«Muxe», adaptación fonética del vocablo español de «mujer», es como denominan los zapotecos a los indígenas de sexo masculino que asumen roles femeninos. El muxe es el tercer sexo de Méjico, reconocido ya en la época precolombina, y respetado en la familia tradicional, donde es considerado el mejor de los hijos, pues a diferencia de los heterosexuales, el muxe nunca abandona el hogar y es una inestimable ayuda para los padres.
Ser muxe es una dualidad. Puede adoptarse un rol u otro dependiendo de las circunstancias, puede ser que en ocasiones el muxe se vea como un hombre y en otras ocasiones como una mujer.
Fui muytemprano, a primera hora de la mañana. Vi en la entrada a dos jóvenes voluntarias que vendían rosas por un euro para ayudar a Haití, devastado por el fuerte terremoto de enero. Se me ocurrió la idea de regalarle cuatro de esas rosas a mamá, una por cada uno de sus hijos. Eran perfectas porque tenían lazos de raso con unas diminutas tarjetas de felicitación ideales para escribir nuestros nombres. Sabía que a ella le emocionaría el detalle. Sin embargo mis planes se frustraron al comprobar que las chicas no tenían cambio de cincuenta y tuve que conformarme con comprar solo tres, una por cada euro que llevaba suelto. Después subí a la habitación en la que Tito, adormilado por los medicamentos, descansaba bajo la cariñosa y atenta mirada de papá, sentado en un sillón al lado de la cama. En la mesa donde le servían la comida había una botella de agua mineral medio vacía. La utilicé como jarrón y la coloqué en el alféizar de la ventana. El sol matinal, vibrante en el cielo raso de Madrid, incidía sobre las flores intensificando sus diferentes colores: rojo, naranja y lila. Su agradable y fresco aroma contrastaba con el ambiente cargado y seco de la habitación poco ventilada. De repente la contemplación de esas tres únicas flores me produjo un desasosiego que debió de plasmarse en mi cara, porque papá me miró y comprendió al instante. Sin mediar palabra sacó un euro de su cartera y me lo entregó. Corrí en busca de las voluntarias, pero no las encontré. Se habían marchado ya o quizá habían cambiado de lugar. Volví a la habitación. Cuando mamá llegó al poco rato sentí un gran pesar al ver su mirada lánguida posada en las tres flores, esas tres únicas flores. Salió de la habitación con pasos apresurados, sin decirnos nada. Regresó veinte minutos después. Sus ojos sonreían ahora: traía en su mano ajada la cuarta rosa, de un color amarillo intenso. Les pusimos los nombres: Alma, Dulce, Diego, Tito. Elegimos para Tito la amarilla por su viveza, y para mí y para mis otros dos hermanos dejamos la ardiente roja, la noble lila y la plácida naranja. Aunque poco tiempo después la flor más viva fue la primera en marchitarse…
Si ya has leído el libro de relatos OJALÁ ME AMES (en caso contrario pincha aquí) y has quedado poderosamente atraíd@ por los personajes y la intrínseca realidad de sus respectivas historias, ahora puedes disfrutar también de EL DON MÁS CODICIADO DEL MUNDO, la primera novela de la saga.
SINOPSIS
Alma, poseedora de un increíble don, ve peligrar su vida. Gente muy poderosa la busca para utilizar sus habilidades en beneficio propio. Por eso decide desaparecer sin dejar rastro, no solo para salvarse ella, sino también para alejar el mal de sus seres queridos. Pero su familia no se resigna a perderla. Sin saber si está viva o muerta, pasan diez años tratando de encontrarla, con todas las precauciones, pues en la era digital, donde todos podemos ser espiados y controlados y el correo postal es susceptible de ser confiscado, temen revelar a los enemigos su paradero. Hasta que Carmen, la madre, idea un sistema de comunicación. Conociendo la pasión de su hija por las novelas, encarga la escritura de la historia familiar utilizando el diario de Alma y los testimonios de familiares y amigos. El libro, que deciden titular «Si la muerte es la nada» tiene por tanto este propósito: enviar un mensaje a Alma.
Alma es una mujer aturdida, invadida por su historia, una mujer rota por el pasado. La opresión del ambiente en el que vive llena cada uno de los espacios, la atmósfera viciada la envuelve. La guía el amor, llevándola hasta personas oscuras por callejones sucios. La pasión la consume, y solo ve una luz pequeña a la salida del túnel. La enfermedad que muestra la muerte, y la búsqueda de la cura por cualquier medio, la arrastran hasta los bajos fondos de las ciudades y relaciones, siempre con las ansias de vida como bandera.
FRAGMENTOS DE LA NOVELA
«He escrito esta novela solo para encontrarte. Porque nadie sabe dónde estás. Hay quien dice que nos cuidas desde el más allá. Pero yo sé que estás viva. Perdóname por investigar tu vida, por entrevistar a familia y a amigos […] Perdóname por desvelar secretos, mentiras, engaños, por convertir en palabras los sentimientos, los tuyos, los míos, los de todos […] Esta novela es para ti, Alma, para que en ella puedas reconocerte, y reconocernos, en cada letra de cada página, por si llega a ti tan solo un fragmento o, por si en el caso de que nunca llegues a leerla, alguien algún día pueda contarte el argumento, y con ello, sin saberlo, te relate tu propia historia. Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»
«Alma, has encontrado la fuerza para viajar, a pesar de cómo te sientes, a pesar de lo que sientes. Has encontrado la fuerza para imponerte, para volver a ser tú, porque has dejado de ser tú, hasta tal punto que deseas secretamente que te arranquen la cabeza, con saña.
Pides que la golpeen, que la trituren, que la quemen, que la entierren, así estás de atormentada. Necesitas una nueva cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones. Ya no quieres tu cabeza, sólida y resistente, inmune al influjo aturdidor de estúpidas pasiones.
Hasta que tomas conciencia de que debes salir de ese embobamiento irracional, de ese atontamiento carnívoro que te oprime, porque otra persona, más merecedora de ello, necesita de toda tu energía.
