Me acaricio el vientre con ternura y sonrío. Estoy ilusionada. No entraba en mis planes pero ha sucedido, y la verdad es que estoy muy feliz. Un pedacito de él, un pedacito suyo en mis entrañas. Imagino cómo será y a quién se parecerá, pero en cambio no pienso en la reacción de Iván. No sopeso con calma las consecuencias derivadas del hecho de estar encinta. Me he limitado a tomar una decisión inamovible. Voy a tener un hijo del hombre al que tanto amo, y rezo para que tenga su tez morena, sus ojos oscuros y su fuerza y determinación ante las adversidades de la vida.
Camino muy despacio, más que pisar el suelo, mis pies parecen flotar sobre él. Saboreo cada uno de los colores, sonidos y olores del hermoso día primaveral: el sol brillante sobre un cielo azul salpicado de minúsculas nubes, el perfume dulce e intenso de las lilas que embellecen los árboles, el amable trino de los pájaros, el grato murmullo del agua que mana de la fuente en el centro de la plaza, y sobre todo las risas, las despreocupadas risas de los niños que juegan al escondite.
Iván me espera en el banco de siempre, en el banco en el que nos besamos por primera vez y en el que, una noche sin luna, sus hábiles manos jugaron bajo mi jersey recorriendo mi cintura, mis caderas y mis pechos.
Observo su gesto sombrío y su boca desfigurada por una mueca de preocupación.
Me alarmo, porque Iván es un hombre difícil de contrariar, no se amilana ante los obstáculos que se le van presentando. Ninguno de ellos le parece insalvable, y los afronta con una sonrisa y a todos les da rápida y práctica solución, porque «todo tiene solución en esta vida, todo menos la muerte», suele decirme. Por eso intuyo que algo muy grave pasa y le dejo hablar a él primero.
Iván es muy directo.
—Dulce, mi ex vino a verme hace tres meses y me acosté con ella. Está embarazada. Nos vamos a vivir a Londres con sus padres. Lo siento.
Y entonces pienso que hace tres meses ya salíamos juntos, y no digo nada, no puedo, porque el suelo sobre el que parecía flotar hace tan solo unos instantes se hunde bajo mis pies. El cielo se nubla, y dejo de percibir el aroma de las lilas, el canto de los pájaros y el incesante goteo del agua de la fuente.
Las risas de los niños me estrangulan el alma y me desgarran el corazón.
Había algo de sobrenatural en aquella isla, donde una persistente niebla solía envolver sus parajes, evocando el misterioso mundo de los cuentos de hadas. En ella explosionaban con brillantez los colores. El ocre, el negro, el azul y el verde en su estado más puro y natural coloreaban los montes y barrancos, los bosques de pinos y laurisilva, las altísimas montañas guardianas de manantiales y cascadas, las exóticas palmeras y las vírgenes y negras playas.
Hacía calor aunque era marzo, y una humedad algodonosa hacía sudar a Alma mientras desde el asiento trasero del todoterreno miraba con maravillado asombro ese paisaje que jamás imaginó descubrir. El vehículo ascendía una pendiente, un sendero de arena oscura, casi negra, que llevaba directamente a la entrada del hotel, situado a pie de un acantilado. Detrás de él una montaña sobrevolada por grajos escupía un chorro de agua que desembocaba en una poza de color azul verdoso; las aguas eran tan cristalinas que se podían distinguir las raíces de los árboles y las piedras del fondo.
El hotel Diamante era una casa grande de dos plantas, aislada en medio de un platanar. Su fachada blanca, adornada con centenares de pequeñas piedras oscuras, relucía en medio de aquella naturaleza salvaje. Las paredes estaban hendidas con las grietas doradas que dibujaban los rayos de sol, y había sombras de hojas con forma de abanico bajo las ventanas. Una gran piscina, situada en el centro de un jardín de palmeras albinas, dominaba el idílico panorama y, desde una determinada perspectiva, sus artificiales aguas azules parecían fundirse con el infinito mar turquesa.
El todoterreno se detuvo en el pequeño parking de la entrada. El conductor se bajó y se posicionó en la parte trasera del vehículo, pero en lugar de ayudarle a bajar, como ella pensó que haría, se limitó a abrir el maletero y a sacar su equipaje que apoyó en el suelo de tierra. No se habían dirigido la palabra en todo el trayecto. Él se había presentado en el aeropuerto con una pequeña pancarta con el nombre de Alma.
—Soy Jairo—, había dicho cuando ella se detuvo frente a él. No tenía acento canario.
—Alma—, musitó ella, sin mirarle a la cara, porque sus ojos a la altura del pecho de la camisa de él no contemplaban otra cosa que no fuera ella misma y la situación deprimente en la que se encontraba. Alzó mecánicamente una mano, más por inercia que por ser consciente de lo que hacía.
Jairo, ofuscado, la estrechó con idéntico desdén, e igualmente sin mirarla. En su caso, sus ojos no estaban perdidos, sino que vagaban de un lado a otro, como buscando algo. Pero a estas alturas los tres sabemos de sobra, Alma, que no buscaba algo sino a alguien. ¿Verdad Jairo? Por eso la llevaste enseguida hasta el coche, guardaste su maleta, le indicaste que se acomodara en la parte trasera del todoterreno y condujiste con prisa y sin hablar durante todo el recorrido.
Así pues, no os hablasteis ni tampoco os mirasteis, no por mala educación o indiferencia, sino porque estabais ocupados en vuestros propios asuntos.
Jairo parecía contrariado, y Alma estaba completamente ensimismada, más pendiente de lo que ocurría en su mundo interior que en la vida exterior, que no lograba alcanzarla ni poniéndole delante al hombre, pensaría luego, más deseable de La Gomera.
El techo del lobby estaba invadido de vegetación. Plantas verdísimas y flores blancas y amarillas, de un color intenso, casi luminoso, pendían de él. Se respiraba una fresca y serena atmósfera que invitaba al más amable de los descansos. Si la habitación resultaba ser igual, habría dado en el clavo. Paz, tranquilidad, relax, naturaleza, y sobre todo soledad, que era lo que ella necesitaba. El chófer se marchó sin despedirse, sin tan siquiera pronunciar unas mínimas palabras de cortesía deseándola feliz estancia. Algo que en absoluto a Alma le importó, es más, ni siquiera se percató de ello. Jairo había sido apenas una sombra en el camino y como una sombra se había ido.
Una de las ventajas de aquel hotel pequeño y familiar eran las atenciones de sus empleados. La recepcionista, una rubia y sonriente francesa, agarró su equipaje y la condujo personalmente a su habitación, una estancia grande, de unos treinta metros cuadrados. En mitad de la pared derecha se apoyaba la cama, sobre la que movía el aire un ventilador gigantesco. Al fondo, una gran terraza abierta vertía en el interior el aroma de la vegetación y de los plátanos, el rugido del mar y el gorjeo de los pájaros. La recepcionista se retiró discretamente, cerrando la puerta, no sin antes, ella sí, desearle unas felices vacaciones.
¿Vacaciones? Aquella escapada no eran vacaciones, solo un intento desesperado de recuperar las ganas de vivir. Porque no sentía necesidad alguna de vivir. Si hacía el esfuerzo de seguir adelante con aquella vida llena de insatisfacciones era únicamente porque pensaba en sus padres.
Se sentía perdida, desilusionada y terriblemente frustrada, tanto que incluso había acariciado con ideas suicidas la muerte.
Con frecuencia sentía ganas de llorar, por cualquier cosa. Sentía que no era nadie, que no tenía nada para dar, nada que ofrecer al mundo que valiera la pena. Algunas veces le costaba respirar. La desesperación le alienaba, impidiéndole ver más allá de sus fracasos. No había logrado alcanzar, a sus más de treinta años, aquello que más deseaba: vivir de su vocación como historiadora, recorrer el mundo entero, un verdadero amor con el que formar una familia, una familia… ¡Eso era lo que más la atormentaba! Se colocó las manos en el vientre… ¡Cómo había deseado tener un hijo!, tanto tiempo buscándolo, a pesar de las reticencias de Marcos, y cuando al fin se quedó embarazada lo perdió en el segundo mes de gestación, en un aborto espontáneo. Fue como si le arrancaran la carne. Lloró tanto que llegó un momento en que su organismo careció de agua para segregar más lágrimas. Y aún no se había repuesto cuando la tragedia la golpeó de nuevo, a ella y a toda la familia. Pero ahora no quería pensar en eso. Había asimilado que tenía que vivir y, puesto que debía ser así, intentaría hacerlo de la mejor manera posible. Por eso se había levantado de la cama en Madrid, había cogido un avión y había aparecido en aquel remoto paraje. «Ya que hay que vivir… vivamos», se dijo a sí misma.
Desde la terraza contemplaba boquiabierta el cielo blanquiazul y el horizonte marino. Cerca de la orilla resplandecía la intensidad verdosa de las hojas de las palmeras; el viento les susurraba palabras de amor y ellas respondían con una danza suave y armoniosa, eran como abanicos que cortaban suavemente el aire. Y sonrió a aquella inmensidad, a aquella poderosa naturaleza. Toda aquella perfección logró al fin hacer algo de mella en su ánimo sombrío.
