botánica. Trabajaba en la Reserva. Te enviaron para sustituirme cuando desaparecí”, aclara con voz entrecortada. “Necesitarás cien huesos, Helen. Menos de esa cantidad no los matará. Solo les causará dolor de estómago y de cabeza, vómitos y diarrea. Piensan, por suerte para ti, que los ha intoxicado la carne de jirafa. Nunca antes habían probado la blanca. Pero han sido los huesos de albaricoque. Las semillas de su interior liberan cianuro si se machacan.”

La mujer bantú cierra los ojos para siempre. Le quito el vestido antes de enterrarla donde crecen los albaricoques silvestres. Regreso a la cabaña, me siento en la banqueta y aplasto huesos hasta que la sangre brota de mis dedos.

El infierno respira dos veces

Una novela sobre el conflicto del Sáhara

El infierno respira dos veces es el tercer libro de la Saga Ojalá me ames, formada por cuatro novelas de amor, aventuras, intriga y acción:

SINOPSIS

Alma y Nora viajan al norte de África para buscar a Daniel y esquivar a la secta que trata de secuestrar a Alma. A la vez Alma aprovechará para entrenar su don y dominar sus pasiones, lo que le permitirá alcanzar su máximo poder. Pero no lo tendrá fácil, pues el amor es una pasión, y ella se mueve ambiguamente entre los amores de Jairo y Aziz.

En este asombroso viaje por tierras de Argelia, Marruecos y el Sáhara, con fragmentos propios de la mejor literatura de viajes, el lector se adentrará de lleno en el conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario. La autora nos da algunas claves y nos explica el origen, pasado, presente y futuro de un conflicto que dura ya más de cuarenta y cinco años.

FRAGMENTO

«Los días se parecían demasiado. No había gran diferencia entre el ayer, el hoy y el mañana. Y sé que así continúa siendo diez años después. Nada, o muy poco, salvo la declaración de guerra, ha cambiado. Por eso me es tan fácil recordar que en Smara el sol abría sus ojos y calentaba la arena escarchada. La luz bañaba la tierra seca y coloreaba las dunas bajas. La brisa creaba el sonido metálico de las llantas colgadas sobre alambres en los corrales de la wilaya. El agua comenzaba a hervir en las teteras mientras el pan se cocía en los hornos de gas.

Si te gusta María Dueñas, Megan Maxwell, Paloma Sánchez-Garnica, Luz Gabás o Isabel Allende, disfrutarás con la saga Ojalá me ames.

Sonia Rosado (Madrid, 1976) es periodista y escritora. Trabajó como redactora y presentadora de informativos en la Cadena Ser de Getafe y del espacio cultural La Coctelera de Radio Fortuna de Leganés. También fue redactora de la web Universitas Digital de la Fundación de la Universidad Complutense de Madrid y jefa de redacción de las revistas C&E y Grazie Magazine. En la actualidad gestiona su tienda online y el grupo Escritores de Villaverde. Además es la fundadora de Corrección Literaria y organiza eventos culturales. Ha escrito el libro de relatos cortos OJALÁ ME AMES como apertura de esta saga familiar. También es autora del prólogo y del relato corto «La resurrección» de la nueva edición de la novela Insolación de Emilia Pardo Bazán.

SIGUE A LA AUTORA en @soniarosado.oficial y en su web soniarosado.com

Memento

Hoy he hecho coincidir nuestros latidos, apoyando mi pecho sobre el tuyo.
La música del amor me ha serenado.  
Soy un pájaro emigrando.
El infierno respira dos veces.

Sonia Rosado, de la novela «El infierno respira dos veces». Saga Ojalá me ames.