Parodójicamente ves la salvación en otro veneno. Coges un avión y te largas.
Ojalá comprendas, por fin, que puedes regresar a casa.»
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Cuando sus ojos morunos se topan por primera vez, en La Habana, con los bucles pelirrojos, la mirada ámbar, los pómulos rosados y la hermosa comisura de unos labios rojos coloreados por una mordida de preocupación, EL AMOR DE AZIZ se dispara. Ella es española, y su nombre: Alma.
—¿Qué significa Aziz?
―Hombre invencible y poderoso.
―¿En serio? ―Alma esboza una sonrisa irónica. Él se inclina hacia ella, hasta rozar con la boca la punta de su nariz. El aroma natural del árabe es el de las palmas datileras, dulce como el fruto y fresco como las hojas, y a Alma le resulta acogedor como un oasis en medio del desierto.
―¿Te burlas de mí, señorita?
―Por supuesto que no ―aparta el rostro avergonzada―. Pero dime, ¿cuál es tu historia?
La infancia
Zahra se ha levantado temprano para ordeñar la única oveja de la familia, regalo de uno de los vecinos del campamento de refugiados. El frío del alba estremece sus huesudas carnes, protegidas tan solo por el tejido de su melhfa y el grueso collar que adorna su piel morena bajo ella.
De vuelta al interior de la jaima sus manos infantiles agitan un cuenco grande de leche para obtener mantequilla, mientras sus grandes ojos negros vigilan atentos el menor movimiento de su hermano pequeño Aziz, que descalzo y semidesnudo, a pesar de la baja temperatura, da volteretas sobre la estera que cubre la arena. Su madre, Salka, prepara el té del desayuno con aire cansado, porque la guerra le roba noche tras noche el sueño, pues piensa a todas horas en el regreso de su marido y de sus dos hijos mayores; cincela en su memoria su recuerdo, una y otra vez, hasta más de cien veces al día, para no olvidar sus rasgos, para no olvidar el vigor de sus hijos y la mirada sabia de su marido; cuando cierra los ojos los ve salir de entre las dunas, caminando hacia ella vestidos con pantalones de guerrillero, el fusil al hombro y el turbante amarillo enrollado al cuello; muchas otras veces ve solo a su marido, con un elzam negro que cubre su cabeza y su rostro dejando solo al descubierto sus ojos, surcados de profundas arrugas, marcas indelebles similares a las líneas definidas por el paisaje de dunas.
Un grito desgarrado desvía la mirada de Zahra del cuerpecito escuálido de su hermano al rostro agrio y demudado de Salka, cuya mano ajada y temblorosa ha dejado caer la tetera al suelo para llevársela al corazón. El líquido caliente se esparce por la estera alcanzando uno de los piececitos del niño, que llora desconsolado aferrado a la melhfa de su madre. « ¿Qué te pasa madre?» «Hija, siento adentro de mí, no sé cómo, pues no puedo explicarlo, que algo malo, algo terrible le sucede a uno de tus hermanos», sigue con la mano en el pecho, en el lugar del corazón». « ¿Pero qué dices madre…?» «Espera Zahra, veo sus ojos… claros… sí, no me cabe duda, a tu hermano mayor le acecha el demonio.»
La adolescencia
A Aziz le pica la garganta, le cuesta respirar. Necesita a su madre, necesita de su abrazo y de su protección, pero no sabe dónde está. Y ahora su hermana Zahra le resguarda debajo de una acacia, un refugio tonto ante las bombas que caen del cielo. Quiere llorar, pero no lo hace. Su padre antes de marchar a la guerra le dijo que debía ser fuerte, que debía de cuidar de su madre y de su hermana. Pero él solo tiene siete años, y está viendo llover fuego, sangre, y pedacitos de gente. Aziz despierta de esta pesadilla, fruto del recuerdo de una vívida experiencia, a la vez que el sol abre sus ojos y calienta la arena escarchada. La luz baña la tierra seca y colorea las dunas bajas. La brisa crea el sonido metálico de las llantas colgadas en los barrios de la wilaya. Los animales se desperezan en sus corrales, el gallo canta, la cabra bala. La calidez del día es un huésped bienvenido dentro de las congeladas jaimas y los fríos muros de adobe de las casas. El agua comienza a hervir en las teteras mientras el pan se cuece en los hornos de gas. Los niños se levantan para asistir al colegio y las mujeres se preparan para realizar las tareas domésticas o para ir a sus respectivos trabajos en la escuela, en el centro de salud, o en los talleres de confección. Los hombres atienden su comercio, su ganado, o también su trabajo, aunque la mayoría son militares, porque allí no hay nada mejor que hacer que pensar en el futuro, un futuro cada vez más amenazado por la sombra de una nueva guerra. Aziz piensa si podría ser como ese médico italiano, que ayuda a sanar los ojos de un niño, castigados por el viento y la arena, y a paliar la anemia de una mujer embarazada, a atajar o mitigar los males del desierto: asma, bronquitis, diarreas, bocio, fiebres, anemia, quemaduras del sol, malnutrición, deshidratación y todos los problemas en general derivados del castigo del sol, de la mala calidad del agua y de una alimentación pobre en verduras y frutas. Aziz piensa también si podría ser profesor, como el español que da clases de pintura en la escuela, y responde con paciencia a los niños que le hacen preguntas insólitas, porque muchos no saben dibujar el mar, ni los prados, ni las flores, ni las aves. Solo los que pasan los abrasadores meses de verano en España con familias de acogida, gracias al programa Vacaciones en Paz, conocen estas maravillas de la naturaleza y pueden hablar de la sensación de bañarse en la playa, de caminar por el campo, de oler las flores o de escuchar el canto de los pájaros. Aziz piensa, por último, si podría viajar a Cuba, la opción, sin duda, más difícil de tomar, ya que, aunque tiene las mayores ventajas, tiene también los mayores inconvenientes, pues los niños saharauis que estudian en la isla pasan allí más de una década, y al finalizar los estudios universitarios deben regresar a Argelia. El choque cultural con Cuba es impactante, allí aprenden a bailar salsa y a disfrutar de la libertad sexual. Las chicas usan minifaldas y bikinis y se echan novio, y algunos hombres tienen hijos con mujeres cubanas sin estar casados, algo impensable en la cultura saharaui; todo lo que en la isla se aprende es una falta de respeto para su religión. Luego viene el drama de abandonar para siempre a la pareja o a la familia cubana para volver al Sáhara. Y aclimatarse de nuevo a la vida en los campamentos es demasiado difícil, hay quien necesita muchos meses, otros nunca se habitúan. Además la carrera estudiada en Cuba no es útil en todos los casos, lo cual es muy frustrante, porque hay licenciados o ingenieros que acaban realizando tareas menores, muy por debajo de su cualificación. Aziz finalmente se decantará por esta última opción, no sin haber antes recapacitado. Se hará del Frente Polisario, acompañará a los activistas y asistirá a eventos de interés, cuya información reportará a la radio y a la televisión de la RASD. Viajará y gozará de cierta libertad, y lo mejor: disfrutará de las mujeres. Aunque de ellas no se pueda enamorar.
