La búsqueda del amor

Imagen de Ruslan Gilmanshin en Pixabay

Me enamoré de Mariví nada más verla desde el balcón de la casa de mis padres. Estaba en una terraza floreada de hermosas plantas. Su cabello rubio brillaba al sol mientras el viento jugueteaba con él. Las mejillas infantiles estaban encendidas por el calor inusual de primavera. Se sentó en el suelo para oler las rosas que su madre cultivaba en macetas. Las había de todos los colores: blancas, amarillas, naranjas, rojas, lilas y rosas. Se fijó en estas últimas, posando sus dedos de niña alrededor de uno de los capullos sin abrir. Enseguida la vi llevarse el dedo índice a la boca. Le dio un beso y sus labios se colorearon de carmín. Se había pinchado con una de las espinas. La yema del dedo sangraba. Y en aquel instante sentí el deseo de barrer con mi propio beso el tinte momentáneo de su boca. Pero ella entró en la casa desvaneciendo mi tierna imaginación. A partir de entonces comencé a salir al balcón. Al principio salía una vez al día, a la salida del instituto, a la misma hora en que la había visto la primera vez. Allí permanecía por tiempo indefinido, sentado en la butaca de mimbre de mi padre, sin perder de vista la puerta de la terraza. Sin embargo pasaron dos semanas y Mariví nunca apareció. Decidí entonces redoblar la vigilancia y salir también a media tarde, quedándome hasta la puesta de sol. Mi madre comenzó a extrañarse ante mi insistente manía de tomar el aire y el sol, pero nunca adivinó mi verdadera motivación.

Para cuando llegó el verano algunas plantas habían perdido color, otras tenían las hojas lacias o marchitas. Las rosas habían comenzado a perder las hojas y algunos capullos sin florecer se estaban oscureciendo hasta ponerse marrones, casi negros. Perdí toda esperanza de volverla a ver. Pero una tarde sucedió. Era sábado y regresaba de la piscina pública con mis amigos. Salí al balcón para tender la toalla y allí estaba ella, mirando el horizonte con indiferencia, quizá porque las rosas habían dejado de ser bellas y ya no merecían su atención. Pero supe que había algo más en cuanto me fijé mejor en su expresión, en ella había dolor. Lo corroboré cuando la vi pasarse las yemas de los dedos alrededor de sus ojos, azules como las hortensias, como si tratase de deshacerse de las lágrimas. Sin duda estaba llorando. De pronto se giró. Por la puerta de la terraza asomaba un hombre, sentado en silla de ruedas. Vi unas manos femeninas, en la oscuridad del interior, empujar la silla hasta sacarla al exterior, después esas manos desaparecieron. La niña y el hombre se quedaron solos. Me pareció raro el aspecto de aquel señor calvo, que llevaba jersey de manga larga y sus rodillas tapadas con una manta de cuadros, a pesar del calor infernal que había derretido hasta las plantas. Mariví se sentó encima de él y le rodeó el cuello con sus brazos, y así se quedaron largo rato, no sé exactamente cuánto pues llegué a un punto en que me dio pudor observar esa delicada intimidad y volví dentro de mi casa. Aquella tarde fue la última vez que vi a Mariví en esa terraza. Quiso en cambio el destino que la volviera a encontrar años después en un pub de Malasaña. La reconocí al instante, el mismo pelo, los mismos labios, la misma triste mirada. La invité a bailar, una canción de Shakira, y ella aceptó encantada, para mi sorpresa, pues me sentía un hombre rudo, feo y torpe frente a esa mujer de piel aterciopelada, gráciles movimientos y maneras sutiles y elegantes. Me volví a enamorar, y empecé a quererla como nadie la querría jamás. Era un pajarillo desvalido, huérfana de padre, y casi de madre, porque esta había rehecho su vida otorgando prioridad a su pareja frente a las necesidades de su propia hija. Quizá por ello Mariví, aunque no me amaba, se dejó querer, aceptando un noviazgo que nos mantuvo unidos más de diez años, hasta que otro la pidió bailar. Ese otro fue Jairo. La sedujo con su encanto viril y picaresco, y ella cayó en la trampa como una boba. Pero no la culpo, sé que, aunque me llegó a querer con toda su alma, nunca pudo amarme con pasión, un sentimiento que sí albergó por Jairo. Llegó a decirme algo que me rompió el corazón: «Jairo me hace sentir mujer». Me pareció cruel, además de una ironía. Aunque se sintiera todo lo mujer con él que su cuerpo le permitiera, nunca se sintió querida. Por eso una noche acudió a mí. Me echaba de menos. Hicimos el amor como si en ello nos fuera la vida, como si aquella fuera nuestra última vez. Y desgraciadamente así fue. A pesar de todo yo intenté mantenerla a mi lado, cuando me confesó, un mes después, que estaba embarazada de Jairo. Me ofrecí a criar a ese hijo como si fuera mío, ya que estaba seguro de que Jairo, no solo seguiría casado con Elisabeth, con la que tenía además una hija, sino que ni siquiera asumiría su responsabilidad de padre.