Ruta literaria «Emilia Pardo Bazán»

Para celebrar el centenario del fallecimiento de Emilia Pardo Bazán, este mes de diciembre puedes disfrutar de un recorrido teatralizado por el centro de Madrid visitando los lugares más emblemáticos en la vida de esta escritora, novelista, periodista, dramaturga, editora, poetisa, catedrática y crítica literaria. Una mujer, en definitiva, de gran capacidad intelectual y pionera además en la lucha por la igualdad de las mujeres

«Madrid es audaz, jaranero y curioso»

Emilia Pardo Bazán

¿En qué consiste la Ruta?

De la mano del historiador y guía turístico, Juan Carlos González, uno de los artífices de esta ruta histórico-literaria, viajarás atrás en el tiempo para transitar por los lugares en los que vivieron la autora y algunos de sus personajes literarios. Te encontrarás con la propia Emilia en distintos momentos de su vida e identificarás los escenarios relacionados con su biografía así como de alguna de sus obras. 

Visitarás e inmortalizarás la estatua de Emilia Pardo Bazán, descubrirás la casa de San Bernardo de Doña Emilia, la Universidad Central donde fue nombrada catedrática o la calle de la Palma en donde se producían sus citas amorosas y clandestinas con Benito Pérez Galdós. 

Paradas en la Ruta

  1. Escultura de Emilia Pardo Bazán (frente al palacio de Liria).
  2. Plaza de Casto Plasencia.
  3. Calle San Bernardino.
  4. Plaza del Conde de Toreno. 
  5. Calle San Bernardo.
  6. Calle Tres Cruces. 
  7. Calle del Pez.
  8. Calle de la Palma.
  9. Plaza del 2 de Mayo.
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La actriz Amaranta Munana dando vida a Emilia Pardo Bazán

Consejos antes de realizar la Ruta de Emilia Pardo Bazán

Para disfrutar plenamente de este recorrido literario es recomendable conocer los datos más relevantes de la biografía de Emilia Pardo Bazán y haber leído por ejemplo sus novelas Morriña e Insolación, cuya acción transcurre en Madrid.

¿Cuándo y cómo puedo hacer la Ruta de Emilia Pardo Bazán?

La próxima convocatoria será este domingo 12 de diciembre de 2021. 

  • La actividad se realiza aproximadamente dos veces al mes en sábados/domingos, festivos o vísperas en abierto, y también, para grupos previa petición. Puedes inscribirte aquí.
  • Hora: 11 h.
  • Precio: 12€.
  • Duración: unas 2 horas y media aproximadamente.
  • 30% de descuento con Carnet Joven.
  • 10% de descuento con carnets (ISIC, Student, Alberguista, Amigos de
  • Cervantes)
  • Incluye: visita guiada + representada + documentación + sorpresas + seguro de responsabilidad civil.
  • Punto de encuentro: Escultura de Emilia Pardo Bazán (frente al palacio
    de Liria) en Calle Princesa. Metro: Ventura Rodríguez.
  • Punto de llegada: Plaza del Dos de Mayo.

La Habana: vampiros sexuales

Son vampiros sexuales en La Habana. Su tela de araña son sus cuerpos bellos, esculpidos y cuidados con una admirable pulcritud. Se visten con ropas ajustadas, las faldas redondeando las nalgas, los senos turgentes bajo blusas escotadas, las camisas sin mangas que marcan el contorno de los músculos y los jeans a la altura de la ilíaca. Su provocación nada tiene de elegante, porque son animales puramente sexuales que viven de los instintos carnales, de los sucios deseos de los polvos de una noche, de los encuentros casuales donde imperan las maneras vulgares y un lenguaje lúdico erótico contrario a la galantería, la caricia, el coqueteo, la ternura o el enamoramiento.


FRAGMENTO de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO.

La Habana invisible

¿TE GUSTA LA HABANA?

Si hacemos esta pregunta a los turistas nos sorprenderá escuchar que a algunos les encanta pero que a otros les horroriza. Y es que esta ciudad es así, porque La Habana, de buenas a primeras, te seduce o te produce rechazo, todo depende de quién mire y cómo se mire. Así que para formarte tu propia opinión necesitas ir allí y empaparte del ambiente, o puedes también leer mi novela 😉 El don más codiciado del mundo.

iglesias

¿CÓMO ES LA HABANA?

