«Todos queremos que nos amen, de una forma u otra. Es la esencia humana»
La escritora nos habla de la saga OJALÁ ME AMES
POR VENUS SÁNCHEZ lectora2020.video.blog @lecthoracompulsiva
En «Ojalá me ames» encontramos una serie de historias y fragmentos de poesía con un nexo en común: el amor y el desamor. Historias que se relacionan entre sí a través de sus personajes, con humor, pasión, sexo y mucho más.
¿Por qué decidiste usar el pseudónimo “La Paciencia Marchita”?
La primera vez que pensé en este término fue realizando la investigación sobre la historia del pueblo saharaui, que lleva más de cuarenta años luchando por recuperar su país. Hay que tener mucha paciencia para resistir sus condiciones de vida sin renunciar al activismo pacífico. Pero en más de una ocasión los jóvenes han reclamado volver a la guerra, de ahí el término “la paciencia marchita”. Además, si piensas en el desierto en el que viven… Allí todo está marchito. En cuanto a la adopción del término como mi pseudónimo, es porque mi paciencia también está “marchita”. Por mucho que te esfuerces es muy difícil vivir solo del periodismo y/o de la escritura. Los últimos trabajos periodísticos que he realizado me ha costado mucho trabajo cobrarlos, y el invierno pasado me negué a “colaborar” con un periódico. Por supuesto colaborar significa no recibir remuneración por tu trabajo.
¿Empezaste a escribir por vocación o por diversión?
Siempre me ha gustado escribir, y leer. Empecé a escribir poesías y cuentos con solo seis o siete años.
¿Por qué te decantaste por la escritura?
Creo que es algo que llevo en los genes. Es una necesidad creativa.
“Ojalá me ames” es un canto hacia todas las formas de amar, ¿Qué te llevó a escribirlo?
El amor es universal, y una presencia constante en nuestras vidas, porque todos queremos que nos quieran, de una forma u otra. Es la esencia humana. Tenemos la necesidad de que nos amen, y no solo de manera romántica o sexual. Todas las clases de amor son importantes: el amor paternal, el fraternal, el filial o la amistad, e incluso, para muchos, el deseo de notoriedad. Compruébalo con estas sencillas preguntas: ¿Qué buscas tú en las redes sociales? ¿Quieres destacar? ¿Quieres sentirte especial? ¿Quieres que te admiren? Sea cuales sean tus respuestas, no me digas que no quieres que te amen…
¿Se vive de la misma forma un amor romántico que un amor sexual?
Yo no denominaría amor a una relación puramente sexual. Puedes tener sexo sin que exista ningún vínculo emocional. Sin embargo el amor romántico te “ata” a una persona. Es una verdadera obsesión, a veces incluso peligrosa para uno mismo, porque en ese estado eres incapaz de identificar una relación dañina, o te niegas simplemente a reconocerla.
¿Por qué te decantaste por hacer varios relatos cortos en vez de una historia continuada?
En realidad OJALÁ ME AMES es una especie de presentación de las historias que voy desarrollando en profundidad en las novelas que iré publicando a continuación. La primera, El don más codiciado del mundo, antes de que finalice el verano.
Aparte de la escritura también tienes un blog donde pones poemas, ¿De qué tratan?
Solo un par de poemas, de momento. Tratan sobre experiencias vitales.
¿Eres más de prosa o de lírica?
De prosa poética.
Eres periodista y escritora, ¿Cómo compaginas ambas actividades?
Ahora mismo no trabajo como periodista, pero es muy difícil compaginar ambas cosas. El periodismo no tiene horarios, a veces debes trabajar de madrugada, fines de semana, festivos…
¿Cuáles son los aspectos que más te gustan de tus actividades?
Me gusta mucho la investigación previa, sobre todo si conlleva viajar. Y de la publicación de libros me gusta todo el proceso, desde la redacción hasta la edición y promoción.
¿Qué géneros te gustaría tratar en una futura obra?
El histórico. También la crónica.
¿Tienes más proyectos en activo aparte de los ya mencionados?
Las siguientes novelas de la saga. Y además estoy pensando en escribir al mismo tiempo, poco a poco, un libro de cuentos o leyendas, inspirados en hechos reales.
¿Dónde se puede conseguir tu libro?
En físico solo en Amazon. En formato ebook puedes adquirirlo en Amazon Kindle, Kobo y Barnes and Noble.
¿Dónde pueden encontrarte mis lectores?
Los lectores pueden saber de mí y estar informados de mis actividades en el blog, en IG como @lapacienciamarchita y en Facebook como La paciencia marchita.
Si ya has leído el libro de relatos OJALÁ ME AMES (en caso contrario pincha aquí) y has quedado poderosamente atraíd@ por los personajes y la intrínseca realidad de sus respectivas historias, ahora puedes disfrutar también de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO, la primera novela de la saga.
