Génesis

Naya Lys teje historias entre la luz y la sombra, entre el humor y el misterio.

Génesis es un viaje por los confines del cosmos donde la imaginación no tiene límites.

Con un ingenioso humor que te sacará carcajadas y una profundidad emocional que te hará reflexionar, estos relatos celebran la diversidad, la creatividad y el poder del espíritu humano. Prepárate para sumergirte en un festín literario que desafiará tus expectativas y te dejará maravillado ante las posibilidades infinitas de un universo paralelo.

LA AUTORA

Naya Lys nació en el seno de una familia de humildes artistas en una ciudad costera donde el rumor del mar se mezcla con los susurros del viento. Desde temprana edad, su nombre, Naya («la guía» o «la sabia» en sánscrito), parecía predestinarla a una vida de exploración y descubrimiento, en permanente conexión con el mundo que la rodeaba y con su innata capacidad para desentrañar los misterios del universo a través de la escritura.

La infancia de Naya estuvo marcada por largas horas perdidas en las bibliotecas, donde se sumergía en las páginas de libros antiguos y en los relatos de civilizaciones olvidadas. Fue allí donde encontró un refugio para su curiosidad insaciable y donde las semillas de su pasión por la escritura fueron sembradas.

A medida que crecía, el significado de su nombre se manifestaba en sus relatos, actuando como una brújula que la guiaba a través de los laberintos de la imaginación. Por eso sus historias, tejidas con maestría, exploran las profundidades del alma humana y los límites de la realidad, ofreciendo al lector un viaje hacia lo desconocido.

El apellido de Naya, Lys, añade otro matiz a su identidad literaria. «Lys», que en francés significa «lirio», evoca la imagen de una flor delicada que florece en medio de la oscuridad. Para Naya, el lirio simboliza la belleza que puede surgir incluso en los momentos más sombríos, por esos sus escritos reflejan esta dualidad entre la luz y la oscuridad, entre la esperanza y la desesperación.

Naya Lys es una voz única en el mundo de la literatura. Desafiando las convenciones y explorando nuevos territorios narrativos, con una profundidad emocional y una creatividad audaces, nos recuerda que en toda oscuridad siempre hay una luz que guía nuestro camino.

Puedes conseguir el libro aquí.

Sáhara: Los hijos de las nubes

«Que Dios te envíe a la hamada», reza una antigua maldición beduina. En los países árabes, cuando se le desea a alguien «el peor de los infiernos», se le manda a la hamada, porque es la zona más inhóspita del desierto, una vasta inmensidad de arena y piedras, donde el calor del día es insoportable (pueden alcanzarse los 55 grados), y el fuego del sol abrasa la piel, quema los ojos y seca bocas y gargantas mientras el viento implacable espolvorea granos de arena que pinchan la carne desnuda de las manos, de los brazos, del rostro achicharrado. Y aquí, en este hostil trozo de desierto, donde no crece ni la más triste de las plantas, sobreviven desde hace más de 45 años unos 170.000 refugiados saharauis, repartidos por los cinco campamentos o wilayas existentes en la hamada de la región argelina de Tinduf. Ahí están, como dice uno de sus poemas, «ordeñando los cántaros de la paciencia», con la esperanza de poder regresar algún día a su tierra, ocupada por Marruecos.

Para quien nunca ha ido a los campamentos de Tinduf es difícil imaginar el lugar, donde la armonía bicolor entre el marrón de la arena y el azul del cielo, bella en cualquier otra parte del planeta, aquí queda desgarrada, mutilada por la visión desangelada y gris del enorme conjunto de tiendas polvorientas y chabolas de adobe entre las que se pasean con tranquilidad montones de cabras.

Allí los niños no pueden dibujar el mar, ni los prados, ni las flores, ni las aves… No pueden hablar de la sensación de bañarse en la playa, de caminar por el campo, de oler las flores o de escuchar el trino de los pájaros.


Los hijos de las nubes

Érase una vez el Sáhara Occidental, donde habitaban los «hijos de las nubes», los nómadas del desierto, cuya patria no era la tierra sino el agua, y quienes solo obedecían la voluntad de Alá y Mahoma. Pero el colonialismo europeo tenía el poder necesario para doblegar y sedentarizar a los nómadas. Así, a finales del siglo XIX, tras una serie de acuerdos con diferentes tribus, España pudo establecer factorías y asentamientos para explotar la riqueza pesquera, y más tarde avanzar hacia el interior y colonizar el territorio, al que denominaría Sáhara Español, donde se descubrirían, ya en el siglo XX, los ricos yacimientos de fosfatos.

Marruecos, tras conseguir la independencia de España y de Francia en 1956, reclama como suyo el Sáhara Occidental, como parte del «Gran Marruecos», el antiguo imperio de los almorávides. Ante esta reclamación, y vistas también las intenciones de la ONU de promulgar el derecho de autodeterminación de los territorios colonizados, España, para evitar perder el Sáhara lo convierte en su provincia número 53, pasando los saharauis a ser españoles de pleno derecho. Sin embargo en los años sesenta surge la agitación nacionalista saharaui y la lucha por la independencia de España, que culminaría en la creación del Frente Polisario en 1973. Mientras la ONU recomienda la descolonización del territorio, Marruecos inicia en noviembre de 1975 la «Marcha Verde», enviando a unos 350.000 ciudadanos y 25.000 soldados para invadir el entonces territorio español, aprovechando la crisis política de España en los últimos meses del franquismo. Se firman los Acuerdos Tripartitos de Madrid, por los cuales España pone el territorio en manos de Marruecos y de Mauritania, que también reclama derechos sobre el Sáhara. Y estos dos países se repartieron el Sáhara Occidental: la zona del sur para Mauritania y el resto para Marruecos, que acabaría anexionándose también la parte de Mauritania, al ser derrotada esta por la guerrilla del Frente Polisario.