Os ilustro con unas cuantas fotografías.

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Pasear por La Habana Vieja produce la sensación de vivir en otra época. El tiempo parece haberse detenido en ella anclándola en la década de los cincuenta del siglo pasado, pero en lugar de conservar el esplendor de esos años el abandono ha sumido a esa parte de la ciudad en una dolorosa decadencia, como si acabase de sufrir el efecto devastador de una guerra. Se cae a pedazos.

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Sus calles están sucias y llenas de zanjas, las aceras son desiguales y hay muchos edificios sostenidos por andamios para evitar su caída. La mayoría de las viviendas presentan un aspecto ruinoso, con fachadas descoloridas, agujereadas, surcadas por enormes desconchones que parecen piel que se cae a tiras.

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Algunos bloques, roídos por inmensos socavones, parecen a punto de derrumbarse, por eso impacta tanto ver gente asomada a las ventanas y ropa tendida en los balcones. Solo se salvan de esta miseria varios monumentos o edificios de la época colonial bien conservados debido a su carácter turístico o gubernamental.

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El Capitolio, icono arquitectónico por excelencia, es quizá el edificio más imponente. Y por supuesto los hoteles, algunos enclavados en edificios históricos, se mantienen en óptimas condiciones. Los hay incluso que podrían calificarse de un lujo indignante por encontrarse en medio de tanta pobreza. El contraste con las viviendas erigidas alrededor es tan grotesco que da vergüenza alojarse en ellos.

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En cuanto a los automóviles, la mayoría son demasiado antiguos, como los añejos Cadillacs, que circulan llenos de abolladuras y de parches de pintura cientos de veces retocada. Y es que, con libretas de racionamiento y sueldos que en ocasiones no llegan ni a los diez euros mensuales, los cubanos se arreglan como pueden. Muchos habaneros intentan sacar provecho de los turistas, a los que ofrecen todo tipo de servicios, como circuitos turísticos, taxis, o restaurantes. Servicios todos ellos ilegales, al margen de la gestión del estado.

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De modo que, por ejemplo, el viajero corre el riesgo de pactar un precio para un determinado recorrido en coche de caballos y que el conductor a la mitad le deje tirado; que uno de esos supuestos taxistas le pida un adelanto para gasolina para que el precario motor pueda arrancar; que le lleven al corral de una casa particular donde han montado un restaurante que sirve productos del mercado negro, mientras una banda local que pide propina toca sus canciones con el canto del gallo de fondo. La picaresca no tiene límites: hay pintores que te persiguen y te hacen retratos que no has pedido; ni tampoco edad: señoras de setenta años o más se disfrazan con vestidos afrocubanos y turbantes en la cabeza para posar ante las cámaras de los viajeros más inocentes, que deben pagar después su buena disposición a dejarse fotografiar.

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Otra «costumbre» local es la de la venta de puros falsos. Los ofrecen más baratos porque según ellos algún familiar los «saca» de la fábrica donde trabaja, cuando en realidad están elaborados en sus casas con hojas secas de plátano. Pero la práctica diaria más rentable, si sale bien, es la de cambiar a los visitantes incautos los pesos cubanos (CUP), la moneda nacional, por pesos cubanos convertibles (CUC), la moneda utilizada por los extranjeros. Les convencen de que tienen el mismo valor, pero no es así, ya que un peso convertible ―equivalente a un dólar― son unos veinticinco pesos cubanos.

Sin embargo, a pesar de la falta de libertad y la escasez de bienes y recursos, los cubanos tienen un carácter abierto y alegre digno de admiración. Les gusta disfrutar de la vida al aire libre, del baile, de la fiesta, y por supuesto del sexo.

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¿Y A TI? ¿LA HABANA TE ENCANTA O TE HORRORIZA?

