Alma y Nora viajan al norte de África para buscar a Daniel y esquivar a la secta que trata de secuestrar a Alma. A la vez Alma aprovechará para entrenar su don y dominar sus pasiones, lo que le permitirá alcanzar su máximo poder. Pero no lo tendrá fácil, pues el amor es una pasión, y ella se mueve ambiguamente entre los amores de Jairo y Aziz.
En este asombroso viaje por tierras de Argelia, Marruecos y el Sáhara, con fragmentos propios de la mejor literatura de viajes, el lector se adentrará de lleno en el conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario. La autora nos da algunas claves y nos explica el origen, pasado, presente y futuro de un conflicto que dura ya más de cuarenta y cinco años.
FRAGMENTO
«Los días se parecían demasiado. No había gran diferencia entre el ayer, el hoy y el mañana. Y sé que así continúa siendo diez años después. Nada, o muy poco, salvo la declaración de guerra, ha cambiado. Por eso me es tan fácil recordar que en Smara el sol abría sus ojos y calentaba la arena escarchada. La luz bañaba la tierra seca y coloreaba las dunas bajas. La brisa creaba el sonido metálico de las llantas colgadas sobre alambres en los corrales de la wilaya. El agua comenzaba a hervir en las teteras mientras el pan se cocía en los hornos de gas.
Si te gusta María Dueñas, Megan Maxwell, Paloma Sánchez-Garnica, Luz Gabás o Isabel Allende, disfrutarás con la sagaOjalá me ames.
Sonia Rosado (Madrid, 1976) es periodista y escritora. Trabajó como redactora y presentadora de informativos en la Cadena Ser de Getafe y del espacio cultural La Coctelera de Radio Fortuna de Leganés. También fue redactora de la web Universitas Digital de la Fundación de la Universidad Complutense de Madrid y jefa de redacción de las revistas C&E y Grazie Magazine. En la actualidad gestiona su tienda online y el grupo Escritores de Villaverde. Además es la fundadora de Corrección Literaria y organiza eventos culturales. Ha escrito el libro de relatos cortos OJALÁ ME AMES como apertura de esta saga familiar. También es autora del prólogo y del relato corto «La resurrección» de la nueva edición de la novela Insolación de Emilia Pardo Bazán.
SIGUE A LA AUTORA en @soniarosado.oficial y en su web soniarosado.com
Titulo este post con una cita en memoria del neurólogo y filósofo austriaco Viktor Frankl, que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau. En 1946, a partir de esa experiencia, publicó el libro EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO, que más tarde se convertiría en un best seller.
CON SAN VALENTÍN «A LA VUELTA DE LA ESQUINA» REFLEXIONO SOBRE EL MISTERIO DEL AMOR
Los mecanismos del amor son un misterio, como lo es la vida en sí. ¿Por qué vivimos, por qué amamos y por qué morimos? Nos regimos por deseos y fuerzas incomprensibles, y nuestra existencia misma depende de ellos.
Amar y ser amado es una necesidad biológica para la reproducción y para la supervivencia. El ser humano está diseñado para la «autotrascendencia», es decir, para relacionarse, aparte de consigo mismo, con el resto de seres vivos. Por eso experimentamos un ansia de «fusión» con la persona amada, pues el amor es el deseo y la búsqueda de la «totalidad». Además enamorarse de alguien facilita que nos mostremos más amorosos con el resto de personas. El corazón es «glotón» y gusta de tener varias personas a quien amar.
Es imposible, o al menos muy difícil, resistirse al deseo, a la emoción y al sentimiento del amor. De hecho no solo nos enamoramos una vez, sino que nos enamoramos una vez tras otra.