Se descalzó y se arrojó sobre la cama. Casi de inmediato se quedó dormida. Esta vez no soñó, y si lo hizo no lo recuerda, solo sabe que descansó y que aquel reposo le aportó una nueva perspectiva de su situación. La despertó la extraña letanía de un pájaro, con el pecho color cobrizo tornasolado y las alas mitad amarillas y mitad verdes; el pico era tan negro como la tierra. La miraba fijamente, desde el respaldo de una silla próxima a la cama. Sus pequeños ojos eran de cobre, como los suyos, y al igual que los extraños sonidos que salían de su pico, parecían decirle algo. De pronto, el lenguaje decayó; los sonidos del canto, de los trinos o de lo que fuese aquella fascinante algarabía, comenzaron a ser menos intensos hasta silenciarse del todo, aburridos por la falta de respuesta. Y el pájaro voló, buscando la salida y, cuando partió, el eco de su música resonó en su cabeza, despertándola de su letargo, de aquella hibernación voluntaria a la que se había sometido. Y le entraron ganas de hacer cosas. Y lo primero que se le ocurrió, bajar a la piscina, fue el primero de toda una cadena de errores que acabarían obstaculizando su destino.
Tenía un cuerpo que casi nunca pasaba desapercibido. Sus protuberantes caderas, portadoras de un magnífico trasero, habían sido objeto de deseo por primera vez cuando tenía doce años y un chico de su clase se atrevió a manosearle las nalgas, a lo que ella respondió con una sonora bofetada.
Alma sabía cómo mover aquellas caderas que tanto atraían al género masculino. Pero no era un movimiento ensayado, sino todo lo contrario, era un movimiento instintivo y natural que formaba parte de su genética. Su cintura era estrecha y su vientre plano, y sus pechos aunque no eran grandes tampoco eran pequeños. Algo parecido ocurría con sus piernas, ni eran largas ni cortas, ni demasiado delgadas ni tampoco gordas, y armonizaban perfectamente con el resto de su cuerpo.
Lo que menos solía gustar de ella, en unos tiempos en los que se había impuesto la moda del bronceado, era la extrema blancura de su piel. Y como tener el pelo rojo tampoco estaba muy bien visto y además a Marcos no le gustaba demasiado, lo llevaba teñido de castaño, a pesar de que su color natural le favorecía mucho. Aun así seguía luciendo un porte singular, y a ello contribuían los trajes de baño que escogía ponerse.
Bajó a la piscina con un bikini dorado, cuya parte superior parecía una cortinilla que se anudaba al cuello y se abría en el centro, mostrando la mitad de unos senos turgentes y apretados. En verdad no pretendía lucirse sino solo nadar un poco, se había puesto ese bikini pero podría haber elegido otro, menos llamativo, aunque no por eso habría llamado menos la atención. El atractivo estaba ahí, en su bien formado cuerpo.
Eran las seis de la tarde y ya no había nadie en la piscina. Alma dedujo que todos o la mayoría de clientes del Diamante eran extranjeros y que estarían por tanto preparándose para cenar.
Se introdujo en el agua tibia muy despacio, bajando los escalones situados en la parte menos honda de la piscina. Hundió la cabeza y buceó hasta que los pulmones no pudieron resistir la falta de aire. Después nadó hasta el borde más cercano al mar y se quedó allí largo rato, sintiendo que aquel paraíso le estaba devolviendo la vida. Y se le ocurrió la segunda de las ideas, y al materializarla cometería el segundo de sus errores. Pensó que la poza, a esas horas, también estaría vacía.
Salió del agua, recogió la toalla de la hamaca donde había depositado sus efectos personales y comenzó a secarse el cabello.
En ese mismo momento Jairo caminaba cerca del borde del agua, con la mirada baja y distraída, hasta que se topó de frente con unos sugerentes pechos envueltos en oro. Alzó la mirada hacia su rostro y se quedó parado, observándola. Ella seguía secándose el pelo con la toalla y no le vio, hasta que dio unos pasos al frente para ponerse las chanclas que había dejado al ras de la piscina, y su cabeza acabó chocándose contra su pecho.
—Perdón —acertó a decir antes de levantar la vista.
Y ambos se reconocieron, y en ese reconocimiento Alma pasó de ser una mujer frágil, tímida y desorientada, a una mujer cautivadora; y Jairo dejó de ser el chófer serio y antipático para ser el hombre más guapo que Alma había visto en toda su vida. Lo primero que apreció de él fue su piel morena y su torso definido, de una belleza vandálica y libidinal. Su cabello era espeso y moreno, y sus ojos verdes brillaban iluminados por el sol. Se apartaron el uno del otro, más por vergüenza que por deseo real de alejarse, y continuaron sus respectivos caminos. Pero en ambos se quedó grabada la imagen del otro. Jairo dio media vuelta, y la siguió con la mirada. Cuando vio que en lugar de entrar al hotel había doblado la esquina, supo, con toda certeza, que enfilaría el sendero que partía de la parte trasera de la casa.
Alma llegó a la poza, justo en el instante en que una gran sombra se abatía sobre ella. Las ramas de algunos árboles se inclinaban balanceadas por el viento. El aire agitaba las aguas verde azuladas, donde aparecían las hojas y pétalos de flores que esparcía en ellas tras arrancarlos de las plantas y de las flores, cuyos tallos brotaban de los oscuros huecos de la tierra que rodeaban el caminito de guijarros que conducía a la entrada. Se descalzó, se desnudó, y atravesó las piedras con paso lento y perezoso, sintiéndolas frías bajo sus delicados pies, que percibían también las diferentes formas de aquellos cantos, puntiagudos y redondos. Tembló al tocar el agua helada, pero se negaba a desperdiciar la ocasión de bañarse rodeada de esa pura y natural belleza mundana. Avanzó despacio, hasta cubrirse la cintura, abrió los brazos y se zambulló en las profundidades como una hábil buceadora. Emergió después de las aguas frente a la majestuosidad de la cascada, cuyo rumor era el único sonido en mitad del silencio, pues hasta los pájaros se habían retirado, hasta el día siguiente, a la calidez de sus nidos. Un largo silbido, que sonó a llamada de apareamiento, desbarató aquel relajante mutismo.
Y entonces lo vio.
El antipático y atractivo chófer la observaba sin ruborizarse, estudiando sus formas desnudas y sinuosas, visibles en el agua transparente. Sintió deseos de abroncarle, de llorar y de sacarse de golpe toda la rabia que su pecho acumulaba hacía meses. Se contuvo, aunque continuó siendo un frágil junco a punto de romperse por la fuerza de una grosera impertinencia.
—No puede usted bañarse desnuda —le gritó.
Su voz era ruda, pero los ojos chispeantes rodeados de pequeñas arrugas y una sonrisa tan amplia como su descaro manifestaban otra cosa: parecían burlarse de ella.
—Esto no es una poza nudista, señorita… Aquí se bañan los respetables clientes del Diamante —recalcó.
La cara de Alma ardió, adquiriendo el color de una granada madura.
—Imagino que la poza, por muy cerca que esté del hotel, es pública, como toda la naturaleza que la circunda. Y si lo que insinúa usted es que no soy una mujer decente… ¡Mírese usted oiga, que se está aprovechando de la situación para darme un repaso! ¡Peor aún, se le ha hinchado el bañador, y no creo que sea por culpa del viento! —vociferó Alma antes de ponerse de pie en la charca. El agua le llegaba hasta la cintura, por lo que tuvo que ocultarse el pecho con las manos, y le encaró con el tono más chulesco que pudo.
—¿Está usted disfrutando de la vista? ¡Descarado!
—Ok señorita. No se enoje. Lleva usted razón, pero hablo en serio cuando afirmo que cualquiera puede subir ahora a la charca y sorprenderla… —y agregó con un gesto aclarativo de su mano—… en ese estado. A continuación utilizó esa misma mano para cogerle la toalla de la roca, donde ella la había dejado, y acercársela a la orilla.
—Venga, será mejor que salgas, o cogerás frío, el agua debe estar helada —comenzó a tutearla con un tono más dulce de voz—.Yo mientras te mostraré mi espalda, aunque como ya te has tomado la molestia de apreciar—no pudo evitar una risa burlona—, no es la parte más interesante de mi físico.
—¡Cuánta arrogancia, por favor! Pues no es mejor quién más tiene sino quien mejor sabe usarla, y a juzgar por lo engreído que eres… seguro que te preocupas solo de darte placer a ti mismo y la tienes desperdiciada. Y ahora, vamos, date la vuelta para que pueda de una vez ponerme el biquini —resopla—. Si es que los hombres como tú sois todos iguales, lo mejor es perderos de vista a la primera de cambio.
—Vale, vale, no te lo tomes tan mal —dijo con inesperada brusquedad—. Me gusta tomarle el pelo a la gente, pero no hay mala intención en mis bromas, y como puedes comprobar —añade señalando el sendero— tampoco te he mentido.