Espero que el post os haya resultado útil a la hora de decantaros, o no, por Cuba, y más en concreto por La Habana, como destino de vuestras próximas vacaciones. Y si decidís ir,  que el respeto y la solidaridad sean vuestras máximas. Yo volvería sin dudarlo. Mientras vosotros lo pensáis yo me voy a «subir la radio», que bailar nunca está de más.

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Emilia Pardo Bazán: «Insolación»

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«Pues anteayer (para venir al asunto) estuvo el comandante […]  haciéndome reír con sus manías», cuenta la marquesa Francisca Taboada (Asís), la protagonista de Insolación, al inicio de la novela. «Le sopló la ventolera de sostener que España es un país tan salvaje como el África central […] El primer rayito de sol de España […] no bien asoma, produce una fiebre y una excitación endiabladas… Se nos sube a la cabeza».

Es en Madrid, en la tertulia semanal en casa de la duquesa de Sahagún, donde Emilia Pardo Bazán introduce la presencia del ya conocido comandante Gabriel Pardo de la Lage (La madre naturaleza), que representa el personaje anacrónico de la acción, la nota discordante de un piano supuestamente afinado. En este caso la elocuencia de su discurso es el preludio de los posteriores acontecimientos, por lo que conviene prestar atención a sus palabras: con el sol sale a relucir la naturaleza salvaje de los españoles. Suena a chiste claro, o a película de terror. Imagínense el posible argumento: mientras el hombre en París se transforma en lobo por influjo de la luna llena, el español deviene en bárbaro con el sol. «Aquí está nuestra amiga Asís, que […] sería capaz, al darle un rayo de sol en la mollera, de las mismas atrocidades que cualquiera hija del barrio de Triana…», manifiesta Gabriel Pardo sin tapujos. Por supuesto, Asís se toma la perorata del comandante por el lado de la guasa, y, con motivo de la festividad de San Isidro, le pregunta en tono burlón: «¿También criticará usted las ferias y el santo?» A lo que Gabriel Pardo responde: «Aquello es un aquelarre, una zahúrda de Plutón». «¡Qué teorías, Dios misericordioso!», exclama Asís, y, haciendo caso omiso de las advertencias, se va al día siguiente a la feria, acompañada del guapo de la tertulia, el joven gaditano Diego Pacheco, un mujeriego «de tomo y lomo».

Leer Insolación, publicada en 1889, sabiendo que es la viva reproducción de la pasión amorosa y sexual de la propia Emilia Pardo Bazán, suscita el deseo de conocer la identidad de ese señor tan pícaro que dinamitó los cimientos de su tan asentado catolicismo. «Pero, ¿es de veras? Pero, ¿me ha pasado eso?», se pregunta Asís, el día después de San Isidro. «Confiesa, Asís», se espeta a sí misma: «No andemos con sol por aquí y calor por allá […] Nada chica, nada. Un pecado gordo en frío […]  ¡Te luciste!»

Gracias a la publicación de “Miquiño mío”: Cartas a Galdós, sabemos que el gran amor de Emilia Pardo Bazán fue Benito Pérez Galdós. En él probablemente está basado el personaje de Diego Pacheco, pues ambos comparten ciertos rasgos de carácter: son silenciosos y reservados en sociedad, y efusivos y pasionales en la intimidad. «Con decirte que somos jóvenes, y que no hay mayor tontería que llegar a la vejez sin probar cuanta manzana y cuanto melocotón y cuanta breva dan los frutales de la vida…», escribe Don Benito en La Incógnita, novela epistolar en la que habla de sus sentimientos hacia Emilia (encarnada en el personaje de Augusta); y donde se percibe el juego de seducción (al igual que en Insolación) con sus tácticas de «tira y afloja», resistencia femenina y «acoso y derribo» masculino hasta la consecución del amor carnal.