Dicen que el amor todo lo cura y todo lo puede. Quizá sea así, puede que el amor nos «salve», puesto que es un acicate que nos anima a seguir adelante, a pesar de las dificultades, a pesar de las adversidades. Porque el amor es sinónimo de dicha, de júbilo, de plena felicidad. Pero ¡ojo!, aunque el amor es eterno en su universalidad, no lo es sin embargo en la concreción de una determinada persona. Con el tiempo podemos dejar de desear y/o de amar a alguien en particular. El amor es efímero como lo es nuestra propia existencia. Y la pérdida de un ser querido, ya sea por la rotura del vínculo amoroso o por la ineluctabilidad de la muerte, provoca el dolor más agudo y el sufrimiento más intenso. Y es que el amor es fuente inagotable de placer siempre que consigamos mantener el vínculo o «encendida la llama». Porque, seamos honestos: para amar hay que tener agallas. El amor necesita esfuerzo, empeño, mimo. El amor es como una delicada planta a merced del viento, de la lluvia, de la nieve y de los cambios bruscos de temperatura. Hay que saber cuándo regarla, cuándo y cómo protegerla, cuándo y en qué manera trasladarla a un nuevo entorno. Pues así igual se debería hacer con el amor, porque la gente cambia, las personas crecemos, maduramos, nos adaptamos a la vida y la vida se adapta a nosotros. Nuestras trayectorias vitales están sujetas a frecuentes cambios e interrupciones, y por lo tanto también lo están nuestros afectos, que deben ir adaptándose a las nuevas circunstancias y quizá, además, a nuestra «nueva identidad», pues nunca dejamos de evolucionar psicológicamente. Por tanto, la forma más fidedigna de medir nuestro amor hacia alguien es la disposición que mostramos a integrar a este ser amado en nuestra vida a medida que este o nosotros mismos nos transformamos.
El desamor y la enfermedad ahogan la sensación de plenitud y te lanzan al más oscuro de los abismos, abandonándote en una profunda e incomprendida soledad. Hay quien piensa que no existe la suerte, ni la buena ni la mala, que cada uno se forja la suya. No lo cree así Tito, tampoco Alma. Dicen que a mayor esfuerzo y sacrificio mayor recompensa, pero algunos lucha toda su vida para merecerla y mueren sin obtenerla, mientras que otros lo consiguen todo, sin trabajar, sin pelear, simplemente las cosas les llegan. A estos dos hermanos la suerte, la buena, les esquiva. Frente a ellos se volatiliza, como las burbujas en el aire. Alberto se muere y Alma necesita, por una vez, que las cosas le caigan del cielo. Necesita una nube de mariposas, que transporten la fortuna en el polvillo de sus suaves alas, y que al tocarlas se desprenda de ellas toda la suerte del mundo, adhiriéndose a sus dedos, a sus uñas, infiltrándose en su carne, para nunca abandonarla.
Alma necesita la suerte, porque hoy no teme ser diferente, ni dejarse guiar por los misteriosos impulsos que nacen de su interior. Algo crece dentro de ella, una fuerza salvaje, desconocida, controladora, un instinto, una esencia que clama por la supervivencia, y que le impulsa a contradecir al destino. Algo le empuja a ser rebelde, a enfrentarse a las normas establecidas y a la propia naturaleza del ser humano, superando obstáculos y dificultades, aun incurriendo en ilegalidades. Alma será una rebelde, una rebelde con causa, luchando para desafiar a la muerte.
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Si ya has leído el libro de relatos OJALÁ ME AMES (en caso contrario pincha aquí) y has quedado poderosamente atraíd@ por los personajes y la intrínseca realidad de sus respectivas historias, ahora puedes disfrutar también de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO, la primera novela de la saga.
SINOPSIS
Alma, poseedora de un increíble don, ve peligrar su vida. Gente muy poderosa la busca para utilizar sus habilidades en beneficio propio. Por eso decide desaparecer sin dejar rastro, no solo para salvarse ella, sino también para alejar el mal de sus seres queridos. Pero su familia no se resigna a perderla. Sin saber si está viva o muerta, pasan diez años tratando de encontrarla, con todas las precauciones, pues en la era digital, donde todos podemos ser espiados y controlados y el correo postal es susceptible de ser confiscado, temen revelar a los enemigos su paradero. Hasta que Carmen, la madre, idea un sistema de comunicación. Conociendo la pasión de su hija por las novelas, encarga la escritura de la historia familiar utilizando el diario de Alma y los testimonios de familiares y amigos. El libro, que deciden titular «Si la muerte es la nada» tiene por tanto este propósito: enviar un mensaje a Alma.