Alma notó que se había ofendido, e intuyó que entre sus defectos se encontraba una extrema y malsana susceptibilidad. Miró en la dirección que él apuntaba. Dos chicos jóvenes en bañador, uno rubio y otro moreno, se aproximaban con la toalla alrededor del cuello. Por suerte ya te habías puesto el bikini, cuentas en tu Diario. Para tu sorpresa, Jairo se metió en el agua y te cogió de la mano, ayudándote primero a salir de la poza, y luego guiando tus pasos por el caminito de piedras hasta el borde del sendero, donde cruzasteis las miradas con las de aquellos muchachos.
—Hombre, Jairo, ¿otra? Deja algo para los demás —dijo el moreno fijándose en su destacada protuberancia.
Tú frunciste el ceño, era justo lo que sospechabas.
—Nos vemos esta noche en la playa, ¿de acuerdo? —se limitó a decir él con una fría expresión y unos ojos duros.
—Tú también puedes venir —te propuso el chico rubio—. En este pueblo no celebramos la Semana Santa, pero tenemos la tradición en estos días de reunirnos en la playa junto a un fuego y contar cuentos o historias de los aborígenes de las islas.
Tu propia respuesta te sorprendió:
—Iré encantada—. Miraste a Jairo. No supiste discernir en la neutralidad de su rostro si aquella contestación le desagradaba.
Os despedisteis de los chicos y regresasteis juntos al Diamante, sin mediar palabra. Él estaba absorto en sus pensamientos y tú te morías por saber lo que pensaba, pero no le preguntaste nada. Te dejó en recepción con un simple adiós y tú fuiste derecha a la habitación. Querías darte una ducha y olvidar todo lo que había pasado, pero cuando intentaste abrir el grifo del agua no fuiste capaz, por mucha fuerza que empleaste. Aquel hecho simple, que no era más que una contrariedad casera y cotidiana, te lo tomaste como una confabulación del destino que se empeñaba en seguir amargándote la vida. Y entonces escuchaste dos golpes secos en la puerta. Abriste descalza y en albornoz. Tu cara no pudo disimular a tiempo el desconcierto de ver a Jairo allí plantado.
—¿Te recojo a las siete y media?
—¿Qué? —preguntaste embobada.
—La fiesta de las hogueras…
—Ah… Ok. Y… Jairo —vacilaste—. ¿Podrías hacerme un favor? Sé que suena extraño, pero no consigo abrir el grifo de la ducha.
—Claro.
Te siguió hasta el baño. Te metiste en la ducha tú primero, para mostrarle que por más que tratabas de girar el grifo con las dos manos no se movía nada de nada. Él entró contigo, y al segundo de sus intentos el agua salió sin previo aviso y comenzó a caer sobre vuestras cabezas y vuestros cuerpos. En un acto reflejo os abrazasteis como queriendo protegeros. Tercer error. Sus ojos verdes te traspasaron a pesar de llevar puesto el albornoz. En esos ojos había un milagro, porque aquella mirada encendió en tu pecho la primera chispa de un fuego que quemaría tu amargura, aunque también tu corazón. Aquello era un renacer.
Jairo era una vela encendida en un oscuro mar de lamentos, alumbrando una marea que subía más y más, para iluminar tu sonrisa, una sonrisa que iba creciendo, al mismo tiempo que el asombroso descubrimiento de la pasión se expandía en tu interior.
O mejor dicho, les viste, en la oscuridad de la noche, caminando por la acera en dirección al club.
Jairo iba de la mano de una mujer morena de rasgos gitanos, con una melena que le rozaba el coxis. Era muy joven (debía rondar los veinte), y tan delgada, que en su figura, cubierta por un vestido negro ceñido, apenas se intuían las formas femeninas. Su pecho era muy pequeño, y su cadera estrecha casi medía lo mismo que su cintura. Y sin embargo era guapa, y caminaba por la calle con perfecto equilibrio, dominando el peso de unos tacones que estilizaban aún más unas piernas que de por sí eran como dos alfileres.
Parpadeaste varias veces, y también suspiraste, aunque fue este un suspiro más de resignación que de sorpresa. Tenías claro que un hombre como Jairo no podía ser para ti.
Antes de franquear la puerta de la sala contemplaste en el retrovisor de un coche el estado de tu maquillaje, te atusaste los rizos cobrizos y te colocaste el pecho en el escote de tu vestido blanco, ajustado como el de la gitana, pero que en ti resaltaba una cierta exuberancia.
De hecho Jairo te observó, desde el centro de la pista de baile, y se dio cuenta de que, además de su propia mirada, había otras que se posaban en tu pecaminoso cuerpo, como la del hombre de pelo engominado que te guiñó un ojo sin que tú te percatases, o la de aquel otro con una camiseta que resaltaba sus pectorales, y cuya sensual boca dibujó una sonrisa de profunda admiración.
La orquesta cambió de estilo, pasando de la salsa al reguetón, en el justo momento en que divisaste a la pareja mientras tomabas asiento en una zona apenas iluminada, junto a una mesa donde había una copa vacía y ardía la llama de una vela. Allí tratarías de esconder tu desengaño.
Mientras tú te arrancabas nerviosamente las uñas con las manos, ellos se balanceaban al compás de una música lasciva, bajo el brillo de enormes e indecorosas bolas plateadas. La morena le restregaba el culo en la bragueta con las manos de uñas larguísimas aferradas a las caderas masculinas, como temiendo que el hombre se le escapara. Jairo no parecía estar muy atento a esa provocativa insinuación, envidiada ya por algunos machos de la sala, que no le quitaban los ojos de encima a la bella e impúdica gitana. Muy al contrario, sus ojos estaban distraídos mirándote tan fijamente que brotaron dos grandes coloretes en tus pálidas mejillas. Pero tú estabas segura de un vínculo amoroso o sexual con la gitana. No había más que verla, la seguridad con la que ejecutaba aquellos movimientos obscenos, la brillantez de su negra mirada y la sonrisa triunfal en los labios. Era la viva expresión de la euforia, manifestada en cada uno de sus gestos. Exhalaba una especie de embriaguez que supiste reconocer. La mujer morena estaba enamorada.
Y sin embargo, no podías eludir su mirada. Ese hombre emanaba un encanto natural, irresistible y peligroso: con su pícara sonrisa, sus expresivos ojos verdes con motas negras, su voz educada y melosa y sus manos fuertes de uñas grandes y dedos gruesos, sabía tejer una fina tela de araña en la que las mujeres quedabais atrapadas.
Conseguiste finalmente desasirse de su trampa y saliste del local buscando refugio en la oscuridad de la noche estrellada. Caminaste hasta el coche de alquiler, apoyaste la espalda en la puerta del conductor y aspiraste con fuerza para llenar tus pulmones con la brisa que traía el fresco aliento del mar.
Ni en sueños se te habría ocurrido imaginar que él te seguiría.
En cambio allí estaba, inesperadamente, a más o menos medio metro de ti. La distancia variaba, dependiendo del movimiento de sus piernas, que daban pasos cortos y temblaban, o temblaban primero y luego andaban para tratar de detener la exaltación.
La pareja de baile, y de cama, muy cerca, observaba la escena de brazos cruzados, con un continuo y negativo movimiento de cabeza. Sus ojos negros habían perdido brillo y su cara se había descolorido. No pudiste saber lo que Elisabeth, que no era gitana pero sí su amante, sintió en aquel trágico momento. Lo que sí sé, Alma, es lo que vio: la consecuencia de ese hilo invisible que inexplicablemente os unía, y que tú, más que él, mostrabas sin que te dieras cuenta cada vez que lo mirabas. Tus ojos eran flamas palpitantes que calentaban su corazón; y eso lo alentaba.
Acortó el espacio que os separaba. Ahora podías escuchar el ritmo agitado de su respiración. Los ojos verdes se clavaron como espinas en los tuyos, pero la miel que los coloreaba, en lugar de derretirse se espesó de pánico, porque estabas aterrada, por la culpa, por la duda, y sobre todo por los celos. No estabas preparada para lo que vino a continuación.
Jairo te abrazó, rodeando tu tembloroso cuerpo con sus brazos poderosos de prominentes venas azuladas. En un primer momento intentó calmar la angustia que leía en tu expresión. Pero sus intenciones eran otras. Deshizo el abrazo, te rodeó el cuello con sus fuertes manos y bajó la cabeza buscando tocar tu nariz con la suya, y apretó los labios contra los tuyos.
Asustada, rechazaste su beso, girando la cara. Te zafaste de él retirando las manos que aún te rodeaban, y huiste desvalida como una niña extraviada en territorio ignoto. Pero solo eras una mujer inexperta que no se atrevió a explorar un sentimiento desconocido, que se le había incrustado bajo la piel, y se extendía como una droga, como una enfermedad infecciosa. Comprendiste que nunca habías sentido algo ni remotamente parecido, POR NADIE. A partir de aquel momento el deseo urdiría la búsqueda constante de su presencia.
Ay, Alma, no lo sabías entonces:
La pasión, como una grave enfermedad, mata.