Recuerdo la primera vez que contemplé el amanecer en brazos de Soledad. Nos habíamos conocido el día anterior. La había estado observando, durante toda la tarde, esperar sola y desamparada en la Renfe de Villaverde Bajo, a alguien que nunca llegaría. Y decidí rescatarla, llevándola a mi refugio, al edificio abandonado de la antigua estación de tren, donde atendía a las personas sin hogar con las que convivía. Pensé que jamás volvería a enamorarme, ya que nunca había experimentado antes un amor tan grande como el que sentía por mi exnovia, Mariví. Con ella me volví loco, pues abrió mi corazón y se coló dentro para habitar en él, desordenando mi vida por completo. Cada vez que me miraba, me sonreía o me besaba, yo dejaba de ser «yo». Mi ser entero le pertenecía, era su prisionero. Pero aquel inesperado día en que me topé con Soledad, fue como si un rayo de luz rompiera las cadenas que me aprisionaban. Sentí que amándola a ella sería capaz de olvidar, por fin, a Mariví, que me había abandonado por otro, que a su vez terminaría abandonándola a ella, dejándola embarazada y negándose a reconocer a su bebé. Entonces yo le propuse matrimonio y ejercer de padre de su futuro hijo. Ella me rechazó, pero ese doloroso rechazo terminó reconduciendo mi vida. Me convertí en EL ÁNGEL.
Desperté por tanto aquel día en brazos de Soledad, tras una noche de cariño, ternura, mimos y abrazos. Aquello no era pasión, iba más allá, superando toda excitación sexual. Era una sensación de bienestar que recorría mi espina dorsal, y barría toda sensación de angustia, vacío y frustración. Era un sentimiento hermoso, puro y desconocido que me desveló la verdadera forma de amar. Ambos estábamos verdaderamente necesitados, de afecto, de comprensión, de cariño. Sobre todo después de lo que iba a suceder a continuación: la muerte de nuestros seres queridos y una pandemia que asolaría el mundo.
Todo empezó aquella mágica mañana, cuando tras deshacerme del abrazo de Soledad, le pedí que cuidara de los «sin techo» hasta que yo regresara del trabajo. Conduje hasta el hospital mientras escuchaba en la radio la canción Resistiré de El Dúo Dinámico. No podía imaginar que aquella antigua melodía, compuesta en los años ochenta del siglo pasado, llegaría pronto a ser el himno de toda una nación.
Sandra, la recepcionista, indicó al guardia de seguridad que me diera el alto en cuanto me vio aparecer.
—¿Qué ocurre? —les pregunté a ambos.
—Ve a ver a Pablo, está en su despacho —me dijo Sandra—. Tiene algo importante que comunicarte —añadió al ver mi indecisión. Pablo era mi jefe de planta y mi relación con él no era buena, pues yo le solía hacer muchas recomendaciones y sugerencias acerca de cómo hacer mejor su trabajo. A él por supuesto no le agradaba nada mi intromisión y hacía caso omiso de todos mis consejos, aunque repercutiesen en beneficio de los pacientes. Pero aquella vez, todo iba a ser diferente, muy diferente.
Para empezar tuve que recibir de él la noticia más dura de mi vida. Mariví acababa de morir en la UCI y, por si fuera poco, descubrí que igual suerte había corrido Norma, la amiga de Soledad. Las dos habían sido víctimas del mismo accidente. Se me saltaron las lágrimas al instante, no podía creerlo. No sabía cómo encajar aquello, y menos delante de aquel maldito médico.
—Ángel…—me dijo en tono afectuoso—. Sé que estás afectado, y que probablemente la seguías amando. Tienes todo mi apoyo y, por supuesto, cualquier cosa que necesites. Puedes cogerte unos días de baja y recibir atención psicológica aquí en el centro. Eso sí, debo confesarte que dentro de muy poco vamos a necesitar a todo el personal disponible en el hospital. No sé si has visto las noticias en la televisión esta mañana.
—En realidad no. Sabes que ahora vivo en la antigua estación cuidando de las personas sin hogar. Apenas tengo tiempo de ver la tele.
—Comprendo. Pues Fernando Simón, el director del Centro de Coordinación de Emergencias y Alertas Sanitarias del Ministerio de Sanidad, acaba de dar un comunicado. Se han detectado 76 casos de coronavirus COVID-19 en Italia, en la zona de Lombardía y Véneto.
—Pero si esas son las regiones donde se encuentran Milán y Venecia, zonas muy turísticas del país…
—Exacto. Y me temo que cuando todos los turistas regresen a sus casas muchos de ellos llevarán el virus consigo, y comenzaran a transmitirlo en sus respectivos países.
