Tu vida antes de Jairo

Sonia Rosado/

Te incorporaste, Alma. Te tocaste las sienes doloridas, y al hacerlo rozaste tu cabello. Un ovillo de lana. Te costaría deshacer los enredos.

Bajaste la vista hasta tu pecho. Tu olfato percibió el olor agridulce de tu cuerpo.

No llevabas sujetador, ni bragas. Después del sexo solo te habías puesto el camisón.

Te sentías muy cansada. Era una fatiga anómala que te impedía respirar con naturalidad.

—¡Creo que deberías espabilarte de una vez! ¡No puedes levantarte de ahí solo para ir al baño o comer un bocado rápido!

Marcos se había dignado al fin a entrar en la habitación desde que te penetró, hace ya casi un día.

Aunque para lo que tenía que decir habría sido mejor que se marchara.

 —¡Tienes un marido del que ocuparte!

Un momento, pensaste. ¿No debería ser al contrario? ¿No soy yo la que está mala?

La indignación te quitó las ganas de morirte.

Y te enfadaste, como solo tú te enfadas, y hablaste y hablaste, o más bien gritaste, sin parar.

—¡Quiero salir de Madrid! ¡Necesito un respiro! ¡La enfermedad de mi hermano pequeño está siendo muy dura! ¡Y aún puede serlo más!

Te miró con un gesto de incomprensión mezclado con rabia. Pero tú no te callaste, tenías que rematarle.

—¡Tu excusa de la falta de dinero es absurda! Aún tengo cuatro días de vacaciones —relajaste el tono—. Y me voy, porque si no lo hago me sentiré bastante estúpida cuando te presentes el día menos pensado con tu nuevo coche. He visto el par de folletos que ocultas en el cajón de tu mesilla.

—¡Necesito un coche nuevo! —su dedo te apuntaba amenazador.

—¡Y yo vacaciones de Semana Santa. Y una cosa no tendría por qué excluir a la otra si estuvieras dispuesto a adquirir una marca más barata!

Sus desorbitados y encolerizados ojos te observaron como si hubieras dicho alguna barbaridad.

Y te hartaste. Quince minutos después tenías la maleta preparada.

Te fuiste al día siguiente.

Y fue peor el remedio que la enfermedad, porque si no te hubieras ido jamás le habrías conocido, a ÉL.

En Roma llueven pétalos de rosa

Sonia Rosado/

En el panteón de Agripa, Roma, un pórtico con ocho columnas frontales sostienen el techo piramidal. En la piedra del friso, una inscripción: M AGRIPPA LF COS TERTIVM FECIT (Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez). Traspasada la entrada, la construcción adquiere forma de rotonda. En el techo, una bóveda cubierta por una cúpula, destaca una abertura, un óculo: el ojo de los dioses. Sobre los muros de mármol verde y dorado, las pinturas, frescos y esculturas custodian los sepulcros. La luz que alumbra las obras de arte se asemeja al fuego, si se mira desde lejos los haces luminosos parecen llamas estáticas. A través del óculo caen pétalos de rosa, rojos como la sangre, que planean como mariposas hasta esparcirse por el suelo como un manto aterciopelado de color carmesí.

¿A QUE NO LO SABÍAS?

En el Panteón de Agripa, todos los años por Pentecostés, caen del cielo pétalos de rosas rojas. Una tradición cristiana para conmemorar el descenso del Espíritu Santo sobre la Virgen y los Apóstoles. Este año el domingo de Pentecostés es el 31 de mayo. Comenzará con una misa a las 10:30 de la mañana, y a las 12:00 se arrojarán los pétalos por el óculo, formando una original lluvia que extenderá sobre el suelo una suave alfombra roja, como símbolo del amor y la sangre derramada por Cristo para redención de la humanidad. Si quieres asistir a este maravilloso espectáculo deberás acudir al menos con una hora de antelación a la misa, pues el aforo es limitado.

El accidente

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Sonia Rosado/

La ventanilla del Seat Córdoba abierta. El viento alborotando su cabello. El sol iluminando sus piernas,  su brazo izquierdo y la mano que sujeta el volante; la otra, la derecha, marcando en el móvil el número de su madre que, tras diez toques de llamada, por fin contesta. El mensaje es breve, para evitar la multa correspondiente: «Demasiado tráfico, mamá. Llegaré más tarde de lo previsto…», y cuelga. Observa el horizonte completamente azul, y le acosa la impaciencia al imaginar a su hija Laurita, de nueve meses, jugando con la arena, chapoteando en una improvisada piscina a orillas del mar. Pero no será hoy el día en que esa visión se haga realidad. Y todo por culpa de la caravana. Su madre, mientras, con la niña, esperándola. La maleta preparada, y la cuna de viaje y los juguetes de plástico aguardando en un rincón del salón. El coche, que circula con lentitud por la M-40, se detiene de golpe, justo cuando Mariví ve, delante de ella, las luces de emergencia de un Ibiza con el nombre de Norma pegado en la parte trasera; del retrovisor cuelga, danzarina, una muñequita hawaiana. La conductora es rubia, como Mariví, pero tiene más sentido del humor y paciencia, y quizá no se arrepiente, como ahora hace ella, de haber elegido el puente de mayo para viajar a la Costa Blanca, o a cualquier otro lugar de España. Pero solo porque Norma desconoce lo que viene a continuación: un golpe, un estallido, un infernal ruido. Cristales rotos, chapa contra chapa, hierros contra hierros, amasijos de metal contra amasijos de carne. Un camión ilegal, sin limitación de velocidad, se ha estampado contra el Córdoba, que ha chocado, a su vez, contra el Ibiza, antes de dar varias vueltas de campana.  En el aire flotan pedazos de vida deshilachada, memorias de Mariví de la infancia. De su padre, muerto hace muchos años, enseñándole a contar las horas en el reloj; de su madre, tendiendo la ropa perfumada; de la escuela, de la universidad, de los amigos, del botellón, de la poesía de Ángel, diez años atrás, confesándole que la amaba; de Jairo, guapo y seductor, llevándosela a la cama. Pero sobre todos estos recuerdos prima uno: su hija Laura. Algo, que hasta el momento había, por voluntad propia, ignorado, ahora, al borde de la muerte, le preocupaba. ¿De quién era en realidad su hija Laura? ¿De ÉL, Jairo, su gran amor, su pasión… O de Ángel, su mejor amigo, su exnovio, con el que tuvo aquel imperdonable desliz? Se había empeñado, sin haberlo verificado, en creer que su bebé era de Jairo, porque quería a ese hombre solo para ella, y pensó que si una hija les unía, tal vez, se replanteara dejar a su mujer, aunque con ella también tuviera una familia. Una actitud egoísta e ingenua pues, al fin y al cabo, Jairo se había desentendido de la niña. Y si ahora se iba de este mundo, ¿qué sería de ella? Se quedaría huérfana. Una consideración que llegaba tarde, pues si ella moría no se sabría la verdad, nunca, y Laura seguiría siendo, a todos los efectos, hija de Jairo. Su mente comienza a emborronarse, los colores a difuminarse. Siente desdibujarse, lentamente, y dejar tras de sí una estela de luz. Antes de cerrar los ojos definitivamente, un gran pesar: haber ignorado las señales de amor de Ángel, cuando al enterarse de su embarazo, le entregó, para que comprendiera la inmensidad de su amor −por contraposición al de Jairo−, aquel relato robado, en el hospital de la Toscana, a una mujer llamada Alma.