Y como la muerte, la pasión no tiene un momento más apropiado, o menos, para hacer su aparición. Ni a la pasión ni a la muerte les importa sin son oportunas o no. No les importa tampoco a quién o a quienes dejarás atrás cuando te atrapen. No importa si estás a punto de casarte, si acabas de ser madre o padre, si estás perdiendo a un ser querido, si luchas contra una enfermedad… Porque te alcanzarán y no habrá vuelta atrás. Nada podrá ya deshacerse. Y lo peor es cuando se mezclan ambas o cuando una conduce a la otra. Es un pecado descubrir la pasión cuando vas a morir o morir de pasión.
Y ambas son un pensamiento obsesivo.
Me cuesta imaginar, querida Alma, el momento en que te diste cuenta de que todo tu ser dependía de esa perturbación, que explosionó en un momento tan extraño, en que lidiabas con la pérdida de un bebé que ni siquiera había llegado a formarse en tu vientre, la desidia de tu marido y una enfermedad que no era tuya pero que te dolía como si lo fuera, una enfermedad temible sobre todo porque no te era en absoluto ajena, la conocías muy bien, por desgracia, y sabías que todo lo devastaría.
Menuda imprudencia, en tu estado, dejarse arrastrar por aquella locura insensata.
Estoy en Italia, en Florencia, en el Campanile de Giotto, contemplando de pie la ciudad desde las alturas. No siento vértigo, todo el vértigo que podía sentir creo que ya lo he experimentado, en el lapso de unos pocos meses. En julio estuve en La Habana, donde puse mi vida en peligro, incluso fui secuestrada, pero al final el riesgo no valió de nada, mi hermano nos dejó de todas formas. Después perdí mi trabajo, y llevo un mes divorciada porque me enamoré como una idiota, de Jairo. Y ahora, mientras ÉL está disfrutando de su luna de miel con Elisabeth, yo estoy pensando cuántos segundos tardará mi cuerpo en recorrer la distancia entre el punto más alto del Campanile y la plaza del Duomo. De repente me embarga un ligero mareo, y me agacho para sentarme en el suelo, por dos motivos, para evitar la tentación de lanzarme al vacío y porque estoy demasiado cansada, tanto que me cuesta respirar. Mi amiga Ángela se acerca a mí, asustada. Dios mío, Alma, estás pálida, me dice. Seguro que lo estoy, porque me duelen las piernas y los brazos, y tengo ganas de vomitar. Debemos volver a casa, me insta Ángela, que me ayuda a levantarme y también a caminar.
Bajar los cuatrocientos escalones del campanile es una tarea ardua. Mis piernas pesan como el plomo. Mientras descendemos, Ángela me mira con compasión. Vamos Alma, anímate. No tienes nada que lamentar. TU VIDA ANTES DE JAIRO era bastante complicada.
Ya en el exterior, bajo el influjo del sol de mediodía me siento desfallecer. Los potentes rayos de luz me queman por dentro, y un calor seco acelera los latidos de mi corazón. Entonces lo veo, a mi querido Tito, a un Tito sano, fuerte y hermoso, que me llama sonriente con el dedo índice de su mano. Acudo febril a su encuentro, imprimiendo, en las baldosas de piedra, pequeñas y débiles pisadas. Llego hasta él abriendo los brazos para acogerlo en mi seno. De pronto el semblante de mi hermano adquiere la dureza de una roca. Su gesto, serio y sombrío, es lo último que observo antes de caer desplomada sobre el pavimento gris de la histórica plaza italiana.
Me despierto en una ambulancia, tumbada en una camilla. Tengo mucha fiebre. Ángela está a mi lado, llorando. Cuando se percata de que he abierto los ojos trata de esconder las lágrimas limpiándose la cara con una toallita refrescante.
Me llevan a un hospital algo lejos de Florencia, menos masificado y donde atienden antes las urgencias. En el registro, después de preguntarme por mis síntomas, me hacen cumplimentar una hoja con mis datos personales. Me solicitan mi tarjeta sanitaria europea, al tiempo que me ponen un termómetro y me dan paracetamol para bajarme los treinta y nueve grados de fiebre. A los pocos minutos me llevan a la consulta de reconocimiento, Ángela se queda en la sala de espera. Me auscultan el tórax, me colocan un pulsímetro en el dedo para comprobar el porcentaje de saturación de oxígeno y me hacen un electrocardiograma. También quieren realizarme una radiografía, pero antes necesitan saber si estoy embarazada. Les cuento en español y en inglés que no hay ninguna posibilidad de que esté preñada. Aun así tengo que firmarlo por escrito y dar mi autorización para la realización de la prueba, durante la cual me tengo que apañar con las instrucciones que el técnico de rayos X me da en francés.
A continuación me conducen en camilla a observación, con otros pacientes. Pasa bastante tiempo hasta que alguien viene a verme para contarme qué es lo que me pasa, aunque yo ya me lo imagino. Un joven enfermero, llamado Ángel, me lo corrobora en un perfecto español. Tengo neumonía, sí, eso ya lo suponía, pero lo que no esperaba oír es que es una neumonía grave, la mancha del pulmón izquierdo que han visto en la radiografía es grande, la infección es importante. Van a ingresarme como mínimo cinco días, y eso ya sí que me preocupa. Justo en ese momento recibo en el móvil una llamada de Dulce, no lo cojo, no quiero decirle a mi hermana que estoy en un hospital. No quiero asustar a mi familia.
Se hace de noche. A Ángela no le permiten quedarse conmigo y regresa en taxi a su villa. Me trasladan a una habitación ocupada por otras dos mujeres, una es más o menos de mi edad y la otra es una señora mayor. La joven tiene un extraño virus tropical, que no son capaces de determinar, y la señora mayor una infección a raíz de una operación de corazón. Una enfermera me dice en «itañol», así denomino yo a la mezcla de ambos idiomas, que tenga paciencia con ellas, porque se pasan el día discutiendo por elegir el canal de televisión o la temperatura del aire acondicionado.
Y aquí estoy, con la mascarilla de oxígeno en la cara y enganchada al antibiótico por vía intravenosa, tumbada en la cama mirando al techo, esperando a que remita la fiebre o me venza el sueño, mientras lleno mi mente de oscuros pensamientos, mortificándome por mi egoísmo, porque siempre estoy tratando de superar mis carencias y defectos para poder seguir creyéndome el ombligo del mundo, la protagonista de una ÓPERA, cosa que me está resultando bastante difícil esta vez. Por fortuna, una taza de capuccino, depositada sobre mi cama en un plato, es una inyección de ánimo para mi creciente desconsuelo.
A la mañana siguiente abro los ojos sobresaltada por el murmullo de voces y pasos que llegan desde el pasillo. Me levanto, con la misma ropa con la que entré en el hospital, pantalones cortos y camiseta de tirantes −aquí no te dan camisón como en España−, y me calzo mis sandalias planas. Salgo fuera de la habitación, y me fijo en que las enfermeras llevan libros en las bandejas del desayuno, todos con etiquetas de diferentes colores. Regreso a mi cama, a esperar con curiosidad una de aquellas extrañas bandejas. Por fin entra alguien. Es el enfermero español de nombre Ángel. Mis compañeras reciben, con el desayuno, novelas, una cada una. Del libro de la anciana pende una etiqueta roja, del de la joven una morada. Pero para mí no hay novela, aunque si la hubiera no podría leerla, pues no hablo italiano. Ángel adivina mis pensamientos con solo ver mi cara de desconcierto. A ti todavía no te ha visto el psicólogo, me comenta, pero de todas formas no tenemos nada en español. Le pregunto por qué sirven libros a los pacientes. Es una nueva terapia, me responde. Muchas veces las enfermedades físicas son el reflejo de las enfermedades emocionales. Y aun cuando no lo sean, los libros siempre nos ayudan, son una especie de cura. Podemos vivir a través de ellos otras vidas, o comprender mejor la nuestra, y así sanarnos el alma.
Pues la mía está patas arriba, le digo.
Me mira extrañado.
Mi vida, quiero decir. Es un galimatías. La verdad es que necesitaría una guía para entenderme a mí misma, y a las personas o circunstancias que tanto me han hecho sufrir.
¿Qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?
Ahora mismo se me ocurre que si el amor, el enamoramiento y el deseo recayesen sobre la misma persona, nos evitaríamos muchos problemas y mucho sufrimiento. Desde luego la humanidad sería más feliz.
Tienes ahí algo de razón, pero el ser humano es más complejo que eso, me replica el enfermero. Puedes amar a varias personas a la vez, aunque de diferentes formas.
Pero enamorarte solo de una…
Así es. ¿Sabes Alma? Me gustaría darte algo para leer, con etiqueta roja, pero, como te he dicho antes, no hay nada en nuestro idioma. Eres la única paciente española que ha habido en este hospital desde hace mucho tiempo. Creo que es hora de reclamar la inclusión de otras lenguas en nuestra biblioteca.
Y yo creo que debería hacer una profunda reflexión acerca de lo que me pasa. Escribiré algo, y lo dejaré aquí para que otros compatriotas, después de mí, lo lean.
Es una buena idea, me dice Ángel, te proporcionaré boli y papel.