—¡Dios mío! ¿Tú sabes la cantidad de turistas europeos y del resto del mundo que viaja a Italia? ¿La cantidad de personas de España y de otros países de la Unión Europea que trabajan allí?
—Sí. Me temo que si los gobiernos y la propia UE no toman medidas urgentes y tan restrictivas como las de China, desde el primer momento, esto va a ser un coladero. Tenemos el ejemplo chino, la provincia de Hubei paralizada, millones de personas en cuarentena, drones desinfectando las calles, miles de infectados y… de muertos.
—¿Tú crees que los gobiernos actuarán rápido?
—Desconfío de que así sea. Está el factor económico. En cualquier caso debemos prepararnos. Ya de por sí tenemos un problema de escasez de medios materiales y humanos, debidos a los recortes. Voy a establecer un protocolo con medidas de seguridad del personal y de optimización de los recursos con los que contamos. Y he pensado también en preparar el gimnasio para albergar camas UCI.
—¿Piensas que es necesario llegar a tanto?
—Me temo que sí. Prefiero pecar de exagerado y tomar desde ya las necesarias precauciones. Si Italia no cierra fronteras desde el minuto uno, y España no pone en cuarentena obligatoria a la gente que venga de allí, en poco tiempo tendremos por todo el país miles de infectados. Digan lo que digan a partir de ahora la prensa y los políticos esto es serio. Estamos hablando de un virus que se propaga a la velocidad del rayo, un virus para el que no existe vacuna, un virus que está matando, sobre todo a las personas mayores y personas con patologías, un virus que está desesperando a los médicos chinos, que no entienden por qué hay pacientes que pasan de tener un cuadro moderadamente grave a morir de un día para otro. Los pulmones dejan de funcionar de repente. Además, se están estudiando las secuelas que el virus deja en los supervivientes. También he leído que en muchos casos están utilizando radiografías de tórax para la diagnosis, pues parece ser que los test dan muchos falsos negativos y deben realizarlo de tres a cuatro veces hasta que obtienen el positivo.
—¡Pero esto es un problema de dimensiones descomunales! ¡Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos!
—Lo haremos Ángel. Te lo prometo.
Salí mareado del despacho de Pablo, tuve que apoyar una mano en la pared, agachar la cabeza y respirar hondo para no vomitar o caer. En ese estado me encontró Dulce, la hermana de Alma. Ambas eran, o mejor dicho, habían sido, primas de Mariví. Sí, ironías del destino, aquella muchacha llamada Alma a quien robé en Florencia el relato RECUERDOS DE CAMA resultó ser prima hermana de Mariví.
—Ángel, ¿estás bien?
—Sí —contesté incorporándome y alzando la cabeza hacia ella—. Dulce, ¿qué haces aquí en la zona del personal médico?
—Te estaba buscando. He preguntado por ti y me han dicho que estabas reunido con el jefe de planta. Quería verte antes de que comenzaras tu turno. No sabía si ya te habrías enterado.
—Acabo de saberlo.
—Lo siento —me dijo con lágrimas en los ojos.
—Yo también —respondí con un hilo de voz—. ¿Y la niña?
—¿La conoces?
—En realidad no.
—Laurita está con mis padres. Ahora mismo la están dando un paseo por los alrededores del hospital. He quedado ahora con ellos en la cafetería.
—¿Y los demás?
—No hay nadie más. Ninguno de los hermanastros de Mariví se ha dignado aún a venir. Tampoco lo ha hecho su padrastro. Solo estamos Manuela y yo. También estaría Alma, si no… si no estuviera desaparecida.
—Lo sé. Después de tantos años, ¿tenéis alguna pista nueva?
—No, pero hemos ideado un método para tratar de ponernos en contacto con ella sin levantar sospechas. No sabemos si la secta sigue de algún modo operativa.
—¿Qué vais a hacer?
—Escribir una novela, contando su vida, y la nuestra. En ella le haremos llegar un mensaje, sabrá que la estamos buscando y que queremos que vuelva. Esperamos sacarla al mercado en el plazo máximo de dos años. Tiene que ser lo bastante buena como para que se venda y se hable de ella.
—Es una gran idea. Alma podría pasarse días enteros en una librería o en una biblioteca. Seguro que tarde o temprano descubriría la novela. ¿Y ha habéis pensado en el título?
—Sí. Si la muerte es la nada.
Suspiro.
—Ángel —me miró fijamente a los ojos—. Ojalá fueras tú el padre de Laurita.
—Pues no lo soy. Mariví estaba convencida. El padre es Jairo.
—Ya, pues no es justo. ¿Por qué tenía que conocer a Jairo casi diez años después de destrozarle la vida a mi hermana? Y mira que se lo advertí. Pero ya sabes que mi prima era testaruda. Pensaba además que con ella sería diferente, y que podría hacerle cambiar.
—Pues por desgracia no ha sido así.
—Te juro que no sé lo que tiene ese hombre, Ángel. A veces pienso que destila hormonas que se adhieren a la piel de las mujeres como abejas a la miel. Otra explicación no tiene.
—¿Pero sigue casado?
—Por supuesto. Puede que Elisabeth tenga más cuernos que un ciervo, pero nunca la dejará.
Me encogí de hombros. Todo eso me daba igual.
—Venga, vamos a la cafetería, mis padres deben de haber llegado ya. Quiero que conozcas a la niña.
Alejandro, el padre de Dulce y Alma, empujaba un carro de bebé, pero Laurita estaba en los brazos de Carmen, llorando. Me la entregó para que yo la cogiera, y automáticamente se calmó. Algo había ocurrido entre nosotros, algo se había activado en mi interior, una ola de ternura, un deseo de protección, como si nos uniese un hilo invisible, más aún, un vínculo de sangre. Pero cómo iba a ser eso posible, si aquella criatura a la que miraba arrobado ni tan siquiera era mi hija. Le manifesté el deseo a Dulce de verla de vez en cuando. Ella aceptó.