Alma es una mujer aturdida, invadida por su historia, una mujer rota por el pasado. La opresión del ambiente en el que vive llena cada uno de los espacios, la atmósfera viciada la envuelve. La guía el amor, llevándola hasta personas oscuras por callejones sucios. La pasión la consume, y solo ve una luz pequeña a la salida del túnel. La enfermedad que muestra la muerte, y la búsqueda de la cura por cualquier medio, la arrastran hasta los bajos fondos de las ciudades y relaciones, siempre con las ansias de vida como bandera.
FRAGMENTOS DE LA NOVELA
«He escrito esta novela solo para encontrarte. Porque nadie sabe dónde estás. Hay quien dice que nos cuidas desde el más allá. Pero yo sé que estás viva. Perdóname por investigar tu vida, por entrevistar a familia y a amigos […] Perdóname por desvelar secretos, mentiras, engaños, por convertir en palabras los sentimientos, los tuyos, los míos, los de todos […] Esta novela es para ti, Alma, para que en ella puedas reconocerte, y reconocernos, en cada letra de cada página, por si llega a ti tan solo un fragmento o, por si en el caso de que nunca llegues a leerla, alguien algún día pueda contarte el argumento, y con ello, sin saberlo, te relate tu propia historia. Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»
«Alma, has encontrado la fuerza para viajar, a pesar de cómo te sientes, a pesar de lo que sientes. Has encontrado la fuerza para imponerte, para volver a ser tú, porque has dejado de ser tú, hasta tal punto que deseas secretamente que te arranquen la cabeza, con saña.
Pides que la golpeen, que la trituren, que la quemen, que la entierren, así estás de atormentada. Necesitas una nueva cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones. Ya no quieres tu cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones.
Hasta que tomas conciencia de que debes salir de ese embobamiento irracional, de ese atontamiento carnívoro que te oprime, porque otra persona, más merecedora de ello, necesita de toda tu energía.
Parodójicamente ves la salvación en otro veneno. Coges un avión y te largas.
Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»
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Es el libro de apertura de la saga. En él conocerás a los personajes y sus respectivas historias. Y si te quedas con ganas de más puedes leer también las siguientes novelas de la saga: El don más codiciado del mundo y La novia roja y el mal del Caribe.
Seducción, pasión, intriga, aventura, misterio, e incluso humor, son los ingredientes principales de estos relatos cortos donde los protagonistas luchan por la conquista del ser amado. Todos ellos viven por amor, sufren por amor, traicionan por amor, e incluso matarían o morirían por amor, por todas las formas de amor. Por el filial, por el fraternal, por el sexual, y sobre todo por el romántico, esa adictiva droga, ese virus pasional, que puede dinamitar la felicidad. Carmen y Laura ven sus vidas lastradas por la ausencia de sus seres queridos, Aziz reniega de su religión, Alma quiere que le arranquen la cabeza, Ángel combate el desamor como un guerrero solidario y Mariví guarda un oscuro secreto. «¡Ojalá me ames!», «¡Ojalá algún día me ames!», es su grito de guerra y su más íntimo deseo.
Los lectores han dicho…
«Escrito con un gusto exquisito que te hace devorar cada página como si no hubiera un mañana, una narración hermosa.»
«Las historias y el estilo poético arrebatador de la autora enganchan desde el principio.»
«Lectura fresca ideal para reflexionar sobre el poder del Amor.»