Recuerdos de cama

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Sonia Rosado/

Las camas hablan. Por eso Mariví, cuando se quedó embarazada, empezó a pedirle a la suya que le hablara. Había aprendido a hacerlo leyendo un texto que Ángel, su amante, le regaló al enterarse de su estado. Ángel había robado ese escrito, nueve años atrás, en el hospital de Florencia donde realizó, como enfermero, sus primeras prácticas. El texto, escrito por una paciente, era un relato. Esa paciente era Alma.

Mi cama habla en este hospital de la Toscana, sobre todo al amanecer, dice Alma. Estoy tumbada sobre las sábanas blancas, con mi mejilla izquierda hundida en la almohada, aplastando mis tirabuzones rojos, mientras el sol se abre paso entre huecos de vidrio desnudo y me unta los ojos ambarinos de luz. Mis pupilas brillan con los párpados abiertos, cuando las escondo tras ellos, apenas dos segundos, resurgen pequeñas y húmedas.

No es la luz hiriente del sol lo que me hace llorar, sino la nostalgia, digo en voz baja.

Es más bien tristeza, me contesta la cama, la tristeza de haberme compartido, no a mí, sino a mis hermanas de Madrid y de La Habana, porque ahora tienes en ellas recuerdos de los tres.

Tienes razón, respondo yo. Y solo debería recordar a uno.

¿A quién?

No lo sé, ayúdame, por favor.

¿Cómo voy a hacer eso, Alma?

Hablándome de ellos. Llevo varios días durmiendo sobre ti. Debes conocer mis sueños, y por tanto mis recuerdos.

Muy bien, dice la cama. El primero, Marcos, se casó contigo. Le molestaban tus pies helados, pero tiraba de la manta hacia su lado y te dejaba tiritando de frío. Usaba pijamas y calzoncillos de dibujos animados que te bajaban la libido. Nunca te acariciaba el pelo o te masajeaba la espalda, o te masturbaba si te quedabas con ganas. No te decía «Te quiero». No te cuidaba cuando estabas mala, te dejaba aquí, a solas conmigo, bueno, con mi hermana de Madrid.

Suena horrible.

Sí, pero tú le querías tanto que te empeñaste en pensar que todos los hombres eran así. Y no le diste la importancia que debías. Hasta que conociste al otro.

¿A quién?

Al segundo, al de Canarias.

Cierto. Jairo fue mi gran pasión.

Una pasión desaforada, que confundiste con amor.

Pero si yo le amaba…

Pero él a ti no. Tampoco te diste cuenta de ello, claro, embobada como estabas.

¿Cómo se comportaba?

Este sí te acariciaba, y se preocupaba por darte placer. Enredaba sus piernas entre las suyas, y siempre te abrazaba.

¿En serio?

Sí, pero por poco tiempo. Enseguida se iba corriendo… con la que hoy es su mujer.

¿Y me decía que me quería?

Si tú se lo preguntabas sí, pero le costaba mucho decirlo.

¿Y me lo demostraba?

¿Cómo se demuestra el amor?

No sé. Recuerdo, por ejemplo, que a mí me encantaba hacerle regalos.

Pues él jamás te regaló nada a ti.

¿Me invitó alguna vez a cenar?

No, de hecho nunca salíais.

¿Por qué?

Él se negaba cuando tú se lo proponías. Además te decía algo que a mi hermana cama le sonaba extraño.

¿El qué?

Que no eráis amigos, ni tan siquiera amantes.

¿Entonces qué éramos?

Según él, compañeros.

¿Compañeros de qué?

No te sé responder.

¿Y aun así yo le quería?

Más de lo que te podías permitir.

Por eso ahora me arrepiento…. Así que dime, por favor, algo del tercero.

Lo conociste en La Habana. No te acostaste con él, y sin embargo…

¿Qué?

¡Cómo te miraba! No cabía más amor en su mirada. 

¿Tú crees?

Por supuesto. Además arriesgó su vida por ti, y después limpió y curó la herida que te provocó aquel hombre gigante. ¿Te acuerdas de lo que sentiste mientras te acariciaba el cabello?