SINOPSIS
Alma, poseedora de un increíble don, ve peligrar su vida. Gente muy poderosa la busca para utilizar sus habilidades en beneficio propio. Por eso decide desaparecer sin dejar rastro, no solo para salvarse ella, sino también para alejar el mal de sus seres queridos. Pero su familia no se resigna a perderla. Sin saber si está viva o muerta, pasan diez años tratando de encontrarla, con todas las precauciones, pues en la era digital, donde todos podemos ser espiados y controlados y el correo postal es susceptible de ser confiscado, temen revelar a los enemigos su paradero. Hasta que Carmen, la madre, idea un sistema de comunicación. Conociendo la pasión de su hija por las novelas, encarga la escritura de la historia familiar utilizando el diario de Alma y los testimonios de familiares y amigos. El libro, que deciden titular «Si la muerte es la nada» tiene por tanto este propósito: enviar un mensaje a Alma.
Alma es una mujer aturdida, invadida por su historia, una mujer rota por el pasado. La opresión del ambiente en el que vive llena cada uno de los espacios, la atmósfera viciada la envuelve. La guía el amor, llevándola hasta personas oscuras por callejones sucios. La pasión la consume, y solo ve una luz pequeña a la salida del túnel. La enfermedad que muestra la muerte, y la búsqueda de la cura por cualquier medio, la arrastran hasta los bajos fondos de las ciudades y relaciones, siempre con las ansias de vida como bandera.
FRAGMENTOS DE LA NOVELA
«He escrito esta novela solo para encontrarte. Porque nadie sabe dónde estás. Hay quien dice que nos cuidas desde el más allá. Pero yo sé que estás viva. Perdóname por investigar tu vida, por entrevistar a familia y a amigos […] Perdóname por desvelar secretos, mentiras, engaños, por convertir en palabras los sentimientos, los tuyos, los míos, los de todos […] Esta novela es para ti, Alma, para que en ella puedas reconocerte, y reconocernos, en cada letra de cada página, por si llega a ti tan solo un fragmento o, por si en el caso de que nunca llegues a leerla, alguien algún día pueda contarte el argumento, y con ello, sin saberlo, te relate tu propia historia. Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»
«Alma, has encontrado la fuerza para viajar, a pesar de cómo te sientes, a pesar de lo que sientes. Has encontrado la fuerza para imponerte, para volver a ser tú, porque has dejado de ser tú, hasta tal punto que deseas secretamente que te arranquen la cabeza, con saña.
Pides que la golpeen, que la trituren, que la quemen, que la entierren, así estás de atormentada. Necesitas una nueva cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones. Ya no quieres tu cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones.
Hasta que tomas conciencia de que debes salir de ese embobamiento irracional, de ese atontamiento carnívoro que te oprime, porque otra persona, más merecedora de ello, necesita de toda tu energía.
Parodójicamente ves la salvación en otro veneno. Coges un avión y te largas.
Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»
¿Cómo conseguir EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO?
Está disponible en AMAZON. Permanece atent@ a mis publicaciones y podrás adquirir el libro con una oferta especial.
Me acaricio el vientre con ternura y sonrío. Estoy ilusionada. No entraba en mis planes pero ha sucedido, y la verdad es que estoy muy feliz. Un pedacito de él, un pedacito suyo en mis entrañas. Imagino cómo será y a quién se parecerá, pero en cambio no pienso en la reacción de Iván. No sopeso con calma las consecuencias derivadas del hecho de estar encinta. Me he limitado a tomar una decisión inamovible. Voy a tener un hijo del hombre al que tanto amo, y rezo para que tenga su tez morena, sus ojos oscuros y su fuerza y determinación ante las adversidades de la vida.
Camino muy despacio, más que pisar el suelo, mis pies parecen flotar sobre él. Saboreo cada uno de los colores, sonidos y olores del hermoso día primaveral: el sol brillante sobre un cielo azul salpicado de minúsculas nubes, el perfume dulce e intenso de las lilas que embellecen los árboles, el amable trino de los pájaros, el grato murmullo del agua que mana de la fuente en el centro de la plaza, y sobre todo las risas, las despreocupadas risas de los niños que juegan al escondite.
Iván me espera en el banco de siempre, en el banco en el que nos besamos por primera vez y en el que, una noche sin luna, sus hábiles manos jugaron bajo mi jersey recorriendo mi cintura, mis caderas y mis pechos.
Observo su gesto sombrío y su boca desfigurada por una mueca de preocupación.
Me alarmo, porque Iván es un hombre difícil de contrariar, no se amilana ante los obstáculos que se le van presentando. Ninguno de ellos le parece insalvable, y los afronta con una sonrisa y a todos les da rápida y práctica solución, porque «todo tiene solución en esta vida, todo menos la muerte», suele decirme. Por eso intuyo que algo muy grave pasa y le dejo hablar a él primero.