Por la tarde comienzo a escribir RECUERDOS DE CAMA. Cuando termino llamo de nuevo al enfermero para que busque un rincón para mi relato en la biblioteca. Con el tiempo sabré que nunca lo hizo. Lo guardó para sí mismo. Diez años después se lo enseñará a Mariví, al enterarse de que espera un hijo de Jairo. Le explicará que quiere cuidar de ella y de su bebé, porque su amor es como EL AMOR DE AZIZ. Lo que ninguno podrá imaginar es que el Jairo de mi relato será exactamente el mismo Jairo de Mariví, cuya vida era un CUENTO DISPARATADO, antes de sufrir EL ACCIDENTE que impedirá a EL ÁNGEL conocer mucho antes esa gran verdad que cambiará, para siempre, su vida.
Te incorporaste, Alma. Te tocaste las sienes doloridas, y al hacerlo rozaste tu cabello. Un ovillo de lana. Te costaría deshacer los enredos.
Bajaste la vista hasta tu pecho. Tu olfato percibió el olor agridulce de tu cuerpo.
No llevabas sujetador, ni bragas. Después del sexo solo te habías puesto el camisón.
Te sentías muy cansada. Era una fatiga anómala que te impedía respirar con naturalidad.
—¡Creo que deberías espabilarte de una vez! ¡No puedes levantarte de ahí solo para ir al baño o comer un bocado rápido!
Marcos se había dignado al fin a entrar en la habitación desde que te penetró, hace ya casi un día.
Aunque para lo que tenía que decir habría sido mejor que se marchara.
—¡Tienes un marido del que ocuparte!
Un momento, pensaste. ¿No debería ser al contrario? ¿No soy yo la que está mala?
La indignación te quitó las ganas de morirte.
Y te enfadaste, como solo tú te enfadas, y hablaste y hablaste, o más bien gritaste, sin parar.
—¡Quiero salir de Madrid! ¡Necesito un respiro! ¡La enfermedad de mi hermano pequeño está siendo muy dura! ¡Y aún puede serlo más!
Te miró con un gesto de incomprensión mezclado con rabia. Pero tú no te callaste, tenías que rematarle.
—¡Tu excusa de la falta de dinero es absurda! Aún tengo cuatro días de vacaciones —relajaste el tono—. Y me voy, porque si no lo hago me sentiré bastante estúpida cuando te presentes el día menos pensado con tu nuevo coche. He visto el par de folletos que ocultas en el cajón de tu mesilla.
—¡Necesito un coche nuevo! —su dedo te apuntaba amenazador.
—¡Y yo vacaciones de Semana Santa. Y una cosa no tendría por qué excluir a la otra si estuvieras dispuesto a adquirir una marca más barata!
Sus desorbitados y encolerizados ojos te observaron como si hubieras dicho alguna barbaridad.
Y te hartaste. Quince minutos después tenías la maleta preparada.
Te fuiste al día siguiente.
Y fue peor el remedio que la enfermedad, porque si no te hubieras ido jamás le habrías conocido, a ÉL.
En el panteón de Agripa, Roma, un pórtico con ocho columnas frontales sostienen el techo piramidal. En la piedra del friso, una inscripción: M AGRIPPA LF COS TERTIVM FECIT (Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez). Traspasada la entrada, la construcción adquiere forma de rotonda. En el techo, una bóveda cubierta por una cúpula, destaca una abertura, un óculo: el ojo de los dioses. Sobre los muros de mármol verde y dorado, las pinturas, frescos y esculturas custodian los sepulcros. La luz que alumbra las obras de arte se asemeja al fuego, si se mira desde lejos los haces luminosos parecen llamas estáticas. A través del óculo caen pétalos de rosa, rojos como la sangre, que planean como mariposas hasta esparcirse por el suelo como un manto aterciopelado de color carmesí.
¿A QUE NO LO SABÍAS?
En el Panteón de Agripa, todos los años por Pentecostés, caen del cielo pétalos de rosas rojas. Una tradición cristiana para conmemorar el descenso del Espíritu Santo sobre la Virgen y los Apóstoles. Este año el domingo de Pentecostés es el 31 de mayo. Comenzará con una misa a las 10:30 de la mañana, y a las 12:00 se arrojarán los pétalos por el óculo, formando una original lluvia que extenderá sobre el suelo una suave alfombra roja, como símbolo del amor y la sangre derramada por Cristo para redención de la humanidad. Si quieres asistir a este maravilloso espectáculo deberás acudir al menos con una hora de antelación a la misa, pues el aforo es limitado.
La ventanilla del Seat Córdoba abierta. El viento alborotando su cabello. El sol iluminando sus piernas, su brazo izquierdo y la mano que sujeta el volante; la otra, la derecha, marcando en el móvil el número de su madre que, tras diez toques de llamada, por fin contesta. El mensaje es breve, para evitar la multa correspondiente: «Demasiado tráfico, mamá. Llegaré más tarde de lo previsto…», y cuelga. Observa el horizonte completamente azul, y le acosa la impaciencia al imaginar a su hija Laurita, de nueve meses, jugando con la arena, chapoteando en una improvisada piscina a orillas del mar. Pero no será hoy el día en que esa visión se haga realidad. Y todo por culpa de la caravana. Su madre, mientras, con la niña, esperándola. La maleta preparada, y la cuna de viaje y los juguetes de plástico aguardando en un rincón del salón. El coche, que circula con lentitud por la M-40, se detiene de golpe, justo cuando Mariví ve, delante de ella, las luces de emergencia de un Ibiza con el nombre de Norma pegado en la parte trasera; del retrovisor cuelga, danzarina, una muñequita hawaiana. La conductora es rubia, como Mariví, pero tiene más sentido del humor y paciencia, y quizá no se arrepiente, como ahora hace ella, de haber elegido el puente de mayo para viajar a la Costa Blanca, o a cualquier otro lugar de España. Pero solo porque Norma desconoce lo que viene a continuación: un golpe, un estallido, un infernal ruido. Cristales rotos, chapa contra chapa, hierros contra hierros, amasijos de metal contra amasijos de carne. Un camión ilegal, sin limitación de velocidad, se ha estampado contra el Córdoba, que ha chocado, a su vez, contra el Ibiza, antes de dar varias vueltas de campana. En el aire flotan pedazos de vida deshilachada, memorias de Mariví de la infancia. De su padre, muerto hace muchos años, enseñándole a contar las horas en el reloj; de su madre, tendiendo la ropa perfumada; de la escuela, de la universidad, de los amigos, del botellón, de la poesía de Ángel, diez años atrás, confesándole que la amaba; de Jairo, guapo y seductor, llevándosela a la cama. Pero sobre todos estos recuerdos prima uno: su hija Laura. Algo, que hasta el momento había, por voluntad propia, ignorado, ahora, al borde de la muerte, le preocupaba. ¿De quién era en realidad su hija Laura? ¿De ÉL, Jairo, su gran amor, su pasión… O de Ángel, su mejor amigo, su exnovio, con el que tuvo aquel imperdonable desliz? Se había empeñado, sin haberlo verificado, en creer que su bebé era de Jairo, porque quería a ese hombre solo para ella, y pensó que si una hija les unía, tal vez, se replanteara dejar a su mujer, aunque con ella también tuviera una familia. Una actitud egoísta e ingenua pues, al fin y al cabo, Jairo se había desentendido de la niña. Y si ahora se iba de este mundo, ¿qué sería de ella? Se quedaría huérfana. Una consideración que llegaba tarde, pues si ella moría no se sabría la verdad, nunca, y Laura seguiría siendo, a todos los efectos, hija de Jairo. Su mente comienza a emborronarse, los colores a difuminarse. Siente desdibujarse, lentamente, y dejar tras de sí una estela de luz. Antes de cerrar los ojos definitivamente, un gran pesar: haber ignorado las señales de amor de Ángel, cuando al enterarse de su embarazo, le entregó, para que comprendiera la inmensidad de su amor −por contraposición al de Jairo−, aquel relato robado, en el hospital de la Toscana, a una mujer llamada Alma.
Echo de menos a mi abuela. Tanto que fantaseo con encontrarla en cada elemento de la naturaleza. Deslizo la cortina de la ventana. En el vidrio se reflejan mis labios rosados. Abro la boca y ahí están también mis dientes, que se aproximan a una pequeña taza blanca de café. Por eso su reflejo, por su color. No brillan en el cristal ni mi cabello oscuro ni mi rostro dorado por el sol, un sol que me deslumbra y al que me obligo a mirar, aun dañándome las pupilas. Y solo porque en la búsqueda constante de vida, en el sentir muy dentro de mí la mía, se me olvida, a veces se me olvida, que mi abuela ya no está. Y yo tampoco estoy donde debiera estar. He tenido que dejar el piso donde vivía con ella para habitar la única parte de mi herencia que no debo compartir con mis primos. Abro la ventana y miro hacia abajo, hacia la derecha, la placa azul de letras blancas incrustada en la fachada que indica el nombre de la calle. Ese nombre, hoy, nada tiene que ver conmigo.