Y eso es, Laura, todo lo que puedo contarte de Mariví. Ojalá fuera yo tu padre, ojalá aquella última noche que pasamos juntos fuera la noche en que te concebimos. Pero tu madre me dejó claro que el bebé que se estaba formando en su vientre era de Jairo, él es por tanto la persona que estás buscando.

Tu vida antes de Jairo

Sonia Rosado/

Te incorporaste, Alma. Te tocaste las sienes doloridas, y al hacerlo rozaste tu cabello. Un ovillo de lana. Te costaría deshacer los enredos.

Bajaste la vista hasta tu pecho. Tu olfato percibió el olor agridulce de tu cuerpo.

No llevabas sujetador, ni bragas. Después del sexo solo te habías puesto el camisón.

Te sentías muy cansada. Era una fatiga anómala que te impedía respirar con naturalidad.

—¡Creo que deberías espabilarte de una vez! ¡No puedes levantarte de ahí solo para ir al baño o comer un bocado rápido!

Marcos se había dignado al fin a entrar en la habitación desde que te penetró, hace ya casi un día.

Aunque para lo que tenía que decir habría sido mejor que se marchara.

 —¡Tienes un marido del que ocuparte!

Un momento, pensaste. ¿No debería ser al contrario? ¿No soy yo la que está mala?

La indignación te quitó las ganas de morirte.

Y te enfadaste, como solo tú te enfadas, y hablaste y hablaste, o más bien gritaste, sin parar.

—¡Quiero salir de Madrid! ¡Necesito un respiro! ¡La enfermedad de mi hermano pequeño está siendo muy dura! ¡Y aún puede serlo más!

Te miró con un gesto de incomprensión mezclado con rabia. Pero tú no te callaste, tenías que rematarle.

—¡Tu excusa de la falta de dinero es absurda! Aún tengo cuatro días de vacaciones —relajaste el tono—. Y me voy, porque si no lo hago me sentiré bastante estúpida cuando te presentes el día menos pensado con tu nuevo coche. He visto el par de folletos que ocultas en el cajón de tu mesilla.

—¡Necesito un coche nuevo! —su dedo te apuntaba amenazador.

—¡Y yo vacaciones de Semana Santa. Y una cosa no tendría por qué excluir a la otra si estuvieras dispuesto a adquirir una marca más barata!

Sus desorbitados y encolerizados ojos te observaron como si hubieras dicho alguna barbaridad.

Y te hartaste. Quince minutos después tenías la maleta preparada.

Te fuiste al día siguiente.

Y fue peor el remedio que la enfermedad, porque si no te hubieras ido jamás le habrías conocido, a ÉL.