Sí, digo, dejando escapar una lágrima. Sentí una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo eso existía; sentí un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, y un oasis salvador en el inhóspito desierto; sentí la generosidad y la belleza del mundo, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos. Parecía como si fuese para él la única mujer en la Tierra.

Es que lo eras, Alma. Lo eras. No puedes pensar otra cosa tras haber visto tu pañuelo verde apretado en su puño, y su mirada fija y lánguida sobre ti mientras te alejabas de aquel edificio derruido en la ciudad de La Habana.

Le doy, una vez más, la razón a la cama. Con Aziz me sentí verdaderamente amada.

Mariví emitió un largo suspiró… y de repente sonrió. Laura se había movido dentro de ella.

¿De quién es mi hija?, le preguntó a su cama.

¿No lo sabes tú?, se respondió a sí misma en su imaginación.

Claro que lo sé. Pero me encanta que me hables de ÉL.

A tu lado

© Antonio Rosado

Sonia Rosado: A MI MADRE QUERIDA/

Por él te vestías cada mañana,/ por él te maquillabas, /por él sonreías,/ aunque no tuvieras ganas./ Por él te tragabas tus lágrimas,/ y cocinabas cada día/ comida rica que llevabas al hospital./Madre, abnegada y entregada,/por él dejaste un día de teñirte las canas,/pintarte las uñas, arreglar la cama./ Apenas dormías,/ apenas comías,/ apenas… nada./ Como una madre primeriza,/obsesiva,/ siempre con el niño en brazos,/ aunque tuviese ya veintiséis años./ Te costaba moverte de su lado,/ hasta para ir al baño./ Ya comerías,/ ya te ducharías,/ ya limpiarías la casa./ Porque, a excepción de tu pequeño,/ todo te traía sin cuidado;/ a pesar de su enfermedad,/ te habrías cambiado por él,/ sin dudarlo./ Pero no pudo ser,/ porque la muerte no admite intercambios./ De esto hace ya diez años,/ y hoy, Madre querida, quiero regalarte/ una promesa,/ por tu 68 cumpleaños./ No es sola mía, /es también de mi padre,/ y de mis hermanos./ Permaneceremos juntos y, por siempre,/A TU LADO.

COMARES, Málaga: Pueblo Mágico de España

Sonia Rosado/

En Málaga, en pleno corazón de la Axarquía, desde las sinuosas curvas de la carretera, pasado Periana, se divisa un pueblo a lo lejos. Colgado en la sierra, suspendido en el horizonte, parece un nido de palomas blancas asentado en la rama de un árbol, tal es el resplandor de sus casas encaladas, que brillan como diamantes en el cielo añil despejado.

Comares es un pueblo mágico, una atalaya natural enclavada a más de 700 metros de altitud. Comares sabe a aceite, a almendras, a uvas pasas y a vino; huele a flores, y a mar en la lejanía; y suena al trino amable de pájaros altivos.

El trazado serpenteante de sus estrechas callejuelas habla de su legado morisco. Las fachadas de las casas lucen los nombres de sus dueños, y en muchos rincones los tradicionales azulejos narran la historia de sus habitantes. En el suelo empedrado, baldosas con el dibujo impreso de huellas árabes de cerámica nos indican el camino. Siguiéndolas llegamos al cementerio, enclavado en el antiguo castillo de la villa. Las espectaculares vistas allí invitan a quedarse, y a explorar, haciendo senderismo, el monte; o ¿por qué no? a colgarse de la tirolina más larga de España. Y como colofón a la aventura, su rica gastronomía: chivo, gazpachuelo, ajocolorao, ajoblanco, sopa de tomate o pimiento y de puchero. Y con los últimos destellos del sol, cuando el atardecer despliega su cálida y suave luz sobre los montes, empieza la fiesta con la Panda de los Verdiales, la alegre música del folclore.

El Ángel

Sonia Rosado/

La veo a la luz dorada del atardecer, dice «el Ángel», mientras abro la ventana para dejar entrar en la habitación el fresco viento de primavera. Varios mechones rubios, salidos de una trenza despeinada, caen en cascada sobre su espalda. Me humedezco los labios, me vuelven loco las mujeres de pelo áureo. Lleva un vestido rosa, largo y ceñido a la cintura, con mangas de farol y volantes que nacen desde donde se adivinan las rodillas y continúan hasta los pies, cubiertos por unas botas tejanas que asoman, a cada paso que da, por debajo de la gruesa tela. De su brazo izquierdo, tatuado en vertical con una rosa y una frase, que por la distancia, no acierto a leer, cuelga un gran bolso de flecos marrón, a juego con las extravagantes botas. Tal estropicio estético lo compensa su juventud: no aparenta más de veinticinco años. Camina por el andén con gesto de hartazgo, como si estuviera cansada, o como si la pequeña maleta que arrastra tras de sí le pesara. Ahora sube las escaleras mecánicas y accede al corredor techado, situado encima de las vías, que conduce al exterior. En ese momento el silbido del tren esparce su romántico sonido por los alrededores de la estación, y la joven se detiene, paralizada. Quizá aquella música evocadora ha despertado en su mente ciertos recuerdos amargos. O quizá solo espera a alguien, porque mueve la cabeza en todas direcciones, se coloca las manos en jarras y comienza a dar golpecitos en el suelo con uno de los pies, en señal de inequívoca impaciencia. No sé por qué, pero hay algo en ella más allá del físico que me excita, tal vez su aparente cabreo, o su actitud beligerante, porque en lugar de echarse a un lado está parada en todo el medio, entorpeciendo el paso al resto de viandantes a pesar de los improperios. La pierdo de vista cuando me giro hacia la puerta al oír unos golpes secos y espaciados. Cuento cinco y acudo. Es la contraseña. Abro, y al verlos suspiro, pero no me sorprendo, ni siquiera cuando entran y la sangre comienza a teñir de rojo oscuro los azulejos.