El empleo del narrador en primera persona favorece aún más la identificación entre Emilia Pardo Bazán y el personaje de Asís Taboada, que comparte con la autora ciertos rasgos de carácter biográfico (figura paterna, origen y clase social e infeliz matrimonio) y también un característico sentido del humor. De hecho la novela está escrita en tono jocoso, con un lenguaje conciso, ingenioso, mordaz, e incluso coloquial. Los personajes hablan de forma natural, con sus expresiones castizas, su peculiar acento y/o su mala pronunciación: «Arrastrá, condená, tía cochina, que malos retortijones te arranquen las tripas, y malos mengues te jagan picaíllo a los jígados…». Todo ello provoca enseguida la simpatía y la hilaridad en el lector. Además, las escenas mostradas, con unas descripciones soberbias, son de un costumbrismo y un casticismo feroz, y reflejan ese ambiente de jarana, juerga o cachondeo tan propicio para la desinhibición amorosa de los protagonistas.

La novela, por tanto, con una mescolanza del naturalismo, el costumbrismo, el romanticismo, el realismo y la introspección, resulta original e inédita, alejada de las corrientes literarias del momento, donde los máximos exponentes del romance son las novelas realistas Anna Karénina y Madame Bovary, ambas de tono trágico y desenlace fatal. Y esto sucede, no porque Emilia busque innovar, sino porque utiliza todos los recursos que conoce para narrar de la mejor forma posible la historia que quiere contar, reivindicando así el derecho de la mujer al amor, a la pasión y a la sexualidad.

Emilia Pardo Bazán critica la doble moral de la sociedad y habla sin cortapisas de la monarquía, de la iglesia, de la diferencia de clases y de las costumbres de la época, sin obviar las polémicas corridas de toros. Estas cuestiones captan sin duda nuestra atención, sin embargo, lo que buscamos con ahínco en Insolación es la respuesta a las habituales preguntas: ¿Conseguirá Pacheco llevarse a Asís al huerto? ¿Será amor o solo sexo? Suceda lo que suceda, querido lector, «la culpa la tiene el sol».

Un poco de tu leche

Esta novela corta de Lara Losada es una historia tremenda, pero contada con una inocencia y una ternura tales que te sacude con dulzura el corazón. Y no quiero añadir nada más para no desvelar una trama que vas descubriendo poco a poco, según avanzas en la lectura, hasta llegar al sorprendente final.

Un poco de tu leche es una novela entrañable que querrás leer una y otra vez. Yo ya no recuerdo la de veces que he releído, por ejemplo, el fragmento siguiente.

«El otro día papá me quería, pero hoy me mira con bolas de fuego y yo me pongo de cuclillas. Parece que mi garganta estuviera llena de paja y un palo me atravesara de lado a lado, como un tronco caído en el bosque. Me da miedo beber por si las olas arrastran el palo a mi estómago y se queda ahí para siempre haciéndome daño. Tal vez si bebo mucho el árbol crezca dentro de mí. Y entonces papá ya no estará enfadado conmigo porque no seré una niña. Seré una planta muy buena y muy quietecita. A papá le gustan las plantas porque no hablan.»

Un poco de tu leche ha sido publicada por Ediciones en el mar.

La resurrección de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán fue un espíritu ávido de sabiduría, una mente abierta al conocimiento y al disfrute de la vida. Y, a pesar de ser una mujer del siglo XIX, vivió como quiso y escribió lo que le salió del corazón. Se separó discretamente de su marido, fumó, se emborrachó con los amigos y tuvo varios amantes. Reivindicó el derecho de la mujer a la educación y al trabajo, denunció la violencia de género y luchó con igual ahínco por su título de condesa que por un asiento en la Real Academia. Sedujo y se dejó seducir hasta caer en las garras de una pasión amorosa que condicionó su literatura. Sus relaciones con Benito Pérez Galdós, José Lázaro Galdiano y Blasco Ibáñez la embarcaron en la búsqueda de un amor ideal que nunca experimentó. Hoy resucito a esta ilustre escritora para asistir a una conversación con un joven de nuestro tiempo.