Estoy en Italia, en Florencia, en el Campanile de Giotto, contemplando de pie la ciudad desde las alturas. No siento vértigo, todo el vértigo que podía sentir creo que ya lo he experimentado, en el lapso de unos pocos meses. En julio estuve en La Habana, donde puse mi vida en peligro, incluso fui secuestrada, pero al final el riesgo no valió de nada, mi hermano nos dejó de todas formas. Después perdí mi trabajo, y llevo un mes divorciada porque me enamoré como una idiota, de Jairo. Y ahora, mientras ÉL está disfrutando de su luna de miel con Elisabeth, yo estoy pensando cuántos segundos tardará mi cuerpo en recorrer la distancia entre el punto más alto del Campanile y la plaza del Duomo. De repente me embarga un ligero mareo, y me agacho para sentarme en el suelo, por dos motivos, para evitar la tentación de lanzarme al vacío y porque estoy demasiado cansada, tanto que me cuesta respirar. Mi amiga Ángela se acerca a mí, asustada. Dios mío, Alma, estás pálida, me dice. Seguro que lo estoy, porque me duelen las piernas y los brazos, y tengo ganas de vomitar. Debemos volver a casa, me insta Ángela, que me ayuda a levantarme y también a caminar.
Bajar los cuatrocientos escalones del campanile es una tarea ardua. Mis piernas pesan como el plomo. Mientras descendemos, Ángela me mira con compasión. Vamos Alma, anímate. No tienes nada que lamentar. TU VIDA ANTES DE JAIRO era bastante complicada.
Ya en el exterior, bajo el influjo del sol de mediodía me siento desfallecer. Los potentes rayos de luz me queman por dentro, y un calor seco acelera los latidos de mi corazón. Entonces lo veo, a mi querido Tito, a un Tito sano, fuerte y hermoso, que me llama sonriente con el dedo índice de su mano. Acudo febril a su encuentro, imprimiendo, en las baldosas de piedra, pequeñas y débiles pisadas. Llego hasta él abriendo los brazos para acogerlo en mi seno. De pronto el semblante de mi hermano adquiere la dureza de una roca. Su gesto, serio y sombrío, es lo último que observo antes de caer desplomada sobre el pavimento gris de la histórica plaza italiana.
Me despierto en una ambulancia, tumbada en una camilla. Tengo mucha fiebre. Ángela está a mi lado, llorando. Cuando se percata de que he abierto los ojos trata de esconder las lágrimas limpiándose la cara con una toallita refrescante.
Me llevan a un hospital algo lejos de Florencia, menos masificado y donde atienden antes las urgencias. En el registro, después de preguntarme por mis síntomas, me hacen cumplimentar una hoja con mis datos personales. Me solicitan mi tarjeta sanitaria europea, al tiempo que me ponen un termómetro y me dan paracetamol para bajarme los treinta y nueve grados de fiebre. A los pocos minutos me llevan a la consulta de reconocimiento, Ángela se queda en la sala de espera. Me auscultan el tórax, me colocan un pulsímetro en el dedo para comprobar el porcentaje de saturación de oxígeno y me hacen un electrocardiograma. También quieren realizarme una radiografía, pero antes necesitan saber si estoy embarazada. Les cuento en español y en inglés que no hay ninguna posibilidad de que esté preñada. Aun así tengo que firmarlo por escrito y dar mi autorización para la realización de la prueba, durante la cual me tengo que apañar con las instrucciones que el técnico de rayos X me da en francés.
A continuación me conducen en camilla a observación, con otros pacientes. Pasa bastante tiempo hasta que alguien viene a verme para contarme qué es lo que me pasa, aunque yo ya me lo imagino. Un joven enfermero, llamado Ángel, me lo corrobora en un perfecto español. Tengo neumonía, sí, eso ya lo suponía, pero lo que no esperaba oír es que es una neumonía grave, la mancha del pulmón izquierdo que han visto en la radiografía es grande, la infección es importante. Van a ingresarme como mínimo cinco días, y eso ya sí que me preocupa. Justo en ese momento recibo en el móvil una llamada de Dulce, no lo cojo, no quiero decirle a mi hermana que estoy en un hospital. No quiero asustar a mi familia.