España abandona el Sáhara siendo, aún hoy lo es, la potencia administradora, incumpliendo la ley que regula el proceso de descolonización, que se basa en la autodeterminación de los pueblos, que mediante referéndum pueden elegir entre la independencia o integrarse en el estado colonizador o en un tercero. En la práctica, excepto los propios saharauis, todos han tomado decisiones sobre el Sáhara: Marruecos, EEUU, Francia, España, La ONU… en base a sus propios intereses, mientras que parte del pueblo saharaui permanece por tiempo indefinido en la hamada, y es que hace ya más de 45 años que huyeron del Sáhara mujeres, niños y ancianos, mientras los hombres luchaban en la guerra; otros, en cambio, se quedaron en su tierra, conviviendo con los colonos marroquíes. Y tras la construcción del muro realizado por Marruecos, «el muro de la vergüenza», lo llaman, miles de familias quedan para siempre separadas, unos en Argelia, otros en el Sáhara. Imposible atravesar el muro de 2720 kilómetros custodiado por militares, con búnkeres, vallas y campos de minas, construido para proteger el territorio ocupado de las incursiones del Frente Polisario y evitar la vuelta de los refugiados.

Rincones de Granada I: La Alhambra

Fotografía: vista de la Alhambra (al fondo) desde el barrio del Albaicín.

Granada, en el sureste de Andalucía, nos brinda numerosos rincones secretos: bellezas naturales, paisajísticas y arquitectónicas. En Granada, la última ciudad «reconquistada» por los Reyes Católicos a los árabes, el legado morisco de la Alhambra nos transporta al pasado, a un lugar de cuentos, mitos y leyendas.

Vista del Albaicín desde la Alcazaba de la Alhambra.

Visitando la Alhambra entendemos la pena de Boabdil, último sultán del reino nazarí, por tener que abandonar para siempre su palacio, construido por sus antepasados doscientos años atrás.

Mitos y leyendas

Corría el año 1492, y Boabdil, tras la entrega de las llaves de la ciudad, salió por la puerta principal de la Alhambra, situada en la Torre de los Siete Suelos, pidiendo que esa puerta se cerrase y que nunca más fuera utilizada. Su deseo se respeta hasta hoy, por lo que la Puerta de los Siete Suelos permanece siempre cerrada.

Boabdil partió con su séquito hacia un destierro impuesto en la zona de las Alpujarras. Cuando llegó a la última loma desde la que se divisa la Alhambra, a unos 12 kilómetros al sur, se detuvo. Y observando por última vez el que había sido su hogar dijo: «Hasta siempre patria de mi alma. Hágase pues la voluntad de Alá». A lo que su propia madre, la sultana Aixa al-Horra contestó: «Llora como mujer lo que no has sabido defender como un hombre». Hoy, ese lugar, a 865 m de altitud en la Villa de Otura, se llama Puerto del Suspiro del Moro.

Cuadro de Manuel Gómez Moreno: Salida de la familia de Boabdil de Granada (1880). MUSEO DE BELLAS ARTES (Palacio de Carlos V, dentro de la Alhambra)

Dulce ilusión

Me acaricio el vientre con ternura y sonrío. Estoy ilusionada. No entraba en mis planes pero ha sucedido, y la verdad es que estoy muy feliz. Un pedacito de él, un pedacito suyo en mis entrañas. Imagino cómo será y a quién se parecerá, pero en cambio no pienso en la reacción de Iván. No sopeso con calma las consecuencias derivadas del hecho de estar encinta. Me he limitado a tomar una decisión inamovible. Voy a tener un hijo del hombre al que tanto amo, y rezo para que tenga su tez morena, sus ojos oscuros y su fuerza y determinación ante las adversidades de la vida.

Camino muy despacio, más que pisar el suelo, mis pies parecen flotar sobre él. Saboreo cada uno de los colores, sonidos y olores del hermoso día primaveral: el sol brillante sobre un cielo azul salpicado de minúsculas nubes, el perfume dulce e intenso de las lilas que embellecen los árboles, el amable trino de los pájaros, el grato murmullo del agua que mana de la fuente en el centro de la plaza, y sobre todo las risas, las despreocupadas risas de los niños que juegan al escondite.

Iván me espera en el banco de siempre, en el banco en el que nos besamos por primera vez y en el que, una noche sin luna, sus hábiles manos jugaron bajo mi jersey recorriendo mi cintura, mis caderas y mis pechos.

Observo su gesto sombrío y su boca desfigurada por una mueca de preocupación.