En Roma llueven pétalos de rosa

Sonia Rosado/

En el panteón de Agripa, Roma, un pórtico con ocho columnas frontales sostienen el techo piramidal. En la piedra del friso, una inscripción: M AGRIPPA LF COS TERTIVM FECIT (Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez). Traspasada la entrada, la construcción adquiere forma de rotonda. En el techo, una bóveda cubierta por una cúpula, destaca una abertura, un óculo: el ojo de los dioses. Sobre los muros de mármol verde y dorado, las pinturas, frescos y esculturas custodian los sepulcros. La luz que alumbra las obras de arte se asemeja al fuego, si se mira desde lejos los haces luminosos parecen llamas estáticas. A través del óculo caen pétalos de rosa, rojos como la sangre, que planean como mariposas hasta esparcirse por el suelo como un manto aterciopelado de color carmesí.

¿A QUE NO LO SABÍAS?

En el Panteón de Agripa, todos los años por Pentecostés, caen del cielo pétalos de rosas rojas. Una tradición cristiana para conmemorar el descenso del Espíritu Santo sobre la Virgen y los Apóstoles. Este año el domingo de Pentecostés es el 31 de mayo. Comenzará con una misa a las 10:30 de la mañana, y a las 12:00 se arrojarán los pétalos por el óculo, formando una original lluvia que extenderá sobre el suelo una suave alfombra roja, como símbolo del amor y la sangre derramada por Cristo para redención de la humanidad. Si quieres asistir a este maravilloso espectáculo deberás acudir al menos con una hora de antelación a la misa, pues el aforo es limitado.

El accidente

Pixabay

Sonia Rosado/

La ventanilla del Seat Córdoba abierta. El viento alborotando su cabello. El sol iluminando sus piernas,  su brazo izquierdo y la mano que sujeta el volante; la otra, la derecha, marcando en el móvil el número de su madre que, tras diez toques de llamada, por fin contesta. El mensaje es breve, para evitar la multa correspondiente: «Demasiado tráfico, mamá. Llegaré más tarde de lo previsto…», y cuelga. Observa el horizonte completamente azul, y le acosa la impaciencia al imaginar a su hija Laurita, de nueve meses, jugando con la arena, chapoteando en una improvisada piscina a orillas del mar. Pero no será hoy el día en que esa visión se haga realidad. Y todo por culpa de la caravana. Su madre, mientras, con la niña, esperándola. La maleta preparada, y la cuna de viaje y los juguetes de plástico aguardando en un rincón del salón. El coche, que circula con lentitud por la M-40, se detiene de golpe, justo cuando Mariví ve, delante de ella, las luces de emergencia de un Ibiza con el nombre de Norma pegado en la parte trasera; del retrovisor cuelga, danzarina, una muñequita hawaiana. La conductora es rubia, como Mariví, pero tiene más sentido del humor y paciencia, y quizá no se arrepiente, como ahora hace ella, de haber elegido el puente de mayo para viajar a la Costa Blanca, o a cualquier otro lugar de España. Pero solo porque Norma desconoce lo que viene a continuación: un golpe, un estallido, un infernal ruido. Cristales rotos, chapa contra chapa, hierros contra hierros, amasijos de metal contra amasijos de carne. Un camión ilegal, sin limitación de velocidad, se ha estampado contra el Córdoba, que ha chocado, a su vez, contra el Ibiza, antes de dar varias vueltas de campana.  En el aire flotan pedazos de vida deshilachada, memorias de Mariví de la infancia. De su padre, muerto hace muchos años, enseñándole a contar las horas en el reloj; de su madre, tendiendo la ropa perfumada; de la escuela, de la universidad, de los amigos, del botellón, de la poesía de Ángel, diez años atrás, confesándole que la amaba; de Jairo, guapo y seductor, llevándosela a la cama. Pero sobre todos estos recuerdos prima uno: su hija Laura. Algo, que hasta el momento había, por voluntad propia, ignorado, ahora, al borde de la muerte, le preocupaba. ¿De quién era en realidad su hija Laura? ¿De ÉL, Jairo, su gran amor, su pasión… O de Ángel, su mejor amigo, su exnovio, con el que tuvo aquel imperdonable desliz? Se había empeñado, sin haberlo verificado, en creer que su bebé era de Jairo, porque quería a ese hombre solo para ella, y pensó que si una hija les unía, tal vez, se replanteara dejar a su mujer, aunque con ella también tuviera una familia. Una actitud egoísta e ingenua pues, al fin y al cabo, Jairo se había desentendido de la niña. Y si ahora se iba de este mundo, ¿qué sería de ella? Se quedaría huérfana. Una consideración que llegaba tarde, pues si ella moría no se sabría la verdad, nunca, y Laura seguiría siendo, a todos los efectos, hija de Jairo. Su mente comienza a emborronarse, los colores a difuminarse. Siente desdibujarse, lentamente, y dejar tras de sí una estela de luz. Antes de cerrar los ojos definitivamente, un gran pesar: haber ignorado las señales de amor de Ángel, cuando al enterarse de su embarazo, le entregó, para que comprendiera la inmensidad de su amor −por contraposición al de Jairo−, aquel relato robado, en el hospital de la Toscana, a una mujer llamada Alma.