Se hace de noche. A Ángela no le permiten quedarse conmigo y regresa en taxi a su villa. Me trasladan a una habitación ocupada por otras dos mujeres, una es más o menos de mi edad y la otra es una señora mayor. La joven tiene un extraño virus tropical, que no son capaces de determinar, y la señora mayor una infección a raíz de una operación de corazón. Una enfermera me dice en «itañol», así denomino yo a la mezcla de ambos idiomas, que tenga paciencia con ellas, porque se pasan el día discutiendo por elegir el canal de televisión o la temperatura del aire acondicionado.
Y aquí estoy, con la mascarilla de oxígeno en la cara y enganchada al antibiótico por vía intravenosa, tumbada en la cama mirando al techo, esperando a que remita la fiebre o me venza el sueño, mientras lleno mi mente de oscuros pensamientos, mortificándome por mi egoísmo, porque siempre estoy tratando de superar mis carencias y defectos para poder seguir creyéndome el ombligo del mundo, la protagonista de una ÓPERA, cosa que me está resultando bastante difícil esta vez. Por fortuna, una taza de capuccino, depositada sobre mi cama en un plato, es una inyección de ánimo para mi creciente desconsuelo.
A la mañana siguiente abro los ojos sobresaltada por el murmullo de voces y pasos que llegan desde el pasillo. Me levanto, con la misma ropa con la que entré en el hospital, pantalones cortos y camiseta de tirantes −aquí no te dan camisón como en España−, y me calzo mis sandalias planas. Salgo fuera de la habitación, y me fijo en que las enfermeras llevan libros en las bandejas del desayuno, todos con etiquetas de diferentes colores. Regreso a mi cama, a esperar con curiosidad una de aquellas extrañas bandejas. Por fin entra alguien. Es el enfermero español de nombre Ángel. Mis compañeras reciben, con el desayuno, novelas, una cada una. Del libro de la anciana pende una etiqueta roja, del de la joven una morada. Pero para mí no hay novela, aunque si la hubiera no podría leerla, pues no hablo italiano. Ángel adivina mis pensamientos con solo ver mi cara de desconcierto. A ti todavía no te ha visto el psicólogo, me comenta, pero de todas formas no tenemos nada en español. Le pregunto por qué sirven libros a los pacientes. Es una nueva terapia, me responde. Muchas veces las enfermedades físicas son el reflejo de las enfermedades emocionales. Y aun cuando no lo sean, los libros siempre nos ayudan, son una especie de cura. Podemos vivir a través de ellos otras vidas, o comprender mejor la nuestra, y así sanarnos el alma.
Pues la mía está patas arriba, le digo.
Me mira extrañado.
Mi vida, quiero decir. Es un galimatías. La verdad es que necesitaría una guía para entenderme a mí misma, y a las personas o circunstancias que tanto me han hecho sufrir.
¿Qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?
Ahora mismo se me ocurre que si el amor, el enamoramiento y el deseo recayesen sobre la misma persona, nos evitaríamos muchos problemas y mucho sufrimiento. Desde luego la humanidad sería más feliz.
Tienes ahí algo de razón, pero el ser humano es más complejo que eso, me replica el enfermero. Puedes amar a varias personas a la vez, aunque de diferentes formas.
Pero enamorarte solo de una…
Así es. ¿Sabes Alma? Me gustaría darte algo para leer, con etiqueta roja, pero, como te he dicho antes, no hay nada en nuestro idioma. Eres la única paciente española que ha habido en este hospital desde hace mucho tiempo. Creo que es hora de reclamar la inclusión de otras lenguas en nuestra biblioteca.
Y yo creo que debería hacer una profunda reflexión acerca de lo que me pasa. Escribiré algo, y lo dejaré aquí para que otros compatriotas, después de mí, lo lean.
Es una buena idea, me dice Ángel, te proporcionaré boli y papel.