—Serás una gran influencia para ella, Ángel, todo un ejemplo. ¡Y quién sabe!, igual acaba siguiendo tus pasos y se convierte en personal sanitario.
Quedamos en vernos dentro de dos sábados, cuando me tocaba librar.
Retengo las lágrimas que pugnan por salir, maldiciendo el día en que ese moreno de ojos oliva se cruzó en mi camino.
Por su culpa he dejado de tener una vida. Porque ahora mi existencia entera gira en torno a ÉL, en torno a ese hombre varonil y seductor que me tiene enloquecida. Sé, porque él mismo me lo ha contado, que ha estado con unas cuantas mujeres, todas guapas. Por eso no comprendo por qué se fijó en mí cuando me conoció. El caso es que él empezó a tontear conmigo y a mí me gustó. Entonces me planteé sus galanterías y sus juegos como un reto. Me propuse conquistarle en serio, enamorarle en serio. Quise tomármelo como una venganza en general hacia los hombres, hacia esos canallas que se aprovechan de los sentimientos de las mujeres y luego las dejan plantadas, como le había ocurrido a mi hermana Dulce. Quería ver al conquistador conquistado. Para conseguirlo adelgacé cinco kilos, me teñí el pelo de color cobrizo y empecé a llevar ropa ajustada y sexy. Me transformé en una nueva Alma, una mujer más femenina, atractiva y deseable. Pero después de muchos meses de coqueteo tuve que admitir a regañadientes que algo fallaba en mi plan. Si Jairo era el típico mujeriego, ¿por qué no había intentado llevarme a la cama? Nunca me había propuesto quedar, en realidad nunca me había propuesto nada, solo me vacilaba. Y estaba muy confusa porque sabía, desde que intentó besarme en Canarias, que de verdad me deseaba. Lo sabía también por su forma de mirarme, y por las caricias que me hacía en la cara. Lo sabía porque se tropezaba conmigo como por descuido y retenía su mano entre las mías cada vez que intercambiábamos unos folios o un bolígrafo. Lo sabía porque era escrupuloso, y sin embargo en las comidas de trabajo a veces él bebía de mi vaso y yo utilizaba su cucharilla de postre. Lo sabía porque una vez posó sus labios sobre mi frente para comprobar si tenía fiebre. E incluso en más de una ocasión, lejos de miradas indiscretas, me había cogido en brazos. Pero después de La Gomera no había intentado de nuevo besarme. Nunca. Hasta que por fin sucedió. Nos quedamos en la agencia solos por casualidad y ahí comenzó la historia que aún perdura.
He jugado con fuego y me he quemado, porque ni duermo, ni como, ni vivo.
Me enamoré de Mariví nada más verla desde el balcón de la casa de mis padres. Estaba en una terraza floreada de hermosas plantas. Su cabello rubio brillaba al sol mientras el viento jugueteaba con él. Las mejillas infantiles estaban encendidas por el calor inusual de primavera. Se sentó en el suelo para oler las rosas que su madre cultivaba en macetas. Las había de todos los colores: blancas, amarillas, naranjas, rojas, lilas y rosas. Se fijó en estas últimas, posando sus dedos de niña alrededor de uno de los capullos sin abrir. Enseguida la vi llevarse el dedo índice a la boca. Le dio un beso y sus labios se colorearon de carmín. Se había pinchado con una de las espinas. La yema del dedo sangraba. Y en aquel instante sentí el deseo de barrer con mi propio beso el tinte momentáneo de su boca. Pero ella entró en la casa desvaneciendo mi tierna imaginación. A partir de entonces comencé a salir al balcón. Al principio salía una vez al día, a la salida del instituto, a la misma hora en que la había visto la primera vez. Allí permanecía por tiempo indefinido, sentado en la butaca de mimbre de mi padre, sin perder de vista la puerta de la terraza. Sin embargo pasaron dos semanas y Mariví nunca apareció. Decidí entonces redoblar la vigilancia y salir también a media tarde, quedándome hasta la puesta de sol. Mi madre comenzó a extrañarse ante mi insistente manía de tomar el aire y el sol, pero nunca adivinó mi verdadera motivación.
Para cuando llegó el verano algunas plantas habían perdido color, otras tenían las hojas lacias o marchitas. Las rosas habían comenzado a perder las hojas y algunos capullos sin florecer se estaban oscureciendo hasta ponerse marrones, casi negros. Perdí toda esperanza de volverla a ver. Pero una tarde sucedió. Era sábado y regresaba de la piscina pública con mis amigos. Salí al balcón para tender la toalla y allí estaba ella, mirando el horizonte con indiferencia, quizá porque las rosas habían dejado de ser bellas y ya no merecían su atención. Pero supe que había algo más en cuanto me fijé mejor en su expresión, en ella había dolor. Lo corroboré cuando la vi pasarse las yemas de los dedos alrededor de sus ojos, azules como las hortensias, como si tratase de deshacerse de las lágrimas. Sin duda estaba llorando. De pronto se giró. Por la puerta de la terraza asomaba un hombre, sentado en silla de ruedas. Vi unas manos femeninas, en la oscuridad del interior, empujar la silla hasta sacarla al exterior, después esas manos desaparecieron. La niña y el hombre se quedaron solos. Me pareció raro el aspecto de aquel señor calvo, que llevaba jersey de manga larga y sus rodillas tapadas con una manta de cuadros, a pesar del calor infernal que había derretido hasta las plantas. Mariví se sentó encima de él y le rodeó el cuello con sus brazos, y así se quedaron largo rato, no sé exactamente cuánto pues llegué a un punto en que me dio pudor observar esa delicada intimidad y volví dentro de mi casa. Aquella tarde fue la última vez que vi a Mariví en esa terraza. Quiso en cambio el destino que la volviera a encontrar años después en un pub de Malasaña. La reconocí al instante, el mismo pelo, los mismos labios, la misma triste mirada. La invité a bailar, una canción de Shakira, y ella aceptó encantada, para mi sorpresa, pues me sentía un hombre rudo, feo y torpe frente a esa mujer de piel aterciopelada, gráciles movimientos y maneras sutiles y elegantes. Me volví a enamorar, y empecé a quererla como nadie la querría jamás. Era un pajarillo desvalido, huérfana de padre, y casi de madre, porque esta había rehecho su vida otorgando prioridad a su pareja frente a las necesidades de su propia hija. Quizá por ello Mariví, aunque no me amaba, se dejó querer, aceptando un noviazgo que nos mantuvo unidos más de diez años, hasta que otro la pidió bailar. Ese otro fue Jairo. La sedujo con su encanto viril y picaresco, y ella cayó en la trampa como una boba. Pero no la culpo, sé que, aunque me llegó a querer con toda su alma, nunca pudo amarme con pasión, un sentimiento que sí albergó por Jairo. Llegó a decirme algo que me rompió el corazón: «Jairo me hace sentir mujer». Me pareció cruel, además de una ironía. Aunque se sintiera todo lo mujer con él que su cuerpo le permitiera, nunca se sintió querida. Por eso una noche acudió a mí. Me echaba de menos. Hicimos el amor como si en ello nos fuera la vida, como si aquella fuera nuestra última vez. Y desgraciadamente así fue. A pesar de todo yo intenté mantenerla a mi lado, cuando me confesó, un mes después, que estaba embarazada de Jairo. Me ofrecí a criar a ese hijo como si fuera mío, ya que estaba seguro de que Jairo, no solo seguiría casado con Elisabeth, con la que tenía además una hija, sino que ni siquiera asumiría su responsabilidad de padre.