Me alarmo, porque Iván es un hombre difícil de contrariar, no se amilana ante los obstáculos que se le van presentando. Ninguno de ellos le parece insalvable, y los afronta con una sonrisa y a todos les da rápida y práctica solución, porque «todo tiene solución en esta vida, todo menos la muerte», suele decirme. Por eso intuyo que algo muy grave pasa y le dejo hablar a él primero.                     

Iván es muy directo.

—Dulce, mi ex vino a verme hace tres meses y me acosté con ella. Está embarazada. Nos vamos a vivir a Londres con sus padres. Lo siento.

Y entonces pienso que hace tres meses ya salíamos juntos, y no digo nada, no puedo, porque el suelo sobre el que parecía flotar hace tan solo unos instantes se hunde bajo mis pies. El cielo se nubla, y dejo de percibir el aroma de las lilas, el canto de los pájaros y el incesante goteo del agua de la fuente.

Las risas de los niños me estrangulan el alma y me desgarran el corazón. 

¡Arrancadme la cabeza!

Grito desesperado de Alma, impotente ante el amor que siente por Jairo

Por favor, ¡arrancadme la cabeza! ¡Arrancádmela con saña! ¡Golpeadla, trituradla, quemadla, enterradla! ¡Y dadme así la libertad! Fabricadme después una nueva, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de las estúpidas pasiones. Ya no quiero mi cabeza, porque ya no es mía, la lujuria la ha devorado, como harían las hormigas con una lagartija viva dentro de un tarro de cristal. Solo que el tarro es, en este caso, un laberinto teñido de rojo en el que soy incapaz de encontrar la salida. ¿Y cómo voy a hacerlo? Si no puedo concentrarme en nada que no sea ÉL, cada hora, cada minuto y cada segundo del día. He dejado de ser yo, hasta el punto de dejarme comer por sus deseos carnales. Pero ya no, ya no puedo tolerarlo más porque hay alguien que me necesita. Así que por favor, ¡ayudadme!, sacadme de este embobamiento irracional, de este atontamiento carnívoro; y no tengáis remordimientos, porque esta no soy yo. Por favor, ¡arrancadme la cabeza y devolvedme mi libertad!

El poder del amor

Sonia Rosado/

Dicen los enamorados, o decimos los que lo hemos estado, que en esa situación de absoluto embelesamiento, al que te conduce irremediablemente el amor romántico, se percibe, se siente y se vive otra realidad, diferente a la que ven los demás. La vida es en esa condición una armonía de colores, donde el gris y el negro no tienen cabida, a pesar de las dificultades que podamos estar atravesando. Hace poco me contaba, en privado, una seguidora de Instagram, que después de llevar un tiempo luchando contra el cáncer, con todo el dolor, el sufrimiento y el estrés que eso conlleva, su novio decidió poner fin a la relación. A partir de ese momento ella, sin poder evitarlo, dejó de concentrarse en sí misma y en la propia enfermedad para obsesionarse con la idea de volver con él. Y esta idea comenzó a ser más fuerte que el deseo de curarse. Sus palabras textuales fueron: «Teniendo que enfrentarme por primera vez a la gravedad de mi enfermedad con el corazón roto, mi mente se centró más en el estado de mi corazón y en la obsesión por mi exnovio que en el cáncer. Y no es que yo así lo decidiera, sino que fue algo instintivo y poderoso, que me salió del alma. Hoy me pregunto si fue esa lucha, ese deseo, esa fuerza, ese ímpetu por recuperar mi relación, lo que realmente me salvó la vida».

¿Y vosotros, que opináis? ¿Puede el amor romántico hacernos sobrellevar mejor las duras situaciones derivadas de la pandemia? Espero vuestras respuestas. Sobre todo las de aquellos que estáis enamorados.

Mientras lo pensáis, os dejo con un interesante texto, que he traducido del inglés, de una conferencia dada por Helen Fisher, antropóloga y bióloga norteamericana.

EL AMOR ROMÁNTICO

La gente de todo el mundo canta y baila por amor, compone historias y poemas por amor, sufre por amor, vive por amor, mata por amor y muere por amor. Todas las sociedades conocen el amor romántico, todas lo experimentan, pero esta experiencia no implica siempre felicidad.

El amor romántico es una de las sensaciones más poderosas del mundo. Se registra en la parte del cerebro asociado con el querer, con la motivación, con la concentración y con el duelo. Es la misma parte que se activa cuando se consume cocaína. Pero el amor es mucho más que una droga, es una obsesión, porque te posee, y pierdes el sentido de ti mismo, ya que no puedes parar de pensar en otra persona.  Es como si alguien estuviese acampando en tu cabeza. Y esa obsesión puede llegar a ser peor cuando eres rechazado, porque en esta circunstancia amas aún más a la persona. Y es que se ha demostrado que la parte del cerebro que corresponde a la motivación registra mayor actividad cuando no puedes conseguir lo que quieres. Es por eso que el enamorado está dispuesto a arriesgar todo por conseguir ese premio del amor. La poesía dice que el dios del amor vive en el estado de la necesidad, pero no es necesidad, es una forma de estar en equilibrio, es como el hambre y la sed, es imposible mantenerlos fuera, alejarse de ellos, renunciar a ellos.  El amor es una adicción, buena si sale bien, horrible si va mal.  Es una adicción porque tiene todas las características de esta. Te concentras en la persona amada, piensas obsesivamente en ella, distorsionas la realidad, y corres enormes riesgos para conseguir su amor. Y como ocurre en cualquier adicción necesitas más, necesitas ver a la persona amada, más y más.