Por la tarde comienzo a escribir RECUERDOS DE CAMA. Cuando termino llamo de nuevo al enfermero para que busque un rincón para mi relato en la biblioteca. Con el tiempo sabré que nunca lo hizo. Lo guardó para sí mismo. Diez años después se lo enseñará a Mariví, al enterarse de que espera un hijo de Jairo. Le explicará que quiere cuidar de ella y de su bebé, porque su amor es como EL AMOR DE AZIZ. Lo que ninguno podrá imaginar es que el Jairo de mi relato será exactamente el mismo Jairo de Mariví, cuya vida era un CUENTO DISPARATADO, antes de sufrir EL ACCIDENTE que impedirá a EL ÁNGEL conocer mucho antes esa gran verdad que cambiará, para siempre, su vida.
Rozábamos noviembre, sin embargo el verano se resistía a abandonarnos. El calor nos obligaba a descubrir la piel de las extremidades apenas dos horas después del amanecer y nos empujaba a buscar la sombra en las horas centrales del día, hasta que por fin, a la caída del sol, un viento amable suavizaba la temperatura; era el momento propicio para lanzarse a la calle, y recorrer con calma el Madrid cosmopolita invadido por las más variopintas almas, las cuales a menudo se espejaban en los cristales de la ciudad. Su reflejo me entretenía, al menos lo suficiente para conseguir olvidar un poco esa tristeza agria adherida a mi corazón: mi hija llevaba ya más de diez años desaparecida. Y aquella tarde, mientras mi esperanza se marchitaba, uno de los vidrios del caparazón de la estación de tren, en la Puerta del Sol, me devolvió, en forma de feo y compungido rostro, la viva imagen de la depresión. Y entonces lo vi claro, como el río de lágrimas que pugnaban por salir. En el reflejo de mi propia imagen encontré la solución: El meditador. El meditador callejero.
Me lo presentaste hace tiempo, pero no le había
vuelto a ver desde que su nombre se diluyó en la originalidad de su apodo. Sabía
cuándo y cómo encontrarlo, conocía el momento y el lugar exacto por las notas
de tu diario. Alcé la vista hacia el reloj de la Casa de Correos, aún estaba a
tiempo, antes de que se replegasen los últimos rayos de sol y el asfalto
acerado dejase de reflejar las
alargadas sombras de los coches y las anaranjadas siluetas de los peatones.
Emprendí
la bajada de la calle del Arenal, un trazado en línea recta de un mapamundi
cultural, donde se superponían sonidos de Babel mientras decenas de móviles se elevaban
en el cielo para inmortalizar el talento de los artistas que, llegados desde
los cinco continentes, habían roto límites y fronteras y compartían metros de
calle abarrotada de gente. De repente Rusia estaba al lado de Japón y, alrededor
de un ninja suspendido en el viento, giraba una pareja de bailarines de ballet
ejecutando, con asombrosa agilidad y aparente sencillez, movimientos
antinaturales del cuerpo. Giros imposibles de cadera, piruetas en el aire,
saltos con las puntas de los pies… y el cuerpo no se les rompía, eran pájaros
humanos, y en ocasiones estatuas, en una posición tan estática, que a la
bailarina no se le movía un ápice la tela del vestido. Italia cantaba junto a
Brasil, la ópera desafiando a la samba; el violín chillando a la guitarra; la arrogancia
del O sole mio de una mujerona
napolitana eclipsaba la dulce voz de la negrita carioca que bien podía haber lucido
un traje carnavalesco y se había decantado, erróneamente, por un look moderno. Continué
atravesando aquel mágico maremágnum hasta toparme en Ketama con los tambores
secretos de hachís y vivir, un poco más al este, el espectáculo de los
guerreros maoríes, cuyos tatuajes brillaban, bajo sus antorchas de fuego, en
Nueva Zelanda, última parada antes de mi destino final: la Plaza de Isabel II,
la plaza de la reina que servía de cobijo a las personas «sin techo»,
instaladas con sus cartones, sus mugrientos colchones, sus litronas vacías y
sus mantas raídas frente a la verja metalizada de un viejo cine abandonado.