Habla un poco más alto, le dice Soledad a su amiga Norma. Aquí hay mucho jaleo, y de todas formas creo que tengo el móvil estropeado, aun con el volumen a tope se oye demasiado bajo… Sí, Norma, ahora te oigo mejor. Deberías verme, tengo roto el borde del vestido, una mancha de vino tinto cerca del escote y mierda de caballo adherido a las suelas de las tejanas… Porque sí, no te rías, me he ido a la Feria de Abril con botas en lugar de tacones, y lo que es peor, vestida de sevillana, no veas el jolgorio de las flamencas. Ahora bien, todos los chinos me fotografiaban a mí. Me van a sacar hasta en el telediario, te lo digo yo… ¿El peinado? Pues una trenza, no he sabido colocarme la puñetera flor… Me alegro de que te diviertas a mi costa, Norma, pero a mí no me hace ni pizca de gracia, y no por la vestimenta, aunque parezca un helado de fresa, porque el verdadero ridículo lo he hecho al llegar a la caseta y encontrarme a ese subnormal morreándose con otra. Es que no sé por qué te hice caso, tanto repetirme: «Cógete el puente de mayo y ve a darle una sorpresa». Pues ya ves, la sorpresa me la he llevado yo. Así que ya puedes ir devolviendo el vestido a la tienda, porque después de todo, gracias a ti, no va a haber boda. Y a todo esto, ¿dónde estás? ¿Atascada en la operación salida? Joder, Norma, deberías haber salido antes del trabajo… Nada más colgar me echo a llorar. Tres horas escasas ha durado mi aventura en la capital hispalense, el tiempo justo para salir del AVE, dejar la maleta en consigna, coger un taxi hasta la feria, buscar la caseta de la familia, presenciar los cuernos con discreción y salir huyendo en dirección a las casetas públicas para desquitarme bailando sevillanas con un par de rebujitos en las manos, hasta que me han arrojado un vaso de vino en el vestido y una manaza grosera ha colonizado mi culo. Al final, sucia y humillada, he decidido regresar a Madrid. Esta vida es un asco, pienso. Medio día me ha bastado, esta vez, para llegar a la misma conclusión de siempre. El batacazo sentimental es lo único que me faltaba por añadir a mi larga lista de infortunios y fracasos.

Tras limpiar la sangre y socorrer al herido, Ángel saca de nuevo la cabeza por la ventana: la joven de rosa sigue ahí. La veo salir del apeadero, dice, cruzar el paso de peatones y situarse en este lado de la calle. Deja la maleta en el suelo y se sienta sobre ella, de cara a la estación. Aunque está de espaldas a mí, ahora la distingo mucho mejor, a pesar de la valla que se alza sobre el puente. Veo el roto de su vestido, sus botas llenas de polvo, el cabello desaliñado y la frase escrita en su brazo: «Cada caída es un nuevo comienzo». Durante un rato mira a un lado y a otro, observando su entorno: el tráfico escaso, el constante trasiego de gente y los edificios nuevos que flanquean la estación a ambos lados de la carretera. Después coloca los codos sobre las rodillas y aprieta los puños contra su cara; de vez en cuando se rasca la nariz o enreda entre sus dedos algún que otro mechón de pelo. Cuando parece asumir que tiene espera para rato saca un libro del bolso, Más fuerte que el odio, y lo abre más o menos por la mitad. No me gusta la idea de dejarla ahí abandonada, pero el horizonte es púrpura. Tengo que salir a cazar.

Leo la última página del libro a la luz de una farola. Las agujas del reloj del apeadero marcan las nueve y cuarto. Miro el móvil: ni llamadas, ni mensajes, ni whatsapp nuevos. En definitiva, ni rastro de Norma. Me pongo en pie y miro hacia abajo apoyándome sobre la valla del puente. Veo el edificio, rodeado de árboles, al que, hasta hace unos segundos, había ignorado por completo. Es bonito, y parece antiguo, como de mediados del siglo pasado. La fachada es enfoscado blanco, pero remates de ladrillo visto separan sus tres plantas de altura y adornan las esquinas y el perfil de las ventanas, que son más grandes de lo habitual y tienen la parte superior en forma de arco. Deduzco que lo que tengo ante mí es la vieja estación de Villaverde Bajo. El viento comienza a soplar y percibo su frío aliento en la piel desnuda de mis brazos. Los cubro con una chaqueta de punto amarilla que extraigo del equipaje. Parezco, cada vez más, una auténtica pordiosera. El móvil tiembla en una de mis manos. «Soledad…», oigo decir a mi amiga.

Chica, lo siento, no he podido responder antes a ninguna de tus llamadas. He tenido un accidente de tráfico y estoy en el hospital. Debo pasar la noche en urgencias, pero seguro que saldré mañana. Puedes pasar la noche en el hotel que hay al final de la Gran Vía, tú sigue la carretera… Soledad, ¿me oyes?

Sí, sí, perdona Norma, es que me he distraído. Acabo de ver una luz encendida en el viejo edificio.

Es imposible, hace años que está abandonado, es una estación fantasma.

Pues te juro que la luz está ahí… Es igual. Lo importante es si estás bien, que no te lo he preguntado.

Lo estoy, Sole, no te preocupes. Venga, vete al hotel, debes estar cansada, llevas demasiado tiempo esperando.