El amor romántico es por tanto una de las substancias más adictivas del mundo. Pero, ¿por qué te enamoras de una persona y no de otra? Tiende a pensarse que influye tener el mismo nivel socioeconómico, el mismo nivel de inteligencia, el mismo nivel de belleza, los mismos valores. Pero la ciencia demuestra que es en realidad tu biología la que te empuja más hacia una persona que hacia otra, según en qué grado expresas la dopamina, el estrógeno, la serotonina y la testosterona. Y es que existen varios tipos de persona según los porcentajes de estos químicos presentes en tu cerebro.

En tiempos de cuarentena

Diario de una trabajadora 1

Madrid, miércoles 25/03/2020

VILLAVERDE BAJO, MADRID 14:00 HORAS: Salgo del trabajo.

Tardo 17 minutos en llegar andando a mi casa. En este recorrido de 1,5 km veo…

-Total de personas circulando a pie por las calles (aparte de mí): 51(menos de la mitad con mascarilla).

– De estas con perro: 7

Con carrito de la compra: 4

Caminando de dos en dos y hablando (sin mascarilla): Dos compañeros de trabajo (lo deduzco por su conversación)+ Chica joven con chico joven (no tengo pistas al respecto).

-Personas circulando en bicicleta: 1 chico joven vestido con ropa de calle (ayer vi a un ciclista, vestido de ciclista).

Hechos insólitos: Chica sin mascarilla, sin bolso, sin perro, sin carrito de la compra. Se me acerca para pedirme un cigarro (yo ni siquiera fumo) + chico joven gritando a la entrada de un portal a un telefonillo. Extracto de la conversación (a gritos): «¡Es que tía estás loca. No sé cómo dejas entrar a tu casa gente, con esto del coronavirus…Te vas a quedar sola…!»

Respecto a los que siguen trabajando… ¿Creéis que los propios trabajadores respetan siempre las normas de seguridad y la distancia entre ellos? NO.

TODO ESTO ES LO QUE HE VISTO hoy. Juzgad vosotros mismos…

El inicio de la pandemia

Imagen de REUTERS

Recuerdo la primera vez que contemplé el amanecer en brazos de Soledad. Nos habíamos conocido el día anterior. La había estado observando, durante toda la tarde, esperar sola y desamparada en la Renfe de Villaverde Bajo, a alguien que nunca llegaría. Y decidí rescatarla, llevándola a mi refugio, al edificio abandonado de la antigua estación de tren, donde atendía a las personas sin hogar con las que convivía. Pensé que jamás volvería a enamorarme, ya que nunca había experimentado antes un amor tan grande como el que sentía por mi exnovia, Mariví. Con ella me volví loco, pues abrió mi corazón y se coló dentro para habitar en él, desordenando mi vida por completo. Cada vez que me miraba, me sonreía o me besaba, yo dejaba de ser «yo». Mi ser entero le pertenecía, era su prisionero. Pero aquel inesperado día en que me topé con Soledad, fue como si un rayo de luz rompiera las cadenas que me aprisionaban. Sentí que amándola a ella sería capaz de olvidar, por fin, a Mariví, que me había abandonado por otro, que a su vez terminaría abandonándola a ella, dejándola embarazada y negándose a reconocer a su bebé. Entonces yo le propuse matrimonio y ejercer de padre de su futuro hijo. Ella me rechazó, pero ese doloroso rechazo terminó reconduciendo mi vida. Me convertí en EL ÁNGEL.

Desperté por tanto aquel día en brazos de Soledad, tras una noche de cariño, ternura, mimos y abrazos. Aquello no era pasión, iba más allá, superando toda excitación sexual. Era una sensación de bienestar que recorría mi espina dorsal, y barría toda sensación de angustia, vacío y frustración. Era un sentimiento hermoso, puro y desconocido que me desveló la verdadera forma de amar. Ambos estábamos verdaderamente necesitados, de afecto, de comprensión, de cariño. Sobre todo después de lo que iba a suceder a continuación: la muerte de nuestros seres queridos y una pandemia que asolaría el mundo.

Todo empezó aquella mágica mañana, cuando tras deshacerme del abrazo de Soledad, le pedí que cuidara de los «sin techo» hasta que yo regresara del trabajo. Conduje hasta el hospital mientras escuchaba en la radio la canción Resistiré de El Dúo Dinámico. No podía imaginar que aquella antigua melodía, compuesta en los años ochenta del siglo pasado, llegaría pronto a ser el himno de toda una nación.

Sandra, la recepcionista, indicó al guardia de seguridad que me diera el alto en cuanto me vio aparecer.

—¿Qué ocurre? —les pregunté a ambos.

—Ve a ver a Pablo, está en su despacho —me dijo Sandra—. Tiene algo importante que comunicarte —añadió al ver mi indecisión. Pablo era mi jefe de planta y mi relación con él no era buena, pues yo le solía hacer muchas recomendaciones y sugerencias acerca de cómo hacer mejor su trabajo. A él por supuesto no le agradaba nada mi intromisión y hacía caso omiso de todos mis consejos, aunque repercutiesen en beneficio de los pacientes. Pero aquella vez, todo iba a ser diferente, muy diferente.