Todo lo impregnan los recuerdos, es más, estos últimos días vivo por comparación, y no puedo hacer más que suspirar al darme cuenta de que he salido perdiendo. Nada que ver la vista desde mi actual apartamento −un parque infantil−, con la de todo Madrid, incluyendo el famoso pirulí, que veía desde la terraza llena de plantas del séptimo piso de mi abuela. Sin embargo, en este barrio de Villaverde la ausencia de belleza del paisaje urbano se combina con la extraña mezcla de sus residentes. Aquí son todos gigantes de gran cabeza o latinos de rasgos indígenas y estatura incipiente. Un barrio de contrastes en lo físico, pero aburrido en lo intelectual. Y esta es otra de las razones por las que tanto echo de menos vivir en el distrito de Vallecas, al lado de la Asamblea de Madrid. Adoraba la vecindad. Adoraba los paseos por las calles culturales, como la de Historias de la Radio, donde viven los periodistas radiofónicos, o la avenida Pablo Neruda, donde he pasado tardes enteras leyendo los poemas escritos en las aceras. Pero la calle preferida de mi abuela era La Cenicienta. Vamos a la pasarela, solía decir, a ver lo que se lleva este verano. Porque cariño, me decía, no he visto en mi vida tanta mujer bella y elegante en tan poco metro cuadrado. Aquella calle era, efectivamente, una pasarela de moda. En cambio, mi favorita era otra. Venga abuela, le decía tirándole de la manga del vestido, cuando no era más que una mocosa. Ella cedía a mis deseos y se ponía sus mejores galas. Y allí que íbamos las dos, a la Corte del Faraón, a casa de sus amigas Berenice y Cleopatra, las actrices.
Mi abuela leía en mis ojos la fascinación por el barrio y se echaba a reír. Si tú supieras, Laurita… ¿Saber qué?, le preguntaba yo con la inocencia de mis seis años. Algún día te lo contaré, cuando tengas edad suficiente para comprenderlo. Crecí por tanto con el misterio, y con la memoria imborrable de aquella frase que tantas veces le oí susurrar al aire: Ay, Mariví, ¡qué barrio más lindo nos hiciste! Mariví era mi madre, y había muerto, siendo yo un bebé de meses, en un accidente de tráfico. Al fin, el día que cumplí los nueve años, mi abuela me contó, como si fuera un cuento, la historia de nuestro admirado barrio.
Todo sucedió en la Navidad del 2019. Tu madre trabajaba como jefa de administración en el Instituto de la Vivienda. El día 23 de diciembre, justo un día antes de Nochebuena, centenares de personas hacían cola en la calle para recibir el certificado de adjudicación de una vivienda social. Corrían tiempos muy convulsos, políticamente hablando. Era una época tan excepcional, que incluso el mismo alcalde estaba al frente de la entrega. Su partido no podía descuidarse, la oposición le venía pisando los talones.
¿Cómo dice Mariví? ¿Que se ha caído el sistema? ¿Que un pirata informático ha eliminado la base de datos? El alcalde, boqueando como un besugo, se desajustó el nudo de la corbata. ¡Esto sí que es un problema, y gordo, y en plena campaña navideña! Hay que arreglar el desatino, como sea, o sufriremos el acoso de la oposición y de la prensa. Venga, tomen lápiz y papel y hagan ustedes mismas las adjudicaciones, ordenó a las secretarias.
Qué sé yo, habrá que echarle imaginación. A ver, páseme una copia de la lista de los inmuebles, le dijo a Mariví. Cuando la tuvo en sus manos repasó con sus minúsculos ojos los distritos donde se erigían las viviendas: Vallecas, Usera, Villaverde, Chueca… Se le puso cara de horror. Mariví intuyó que el señor alcalde no viviría en ninguno de aquellos lugares ni aunque le regalaran una de las casas, que por otra parte no superaban los cincuenta metros cuadrados. La mirada del alcalde se paseó directamente de la lista a los afortunados que esperaban dentro del edificio.
Por ejemplo, usted, acérquese, le dijo a un caballero de ojos saltones y orejas de soplillo.
Mariví no pudo reprimir una risa floja. Señor, ha elegido usted al más feo, le dijo por lo bajo.
¡Válgame Dios, Mariví! ¡Qué falta de respeto!, le contestó él también en voz baja.
Entonces a ella se le ocurrió decir: a Chueca.
¿Cómo?, repítalo Mariví.
No, es que como ha dicho usted lo de «Válgame Dios»… Resulta que hay una calle que se llama así, en Chueca.
El alcalde se mesó con tranquilidad la punta de los cabellos y finalmente dijo:
Eso es Mariví, muy bien. Se acercó al resto de secretarias: Todos los feos a Chueca. Que se fastidie el colectivo LGTBI.
Ellas se echaron las manos a la cabeza.
Pues me ha gustado este criterio del físico, continuó diciendo el alcalde. ¿Cómo podemos seguir? ¿Alguna idea?
Señor, dijo una de las secretarias, en el distrito de Vallecas hay una calle que se llama La Cenicienta.
Eso es, muy bien Aurora. Selecciónenme entonces las mujeres más bellas y me las mandan a la calle La Cenicienta.
Y en Villaverde hay otra que se llama Paseo de Gigantes y Cabezudos, se animó otra compañera a decir.
Estupendo, pues hala, a todos los que parezcan jugadores de baloncesto me los acoplan ahí.
¡Madre del amor hermoso!, suspiró Mariví. A este paso vamos a hacer de Madrid un parque temático. Estamos tratando a estas personas como monos de feria.
Sí, efectivamente Mariví, respondió el alcalde, pero nosotros a lo que nos interesa… Vamos ahora con las parejas. A los jóvenes que vienen cogidos de la mano los envían a Usera, justo a la calle que ha mencionado usted: la del Amor hermoso. Y el resto, los menos cariñosos, a Vallecas, a la calle Romeo y Julieta.
Pasado un rato, Mariví se dirigió de nuevo al alcalde. Señor, hemos terminado de seleccionar las calles siguiendo los criterios físicos o de actitud de las parejas. Las últimas viviendas adjudicadas han sido las de la Reina de África, Cleopatra, La lechuga y la Rosa del azafrán. Ya no sabemos cómo continuar.
¿Y esos jóvenes de ahí?, preguntó el alcalde, señalando a un grupo situado a su derecha.
¿Qué pasa con ellos?
Son latinos.
Sí.
Seguro que solo escuchan reguetón. A todos estos los mandan a la Verbena de la paloma, que aprendan algo útil de nuestra tradición. Y déjeme de nuevo la lista, que repase el nombre de todas las calles, a ver si se me ocurre algo más. Carraspeó y se mesó el cabello de nuevo antes de decir: Ya está Mariví, tampoco es tan complicado, mujer, lo que deben hacer ustedes es eso que se les da tan bien, chismorrear. Es decir, sáquenle a esta gente un poco de información. Interroguen, sin que se note, claro, o al menos no demasiado.
¿Cómo está señora?, empezó a preguntar Aurora.
Un poco cansada, niña, con setenta años no debería haber estado en la calle tanto tiempo de pie, y pasando este frío… Es que verás… por mi edad me duelen todos los huesos, además tengo…
Sí, sí, muy bien, sentenció la secretaria, y le entregó su certificado.
Calle la Dolorosa, Villaverde, leyó la señora.
Tras tres horas de adjudicación el alcalde hizo una reflexión. ¿Y cómo es que hay tanto letrado en paro?
Mariví se encogió de hombros.
Bueno, está bien. A los periodistas los envían a la calle Historias de la radio, y a los escritores y poetas a la Avenida de Pablo Neruda.
¿Y a las víctimas de violencia de género?
El alcalde se quedó pensando. Pues, dijo al fin, me las reparten entre la calle del Calvario y la calle del Amparo, que están al lado. Y Mariví, continuó el alcalde, ¿por qué se tapa usted la nariz? No le hizo falta escuchar la respuesta. Un olor a queso de cabrales inundó sus fosas nasales. ¡Por Dios!, exclamó con repugnancia. El responsable del mal olor que se vaya enseguida a Lavapiés.
Hombre señor, no me lo meta usted con las maltratadas, que bastante han sufrido ya las pobres.
Tiene usted razón, a este lo dejamos para el final. Y que se aguante con las sobras, por guarro.
Por otra parte, prosiguió Mariví, ya con la nariz aliviada, están los divorciados y las divorciadas.
Ya…, se rascó la barbilla el alcalde. Pues todos esos a Volver a empezar.
Es que allí no hay pisos para todos.
Entonces indaguen mejor. Y a los cornudos me los reparten entre Olvido y Desengaño.
¿Y a los infieles?
Directamente a Mogambo.
De repente se produjo un tumulto en la fila, un señor, quizá del frío, de la espera, o de ambas cosas a la vez, se estaba poniendo azul.
Caballero, ¿qué le pasa?, se oyó decir.
Padezco de infección respiratoria, aclaró el hombre antes de desmayarse.
Rápido, una ambulancia, solicitó el alcalde en voz alta; y murmurando a continuación a Maraví: No hay duda, si sobrevive… A la calle del Oxígeno.
Cuando hubieron acoplado a todos, incluido al del olor a pies, Mariví le dijo al alcalde: Señor, quedo yo.
¿Usted, Mariví?
Sí, es que soy madre soltera y el sueldo no me llega.