Es doce de mayo de dos mil veintiuno, estoy sentado en un banco de la calle Princesa cuando una figura negra se me acerca. «Una actriz contratada para la celebración del centenario de Emilia Pardo Bazán», pienso.

―Buenos días, rapaz ―me saluda―. ¿Puede decirme si esa estatua de ahí soy… quiero decir, ¿es la condesa de Pardo Bazán?

―Sí señora, es una estatua póstuma. Tiene usted además una cita célebre en el barrio de las Letras. Lo que no tiene, eso sí, es un muñeco en el museo de cera ―le sigo la corriente.

―Pues poca cosa, la verdad, para haber sido primera socia del Ateneo de Madrid, catedrática de la Facultad de Letras de la Universidad, consejera de Instrucción Pública y presidenta honorífica de la Real Academia Gallega. Al menos me ha reconocido usted a la primera. Pero entonces… ¿he muerto?

―Me temo que hoy es el centenario de su fallecimiento ―prosigo la farsa.

―¡Señor Dios de los Ejércitos! ¡Esto es cosa tuya! ―exclama mirando al cielo.

―Será más bien cosa de la ciencia ―replico yo.

―No me miente usted la ciencia, ni me suelte ningún disparate, que ya tuve bastante con Darwin y su absurda teoría de que el hombre desciende del mono ―dice examinándome con desconfianza―.Necesito averiguar qué ha pasado.

―Lo que necesita usted, de momento, es una mascarilla. ¿No ve que se acerca ya un policía? Tenga, tenga… ―le coloco con mimo una de color amarillo que chirría con el negro de un vestido que le llega hasta los pies y contrasta con el dorado de sus impertinentes.

―¿Pero qué es esto? ―protesta con recelo.

―Una mala noticia. Estamos en pandemia.

―¿¿¿Todavía???

―No, esta es nueva, made in China, para más señas.

―¡Dios de bondad! ―retrocede asustada. Y se me hace la luz: esa viejecilla recortadita y rechoncha, con el moño altivo y estola de piel, es la auténtica y genuina Doña Emilia Pardo Bazán. Así que decido aprovechar la oportunidad para conocerla. La tomo del brazo y nos encaminamos hacia los restaurantes de la Plaza Mayor. A nuestro paso, decenas de móviles inmortalizan a la condesa.

―¿Pero qué hace el vulgo? ―me pregunta con curiosidad.

―Retratarla.

―¿Con ese artilugio?

―Sí. Es un teléfono con cámara fotográfica.

―¡Qué asombroso cachivache! ―exclama complacida ante tanta admiración, sin sospechar que el interés de aquellas personas tiene más relación con el exotismo de su apariencia y la obsesión con Instagram que por su talento literario, el cual probablemente desconocen.

 ―Vaya, Doña Emilia, veo que el invento le agrada. Yo pensaba que a usted el progreso le resultaba amenazador.

―Bueno, es cierto que vi antinatural y con recelo el creciente confort de los aldeanos de mi época. No entendía cómo iban a pagar todas aquellas mejoras en su higiene, su indumentaria, sus viviendas… Sentí crujir las bases de la sociedad en una fractura que, además, habíamos iniciado las clases acomodadas. Sinceramente, creí que les hacíamos un flaco favor.

―Entonces… es cierto lo que he leído en algunos libros ―comento pensativo―. Que es usted una elitista, una hidalga con ínfulas de noble que cree que ser pobre está determinado por la biología (llegó a decir de Rousseau que había nacido «plebeyo» y que cometió el sacrilegio de no aceptar su condición); una condesa de título y no de sangre, que daba limosna y educaba a sus criadas, atribuyéndose el papel de civilizadora de la clase humilde; una católica exacerbada (aunque disfrutara infringiendo el sexto mandamiento) que justificó la Inquisición ante Víctor Hugo (quién sabe si solo por defender ante los franceses toda institución española); y una entusiasta patriota que llegó, en ocasiones, opinando como la mayoría de las personas de su clase, a restar importancia al racismo y al antisemitismo. «Vaya V. a llorar por unos cuantos judíos achicharrados en el siglo XVI!», le escribió a su amigo Luis Vidart en una carta. «Creemos en la superioridad absoluta de la raza indoeuropea, noble y preclara, capaz de las más altas y profundas concepciones a que puede arribar mente humana», manifestó en su obra La revolución y la novela en Rusia.