Para empezar tuve que recibir de él la noticia más dura de mi vida. Mariví acababa de morir en la UCI y, por si fuera poco, descubrí que igual suerte había corrido Norma, la amiga de Soledad. Las dos habían sido víctimas del mismo accidente. Se me saltaron las lágrimas al instante, no podía creerlo. No sabía cómo encajar aquello, y menos delante de aquel maldito médico.

—Ángel…—me dijo en tono afectuoso—. Sé que estás afectado, y que probablemente la seguías amando. Tienes todo mi apoyo y, por supuesto, cualquier cosa que necesites. Puedes cogerte unos días de baja y recibir atención psicológica aquí en el centro. Eso sí, debo confesarte que dentro de muy poco vamos a necesitar a todo el personal disponible en el hospital. No sé si has visto las noticias en la televisión esta mañana.

—En realidad no. Sabes que ahora vivo en la antigua estación cuidando de las personas sin hogar. Apenas tengo tiempo de ver la tele.

—Comprendo. Pues Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias del Ministerio de Sanidad, acaba de dar un comunicado. Se han detectado 76 casos de coronavirus COVID-19 en Italia, en la zona de Lombardía y Véneto.

—Pero si esas son las regiones donde se encuentran Milán y Venecia, zonas muy turísticas del país…

—Exacto. Y me temo que cuando todos los turistas regresen a sus casas muchos de ellos llevarán el virus consigo, y comenzaran a transmitirlo en sus respectivos países.

—¡Dios mío! ¿Tú sabes la cantidad de turistas europeos y del resto del mundo que viaja a Italia? ¿La cantidad de personas de España y de otros países de la Unión Europea que trabajan allí?

—Sí. Me temo que si los gobiernos y la propia UE no toman medidas urgentes y tan restrictivas como las de China, desde el primer momento, esto va a ser un coladero. Tenemos el ejemplo chino, la provincia de Hubei paralizada, millones de personas en cuarentena, drones desinfectando las calles, miles de infectados y… de muertos.

—¿Tú crees que los gobiernos actuarán rápido?

—Desconfío de que así sea. Está el factor económico. En cualquier caso debemos prepararnos. Ya de por sí tenemos un problema de escasez de medios materiales y humanos, debidos a los recortes. Voy a establecer un protocolo con medidas de seguridad del personal y de optimización de los recursos con los que contamos. Y he pensado también en preparar el gimnasio para albergar camas UCI.

—¿Piensas que es necesario llegar a tanto?

—Me temo que sí. Prefiero pecar de exagerado y tomar desde ya las necesarias precauciones. Si Italia no cierra fronteras desde el minuto uno, y España no pone en cuarentena obligatoria a la gente que venga de allí, en poco tiempo tendremos por todo el país miles de infectados. Digan lo que digan a partir de ahora la prensa y los políticos esto es serio. Estamos hablando de un virus que se propaga a la velocidad del rayo, un virus para el que no existe vacuna, un virus que está matando, sobre todo a las personas mayores y personas con patologías, un virus que está desesperando a los médicos chinos, que no entienden por qué hay pacientes que pasan de tener un cuadro moderadamente grave a morir de un día para otro. Los pulmones dejan de funcionar de repente. Además, se están estudiando las secuelas que el virus deja en los supervivientes. También he leído que en muchos casos están utilizando radiografías de tórax para la diagnosis, pues parece ser que los test dan muchos falsos negativos y deben realizarlo de tres a cuatro veces hasta que obtienen el positivo.

—¡Pero esto es un problema de dimensiones descomunales! ¡Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos!

—Lo haremos Ángel. Te lo prometo.

Salí mareado del despacho de Pablo, tuve que apoyar una mano en la pared, agachar la cabeza y respirar hondo para no vomitar o caer. En ese estado me encontró Dulce, la hermana de Alma. Ambas eran, o mejor dicho, habían sido, primas de Mariví. Sí, ironías del destino, aquella muchacha llamada Alma a quien robé en Florencia el relato RECUERDOS DE CAMA resultó ser prima hermana de Mariví.

—Ángel, ¿estás bien?

—Sí —contesté incorporándome y alzando la cabeza hacia ella—. Dulce, ¿qué haces aquí en la zona del personal médico?

—Te estaba buscando. He preguntado por ti y me han dicho que estabas reunido con el jefe de planta. Quería verte antes de que comenzaras tu turno. No sabía si ya te habrías enterado.

—Acabo de saberlo.

—Lo siento —me dijo con lágrimas en los ojos.

—Yo también —respondí con un hilo de voz—. ¿Y la niña?

—¿La conoces?

—En realidad no.

—Laurita está con mis padres. Ahora mismo la están dando un paseo por los alrededores del hospital. He quedado ahora con ellos en la cafetería.

—¿Y los demás?

—No hay nadie más. Ninguno de los hermanastros de Mariví se ha dignado aún a venir. Tampoco lo ha hecho su padrastro. Solo estamos Manuela y yo. También estaría Alma, si no… si no estuviera desaparecida.