Iván es muy directo.
—Dulce, mi ex vino a verme hace tres meses y me acosté con ella. Está embarazada. Nos vamos a vivir a Londres con sus padres. Lo siento.
Y entonces pienso que hace tres meses ya salíamos juntos, y no digo nada, no puedo, porque el suelo sobre el que parecía flotar hace tan solo unos instantes se hunde bajo mis pies. El cielo se nubla, y dejo de percibir el aroma de las lilas, el canto de los pájaros y el incesante goteo del agua de la fuente.
Las risas de los niños me estrangulan el alma y me desgarran el corazón.
Grito desesperado de Alma, impotente ante el amor que siente por Jairo
Por favor, ¡arrancadme la cabeza! ¡Arrancádmela con saña! ¡Golpeadla, trituradla, quemadla, enterradla! ¡Y dadme así la libertad! Fabricadme después una nueva, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de las estúpidas pasiones. Ya no quiero mi cabeza, porque ya no es mía, la lujuria la ha devorado, como harían las hormigas con una lagartija viva dentro de un tarro de cristal. Solo que el tarro es, en este caso, un laberinto teñido de rojo en el que soy incapaz de encontrar la salida. ¿Y cómo voy a hacerlo? Si no puedo concentrarme en nada que no sea ÉL, cada hora, cada minuto y cada segundo del día. He dejado de ser yo, hasta el punto de dejarme comer por sus deseos carnales. Pero ya no, ya no puedo tolerarlo más porque hay alguien que me necesita. Así que por favor, ¡ayudadme!, sacadme de este embobamiento irracional, de este atontamiento carnívoro; y no tengáis remordimientos, porque esta no soy yo. Por favor, ¡arrancadme la cabeza y devolvedme mi libertad!
VILLAVERDE BAJO, MADRID 14:00 HORAS: Salgo del trabajo.
Tardo 17 minutos en llegar andando a mi casa. En este recorrido de 1,5 km veo…
-Total de personas circulando a pie por las calles (aparte de mí): 51(menos de la mitad con mascarilla).
– De estas con perro: 7
– Concarrito de la compra: 4
–Caminando de dos en dosy hablando (sin mascarilla): Dos compañeros de trabajo (lo deduzco por su conversación)+ Chica joven con chico joven (no tengo pistas al respecto).
-Personas circulando en bicicleta: 1 chico joven vestido con ropa de calle (ayer vi a un ciclista, vestido de ciclista).
–Hechos insólitos: Chica sin mascarilla, sin bolso, sin perro, sin carrito de la compra. Se me acerca para pedirme un cigarro (yo ni siquiera fumo) + chico joven gritando a la entrada de un portal a un telefonillo. Extracto de la conversación (a gritos): «¡Es que tía estás loca. No sé cómo dejas entrar a tu casa gente, con esto del coronavirus…Te vas a quedar sola…!»
Respecto a los que siguen trabajando… ¿Creéis que los propios trabajadores respetan siempre las normas de seguridad y la distancia entre ellos? NO.
TODO ESTO ES LO QUE HE VISTO hoy. Juzgad vosotros mismos…
Recuerdo la primera vez que contemplé el amanecer en brazos de Soledad. Nos habíamos conocido el día anterior. La había estado observando, durante toda la tarde, esperar sola y desamparada en la Renfe de Villaverde Bajo, a alguien que nunca llegaría. Y decidí rescatarla, llevándola a mi refugio, al edificio abandonado de la antigua estación de tren, donde atendía a las personas sin hogar con las que convivía. Pensé que jamás volvería a enamorarme, ya que nunca había experimentado antes un amor tan grande como el que sentía por mi exnovia, Mariví. Con ella me volví loco, pues abrió mi corazón y se coló dentro para habitar en él, desordenando mi vida por completo. Cada vez que me miraba, me sonreía o me besaba, yo dejaba de ser «yo». Mi ser entero le pertenecía, era su prisionero. Pero aquel inesperado día en que me topé con Soledad, fue como si un rayo de luz rompiera las cadenas que me aprisionaban. Sentí que amándola a ella sería capaz de olvidar, por fin, a Mariví, que me había abandonado por otro, que a su vez terminaría abandonándola a ella, dejándola embarazada y negándose a reconocer a su bebé. Entonces yo le propuse matrimonio y ejercer de padre de su futuro hijo. Ella me rechazó, pero ese doloroso rechazo terminó reconduciendo mi vida. Me convertí en EL ÁNGEL.
Desperté por tanto aquel día en brazos de Soledad, tras una noche de cariño, ternura, mimos y abrazos. Aquello no era pasión, iba más allá, superando toda excitación sexual. Era una sensación de bienestar que recorría mi espina dorsal, y barría toda sensación de angustia, vacío y frustración. Era un sentimiento hermoso, puro y desconocido que me desveló la verdadera forma de amar. Ambos estábamos verdaderamente necesitados, de afecto, de comprensión, de cariño. Sobre todo después de lo que iba a suceder a continuación: la muerte de nuestros seres queridos y una pandemia que asolaría el mundo.