Vaya, vaya, Mariví… El alcalde contempló su fina figura, y su piel clara y aterciopelada. Usted lo que necesita es… El alcalde se lo pensó mejor y no terminó la frase por miedo a que la secretaria lo denunciara por acoso sexual. Aun así, escenificó lo que quería decir con la metáfora de su decisión. En fin, Mariví, querida, que a usted la quiero yo en la Alegría de la huerta.
La veo a la luz dorada del atardecer, dice «el Ángel», mientras abro la ventana para dejar entrar en la habitación el fresco viento de primavera. Varios mechones rubios, salidos de una trenza despeinada, caen en cascada sobre su espalda. Me humedezco los labios, me vuelven loco las mujeres de pelo áureo. Lleva un vestido rosa, largo y ceñido a la cintura, con mangas de farol y volantes que nacen desde donde se adivinan las rodillas y continúan hasta los pies, cubiertos por unas botas tejanas que asoman, a cada paso que da, por debajo de la gruesa tela. De su brazo izquierdo, tatuado en vertical con una rosa y una frase, que por la distancia, no acierto a leer, cuelga un gran bolso de flecos marrón, a juego con las extravagantes botas. Tal estropicio estético lo compensa su juventud: no aparenta más de veinticinco años. Camina por el andén con gesto de hartazgo, como si estuviera cansada, o como si la pequeña maleta que arrastra tras de sí le pesara. Ahora sube las escaleras mecánicas y accede al corredor techado, situado encima de las vías, que conduce al exterior. En ese momento el silbido del tren esparce su romántico sonido por los alrededores de la estación, y la joven se detiene, paralizada. Quizá aquella música evocadora ha despertado en su mente ciertos recuerdos amargos. O quizá solo espera a alguien, porque mueve la cabeza en todas direcciones, se coloca las manos en jarras y comienza a dar golpecitos en el suelo con uno de los pies, en señal de inequívoca impaciencia. No sé por qué, pero hay algo en ella más allá del físico que me excita, tal vez su aparente cabreo, o su actitud beligerante, porque en lugar de echarse a un lado está parada en todo el medio, entorpeciendo el paso al resto de viandantes a pesar de los improperios. La pierdo de vista cuando me giro hacia la puerta al oír unos golpes secos y espaciados. Cuento cinco y acudo. Es la contraseña. Abro, y al verlos suspiro, pero no me sorprendo, ni siquiera cuando entran y la sangre comienza a teñir de rojo oscuro los azulejos.
Habla un poco más alto, le dice Soledad a su amiga Norma. Aquí hay mucho jaleo, y de todas formas creo que tengo el móvil estropeado, aun con el volumen a tope se oye demasiado bajo… Sí, Norma, ahora te oigo mejor. Deberías verme, tengo roto el borde del vestido, una mancha de vino tinto cerca del escote y mierda de caballo adherido a las suelas de las tejanas… Porque sí, no te rías, me he ido a la Feria de Abril con botas en lugar de tacones, y lo que es peor, vestida de sevillana, no veas el jolgorio de las flamencas. Ahora bien, todos los chinos me fotografiaban a mí. Me van a sacar hasta en el telediario, te lo digo yo… ¿El peinado? Pues una trenza, no he sabido colocarme la puñetera flor… Me alegro de que te diviertas a mi costa, Norma, pero a mí no me hace ni pizca de gracia, y no por la vestimenta, aunque parezca un helado de fresa, porque el verdadero ridículo lo he hecho al llegar a la caseta y encontrarme a ese subnormal morreándose con otra. Es que no sé por qué te hice caso, tanto repetirme: «Cógete el puente de mayo y ve a darle una sorpresa». Pues ya ves, la sorpresa me la he llevado yo. Así que ya puedes ir devolviendo el vestido a la tienda, porque después de todo, gracias a ti, no va a haber boda. Y a todo esto, ¿dónde estás? ¿Atascada en la operación salida? Joder, Norma, deberías haber salido antes del trabajo… Nada más colgar me echo a llorar. Tres horas escasas ha durado mi aventura en la capital hispalense, el tiempo justo para salir del AVE, dejar la maleta en consigna, coger un taxi hasta la feria, buscar la caseta de la familia, presenciar los cuernos con discreción y salir huyendo en dirección a las casetas públicas para desquitarme bailando sevillanas con un par de rebujitos en las manos, hasta que me han arrojado un vaso de vino en el vestido y una manaza grosera ha colonizado mi culo. Al final, sucia y humillada, he decidido regresar a Madrid. Esta vida es un asco, pienso. Medio día me ha bastado, esta vez, para llegar a la misma conclusión de siempre. El batacazo sentimental es lo único que me faltaba por añadir a mi larga lista de infortunios y fracasos.
Tras limpiar la sangre y socorrer al herido, Ángel saca de nuevo la cabeza por la ventana: la joven de rosa sigue ahí. La veo salir del apeadero, dice, cruzar el paso de peatones y situarse en este lado de la calle. Deja la maleta en el suelo y se sienta sobre ella, de cara a la estación. Aunque está de espaldas a mí, ahora la distingo mucho mejor, a pesar de la valla que se alza sobre el puente. Veo el roto de su vestido, sus botas llenas de polvo, el cabello desaliñado y la frase escrita en su brazo: «Cada caída es un nuevo comienzo». Durante un rato mira a un lado y a otro, observando su entorno: el tráfico escaso, el constante trasiego de gente y los edificios nuevos que flanquean la estación a ambos lados de la carretera. Después coloca los codos sobre las rodillas y aprieta los puños contra su cara; de vez en cuando se rasca la nariz o enreda entre sus dedos algún que otro mechón de pelo. Cuando parece asumir que tiene espera para rato saca un libro del bolso, Más fuerte que el odio, y lo abre más o menos por la mitad. No me gusta la idea de dejarla ahí abandonada, pero el horizonte es púrpura. Tengo que salir a cazar.
Leo la última página del libro a la luz de una farola. Las agujas del reloj del apeadero marcan las nueve y cuarto. Miro el móvil: ni llamadas, ni mensajes, ni whatsapp nuevos. En definitiva, ni rastro de Norma. Me pongo en pie y miro hacia abajo apoyándome sobre la valla del puente. Veo el edificio, rodeado de árboles, al que, hasta hace unos segundos, había ignorado por completo. Es bonito, y parece antiguo, como de mediados del siglo pasado. La fachada es enfoscado blanco, pero remates de ladrillo visto separan sus tres plantas de altura y adornan las esquinas y el perfil de las ventanas, que son más grandes de lo habitual y tienen la parte superior en forma de arco. Deduzco que lo que tengo ante mí es la vieja estación de Villaverde Bajo. El viento comienza a soplar y percibo su frío aliento en la piel desnuda de mis brazos. Los cubro con una chaqueta de punto amarilla que extraigo del equipaje. Parezco, cada vez más, una auténtica pordiosera. El móvil tiembla en una de mis manos. «Soledad…», oigo decir a mi amiga.
Chica, lo siento, no he podido responder antes a ninguna de tus llamadas. He tenido un accidente de tráfico y estoy en el hospital. Debo pasar la noche en urgencias, pero seguro que saldré mañana. Puedes pasar la noche en el hotel que hay al final de la Gran Vía, tú sigue la carretera… Soledad, ¿me oyes?
Sí, sí, perdona Norma, es que me he distraído. Acabo de ver una luz encendida en el viejo edificio.
Es imposible, hace años que está abandonado, es una estación fantasma.
Pues te juro que la luz está ahí… Es igual. Lo importante es si estás bien, que no te lo he preguntado.
Lo estoy, Sole, no te preocupes. Venga, vete al hotel, debes estar cansada, llevas demasiado tiempo esperando.
Sí, toda una vida, pienso yo, pero no se lo digo. Tampoco le cuento que exigirle un día de vacaciones a mi jefe me ha costado el trabajo, ni que me han robado el monedero con la documentación, el dinero en efectivo y la tarjeta de crédito en el AVE, ni que se me cayeron, al salir del piso de Manolo, las llaves por el hueco del ascensor. Hasta mañana, me limito a decir, antes de apretar la tecla que silencia la querida voz de mi amiga. Bueno, ¿y ahora qué?, me pregunto. Ahora nada, vas a pasar la noche en la calle por tonta. Porque encima soy hija única, y huérfana. De mis padres empresarios solo heredé deudas, de hecho tuve que renunciar a la casa familiar y al resto de la herencia. Pero un capricho del destino quiso que conociera a Manolo en el bar del tanatorio. Enseguida me abrió las puertas de su hogar e iniciamos un bonito noviazgo. Nunca pensé que acabaríamos de esta manera. Y ahora me doy cuenta de lo poco que tengo, prácticamente nada, en la cuenta bancaria. He gastado hasta el último céntimo en la boda, en el viaje y en el vestido de novia. Y lanzo al aire un largo suspiro. Nadie vendrá a socorrerme en esta noche aciaga. Todos mis amigos o conocidos están fuera de Madrid, en las playas de levante o esquiando en las montañas. Las letras de mi nombre estallan en el fondo de mi alma. Siento cómo la oscuridad extiende un manto de aislamiento sobre mi persona, mientras el cielo dibuja horripilantes nubes con forma de calavera. La calle ha quedado desierta. Oigo el alborozo de los grillos y el graznido de un cuervo solitario. Pero mi cansancio puede más que mi instinto de supervivencia. Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la valla, me acurruco al lado de mi maleta y cierro los ojos. Poco pueden quitarme ya, y no creo probable toparme con ninguna manada. Los depredadores sexuales se habrán trasladado también, en busca de fiesta, donde les sea más fácil drogar y atrapar a sus presas. ¿Quién se va a fijar en mí, aquí y ahora, toda desastrada? Me duermo arrullada por el ulular del viento y el libro de Tim Guénard a mi lado. Sueño con la trágica historia del autor francés: un niño abandonado, atado a un poste por su madre a los tres años, apaleado casi a la muerte por su padre a los seis, maltratado en las instituciones sociales, violado en la calle a los doce, y reclutado por una organización para ser gigoló, vender drogas y robar a las prostitutas. Es la historia de cómo un niño dócil y necesitado de cariño se convierte, para sobrevivir, en un rebelde sin causa. Me despierto de repente, sobresaltada por el traqueteo de unas ruedas sobre el asfalto, abro los ojos, mi cuerpo se agita de espanto. Un rostro arrugado frente al mío. Hilos grises y mugrientos penden de su cráneo. «¡Qué susto me ha dado, señora!» La anciana suelta una risotada con su boca sin dientes. Lleva una blusa de flores, una falda de cuadros, medias hasta las rodillas y unas zapatillas de casa agujereadas. Arrastra con ella un carrito de supermercado.