—Lo sé. Después de tantos años, ¿tenéis alguna pista nueva?

—No, pero hemos ideado un método para tratar de ponernos en contacto con ella sin levantar sospechas. No sabemos si la secta sigue de algún modo operativa.

—¿Qué vais a hacer?

—Escribir una novela, contando su vida, y la nuestra. En ella le haremos llegar un mensaje, sabrá que la estamos buscando y que queremos que vuelva. Esperamos sacarla al mercado en el plazo máximo de dos años. Tiene que ser lo bastante buena como para que se venda y se hable de ella.

—Es una gran idea. Alma podría pasarse días enteros en una librería o en una biblioteca. Seguro que tarde o temprano descubriría la novela. ¿Y ha habéis pensado en el título?

—Sí. Si la muerte es la nada.

Suspiro.

—Ángel —me miró fijamente a los ojos—. Ojalá fueras tú el padre de Laurita.

—Pues no lo soy. Mariví estaba convencida. El padre es Jairo.

—Ya, pues no es justo. ¿Por qué tenía que conocer a Jairo casi diez años después de destrozarle la vida a mi hermana? Y mira que se lo advertí. Pero ya sabes que mi prima era testaruda. Pensaba además que con ella sería diferente, y que podría hacerle cambiar.

—Pues por desgracia no ha sido así.

—Te juro que no sé lo que tiene ese hombre, Ángel. A veces pienso que destila hormonas que se adhieren a la piel de las mujeres como abejas a la miel. Otra explicación no tiene.

—¿Pero sigue casado?

—Por supuesto. Puede que Elisabeth tenga más cuernos que un ciervo, pero nunca la dejará.

Me encogí de hombros. Todo eso me daba igual.

—Venga, vamos a la cafetería, mis padres deben de haber llegado ya. Quiero que conozcas a la niña.

Alejandro, el padre de Dulce y Alma, empujaba un carro de bebé, pero Laurita estaba en los brazos de Carmen, llorando. Me la entregó para que yo la cogiera, y automáticamente se calmó. Algo había ocurrido entre nosotros, algo se había activado en mi interior, una ola de ternura, un deseo de protección, como si nos uniese un hilo invisible, más aún, un vínculo de sangre. Pero cómo iba a ser eso posible, si aquella criatura a la que miraba arrobado ni tan siquiera era mi hija. Le manifesté el deseo a Dulce de verla de vez en cuando. Ella aceptó.

—Serás una gran influencia para ella, Ángel, todo un ejemplo. ¡Y quién sabe!, igual acaba siguiendo tus pasos y se convierte en personal sanitario.

Quedamos en vernos dentro de dos sábados, cuando me tocaba librar.

Pero el encuentro no se produjo.

No se produciría jamás.

Nadie estaba preparado para lo que iba a suceder.

Pandemia

Estado de alarma.

Cuarentena

Confinamiento.

Colapso humano, económico y sanitario.

Miles de infectados.

Miles de muertos

El planeta Tierra en guerra.

El enemigo: el SARS-CoV-2, un virus letal.

COMARES, Málaga: Pueblo Mágico de España

Sonia Rosado/

En Málaga, en pleno corazón de la Axarquía, desde las sinuosas curvas de la carretera, pasado Periana, se divisa un pueblo a lo lejos. Colgado en la sierra, suspendido en el horizonte, parece un nido de palomas blancas asentado en la rama de un árbol, tal es el resplandor de sus casas encaladas, que brillan como diamantes en el cielo añil despejado.

Comares es un pueblo mágico, una atalaya natural enclavada a más de 700 metros de altitud. Comares sabe a aceite, a almendras, a uvas pasas y a vino; huele a flores, y a mar en la lejanía; y suena al trino amable de pájaros altivos.

El trazado serpenteante de sus estrechas callejuelas habla de su legado morisco. Las fachadas de las casas lucen los nombres de sus dueños, y en muchos rincones los tradicionales azulejos narran la historia de sus habitantes. En el suelo empedrado, baldosas con el dibujo impreso de huellas árabes de cerámica nos indican el camino. Siguiéndolas llegamos al cementerio, enclavado en el antiguo castillo de la villa. Las espectaculares vistas allí invitan a quedarse, y a explorar, haciendo senderismo, el monte; o ¿por qué no? a colgarse de la tirolina más larga de España. Y como colofón a la aventura, su rica gastronomía: chivo, gazpachuelo, ajocolorao, ajoblanco, sopa de tomate o pimiento y de puchero. Y con los últimos destellos del sol, cuando el atardecer despliega su cálida y suave luz sobre los montes, empieza la fiesta con la Panda de los Verdiales, la alegre música del folclore.

Cuento disparatado sobre los barrios de Madrid

Sonia Rosado/

Echo de menos a mi abuela. Tanto que fantaseo con encontrarla en cada elemento de la naturaleza. Deslizo la cortina de la ventana. En el vidrio se reflejan mis labios rosados. Abro la boca y ahí están también mis dientes, que se aproximan a una pequeña taza blanca de café. Por eso su reflejo, por su color. No brillan en el cristal ni mi cabello oscuro ni mi rostro dorado por el sol, un sol que me deslumbra y al que me obligo a mirar, aun dañándome las pupilas. Y solo porque en la búsqueda constante de vida, en el sentir muy dentro de mí la mía, se me olvida, a veces se me olvida, que mi abuela ya no está. Y yo tampoco estoy donde debiera estar. He tenido que dejar el piso donde vivía con ella para habitar la única parte de mi herencia que no debo compartir con mis primos. Abro la ventana y miro hacia abajo, hacia la derecha, la placa azul de letras blancas incrustada en la fachada que indica el nombre de la calle. Ese nombre, hoy, nada tiene que ver conmigo.