Todo empezó aquella mágica mañana, cuando tras deshacerme del abrazo de Soledad, le pedí que cuidara de los «sin techo» hasta que yo regresara del trabajo. Conduje hasta el hospital mientras escuchaba en la radio la canción Resistiré de El Dúo Dinámico. No podía imaginar que aquella antigua melodía, compuesta en los años ochenta del siglo pasado, llegaría pronto a ser el himno de toda una nación.
Sandra, la recepcionista, indicó al guardia de seguridad que me diera el alto en cuanto me vio aparecer.
—¿Qué ocurre? —les pregunté a ambos.
—Ve a ver a Pablo, está en su despacho —me dijo Sandra—. Tiene algo importante que comunicarte —añadió al ver mi indecisión. Pablo era mi jefe de planta y mi relación con él no era buena, pues yo le solía hacer muchas recomendaciones y sugerencias acerca de cómo hacer mejor su trabajo. A él por supuesto no le agradaba nada mi intromisión y hacía caso omiso de todos mis consejos, aunque repercutiesen en beneficio de los pacientes. Pero aquella vez, todo iba a ser diferente, muy diferente.
Para empezar tuve que recibir de él la noticia más dura de mi vida. Mariví acababa de morir en la UCI y, por si fuera poco, descubrí que igual suerte había corrido Norma, la amiga de Soledad. Las dos habían sido víctimas del mismo accidente. Se me saltaron las lágrimas al instante, no podía creerlo. No sabía cómo encajar aquello, y menos delante de aquel maldito médico.
—Ángel…—me dijo en tono afectuoso—. Sé que estás afectado, y que probablemente la seguías amando. Tienes todo mi apoyo y, por supuesto, cualquier cosa que necesites. Puedes cogerte unos días de baja y recibir atención psicológica aquí en el centro. Eso sí, debo confesarte que dentro de muy poco vamos a necesitar a todo el personal disponible en el hospital. No sé si has visto las noticias en la televisión esta mañana.
—En realidad no. Sabes que ahora vivo en la antigua estación cuidando de las personas sin hogar. Apenas tengo tiempo de ver la tele.
—Comprendo. Pues Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias del Ministerio de Sanidad, acaba de dar un comunicado. Se han detectado 76 casos de coronavirus COVID-19 en Italia, en la zona de Lombardía y Véneto.
—Pero si esas son las regiones donde se encuentran Milán y Venecia, zonas muy turísticas del país…
—Exacto. Y me temo que cuando todos los turistas regresen a sus casas muchos de ellos llevarán el virus consigo, y comenzaran a transmitirlo en sus respectivos países.
—¡Dios mío! ¿Tú sabes la cantidad de turistas europeos y del resto del mundo que viaja a Italia? ¿La cantidad de personas de España y de otros países de la Unión Europea que trabajan allí?
—Sí. Me temo que si los gobiernos y la propia UE no toman medidas urgentes y tan restrictivas como las de China, desde el primer momento, esto va a ser un coladero. Tenemos el ejemplo chino, la provincia de Hubei paralizada, millones de personas en cuarentena, drones desinfectando las calles, miles de infectados y… de muertos.
—¿Tú crees que los gobiernos actuarán rápido?
—Desconfío de que así sea. Está el factor económico. En cualquier caso debemos prepararnos. Ya de por sí tenemos un problema de escasez de medios materiales y humanos, debidos a los recortes. Voy a establecer un protocolo con medidas de seguridad del personal y de optimización de los recursos con los que contamos. Y he pensado también en preparar el gimnasio para albergar camas UCI.
—¿Piensas que es necesario llegar a tanto?
—Me temo que sí. Prefiero pecar de exagerado y tomar desde ya las necesarias precauciones. Si Italia no cierra fronteras desde el minuto uno, y España no pone en cuarentena obligatoria a la gente que venga de allí, en poco tiempo tendremos por todo el país miles de infectados. Digan lo que digan a partir de ahora la prensa y los políticos esto es serio. Estamos hablando de un virus que se propaga a la velocidad del rayo, un virus para el que no existe vacuna, un virus que está matando, sobre todo a las personas mayores y personas con patologías, un virus que está desesperando a los médicos chinos, que no entienden por qué hay pacientes que pasan de tener un cuadro moderadamente grave a morir de un día para otro. Los pulmones dejan de funcionar de repente. Además, se están estudiando las secuelas que el virus deja en los supervivientes. También he leído que en muchos casos están utilizando radiografías de tórax para la diagnosis, pues parece ser que los test dan muchos falsos negativos y deben realizarlo de tres a cuatro veces hasta que obtienen el positivo.