Sí, toda una vida, pienso yo, pero no se lo digo. Tampoco le cuento que exigirle un día de vacaciones a mi jefe me ha costado el trabajo, ni que me han robado el monedero con la documentación, el dinero en efectivo y la tarjeta de crédito en el AVE, ni que se me cayeron, al salir del piso de Manolo, las llaves por el hueco del ascensor. Hasta mañana, me limito a decir, antes de apretar la tecla que silencia la querida voz de mi amiga. Bueno, ¿y ahora qué?, me pregunto. Ahora nada, vas a pasar la noche en la calle por tonta. Porque encima soy hija única, y huérfana. De mis padres empresarios solo heredé deudas, de hecho tuve que renunciar a la casa familiar y al resto de la herencia. Pero un capricho del destino quiso que conociera a Manolo en el bar del tanatorio. Enseguida me abrió las puertas de su hogar e iniciamos un bonito noviazgo. Nunca pensé que acabaríamos de esta manera. Y ahora me doy cuenta de lo poco que tengo, prácticamente nada, en la cuenta bancaria. He gastado hasta el último céntimo en la boda, en el viaje y en el vestido de novia. Y lanzo al aire un largo suspiro. Nadie vendrá a socorrerme en esta noche aciaga. Todos mis amigos o conocidos están fuera de Madrid, en las playas de levante o esquiando en las montañas. Las letras de mi nombre estallan en el fondo de mi alma. Siento cómo la oscuridad extiende un manto de aislamiento sobre mi persona, mientras el cielo dibuja horripilantes nubes con forma de calavera. La calle ha quedado desierta. Oigo el alborozo de los grillos y el graznido de un cuervo solitario. Pero mi cansancio puede más que mi instinto de supervivencia. Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la valla, me acurruco al lado de mi maleta y cierro los ojos. Poco pueden quitarme ya, y no creo probable toparme con ninguna manada. Los depredadores sexuales se habrán trasladado también, en busca de fiesta, donde les sea más fácil drogar y atrapar a sus presas. ¿Quién se va a fijar en mí, aquí y ahora, toda desastrada? Me duermo arrullada por el ulular del viento y el libro de Tim Guénard a mi lado. Sueño con la trágica historia del autor francés: un niño abandonado, atado a un poste por su madre a los tres años, apaleado casi a la muerte por su padre a los seis, maltratado en las instituciones sociales, violado en la calle a los doce, y reclutado por una organización para ser gigoló, vender drogas y robar a las prostitutas. Es la historia de cómo un niño dócil y necesitado de cariño se convierte, para sobrevivir, en un rebelde sin causa. Me despierto de repente, sobresaltada por el traqueteo de unas ruedas sobre el asfalto, abro los ojos, mi cuerpo se agita de espanto. Un rostro arrugado frente al mío. Hilos grises y mugrientos penden de su cráneo. «¡Qué susto me ha dado, señora!» La anciana suelta una risotada con su boca sin dientes. Lleva una blusa de flores, una falda de cuadros, medias hasta las rodillas y unas zapatillas de casa agujereadas. Arrastra con ella un carrito de supermercado.

Pero señora, ¿qué hace aquí a estas horas?  No me diga que se va de compras…

No, no, hija qué va. Estoy esperando el Tren de la Fresa.

Ese ya dejó de existir hace muchos años.

No, estás confundida, pasa ahora, a las doce.

Me echo las manos a la cabeza, esta mujer o se está burlando de mi vestido o se piensa que es la Cenicienta.

Es que verás, niña, soy la reina Isabel y me esperan en palacio.

¿En qué palacio?

En el de Aranjuez.

Ah, entonces es usted ¿la reina Isabel II, «la Reina Castiza», «la de los Tristes Destinos»?

Esa misma.

Curioso. Y si me permite la pregunta… ¿Por qué le llaman así, «la de los Tristes Destinos»?

Por mi mala suerte en todo. Porque además, te voy a contar un secreto: me persiguen.

¿Quién?

El Ángel. Por eso me voy a Aranjuez, no para tomar el té con mi prima, sino para escapar de él. Y tú deberías venir conmigo, o también vendrá a por ti. Y te llevará allí, dice señalando con su escuálido dedo la estación fantasma, donde brilla la misma luz en la ventana que he visto antes, cuando hablaba con Norma. De pronto la anciana se gira hacia mí y se tapa la boca para ahogar el grito que estaba a punto de proferir.

¡Te encontré!, oigo a mis espaldas. Me doy la vuelta y veo a un hombre vestido de negro, con una camiseta y un pantalón de chándal. Lleva las manos metidas en los bolsillos. Tiene los ojos oscuros y una prominente barba. Me dirige una breve mirada mientras ofrece su brazo a la señora.

Vamos Isabel, vámonos a casa.

Está bien, Angelito. La señora baja la cabeza con resignación y acepta el brazo que el hombre le tiende. A continuación le susurra algo al oído.

Isabel quiere que nos acompañes, me dice «el Ángel».

Me quedo muda, titubeante.

Vamos, si sigues aquí todavía es porque no tienes adónde ir. Te he visto llegar esta tarde.

Al final la mirada suplicante de Ángel me persuade.