Todo lo impregnan los recuerdos, es más, estos últimos días vivo por comparación, y no puedo hacer más que suspirar al darme cuenta de que he salido perdiendo. Nada que ver la vista desde mi actual apartamento −un parque infantil−, con la de todo Madrid, incluyendo el famoso pirulí, que veía desde la terraza llena de plantas del séptimo piso de mi abuela. Sin embargo, en este barrio de Villaverde la ausencia de belleza del paisaje urbano se combina con la extraña mezcla de sus residentes. Aquí son todos gigantes de gran cabeza o latinos de rasgos indígenas y estatura incipiente. Un barrio de contrastes en lo físico, pero aburrido en lo intelectual. Y esta es otra de las razones por las que tanto echo de menos vivir en el distrito de Vallecas, al lado de la Asamblea de Madrid. Adoraba la vecindad. Adoraba los paseos por las calles culturales, como la de Historias de la Radio, donde viven los periodistas radiofónicos, o la avenida Pablo Neruda, donde he pasado tardes enteras leyendo los poemas escritos en las aceras. Pero la calle preferida de mi abuela era La Cenicienta. Vamos a la pasarela, solía decir, a ver lo que se lleva este verano. Porque cariño, me decía, no he visto en mi vida tanta mujer bella y elegante en tan poco metro cuadrado. Aquella calle era, efectivamente, una pasarela de moda. En cambio, mi favorita era otra. Venga abuela, le decía tirándole de la manga del vestido, cuando no era más que una mocosa. Ella cedía a mis deseos y se ponía sus mejores galas. Y allí que íbamos las dos, a la Corte del Faraón, a casa de sus amigas Berenice y Cleopatra, las actrices.

Mi abuela leía en mis ojos la fascinación por el barrio y se echaba a reír. Si tú supieras, Laurita… ¿Saber qué?, le preguntaba yo con la inocencia de mis seis años. Algún día te lo contaré, cuando tengas edad suficiente para comprenderlo. Crecí por tanto con el misterio, y con la memoria imborrable de aquella frase que tantas veces le oí susurrar al aire: Ay, Mariví, ¡qué barrio más lindo nos hiciste! Mariví era mi madre, y había muerto, siendo yo un bebé de meses, en un accidente de tráfico. Al fin, el día que cumplí los nueve años, mi abuela me contó, como si fuera un cuento, la historia de nuestro admirado barrio.

Todo sucedió en la Navidad del 2019. Tu madre trabajaba como jefa de administración en el Instituto de la Vivienda. El día 23 de diciembre, justo un día antes de Nochebuena, centenares de personas hacían cola en la calle para recibir el certificado de adjudicación de una vivienda social. Corrían tiempos muy convulsos, políticamente hablando. Era una época tan excepcional, que incluso el mismo alcalde estaba al frente de la entrega. Su partido no podía descuidarse, la oposición le venía pisando los talones.

¿Cómo dice Mariví? ¿Que se ha caído el sistema? ¿Que un pirata informático ha eliminado la base de datos? El alcalde, boqueando como un besugo, se desajustó el nudo de la corbata. ¡Esto sí que es un problema, y gordo, y en plena campaña navideña! Hay que arreglar el desatino, como sea, o sufriremos el acoso de la oposición y de la prensa. Venga, tomen lápiz y papel y hagan ustedes mismas las adjudicaciones, ordenó a las secretarias.

Sí, señor alcalde, ¿pero qué criterio seguimos?, preguntó Mariví.

Qué sé yo, habrá que echarle imaginación. A ver, páseme una copia de la lista de los inmuebles, le dijo a Mariví. Cuando la tuvo en sus manos repasó con sus minúsculos ojos los distritos donde se erigían las viviendas: Vallecas, Usera, Villaverde, Chueca… Se le puso cara de horror. Mariví intuyó que el señor alcalde no viviría en ninguno de aquellos lugares ni aunque le regalaran una de las casas, que por otra parte no superaban los cincuenta metros cuadrados. La mirada del alcalde se paseó directamente de la lista a los afortunados que esperaban dentro del edificio.

Por ejemplo, usted, acérquese, le dijo a un caballero de ojos saltones y orejas de soplillo.

Mariví no pudo reprimir una risa floja. Señor, ha elegido usted al más feo, le dijo por lo bajo.

¡Válgame Dios, Mariví! ¡Qué falta de respeto!, le contestó él también en voz baja.

Entonces a ella se le ocurrió decir: a Chueca.

¿Cómo?, repítalo Mariví.

No, es que como ha dicho usted lo de «Válgame Dios»… Resulta que hay una calle que se llama así, en Chueca.

El alcalde se mesó con tranquilidad la punta de los cabellos y finalmente dijo:

Eso es Mariví, muy bien. Se acercó al resto de secretarias: Todos los feos a Chueca. Que se fastidie el colectivo LGTBI.