—¡Pero esto es un problema de dimensiones descomunales! ¡Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos!
—Lo haremos Ángel. Te lo prometo.
Salí mareado del despacho de Pablo, tuve que apoyar una mano en la pared, agachar la cabeza y respirar hondo para no vomitar o caer. En ese estado me encontró Dulce, la hermana de Alma. Ambas eran, o mejor dicho, habían sido, primas de Mariví. Sí, ironías del destino, aquella muchacha llamada Alma a quien robé en Florencia el relato RECUERDOS DE CAMA resultó ser prima hermana de Mariví.
—Ángel, ¿estás bien?
—Sí —contesté incorporándome y alzando la cabeza hacia ella—. Dulce, ¿qué haces aquí en la zona del personal médico?
—Te estaba buscando. He preguntado por ti y me han dicho que estabas reunido con el jefe de planta. Quería verte antes de que comenzaras tu turno. No sabía si ya te habrías enterado.
—Acabo de saberlo.
—Lo siento —me dijo con lágrimas en los ojos.
—Yo también —respondí con un hilo de voz—. ¿Y la niña?
—¿La conoces?
—En realidad no.
—Laurita está con mis padres. Ahora mismo la están dando un paseo por los alrededores del hospital. He quedado ahora con ellos en la cafetería.
—¿Y los demás?
—No hay nadie más. Ninguno de los hermanastros de Mariví se ha dignado aún a venir. Tampoco lo ha hecho su padrastro. Solo estamos Manuela y yo. También estaría Alma, si no… si no estuviera desaparecida.
—Lo sé. Después de tantos años, ¿tenéis alguna pista nueva?
—No, pero hemos ideado un método para tratar de ponernos en contacto con ella sin levantar sospechas. No sabemos si la secta sigue de algún modo operativa.
—¿Qué vais a hacer?
—Escribir una novela, contando su vida, y la nuestra. En ella le haremos llegar un mensaje, sabrá que la estamos buscando y que queremos que vuelva. Esperamos sacarla al mercado en el plazo máximo de dos años. Tiene que ser lo bastante buena como para que se venda y se hable de ella.
—Es una gran idea. Alma podría pasarse días enteros en una librería o en una biblioteca. Seguro que tarde o temprano descubriría la novela. ¿Y ha habéis pensado en el título?
—Sí. Si la muerte es la nada.
Suspiro.
—Ángel —me miró fijamente a los ojos—. Ojalá fueras tú el padre de Laurita.
—Pues no lo soy. Mariví estaba convencida. El padre es Jairo.
—Ya, pues no es justo. ¿Por qué tenía que conocer a Jairo casi diez años después de destrozarle la vida a mi hermana? Y mira que se lo advertí. Pero ya sabes que mi prima era testaruda. Pensaba además que con ella sería diferente, y que podría hacerle cambiar.
—Pues por desgracia no ha sido así.
—Te juro que no sé lo que tiene ese hombre, Ángel. A veces pienso que destila hormonas que se adhieren a la piel de las mujeres como abejas a la miel. Otra explicación no tiene.
—¿Pero sigue casado?
—Por supuesto. Puede que Elisabeth tenga más cuernos que un ciervo, pero nunca la dejará.
Me encogí de hombros. Todo eso me daba igual.
—Venga, vamos a la cafetería, mis padres deben de haber llegado ya. Quiero que conozcas a la niña.
Alejandro, el padre de Dulce y Alma, empujaba un carro de bebé, pero Laurita estaba en los brazos de Carmen, llorando. Me la entregó para que yo la cogiera, y automáticamente se calmó. Algo había ocurrido entre nosotros, algo se había activado en mi interior, una ola de ternura, un deseo de protección, como si nos uniese un hilo invisible, más aún, un vínculo de sangre. Pero cómo iba a ser eso posible, si aquella criatura a la que miraba arrobado ni tan siquiera era mi hija. Le manifesté el deseo a Dulce de verla de vez en cuando. Ella aceptó.
—Serás una gran influencia para ella, Ángel, todo un ejemplo. ¡Y quién sabe!, igual acaba siguiendo tus pasos y se convierte en personal sanitario.
Quedamos en vernos dentro de dos sábados, cuando me tocaba librar.