Y eso es, Laura, todo lo que puedo contarte de Mariví. Ojalá fuera yo tu padre, ojalá aquella última noche que pasamos juntos fuera la noche en que te concebimos. Pero tu madre me dejó claro que el bebé que se estaba formando en su vientre era de Jairo, él es por tanto la persona que estás buscando.
O mejor dicho, les viste, en la oscuridad de la noche, caminando por la acera en dirección al club.
Jairo iba de la mano de una mujer morena de rasgos gitanos, con una melena que le rozaba el coxis. Era muy joven (debía rondar los veinte), y tan delgada, que en su figura, cubierta por un vestido negro ceñido, apenas se intuían las formas femeninas. Su pecho era muy pequeño, y su cadera estrecha casi medía lo mismo que su cintura. Y sin embargo era guapa, y caminaba por la calle con perfecto equilibrio, dominando el peso de unos tacones que estilizaban aún más unas piernas que de por sí eran como dos alfileres.
Parpadeaste varias veces, y también suspiraste, aunque fue este un suspiro más de resignación que de sorpresa. Tenías claro que un hombre como Jairo no podía ser para ti.
Antes de franquear la puerta de la sala contemplaste en el retrovisor de un coche el estado de tu maquillaje, te atusaste los rizos cobrizos y te colocaste el pecho en el escote de tu vestido blanco, ajustado como el de la gitana, pero que en ti resaltaba una cierta exuberancia.
De hecho Jairo te observó, desde el centro de la pista de baile, y se dio cuenta de que, además de su propia mirada, había otras que se posaban en tu pecaminoso cuerpo, como la del hombre de pelo engominado que te guiñó un ojo sin que tú te percatases, o la de aquel otro con una camiseta que resaltaba sus pectorales, y cuya sensual boca dibujó una sonrisa de profunda admiración.
La orquesta cambió de estilo, pasando de la salsa al reguetón, en el justo momento en que divisaste a la pareja mientras tomabas asiento en una zona apenas iluminada, junto a una mesa donde había una copa vacía y ardía la llama de una vela. Allí tratarías de esconder tu desengaño.
Mientras tú te arrancabas nerviosamente las uñas con las manos, ellos se balanceaban al compás de una música lasciva, bajo el brillo de enormes e indecorosas bolas plateadas. La morena le restregaba el culo en la bragueta con las manos de uñas larguísimas aferradas a las caderas masculinas, como temiendo que el hombre se le escapara. Jairo no parecía estar muy atento a esa provocativa insinuación, envidiada ya por algunos machos de la sala, que no le quitaban los ojos de encima a la bella e impúdica gitana. Muy al contrario, sus ojos estaban distraídos mirándote tan fijamente que brotaron dos grandes coloretes en tus pálidas mejillas. Pero tú estabas segura de un vínculo amoroso o sexual con la gitana. No había más que verla, la seguridad con la que ejecutaba aquellos movimientos obscenos, la brillantez de su negra mirada y la sonrisa triunfal en los labios. Era la viva expresión de la euforia, manifestada en cada uno de sus gestos. Exhalaba una especie de embriaguez que supiste reconocer. La mujer morena estaba enamorada.
Y sin embargo, no podías eludir su mirada. Ese hombre emanaba un encanto natural, irresistible y peligroso: con su pícara sonrisa, sus expresivos ojos verdes con motas negras, su voz educada y melosa y sus manos fuertes de uñas grandes y dedos gruesos, sabía tejer una fina tela de araña en la que las mujeres quedabais atrapadas.
Conseguiste finalmente desasirse de su trampa y saliste del local buscando refugio en la oscuridad de la noche estrellada. Caminaste hasta el coche de alquiler, apoyaste la espalda en la puerta del conductor y aspiraste con fuerza para llenar tus pulmones con la brisa que traía el fresco aliento del mar.
Ni en sueños se te habría ocurrido imaginar que él te seguiría.
En cambio allí estaba, inesperadamente, a más o menos medio metro de ti. La distancia variaba, dependiendo del movimiento de sus piernas, que daban pasos cortos y temblaban, o temblaban primero y luego andaban para tratar de detener la exaltación.