Llegué antes que tu amigo para conquistar el espacio
de pavimento donde medita, desde hace doce años, y enseguida lo percibí: un
remanso de paz urbano. Apareció de repente, pelo cano, delgado, vestimenta de
lino blanco. Me miró, con sus pequeños ojos aristotélicos, y escribió con tiza
blanca, sobre las grises baldosas, una de sus frases sabias: «La razón sin amor
está muerta, el amor sin la razón camina ciego».
Me confesó que no recordaba mi nombre: Carmen. En
cambio yo me acordaba muy bien del suyo, porque se llama como uno de los
personajes «shakesperianos»: Orlando.
Sentados en el suelo, él sobre una manta, yo sobre una
toalla prestada, cerramos los ojos. Al instante los sonidos de la plaza giraban
a nuestro alrededor, nos envolvían, pero pronto dejamos de «oírlos», los
fusionamos con la propia meditación.
Y entonces te veo.
Te
toco en el aire con mis dedos viejos: tus mejillas de niña, sonrosadas, y tus
rizos tiernos.
Recuerdo
el color de la sangre en las sábanas, el día que te hiciste mujer.
Las
horas de estudio, encerrada en casa, engullendo páginas de Historia.
Tu
boda, con Marcos… y después tu empeño por remendar, pegar, hilar, fragmentos,
pedazos de nuestras vidas rotas.
Sufrimiento
y dolor, el abismo, la derrota y la muerte.
La
revelación de nuestro don, el más codiciado del mundo.
Y
la desesperación en tu voz, mi sol, la
última vez que hablé contigo:
«Mamá,
han hackeado mi móvil, y mi computadora.
Han secuestrado mi correo.
A
partir de hoy desaparezco.
Pero
volveremos a vernos.
Busca
entre mis recuerdos».
Y
lo hice, Alma. Durante largos años. Busqué entre las páginas de tu diario y
entre las fotografías de tus viajes. Y solo hallé silencio, ni una sola pista
de cómo encontrarte. Ni instinto de madre, ni premonición, ni tan siquiera el
don, que parecía dormido. Andaba perdida, sin saber dónde hallarte. Tampoco
podíamos arriesgarnos a darles sin querer tu dirección, de haberla obtenido. A
nosotros también nos vigilaban, nos espiaban, nos revisaban el correo, hasta
que de pronto dejaron de hacerlo. Entonces llegó el momento de aventurarse, de
revisar cada palabra escrita por ti, de encontrarle significado oculto a cada verso,
a cada frase. Y viajamos, mucho, por la geografía de tus fotos. Y otra vez el silencio,
y el vacío inconsolable y yermo.
Pero
espera un momento…
Porque
ahora, sentada en este duro cemento, con la mente, leo y miro de nuevo.
Y
ahora sí, se despierta mi don, ante las instantáneas de Madrid colgadas en la
pared de tu dormitorio: imágenes de las calles que te gustaba recorrer, y de sus
artistas callejeros, como estos que acabo de ver. Y… se me eriza la piel.
Me
levanto y corro. Corro a
buscarte, traspasando los límites y las fronteras, esta vez a la inversa.
Atravieso en segundos la isla oceánica, la ciudad marroquí de Ketama, Brasil,
Italia… Pero no llego a
Rusia, ni tan siquiera a Japón. He decidido, por puro instinto materno,
establecerme en Italia. Dejo que la soprano napolitana termine su canción.
En
cuanto me vio chisporrotearon sus ojos dorados, y su boca tembló.
Llevo una eternidad esperándote.
¿Cómo dices?
¿Eres Carmen, no?
Sí, soy yo.
De la funda del violín de su músico extrajo un
libro. Mi rostro acaparaba la portada.
Es una novela, me dijo. Como la que tu
familia y tú escribisteis para tu hija Alma.
Bendije nuestra imaginación. Habías respondido a la llamada. Habíamos establecido, por fin, nuestro propio y secreto sistema de comunicación.