Me llamo Laura Domínguez López, por exclusiva decisión de mi madre. Mi padre no tuvo nada que ver en la elección de mi nombre, ni en nada concerniente a mí, a decir verdad. Los dos apellidos son de mi madre, María Victoria Domínguez López, a la que todo el mundo llamaba Mariví. Del hombre cuyos genes están impresos en mí solo sé que contribuyó a mi concepción. El resto es un misterio. Jamás pude preguntarle a ella, a Mariví, pues murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía nueve meses. Me crio mi abuela Manuela, quien tampoco sabía gran cosa, pues hacía años que se había enfriado la relación con mi madre, a raíz de la muerte de mi abuelo y la posterior boda de mi abuela con un señor gritón y antipático que siempre olía a puros y a alcohol. Al menos ese es el recuerdo que guardo de mi abuelo postizo, que falleció cuando yo tenía ocho años de edad. En definitiva, no sé quién es mi padre, y por ende no sé quién soy yo. Porque según mi abuela poco tengo de mi madre, tan solo una figura esbelta, una piel fina y blanca y unos ojos azules puros y cristalinos. Mi madre era una mujer pragmática y superficial, desapasionada y poco dada al altruismo o a idealismos de ninguna clase. Pero yo no soy así, sino todo lo contrario. «Esta niña no sé a quién habrá salido», solía decir mi abuela a sus amigas, «Tan sensible, tan cariñosa, siempre preocupándose por el bienestar de los demás, y recogiendo a todos los gatos de la calle…, pero ya me he hartado, en mi casa no solo no entra un gato más sino que me he deshecho también del perro». El caso es que la pregunta que se hacía indirectamente mi abuela también me la hago yo: «¿A quién he salido?». Puede que no sea como mi madre, pero no creo que me parezca en absoluto a mi padre. Si fuera así estoy segura de que él nunca me habría abandonado, como afirma mi abuela que hizo. Por eso siempre he estado tan confusa, aparte de sentirme incomprendida y fuera de lugar entre tíos −hijos del segundo matrimonio de mi abuela− y primos caracterizados por el egoísmo y la falta de empatía y sensibilidad. «¿Quién soy yo?» «¿De dónde procedo?» La incertidumbre me produce desasosiego, el desconocimiento soledad. Con la muerte de mi abuela me he dado cuenta de que necesito conocer mi identidad, mis orígenes, la otra parte de mi familia, sea para bien o para mal. Por eso decidí ponerme a investigar. Y algo he hallado, mi madre sigue estando en Facebook, una red social hoy en día prácticamente en desuso pero que continúa existiendo en 2041. He visitado su perfil y el de todos sus amigos, y he llegado a la siguiente conclusión: Mariví solo tuvo un novio, durante muchos años, se llamaba, o se llama, Ángel. Pero según los mensajes de Messenger intercambiados con él mi padre es en realidad un tal Jairo Casado, que ni siquiera tiene perfil en Facebook, algo bastante raro. Por lo que extraigo una nueva conclusión: el tal Jairo ocultaba u oculta algo. Y ese algo puede ser la relación con mi madre, pero ese algo puedo ser también yo. Gracias a esta red social he averiguado además el correo electrónico de mi madre. Por suerte la contraseña ha resultado ser demasiado fácil, pues es la fecha de mi nacimiento sin barras de separación: 06082019. Y esto es, entre otras cosas, lo descubierto por ahora: una serie de fotografías eróticas de mi madre enviadas al correo jairo34@yahoo.es y más de cincuenta emails seguidos procedentes de esta misma dirección, dos meses después, pidiéndola perdón y suplicándole volver a verla. Deduzco de todo esto que el hombre en cuestión hace honor a su apellido y que está, o estaba, casado. Hace tres días le envié el siguiente mensaje:
Hola Jairo,
Me llamo Laura Domínguez López, tengo 22 años. Quiero saber cómo eres. Espérame el viernes a las 20:00 h en La Playa de Lavapiés. Fue allí donde conociste a mi madre. Te aconsejo que acudas, de lo contrario me presentaré en tu casa el día menos pensado.
La respuesta me llegó anoche:
De acuerdo.
El viernes acordado es esta misma tarde. Y aquí estoy, en el pub de Lavapiés, famoso por tener el suelo cubierto de arena de playa. Me descalzo para no ensuciar mis sandalias. Le reconozco al instante, tras haber estudiado con atención la única fotografía que de él tenía Mariví en su correo. Aunque han pasado muchos años, conserva el porte elegante y seductor y el mismo corte de pelo, aclarado ahora por un montón de canas. Está sentado en una silla plegable de rayas marineras con un botellín de Mahou en la mano. Tomo asiento en la silla contigua a la suya. Miro fijamente sus ojos extraños, verdes con motitas negras, como salpicaduras de pintura oscura sobre esmeraldas. Me sonríe. «¿Eres Laura?», me pregunta. «Sí», respondo.
—Verás, Laura, lo siento. Se lo expliqué a Mariví. Yo ya tenía una mujer, una familia, no podía comprometerme con ella, y no es que quisiera que tú no nacieras, o quizá sí… Lo siento… No podía reconocerte, no podía ocuparme de ti… Mi mujer me habría dejado en cuanto lo hubiera sabido, me habría alejado de mi niña… Porque entonces yo ya tenía una hija, ¿lo sabías?, ¿te ha contado tu madre algo? Por cierto, ¿cómo está ella?
—Mi madre está muerta.
—¿Cómo?… No puede ser… ¿Cómo ha sucedido?