Pero señora, ¿qué hace aquí a estas horas? No me diga que se va de compras…
No, no, hija qué va. Estoy esperando el Tren de la Fresa.
Ese ya dejó de existir hace muchos años.
No, estás confundida, pasa ahora, a las doce.
Me echo las manos a la cabeza, esta mujer o se está burlando de mi vestido o se piensa que es la Cenicienta.
Es que verás, niña, soy la reina Isabel y me esperan en palacio.
¿En qué palacio?
En el de Aranjuez.
Ah, entonces es usted ¿la reina Isabel II, «la Reina Castiza», «la de los Tristes Destinos»?
Esa misma.
Curioso. Y si me permite la pregunta… ¿Por qué le llaman así, «la de los Tristes Destinos»?
Por mi mala suerte en todo. Porque además, te voy a contar un secreto: me persiguen.
¿Quién?
El Ángel. Por eso me voy a Aranjuez, no para tomar el té con mi prima, sino para escapar de él. Y tú deberías venir conmigo, o también vendrá a por ti. Y te llevará allí, dice señalando con su escuálido dedo la estación fantasma, donde brilla la misma luz en la ventana que he visto antes, cuando hablaba con Norma. De pronto la anciana se gira hacia mí y se tapa la boca para ahogar el grito que estaba a punto de proferir.
¡Te encontré!, oigo a mis espaldas. Me doy la vuelta y veo a un hombre vestido de negro, con una camiseta y un pantalón de chándal. Lleva las manos metidas en los bolsillos. Tiene los ojos oscuros y una prominente barba. Me dirige una breve mirada mientras ofrece su brazo a la señora.
Vamos Isabel, vámonos a casa.
Está bien, Angelito. La señora baja la cabeza con resignación y acepta el brazo que el hombre le tiende. A continuación le susurra algo al oído.
Isabel quiere que nos acompañes, me dice «el Ángel».
Me quedo muda, titubeante.
Vamos, si sigues aquí todavía es porque no tienes adónde ir. Te he visto llegar esta tarde.
Al final la mirada suplicante de Ángel me persuade.
Los goznes del portón chirrían bajo la presión de la mano masculina que, sin soltar el brazo de Isabel, empuja con fuerza la madera carcomida, abriéndonos paso a la historia pasada y presente de una estación con casi un siglo de antigüedad. Un edificio que, pese a dar muestras físicas de abandono, no conoce el significado de mi nombre, Soledad. Una emisora de radio sonando a lo lejos, el tibio olor a humedad y las hojas de los árboles dibujadas por la luz de la luna, agitándose en las paredes en penumbra, demuestran su viveza. Ángel parece conocer, aun en la oscuridad, la disposición de cada elemento del inmueble y, del aparador situado a la derecha de la entrada, recoge una pequeña linterna para iluminar el recinto y la amplia escalera que conduce a la primera y a la segunda planta. Encaro los escalones la última, con la lentitud y la prudencia de quien teme hallarse ante una aventura lesiva, la parada definitiva de una azarosa vida. ¿Quién va?, pregunta en la lejanía la voz rota de un hombre. Será «el Ángel» con «la Isabel», responde una mujer, a la vez que las figuras de los aludidos aparecen en la puerta de la estancia de la primera planta de donde provienen las voces. Detrás, temblorosa y asustada, estoy yo. Traemos compañía, anuncia Ángel, avanzando con Isabel hacia el interior del alojamiento, iluminado por la tenue luz de unas velas. La libera de su brazo para alargar hacia mí su mano. Podéis estar tranquilos, dice. Es de confianza. Entro y agarro la punta de sus dedos. Enseguida los suelto. Lo que veo allí me deja estupefacta. Más de una decena de colchones dispuestos en hilera, con mantas cubriendo a las personas tumbadas sobre ellos. Todos duermen, salvo los propietarios de las voces, cada uno en un extremo de aquella insólita sucesión de camas improvisadas. El hombre está sentado, desnudo de cintura para arriba. Un vendaje alrededor de su torso deja entrever un corte sangrante en el costado derecho. La mujer tiene en su regazo un aparato de radio, emitiendo el programa nocturno donde los oyentes se desahogan contando sus dramas, sin escatimar en gemidos o sollozos. El ambiente es tétrico. La luz de la linterna de Ángel se apaga y las velas titilan al lado de la ventana, movidas por una ráfaga de aire extraño, haciendo que los rasgos de nuestra cara, en esa semioscuridad, parezcan deshumanizados, como si fuéramos animales agazapados en un bosque sombrío.
Paco, debería revisar esa herida, le dice Ángel al hombre.
Paco asiente sin hablar, otorgándole permiso. Lo siento, no volveré a meterme en líos.
Ya conocéis la calle, le responde Ángel, por eso quiero que volváis a la estación antes del anochecer, y así me evito tener que salir a «cazaros» para traeros de vuelta al único sitio en el que estáis a salvo. Lo dice con una solemnidad revestida de ternura, como un padre amoroso riñendo cariñosamente a sus hijos. Y es entonces cuando una corriente de calor asciende desde mi ombligo hasta mi pecho. Por primera vez en la noche mi miedo se transforma en deseo. Y hago un esfuerzo por apreciar, a pesar de la oscuridad, los detalles de su físico. Tendrá unos cuarenta años, y sin embargo me gusta su bien formado cuerpo, la barba cuidada, el cabello negro y ondulado cayendo hasta el nacimiento de sus hombros y, sobre todo, el contorno de sus brazos, que le dan el definitivo e indudable aspecto de guerrero, un guerrero luchando en solitario en las calles de un barrio pobre de Madrid.
Arrodillado en el colchón de Paco le curo la herida causada por un navajazo salvaje. Al terminar me levanto, me giro y la descubro detrás de mí, observándome con fijeza, como si me estuviera analizando, o estudiando con minuciosidad mi cuerpo. Y mi coraza de gladiador se rompe ante la falta de inocencia en su mirada. Necesito saber cómo se llama.
Dime, muchacha, ¿cuál es tu nombre?
Soledad.
Bienvenida a nuestra morada, Soledad. Hoy puedes acomodarte con Isabel, hasta que encontremos un colchón para ti.
Pero yo no quiero acostarme con Isabel, sino con él. Quiero compartir su mismo espacio, sentir la calidez de su abrazo y su mirada protectora. En cambio me obligo a decir: Esta noche dormiré con «la reina», pero no será necesario buscarme una cama. Mañana me iré, cuando mi amiga Norma venga a buscarme.
Su amiga Norma no vendrá jamás. Murió esa misma noche, tras sufrir un derrame cerebral. Pero aún no lo sabíamos y nos pasamos la madrugada mirándonos en la oscuridad, deseándonos en silencio, la felicidad estallando en nuestros corazones. Fui yo quien supo de su muerte, al día siguiente, al inicio de mi turno de doce horas como enfermero en el hospital. Porque a eso me dedico, a curar, a cuidar de pacientes con enfermedad mental, tanto en los centros públicos como en esta vieja estación que decidí ocupar, hace ya mucho tiempo, con el «consentimiento» de la junta de distrito. Fui pionero en crear lo que se conoce en la actualidad como equipo de calle de salud mental, una agrupación de enfermeros y enfermeras, psicólogos y trabajadores sociales que, dejando la bata en nuestros lugares de trabajo, salimos vestidos con nuestra ropa de calle para evitar el rechazo de estas personas tan vulnerables, y lograr que acepten recibir atención médica e incluso, con suerte, su reinserción en la sociedad. Por eso, también, me llaman, hasta el día de hoy, El Ángel.
Ha pasado una década de mi caída en el más profundo de los abismos.
Ahora soy enfermera, como mi marido.
Y he conseguido olvidar el significado de mi nombre.