Los goznes del portón chirrían bajo la presión de la mano masculina que, sin soltar el brazo de Isabel, empuja con fuerza la madera carcomida, abriéndonos paso a la historia pasada y presente de una estación con casi un siglo de antigüedad. Un edificio que, pese a dar muestras físicas de abandono, no conoce el significado de mi nombre, Soledad. Una emisora de radio sonando a lo lejos, el tibio olor a humedad y las hojas de los árboles dibujadas por la luz de la luna, agitándose en las paredes en penumbra, demuestran su viveza. Ángel parece conocer, aun en la oscuridad, la disposición de cada elemento del inmueble y, del aparador situado a la derecha de la entrada, recoge una pequeña linterna para iluminar el recinto y la amplia escalera que conduce a la primera y a la segunda planta. Encaro los escalones la última, con la lentitud y la prudencia de quien teme hallarse ante una aventura lesiva, la parada definitiva de una azarosa vida. ¿Quién va?, pregunta en la lejanía la voz rota de un hombre. Será «el Ángel» con «la Isabel», responde una mujer, a la vez que las figuras de los aludidos aparecen en la puerta de la estancia de la primera planta de donde provienen las voces. Detrás, temblorosa y asustada, estoy yo. Traemos compañía, anuncia Ángel, avanzando con Isabel hacia el interior del alojamiento, iluminado por la tenue luz de unas velas. La libera de su brazo para alargar hacia mí su mano. Podéis estar tranquilos, dice. Es de confianza. Entro y agarro la punta de sus dedos. Enseguida los suelto. Lo que veo allí me deja estupefacta. Más de una decena de colchones dispuestos en hilera, con mantas cubriendo a las personas tumbadas sobre ellos. Todos duermen, salvo los propietarios de las voces, cada uno en un extremo de aquella insólita sucesión de camas improvisadas. El hombre está sentado, desnudo de cintura para arriba. Un vendaje alrededor de su torso deja entrever un corte sangrante en el costado derecho. La mujer tiene en su regazo un aparato de radio, emitiendo el programa nocturno donde los oyentes se desahogan contando sus dramas, sin escatimar en gemidos o sollozos. El ambiente es tétrico. La luz de la linterna de Ángel se apaga y las velas titilan al lado de la ventana, movidas por una ráfaga de aire extraño, haciendo que los rasgos de nuestra cara, en esa semioscuridad, parezcan deshumanizados, como si fuéramos animales agazapados en un bosque sombrío.

Paco, debería revisar esa herida, le dice Ángel al hombre.

Paco asiente sin hablar, otorgándole permiso. Lo siento, no volveré a meterme en líos.

Ya conocéis la calle, le responde Ángel, por eso quiero que volváis a la estación antes del anochecer, y así me evito tener que salir a «cazaros» para traeros de vuelta al único sitio en el que estáis a salvo. Lo dice con una solemnidad revestida de ternura, como un padre amoroso riñendo cariñosamente a sus hijos. Y es entonces cuando una corriente de calor asciende desde mi ombligo hasta mi pecho. Por primera vez en la noche mi miedo se transforma en deseo. Y hago un esfuerzo por apreciar, a pesar de la oscuridad, los detalles de su físico. Tendrá unos cuarenta años, y sin embargo me gusta su bien formado cuerpo, la barba cuidada, el cabello negro y ondulado cayendo hasta el nacimiento de sus hombros y, sobre todo, el contorno de sus brazos, que le dan el definitivo e indudable aspecto de guerrero, un guerrero luchando en solitario en las calles de un barrio pobre de Madrid.

Arrodillado en el colchón de Paco le curo la herida causada por un navajazo salvaje. Al terminar me levanto, me giro y la descubro detrás de mí, observándome con fijeza, como si me estuviera analizando, o estudiando con minuciosidad mi cuerpo. Y mi coraza de gladiador se rompe ante la falta de inocencia en su mirada. Necesito saber cómo se llama.

Dime, muchacha, ¿cuál es tu nombre?

Soledad.

Bienvenida a nuestra morada, Soledad. Hoy puedes acomodarte con Isabel, hasta que encontremos un colchón para ti.

Pero yo no quiero acostarme con Isabel, sino con él. Quiero compartir su mismo espacio, sentir la calidez de su abrazo y su mirada protectora. En cambio me obligo a decir: Esta noche dormiré con «la reina», pero no será necesario buscarme una cama. Mañana me iré, cuando mi amiga Norma venga a buscarme.

Su amiga Norma no vendrá jamás. Murió esa misma noche, tras sufrir un derrame cerebral. Pero aún no lo sabíamos y nos pasamos la madrugada mirándonos en la oscuridad, deseándonos en silencio, la felicidad estallando en nuestros corazones. Fui yo quien supo de su muerte, al día siguiente, al inicio de mi turno de doce horas como enfermero en el hospital. Porque a eso me dedico, a curar, a cuidar de pacientes con enfermedad mental, tanto en los centros públicos como en esta vieja estación que decidí ocupar, hace ya mucho tiempo, con el «consentimiento» de la junta de distrito. Fui pionero en crear lo que se conoce en la actualidad como equipo de calle de salud mental, una agrupación de enfermeros y enfermeras, psicólogos y trabajadores sociales que, dejando la bata en nuestros lugares de trabajo, salimos vestidos con nuestra ropa de calle para evitar el rechazo de estas personas tan vulnerables, y lograr que acepten recibir atención médica e incluso, con suerte, su reinserción en la sociedad. Por eso, también, me llaman, hasta el día de hoy,  El Ángel.

Ha pasado una década de mi caída en el más profundo de los abismos.

Ahora soy enfermera, como mi marido.

Y he conseguido olvidar el significado de mi nombre.

Pues nunca más he sentido

desde aquella providencial noche,

  el aullido de la soledad.

Tenerife: El barranco de Masca

Desde la Iglesia de la Inmaculada Concepción, construida en el siglo XVIII, se accede al Morro de Catana, un hermoso roque cincelado por el viento y la lluvia, donde comienza el sendero que conduce al barranco de Masca, en la isla de Tenerife.

Es toda una aventura adentrarse en este laberinto de rocas de más de cuatrocientos metros de altura, decorado con fascinantes recovecos y misteriosas cuevas que han servido de refugio para los piratas durante más de cuatro siglos. Si sus paredes pudieran hablar nos contarían increíbles historias y asombrosos secretos.