Ellas se echaron las manos a la cabeza.

Pues me ha gustado este criterio del físico, continuó diciendo el alcalde. ¿Cómo podemos seguir? ¿Alguna idea?

Señor, dijo una de las secretarias, en el distrito de Vallecas hay una calle que se llama La Cenicienta.

Eso es, muy bien Aurora. Selecciónenme entonces las mujeres más bellas y me las mandan a la calle La Cenicienta.

Y en Villaverde hay otra que se llama Paseo de Gigantes y Cabezudos, se animó otra compañera a decir.

Estupendo, pues hala, a todos los que parezcan jugadores de baloncesto me los acoplan ahí.

¡Madre del amor hermoso!, suspiró Mariví. A este paso vamos a hacer de Madrid un parque temático. Estamos tratando a estas personas como monos de feria.

Sí, efectivamente Mariví, respondió el alcalde, pero nosotros a lo que nos interesa… Vamos ahora con las parejas. A los jóvenes que vienen cogidos de la mano los envían a Usera, justo a la calle que ha mencionado usted: la del Amor hermoso. Y el resto, los menos cariñosos, a Vallecas, a la calle Romeo y Julieta.

Pasado un rato, Mariví se dirigió de nuevo al alcalde. Señor, hemos terminado de seleccionar las calles siguiendo los criterios físicos o de actitud de las parejas. Las últimas viviendas adjudicadas han sido las de la Reina de África, Cleopatra, La lechuga y la Rosa del azafrán. Ya no sabemos cómo continuar.

¿Y esos jóvenes de ahí?, preguntó el alcalde, señalando a un grupo situado a su derecha.

¿Qué pasa con ellos?

Son latinos.

Sí.

Seguro que solo escuchan reguetón. A todos estos los mandan a la Verbena de la paloma, que aprendan algo útil de nuestra tradición. Y déjeme de nuevo la lista, que repase el nombre de todas las calles, a ver si se me ocurre algo más. Carraspeó y se mesó el cabello de nuevo antes de decir: Ya está Mariví, tampoco es tan complicado, mujer, lo que deben hacer ustedes es eso que se les da tan bien, chismorrear. Es decir, sáquenle a esta gente un poco de información. Interroguen, sin que se note, claro, o al menos no demasiado.

¿Cómo está señora?, empezó a preguntar Aurora.

Un poco cansada, niña, con setenta años no debería haber estado en la calle tanto tiempo de pie, y pasando este frío… Es que verás… por mi edad me duelen todos los huesos, además tengo…

Sí, sí, muy bien, sentenció la secretaria, y le entregó su certificado.

Calle la Dolorosa, Villaverde, leyó la señora.

Tras tres horas de adjudicación el alcalde hizo una reflexión. ¿Y cómo es que hay tanto letrado en paro?

Mariví se encogió de hombros.

Bueno, está bien. A los periodistas los envían a la calle Historias de la radio, y a los escritores y poetas a la Avenida de Pablo Neruda.

¿Y a las víctimas de violencia de género?

El alcalde se quedó pensando. Pues, dijo al fin, me las reparten entre la calle del Calvario y la calle del Amparo, que están al lado. Y Mariví, continuó el alcalde, ¿por qué se tapa usted la nariz? No le hizo falta escuchar la respuesta. Un olor a queso de cabrales inundó sus fosas nasales. ¡Por Dios!, exclamó con repugnancia. El responsable del mal olor que se vaya enseguida a Lavapiés.

Hombre señor, no me lo meta usted con las maltratadas, que bastante han sufrido ya las pobres.

Tiene usted razón, a este lo dejamos para el final. Y que se aguante con las sobras, por guarro.

Por otra parte, prosiguió Mariví, ya con la nariz aliviada, están los divorciados y las divorciadas.

Ya…, se rascó la barbilla el alcalde. Pues todos esos a Volver a empezar.

Es que allí no hay pisos para todos.

Entonces indaguen mejor. Y a los cornudos me los reparten entre Olvido y Desengaño.

¿Y a los infieles?

Directamente a Mogambo.

De repente se produjo un tumulto en la fila, un señor, quizá del frío, de la espera, o de ambas cosas a la vez, se estaba poniendo azul.

Caballero, ¿qué le pasa?, se oyó decir.

Padezco de infección respiratoria, aclaró el hombre antes de desmayarse.

Rápido, una ambulancia, solicitó el alcalde en voz alta; y murmurando a continuación a Maraví: No hay duda, si sobrevive… A la calle del Oxígeno.

Cuando hubieron acoplado a todos, incluido al del olor a pies, Mariví le dijo al alcalde: Señor, quedo yo.

¿Usted, Mariví?

Sí, es que soy madre soltera y el sueldo no me llega.

Vaya, vaya, Mariví… El alcalde contempló su fina figura, y su piel clara y aterciopelada. Usted lo que necesita es… El alcalde se lo pensó mejor y no terminó la frase por miedo a que la secretaria lo denunciara por acoso sexual. Aun así, escenificó lo que quería decir con la metáfora de su decisión. En fin, Mariví, querida, que a usted la quiero yo en la Alegría de la huerta.