La pareja de baile, y de cama, muy cerca, observaba la escena de brazos cruzados, con un continuo y negativo movimiento de cabeza. Sus ojos negros habían perdido brillo y su cara se había descolorido. No pudiste saber lo que Elisabeth, que no era gitana pero sí su amante, sintió en aquel trágico momento. Lo que sí sé, Alma, es lo que vio: la consecuencia de ese hilo invisible que inexplicablemente os unía, y que tú, más que él, mostrabas sin que te dieras cuenta cada vez que lo mirabas. Tus ojos eran flamas palpitantes que calentaban su corazón; y eso lo alentaba.
Acortó el espacio que os separaba. Ahora podías escuchar el ritmo agitado de su respiración. Los ojos verdes se clavaron como espinas en los tuyos, pero la miel que los coloreaba, en lugar de derretirse se espesó de pánico, porque estabas aterrada, por la culpa, por la duda, y sobre todo por los celos. No estabas preparada para lo que vino a continuación.
Jairo te abrazó, rodeando tu tembloroso cuerpo con sus brazos poderosos de prominentes venas azuladas. En un primer momento intentó calmar la angustia que leía en tu expresión. Pero sus intenciones eran otras. Deshizo el abrazo, te rodeó el cuello con sus fuertes manos y bajó la cabeza buscando tocar tu nariz con la suya, y apretó los labios contra los tuyos.
Asustada, rechazaste su beso, girando la cara. Te zafaste de él retirando las manos que aún te rodeaban, y huiste desvalida como una niña extraviada en territorio ignoto. Pero solo eras una mujer inexperta que no se atrevió a explorar un sentimiento desconocido, que se le había incrustado bajo la piel, y se extendía como una droga, como una enfermedad infecciosa. Comprendiste que nunca habías sentido algo ni remotamente parecido, POR NADIE. A partir de aquel momento el deseo urdiría la búsqueda constante de su presencia.
Ay, Alma, no lo sabías entonces:
La pasión, como una grave enfermedad, mata.
Y como la muerte, la pasión no tiene un momento más apropiado, o menos, para hacer su aparición. Ni a la pasión ni a la muerte les importa sin son oportunas o no. No les importa tampoco a quién o a quienes dejarás atrás cuando te atrapen. No importa si estás a punto de casarte, si acabas de ser madre o padre, si estás perdiendo a un ser querido, si luchas contra una enfermedad… Porque te alcanzarán y no habrá vuelta atrás. Nada podrá ya deshacerse. Y lo peor es cuando se mezclan ambas o cuando una conduce a la otra. Es un pecado descubrir la pasión cuando vas a morir o morir de pasión.
Y ambas son un pensamiento obsesivo.
Me cuesta imaginar, querida Alma, el momento en que te diste cuenta de que todo tu ser dependía de esa perturbación, que explosionó en un momento tan extraño, en que lidiabas con la pérdida de un bebé que ni siquiera había llegado a formarse en tu vientre, la desidia de tu marido y una enfermedad que no era tuya pero que te dolía como si lo fuera, una enfermedad temible sobre todo porque no te era en absoluto ajena, la conocías muy bien, por desgracia, y sabías que todo lo devastaría.
Menuda imprudencia, en tu estado, dejarse arrastrar por aquella locura insensata.
Estoy en Italia, en Florencia, en el Campanile de Giotto, contemplando de pie la ciudad desde las alturas. No siento vértigo, todo el vértigo que podía sentir creo que ya lo he experimentado, en el lapso de unos pocos meses. En julio estuve en La Habana, donde puse mi vida en peligro, incluso fui secuestrada, pero al final el riesgo no valió de nada, mi hermano nos dejó de todas formas. Después perdí mi trabajo, y llevo un mes divorciada porque me enamoré como una idiota, de Jairo. Y ahora, mientras ÉL está disfrutando de su luna de miel con Elisabeth, yo estoy pensando cuántos segundos tardará mi cuerpo en recorrer la distancia entre el punto más alto del Campanile y la plaza del Duomo. De repente me embarga un ligero mareo, y me agacho para sentarme en el suelo, por dos motivos, para evitar la tentación de lanzarme al vacío y porque estoy demasiado cansada, tanto que me cuesta respirar. Mi amiga Ángela se acerca a mí, asustada. Dios mío, Alma, estás pálida, me dice. Seguro que lo estoy, porque me duelen las piernas y los brazos, y tengo ganas de vomitar. Debemos volver a casa, me insta Ángela, que me ayuda a levantarme y también a caminar.
Bajar los cuatrocientos escalones del campanile es una tarea ardua. Mis piernas pesan como el plomo. Mientras descendemos, Ángela me mira con compasión. Vamos Alma, anímate. No tienes nada que lamentar. TU VIDA ANTES DE JAIRO era bastante complicada.
Ya en el exterior, bajo el influjo del sol de mediodía me siento desfallecer. Los potentes rayos de luz me queman por dentro, y un calor seco acelera los latidos de mi corazón. Entonces lo veo, a mi querido Tito, a un Tito sano, fuerte y hermoso, que me llama sonriente con el dedo índice de su mano. Acudo febril a su encuentro, imprimiendo, en las baldosas de piedra, pequeñas y débiles pisadas. Llego hasta él abriendo los brazos para acogerlo en mi seno. De pronto el semblante de mi hermano adquiere la dureza de una roca. Su gesto, serio y sombrío, es lo último que observo antes de caer desplomada sobre el pavimento gris de la histórica plaza italiana.
Me despierto en una ambulancia, tumbada en una camilla. Tengo mucha fiebre. Ángela está a mi lado, llorando. Cuando se percata de que he abierto los ojos trata de esconder las lágrimas limpiándose la cara con una toallita refrescante.