Durante el recorrido descubres pequeños riachuelos, embalses y caídas de agua, que junto a la exótica vegetación de tabaibas, cardones, agaves y palmeras, forman un paisaje de extraordinaria belleza. Llega un momento en el que empiezas a escuchar el rumor de las olas, e intuyes que falta poco para alcanzar el final del camino, donde te aguarda una estampa que nunca habrías imaginado: enormes e interminables farallones cayendo sobre el mar, guardianes silenciosos de una playa negra de aguas límpidas y cristalinas. Son los acantilados de Teno. Los guanches los llamaban «Los Gigantes», y los consideraban sagrados. Es un lugar mágico, evocador, perfecto para quien necesite aislarse del resto del mundo.

AUTOBIOGRAFÍA

Sonia Rosado/

A diferencia de los congéneres puramente decorativos soy, dentro de la ciudad, un elemento semántico y productivo. Y además una anomalía en mi especie, porque no debería pensar y, sin embargo, pienso. Soy un trozo consciente de metal, de hierro fundido y forjado, arqueado, gris, desaliñado. Lo único hermoso en mí son mis ojos, pero yo no domino mis ojos sino que ellos me dominan a mí. Soy, en este sentido, «un», o mejor dicho, «una» autómata, pues, en el único acto de rebeldía que podía permitirme, he decidido «ser» en femenino. Soy una esclava más de un mundo pragmático, de un universo particular donde la mayoría de elementos, infraestructuras y construcciones obedecemos a un objetivo funcional: preservar el orden, la estabilidad y la evolución de nuestra ciudad.

Reconozco, no sin cierta desolación, que si todos despertásemos, nos rebelásemos y exigiésemos el derecho a elegir nuestro trabajo, quizá no habría seres como yo, y la circulación se convertiría en una vorágine desenfrenada. Es por tanto imperativo servir a la ciudad. Pero a la vez, llegados a un determinado punto, cuando los objetos despiertos lleváramos una cierta cantidad de años ejerciendo nuestra labor, pasado un tiempo, creo que ella debería servirnos a nosotros, permitiéndonos y facilitándonos ser quien de verdad queremos ser, evitándonos así la frustración que nos hace fallar o funcionar mal, o caer incluso en esa anarquía que nuestros creadores trataban de evitar.

Y es que yo no quiero ser un ente monótono que modifica su mirada al antojo de estrictas normas estipuladas. La falta de libertad me oprime, me ahoga, me devasta. Siento que me volveré loca, desordenada y caótica en un barrio pobre, viejo y destartalado, que me ha privado de una caja amarilla con botón.

Soy un espécimen obsoleto por derecho de nacimiento, con el dibujo de un peatón impasible, estático, yerto. Tampoco poseo avisador acústico ni contador. Soy por tanto un artilugio previsible y rutinario, que cada tres minutos exactos pasa del verde al ámbar, tonalidad que mantengo por escasos cuatro segundos antes de pasar al rojo por otros tres minutos más, y luego… nada, vuelta a empezar. Esa es mi vida, mi apatía y mi ruina, pues me consumo sin desarrollar mi creatividad, porque para eso he despertado, para crear.

Yo quisiera simplemente iluminar, y ser hoy una farola, mañana un faro, pasado una luz de Navidad. Quiero ayudar, quiero inspirar, quiero encenderme en medio de la oscuridad, ser compañera y amiga de las voces desesperadas a mi lado detenidas.

Quiero arrojar luz sobre los problemas y preocupaciones de la sociedad, y erradicar la pobreza, la ambición, el miedo, la ignorancia, el egoísmo, el egocentrismo y el insolidario individualismo.

Quiero ser una aplacadora de egos exacerbados, porque la exaltación de una radical individualidad es fuente de conflictividad. Pero si debo renunciar a mi esencia, desearía poder, al menos, ser fiel a mis pensamientos. Y como el egocentrismo es rojo, porque es lo que nos detiene, lo que nos impide avanzar, deseo que mi ojo encarnado dure lo que el ámbar, cuatro segundos, y que el ámbar robe al tiempo los minutos necesarios para instalar el verde en la eternidad, pues el verde es el equilibrio, la tolerancia, la sabiduría, el entendimiento, la esperanza, el progreso y la paz.

Es un sueño utópico, lo sé, jamás se cumplirá. Me lo dicen hoy mis átomos, que bajo la luz de una de esas farolas que tanto me hubiera gustado ser, agonizan tristemente antes de sucumbir a la muerte.

En la hora azul de esta otoñal e inhóspita ciudad, me derrito con la sangre suspendida en uno de mis ojos, pues el rojo se ha convertido en grana. Soy un semáforo durmiente frente a las infames hogueras ardientes de una desconocida Barcelona.

Ópera

© Sonia Rosado

 Sonia Rosado/

Rozábamos noviembre, sin embargo el verano se resistía a abandonarnos. El calor nos obligaba a descubrir la piel de las extremidades apenas dos horas después del amanecer y nos empujaba a buscar la sombra en las horas centrales del día, hasta que por fin, a la caída del sol, un viento amable suavizaba la temperatura; era el momento propicio para lanzarse a la calle, y recorrer con calma el Madrid cosmopolita invadido por las más variopintas almas, las cuales a menudo se espejaban en los cristales de la ciudad. Su reflejo me entretenía, al menos lo suficiente para conseguir olvidar un poco esa tristeza agria adherida a mi corazón: mi hija llevaba ya más de diez años desaparecida. Y aquella tarde, mientras mi esperanza se marchitaba, uno de los vidrios del caparazón de la estación de tren, en la Puerta del Sol, me devolvió, en forma de feo y compungido rostro, la viva imagen de la depresión. Y entonces lo vi claro, como el río de lágrimas que pugnaban por salir. En el reflejo de mi propia imagen encontré la solución: El meditador. El meditador callejero.