―Venga, venga, no exagere, y no se sulfure, que se le está hinchando la carótida y no es para tanto. Si además yo cambio fácilmente de opinión y sé reconocer cuándo me equivoco.  De todos modos, ¿no será usted un exaltado, un zanguango, un anarquista de esos que pierde la fe en cuanto tiene un golpe de suerte y le llueven los dineros? 

No respondo, pero la fulmino con la mirada. Nunca antes había experimentado yo tantos deseos de estrangular a nadie. No me extraña que Zorrilla la llamase no ya la «inevitable», sino la «inaguantable». Y es que Emilia fue una mujer de grandes contradicciones, debido a la imposibilidad de conciliar su deseo de pertenecer a la nobleza (con privilegios y valores tradicionales) con sus ansias de feminismo y libertad.

―No se enfade usted, eh, no me haga la del humo y me deje aquí plantada. Que quizá tenga algo de razón, y de ahí venga el poco afecto que me profesaban Rosalía de Castro (su marido me odiaba) y Concepción Arenal. Menos mal que conté con la amistad de Blanca de los Ríos, con la que compartí, por cierto, el interés por la figura de «Don Juan».

Al final me calmé. La condesa poseía, después de todo, una apertura de miras inusual para su condición y su tiempo. Como decía Pavlovski, Doña Emilia era «una mujer buena y audaz que no deseaba mal a nadie».

Sentados a la mesa de un bar castizo, pedimos, por insistencia de la condesa, algo extravagante: champagne y chuletas. Apenas diez minutos después, más divertida que un sainete, inicia una interminable disertación.

―Verá usted, en la España de entonces no era útil hablar de derechos ni adelantos femeninos, despertaba más interés saber cómo se preparaba el escabeche de perdices. Ahí no había sufragistas, ¿sabe usted? Y sin embargo ahora ¡la mujer lleva pantalones! ―exclama entusiasmada―. Hace un siglo no podía decir ni la vigésima parte de lo que pensaba de mi sexo en la sociedad y ante la ley. Pues ahora me voy a despachar a gusto: soy una radical feminista; creo que todos los derechos que tiene el hombre, debe tenerlos la mujer…

El camarero se acerca con la prensa, que Doña Emilia, hambrienta de noticias, le había solicitado.

―¡Cómo está el panorama! ―dice al cabo de un rato―.La política ha cambiado poco o nada.

―¿Por qué lo dice?―pregunto con curiosidad.

―Porque seguimos con las dos Españas, y con los mismos tejemanejes y la misma mezquina cuchipanda de egoísmos, codicias y ambiciones.

―Hombre, condesa, algo habremos avanzado. Ilústreme, ¿usted en qué bando militaría?

―Pues mire, yo he ido dando bandazos desde mi juventud, fui liberal por influencia de mi padre y luego carlista cuando me casé. Llegué incluso a viajar a Londres con mi marido para comprar armas con el oro que oculté en mi sostén. Pero ahora no elegiría ni el bando de los liberales ni el de los conservadores, sino un justo medio entre estos dos polos imposibles de reconciliar.

―¿Y en cuanto a la forma de gobierno?

―Las formas de gobierno no tienen tanta importancia para mí como los estados de cultura. Si viera una república presidida por una mujer sería partidaria de la misma.

―Una república, ¿usted? ¿No se habrá dejado influir por su amante republicano?

―¿Pero sabe lo de Galdós?