Me llevan a un hospital algo lejos de Florencia, menos masificado y donde atienden antes las urgencias. En el registro, después de preguntarme por mis síntomas, me hacen cumplimentar una hoja con mis datos personales. Me solicitan mi tarjeta sanitaria europea, al tiempo que me ponen un termómetro y me dan paracetamol para bajarme los treinta y nueve grados de fiebre. A los pocos minutos me llevan a la consulta de reconocimiento, Ángela se queda en la sala de espera. Me auscultan el tórax, me colocan un pulsímetro en el dedo para comprobar el porcentaje de saturación de oxígeno y me hacen un electrocardiograma. También quieren realizarme una radiografía, pero antes necesitan saber si estoy embarazada. Les cuento en español y en inglés que no hay ninguna posibilidad de que esté preñada. Aun así tengo que firmarlo por escrito y dar mi autorización para la realización de la prueba, durante la cual me tengo que apañar con las instrucciones que el técnico de rayos X me da en francés.
A continuación me conducen en camilla a observación, con otros pacientes. Pasa bastante tiempo hasta que alguien viene a verme para contarme qué es lo que me pasa, aunque yo ya me lo imagino. Un joven enfermero, llamado Ángel, me lo corrobora en un perfecto español. Tengo neumonía, sí, eso ya lo suponía, pero lo que no esperaba oír es que es una neumonía grave, la mancha del pulmón izquierdo que han visto en la radiografía es grande, la infección es importante. Van a ingresarme como mínimo cinco días, y eso ya sí que me preocupa. Justo en ese momento recibo en el móvil una llamada de Dulce, no lo cojo, no quiero decirle a mi hermana que estoy en un hospital. No quiero asustar a mi familia.
Se hace de noche. A Ángela no le permiten quedarse conmigo y regresa en taxi a su villa. Me trasladan a una habitación ocupada por otras dos mujeres, una es más o menos de mi edad y la otra es una señora mayor. La joven tiene un extraño virus tropical, que no son capaces de determinar, y la señora mayor una infección a raíz de una operación de corazón. Una enfermera me dice en «itañol», así denomino yo a la mezcla de ambos idiomas, que tenga paciencia con ellas, porque se pasan el día discutiendo por elegir el canal de televisión o la temperatura del aire acondicionado.
Y aquí estoy, con la mascarilla de oxígeno en la cara y enganchada al antibiótico por vía intravenosa, tumbada en la cama mirando al techo, esperando a que remita la fiebre o me venza el sueño, mientras lleno mi mente de oscuros pensamientos, mortificándome por mi egoísmo, porque siempre estoy tratando de superar mis carencias y defectos para poder seguir creyéndome el ombligo del mundo, la protagonista de una ÓPERA, cosa que me está resultando bastante difícil esta vez. Por fortuna, una taza de capuccino, depositada sobre mi cama en un plato, es una inyección de ánimo para mi creciente desconsuelo.
A la mañana siguiente abro los ojos sobresaltada por el murmullo de voces y pasos que llegan desde el pasillo. Me levanto, con la misma ropa con la que entré en el hospital, pantalones cortos y camiseta de tirantes −aquí no te dan camisón como en España−, y me calzo mis sandalias planas. Salgo fuera de la habitación, y me fijo en que las enfermeras llevan libros en las bandejas del desayuno, todos con etiquetas de diferentes colores. Regreso a mi cama, a esperar con curiosidad una de aquellas extrañas bandejas. Por fin entra alguien. Es el enfermero español de nombre Ángel. Mis compañeras reciben, con el desayuno, novelas, una cada una. Del libro de la anciana pende una etiqueta roja, del de la joven una morada. Pero para mí no hay novela, aunque si la hubiera no podría leerla, pues no hablo italiano. Ángel adivina mis pensamientos con solo ver mi cara de desconcierto. A ti todavía no te ha visto el psicólogo, me comenta, pero de todas formas no tenemos nada en español. Le pregunto por qué sirven libros a los pacientes. Es una nueva terapia, me responde. Muchas veces las enfermedades físicas son el reflejo de las enfermedades emocionales. Y aun cuando no lo sean, los libros siempre nos ayudan, son una especie de cura. Podemos vivir a través de ellos otras vidas, o comprender mejor la nuestra, y así sanarnos el alma.
Pues la mía está patas arriba, le digo.
Me mira extrañado.
Mi vida, quiero decir. Es un galimatías. La verdad es que necesitaría una guía para entenderme a mí misma, y a las personas o circunstancias que tanto me han hecho sufrir.
¿Qué se te pasa ahora mismo por la cabeza?
Ahora mismo se me ocurre que si el amor, el enamoramiento y el deseo recayesen sobre la misma persona, nos evitaríamos muchos problemas y mucho sufrimiento. Desde luego la humanidad sería más feliz.
Tienes ahí algo de razón, pero el ser humano es más complejo que eso, me replica el enfermero. Puedes amar a varias personas a la vez, aunque de diferentes formas.
Pero enamorarte solo de una…
Así es. ¿Sabes Alma? Me gustaría darte algo para leer, con etiqueta roja, pero, como te he dicho antes, no hay nada en nuestro idioma. Eres la única paciente española que ha habido en este hospital desde hace mucho tiempo. Creo que es hora de reclamar la inclusión de otras lenguas en nuestra biblioteca.
Y yo creo que debería hacer una profunda reflexión acerca de lo que me pasa. Escribiré algo, y lo dejaré aquí para que otros compatriotas, después de mí, lo lean.
Es una buena idea, me dice Ángel, te proporcionaré boli y papel.
Por la tarde comienzo a escribir RECUERDOS DE CAMA. Cuando termino llamo de nuevo al enfermero para que busque un rincón para mi relato en la biblioteca. Con el tiempo sabré que nunca lo hizo. Lo guardó para sí mismo. Diez años después se lo enseñará a Mariví, al enterarse de que espera un hijo de Jairo. Le explicará que quiere cuidar de ella y de su bebé, porque su amor es como EL AMOR DE AZIZ. Lo que ninguno podrá imaginar es que el Jairo de mi relato será exactamente el mismo Jairo de Mariví, cuya vida era un CUENTO DISPARATADO, antes de sufrir EL ACCIDENTE que impedirá a EL ÁNGEL conocer mucho antes esa gran verdad que cambiará, para siempre, su vida.