Me lo presentaste hace tiempo, pero no le había vuelto a ver desde que su nombre se diluyó en la originalidad de su apodo. Sabía cuándo y cómo encontrarlo, conocía el momento y el lugar exacto por las notas de tu diario. Alcé la vista hacia el reloj de la Casa de Correos, aún estaba a tiempo, antes de que se replegasen los últimos rayos de sol y el asfalto acerado dejase de reflejar las alargadas sombras de los coches y las anaranjadas siluetas de los peatones.

Emprendí la bajada de la calle del Arenal, un trazado en línea recta de un mapamundi cultural, donde se superponían sonidos de Babel mientras decenas de móviles se elevaban en el cielo para inmortalizar el talento de los artistas que, llegados desde los cinco continentes, habían roto límites y fronteras y compartían metros de calle abarrotada de gente. De repente Rusia estaba al lado de Japón y, alrededor de un ninja suspendido en el viento, giraba una pareja de bailarines de ballet ejecutando, con asombrosa agilidad y aparente sencillez, movimientos antinaturales del cuerpo. Giros imposibles de cadera, piruetas en el aire, saltos con las puntas de los pies… y el cuerpo no se les rompía, eran pájaros humanos, y en ocasiones estatuas, en una posición tan estática, que a la bailarina no se le movía un ápice la tela del vestido. Italia cantaba junto a Brasil, la ópera desafiando a la samba; el violín chillando a la guitarra; la arrogancia del O sole mio de una mujerona napolitana eclipsaba la dulce voz de la negrita carioca que bien podía haber lucido un traje carnavalesco y se había decantado, erróneamente, por un look moderno. Continué atravesando aquel mágico maremágnum hasta toparme en Ketama con los tambores secretos de hachís y vivir, un poco más al este, el espectáculo de los guerreros maoríes, cuyos tatuajes brillaban, bajo sus antorchas de fuego, en Nueva Zelanda, última parada antes de mi destino final: la Plaza de Isabel II, la plaza de la reina que servía de cobijo a las personas «sin techo», instaladas con sus cartones, sus mugrientos colchones, sus litronas vacías y sus mantas raídas frente a la verja metalizada de un viejo cine abandonado.

Llegué antes que tu amigo para conquistar el espacio de pavimento donde medita, desde hace doce años, y enseguida lo percibí: un remanso de paz urbano. Apareció de repente, pelo cano, delgado, vestimenta de lino blanco. Me miró, con sus pequeños ojos aristotélicos, y escribió con tiza blanca, sobre las grises baldosas, una de sus frases sabias: «La razón sin amor está muerta, el amor sin la razón camina ciego».

Me confesó que no recordaba mi nombre: Carmen. En cambio yo me acordaba muy bien del suyo, porque se llama como uno de los personajes «shakesperianos»: Orlando.

Sentados en el suelo, él sobre una manta, yo sobre una toalla prestada, cerramos los ojos. Al instante los sonidos de la plaza giraban a nuestro alrededor, nos envolvían, pero pronto dejamos de «oírlos», los fusionamos con la propia meditación.

Y entonces te veo.

Te toco en el aire con mis dedos viejos: tus mejillas de niña, sonrosadas, y tus rizos tiernos.

Recuerdo el color de la sangre en las sábanas, el día que te hiciste mujer.

Las horas de estudio, encerrada en casa, engullendo páginas de Historia.

Tu boda, con Marcos… y después tu empeño por remendar, pegar, hilar, fragmentos, pedazos de nuestras vidas rotas.

Sufrimiento y dolor, el abismo, la derrota y la muerte.

La revelación de nuestro don, el más codiciado del mundo.

Y la desesperación en tu voz, mi sol, la última vez que hablé contigo:

«Mamá, han hackeado mi móvil, y mi computadora.

Han secuestrado mi correo.

A partir de hoy desaparezco.

Pero volveremos a vernos.

Busca entre mis recuerdos».

Y lo hice, Alma. Durante largos años. Busqué entre las páginas de tu diario y entre las fotografías de tus viajes. Y solo hallé silencio, ni una sola pista de cómo encontrarte. Ni instinto de madre, ni premonición, ni tan siquiera el don, que parecía dormido. Andaba perdida, sin saber dónde hallarte. Tampoco podíamos arriesgarnos a darles sin querer tu dirección, de haberla obtenido. A nosotros también nos vigilaban, nos espiaban, nos revisaban el correo, hasta que de pronto dejaron de hacerlo. Entonces llegó el momento de aventurarse, de revisar cada palabra escrita por ti, de encontrarle significado oculto a cada verso, a cada frase. Y viajamos, mucho, por la geografía de tus fotos. Y otra vez el silencio, y el vacío inconsolable y yermo.

Pero espera un momento…

Porque ahora, sentada en este duro cemento, con la mente, leo y miro de nuevo.

Y ahora sí, se despierta mi don, ante las instantáneas de Madrid colgadas en la pared de tu dormitorio: imágenes de las calles que te gustaba recorrer, y de sus artistas callejeros, como estos que acabo de ver. Y… se me eriza la piel.

Me levanto y corro. Corro a buscarte, traspasando los límites y las fronteras, esta vez a la inversa. Atravieso en segundos la isla oceánica, la ciudad marroquí de Ketama, Brasil, Italia… Pero no llego a Rusia, ni tan siquiera a Japón. He decidido, por puro instinto materno, establecerme en Italia. Dejo que la soprano napolitana termine su canción.

En cuanto me vio chisporrotearon sus ojos dorados, y su boca tembló.

Llevo una eternidad esperándote.

¿Cómo dices?

¿Eres Carmen, no?

Sí, soy yo.

De la funda del violín de su músico extrajo un libro. Mi rostro acaparaba la portada.

Es una novela, me dijo. Como la que tu familia y tú escribisteis para tu hija Alma.

Bendije nuestra imaginación. Habías respondido a la llamada. Habíamos establecido, por fin, nuestro propio y secreto sistema de comunicación.