―Se han publicado las cartas amorosas que usted le escribió.

La condesa se ruborizó.

―No se apure, el deseo de Galdós de comerle los pechos es hoy en día un erotismo tibio.

―Pues no fue tibio el amor que yo sentí por él.

―No debió serlo, porque la pasión por Benito Pérez Galdós puso en jaque su enconado catolicismo.

―Así fue, pero ¡qué desengaño con Benito! Yo quería una relación entre iguales, basado no solo en el amor, sino también en el intelecto y la mutua admiración. En cambio él prefería una mujer que se ajustara más a los estereotipos del momento sobre la dama decente, la madre cristiana, «el ángel del hogar» o la amante inferior dependiente y entregada. Vamos, que yo tenía que serle fiel y consentirle a él sus otras relaciones y aventuras. ¡Qué mal encajó mi infidelidad con José Lázaro Galdiano!

―Sin embargo, fue precisamente a raíz de ese desliz cuando más se encaprichó de usted.

―Sí, después de confesarle mi aventura fue cuando declaró que me amaba, porque hasta entonces… sexo y poco más. Me acosté con Galdiano por abandono y por despecho, pero cuando Benito expresó lo mucho que me quería juré serle fiel.

―A mí me impresionan las cosas que usted le escribió: «Yo me acuesto contigo y me acostaré siempre […] porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro».

―Fíjese si le quise, que le regalé el manuscrito de una de mis obras de teatro, El sacrificio, para que me perdonase el desliz con Lázaro. Benito la estrenó con el nombre de La casa de la loca. ¡Y tuvo buena acogida entre el público, qué ironía! Porque todas aquellas obras teatrales que presenté con mi nombre fracasaron. Sin embargo, todas las de Benito se «aceptaron», aunque ambos innovásemos en el modo de escribir teatro y hablásemos de los mismos temas.

―Y a pesar de todos sus esfuerzos no fue usted correspondida por tan ilustre varón.

―No. Después de aquel viaje por Europa, en el que vivimos como un matrimonio, Benito comenzó a alejarse de mí.

―Hasta el punto de tener una hija con Lorenza Cobián.

―Ay hijo, sí, tuvo una niña con la Peluda. Así que, yo, que aspiraba a una relación a lo Harried Taylor y Stuart Mill, me quedé con las ganas. Lo suyo sí que fue un matrimonio, con todas las letras.

―Bueno, Doña Emilia, quizá buscar el amor ideal sea una Quimera. Así que mejor de Blasco Ibáñez ni hablamos.

―Mejor, mejor… Pero, volviendo a Galdós… ¿Puede usted creer que, a pesar de todo, mantuvimos la relación de amistad hasta el final? Después de las cartas de amor nos pasamos a otro tipo de correspondencia. Nos comunicábamos a través de nuestras obras, expresábamos a través de ellas lo que sentíamos el uno por el otro y cómo creíamos que debía ser la relación amorosa entre hombre y mujer. Tiene usted como ejemplos mi novela Insolación, Morriña y Memorias de un solterón, y por parte de Benito La incógnita y Realidad; asimismo «discutíamos» sobre el papel de la mujer en la sociedad. Teníamos una visión diferente, la suya era patriarcal, y cuando se atrevía a reivindicar la libertad de la mujer, esta no llegaba por ejemplo hasta la emancipación económica, algo fundamental para mí. Por tanto, yo le replicaba. Escribí una crítica de Tristana y la obra de teatro Cuesta abajo en contraposición a El abuelo.

―O sea, que fueron ustedes como el dúo Pimpinela ―digo en voz baja.

―¿Decía usted algo? ―pregunta la condesa.

―Nada, nada, que quizá sea hora de ir buscando un jesuita que nos desvele el misterio de su resurrección.

―¿Podríamos antes pasarnos por la peluquería? Es que tengo el capricho de ser rubia, como me pintó Vaamonde. Y ya conoce usted el dicho: ¡Solo se muere una vez!