—No ha sucedido, sucedió. Hace más de veinte años.
—¡Dios Mío! Lo siento, de verdad… ¿Te ha criado tu abuela?
—Sí. He vivido toda mi vida con ella, pero también ha muerto.
—Laura, querida, deja entonces que te ayude en todo lo que necesites. Déjame enmendar los errores del pasado. Puedo ocuparme de ti, darte dinero… Incluso podemos establecer algún tipo de relación padre-hija, aunque, claro, con discreción, llevando el parentesco en secreto.
—Gracias por el ofrecimiento, pero yo solo quería conocer a mi padre.
—Bien, bien. Estoy aquí para responder a todas tus preguntas. ¿Qué quieres saber de mí? —pregunta con una sonrisa que me resulta grotesca.
—Nada en absoluto.
—¿Qué insinúas?
—Tú no eres mi padre— afirmo, con tal rotundidad que Jairo da un respingo en el asiento, a la vez que se le frunce el ceño y la sonrisa huye de su boca.
—No te comprendo…
—No sé explicarlo, pero en cuanto te vi lo supe. Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo poniéndome en pie, dispuesta a marcharme.
—¿Quién?
—¿De verdad no lo sabes?
A Ángel le mando un Messenger nada más llegar a casa. Responde enseguida:
No puedo creerlo. Me emociona que quieras conocerme. Tu madre lo fue todo para mí. Nunca he vuelto a amar a nadie como la amé a ella, aunque soy feliz con Sole, mi mujer. Increíble que sepas lo del bar de Malasaña… Allí estaré, el viernes a las 20 h. Cuídate, mi niña.
Tiemblo cuando lo veo aparecer. No obstante logro controlar mis nervios para no parecer ansiosa o neurótica, quiero causarle buena impresión. Le señalo el taburete vacío al lado del mío. Se sienta y pide una tónica. Sonrío, es mi refresco favorito, pero me decanto por una copa de vino, necesito desinhibir mis sentidos y que las rodillas me dejen de temblar.
—¿Quieres saber cómo conocí a tu madre? —me pregunta de pronto, con un brillo especial en los ojos.
—Claro.
—En realidad lo importante no es el cómo, sino el qué o el por qué. Todos buscamos el amor, porque todos necesitamos amar y ser amados. Si no fuera así Mariví nunca se habría fijado en mí. Ella era una belleza etérea, delicada, una sirena, mientras que yo era un muchacho mal vestido y un poco desaliñado en aquella época. Verás, todo empezó…
Tras escuchar el relato de Ángel comprendo que el fin último del ser humano es LA BÚSQUEDA DEL AMOR. El problema es que el amor, el deseo y el enamoramiento no suelen recaer sobre la misma persona. Puede suceder que amemos con gran apego a nuestra pareja, pero a la vez nos podemos enamorar de otra persona, e incluso sentir deseo sexual por una tercera. Esto ahora la sociedad lo tiene completamente asimilado, pero hace veinte años se entendía a duras penas, por eso tanta infidelidad, tanta traición y engaño, y tanto sufrimiento innecesario.
—Y eso es, Laura, todo lo que puedo contarte de Mariví —me dice Ángel al finalizar su historia—. Ojalá fuera yo tu padre, ojalá aquella última noche que pasamos juntos fuera la noche en que te concebimos. Pero tu madre me dejó claro que el bebé que se estaba formando en su vientre era de Jairo, él es por tanto la persona que estás buscando.
—Ángel, tú y yo somos víctimas de la ineficiencia humana, de la cobardía, del miedo, del egoísmo, de la falta de valor, de la incomunicación, de la ocultación. Se nos ha privado de nuestros derechos.
—¿Por qué dices eso, Laura?
Suspiro antes de decir:
—Llámalo presentimiento, llámalo intuición, llámalo análisis de la personalidad o análisis de la situación. El caso es que acabo de descubrir quién es mi verdadero padre —digo, sacando un sobre de mi bolso—. Mandé realizar unos análisis de ADN. Cogí un vaso de cristal que abandonaste en la bandeja con restos de comida un día que te seguí hasta la cafetería del hospital. Fui allí para verte antes de encontrarme contigo. Quería saber cómo te movías, cómo hablabas, cómo te expresabas, cómo te comportabas con los compañeros, con los médicos, y sobre todo con los pacientes. No podía creer que fuera a conocer en persona a uno de los «héroes» de la crisis del COVID-19. Fueron tantas vidas las que salvasteis…
—Entonces, ¿en ese sobre está el resultado de la prueba?
—Sí, ha salido positivo, papá.
—¿Robaste mi vaso? —se ríe de repente, con lágrimas en los ojos.
—Sí.
—Cariño, no eres la primera en la familia en robar algo de un hospital.
—¿No?
—Yo lo hice antes, en Florencia, para demostrarle a tu madre que mi amor por ella era sincero, honesto, verdadero. Laura —me coge las manos—. No te conozco, y sin embargo siento ya lo mucho que te quiero. Quiero que estés en mi vida, desde hoy y para siempre.
Retengo las lágrimas que pugnan por salir, maldiciendo el día en que ese moreno de ojos oliva se cruzó en mi camino.
Por su culpa he dejado de tener una vida. Porque ahora mi existencia entera gira en torno a ÉL, en torno a ese hombre varonil y seductor que me tiene enloquecida. Sé, porque él mismo me lo ha contado, que ha estado con unas cuantas mujeres, todas guapas. Por eso no comprendo por qué se fijó en mí cuando me conoció. El caso es que él empezó a tontear conmigo y a mí me gustó. Entonces me planteé sus galanterías y sus juegos como un reto. Me propuse conquistarle en serio, enamorarle en serio. Quise tomármelo como una venganza en general hacia los hombres, hacia esos canallas que se aprovechan de los sentimientos de las mujeres y luego las dejan plantadas, como le había ocurrido a mi hermana Dulce. Quería ver al conquistador conquistado. Para conseguirlo adelgacé cinco kilos, me teñí el pelo de color cobrizo y empecé a llevar ropa ajustada y sexy. Me transformé en una nueva Alma, una mujer más femenina, atractiva y deseable. Pero después de muchos meses de coqueteo tuve que admitir a regañadientes que algo fallaba en mi plan. Si Jairo era el típico mujeriego, ¿por qué no había intentado llevarme a la cama? Nunca me había propuesto quedar, en realidad nunca me había propuesto nada, solo me vacilaba. Y estaba muy confusa porque sabía, desde que intentó besarme en Canarias, que de verdad me deseaba. Lo sabía también por su forma de mirarme, y por las caricias que me hacía en la cara. Lo sabía porque se tropezaba conmigo como por descuido y retenía su mano entre las mías cada vez que intercambiábamos unos folios o un bolígrafo. Lo sabía porque era escrupuloso, y sin embargo en las comidas de trabajo a veces él bebía de mi vaso y yo utilizaba su cucharilla de postre. Lo sabía porque una vez posó sus labios sobre mi frente para comprobar si tenía fiebre. E incluso en más de una ocasión, lejos de miradas indiscretas, me había cogido en brazos. Pero después de La Gomera no había intentado de nuevo besarme. Nunca. Hasta que por fin sucedió. Nos quedamos en la agencia solos por casualidad y ahí comenzó la historia que aún perdura.
He jugado con fuego y me he quemado, porque ni duermo, ni como, ni vivo.
Por favor, no borres esta conversación. Siento haberte ofendido. Estaba celoso porque otro va a darte la felicidad que yo siempre quise entregarte. No estaba preparado para oír que esperas un hijo de Jairo. Después de la noche que pasamos juntos comencé a albergar esperanzas de que dejaras a tu amante y volvieras conmigo. Fui un necio, lo sé. Y quizá lo siga siendo, al decirte esto: Estoy dispuesto a cuidar de ti, y de tu bebé, en caso de que Él no pueda hacerlo. Y quiero que entiendas por qué. Soy un hombre complicado, y nunca creí que pudiera amar a alguien, hasta que nos conocimos, intercambiando libros en la biblioteca, y entonces deseé que el destino nos permitiese también intercambiar anillos. Por eso, aunque mi color favorito es el negro, traté de hacer lo posible por llenar tu vida de color. Sobre todo porque me daba miedo perderte. No sabía que verte al lado de otro hombre sería aún peor, y que mataría lentamente cada célula de mi cuerpo. Tuve que resignarme, pero es muy duro tratar de olvidar a alguien con quien imaginaste pasar el resto de tu vida. Porque la gente cambia, la mente cambia, pero los recuerdos perduran. Me dijiste que me ayudaría el que me deshiciera de la foto tuya que llevaba en la cartera, pero no he podido deshacerme de tu imagen impresa en mi memoria. Y es que, aunque estés lejos de mis ojos, siempre estarás cerca de mi corazón. Solo recordar tu sonrisa me evade de todas mis preocupaciones. Contigo, hasta mis días malos eran felices. Ahora, incluso mis días más felices siguen estando vacíos. El tiempo pasado contigo me parecen minutos, mientras que cada segundo sin ti es como una hora, y pesa. Y cuanto más me pide mi cerebro olvidarte, más aumenta el amor en mi corazón. Quiero que entiendas, Mariví, que hay diferentes formas de amar, y que nadie te quiere como yo. Me gustaría que leyeses algo, un relato que escribió, hace diez años, una de mis pacientes. Lo tomé prestado, porque de algún modo intuí que este momento llegaría. Y necesito que comprendas que yo soy el Aziz de nuestra historia. Te lo envío a continuación. Se llama RECUERDOS DE CAMA.