Recuerdos de cama

Pixabay

Sonia Rosado/

Las camas hablan. Por eso Mariví, cuando se quedó embarazada, empezó a pedirle a la suya que le hablara. Había aprendido a hacerlo leyendo un texto que Ángel, su amante, le regaló al enterarse de su estado. Ángel había robado ese escrito, nueve años atrás, en el hospital de Florencia donde realizó, como enfermero, sus primeras prácticas. El texto, escrito por una paciente, era un relato. Esa paciente era Alma.

Mi cama habla en este hospital de la Toscana, sobre todo al amanecer, dice Alma. Estoy tumbada sobre las sábanas blancas, con mi mejilla izquierda hundida en la almohada, aplastando mis tirabuzones rojos, mientras el sol se abre paso entre huecos de vidrio desnudo y me unta los ojos ambarinos de luz. Mis pupilas brillan con los párpados abiertos, cuando las escondo tras ellos, apenas dos segundos, resurgen pequeñas y húmedas.

No es la luz hiriente del sol lo que me hace llorar, sino la nostalgia, digo en voz baja.

Es más bien tristeza, me contesta la cama, la tristeza de haberme compartido, no a mí, sino a mis hermanas de Madrid y de La Habana, porque ahora tienes en ellas recuerdos de los tres.

Tienes razón, respondo yo. Y solo debería recordar a uno.

¿A quién?

No lo sé, ayúdame, por favor.

¿Cómo voy a hacer eso, Alma?

Hablándome de ellos. Llevo varios días durmiendo sobre ti. Debes conocer mis sueños, y por tanto mis recuerdos.

Muy bien, dice la cama. El primero, Marcos, se casó contigo. Le molestaban tus pies helados, pero tiraba de la manta hacia su lado y te dejaba tiritando de frío. Usaba pijamas y calzoncillos de dibujos animados que te bajaban la libido. Nunca te acariciaba el pelo o te masajeaba la espalda, o te masturbaba si te quedabas con ganas. No te decía «Te quiero». No te cuidaba cuando estabas mala, te dejaba aquí, a solas conmigo, bueno, con mi hermana de Madrid.

Suena horrible.

Sí, pero tú le querías tanto que te empeñaste en pensar que todos los hombres eran así. Y no le diste la importancia que debías. Hasta que conociste al otro.

¿A quién?

Al segundo, al de Canarias.

Cierto. Jairo fue mi gran pasión.

Una pasión desaforada, que confundiste con amor.

Pero si yo le amaba…

Pero él a ti no. Tampoco te diste cuenta de ello, claro, embobada como estabas.

¿Cómo se comportaba?

Este sí te acariciaba, y se preocupaba por darte placer. Enredaba sus piernas entre las suyas, y siempre te abrazaba.

¿En serio?

Sí, pero por poco tiempo. Enseguida se iba corriendo… con la que hoy es su mujer.

¿Y me decía que me quería?

Si tú se lo preguntabas sí, pero le costaba mucho decirlo.

¿Y me lo demostraba?

¿Cómo se demuestra el amor?

No sé. Recuerdo, por ejemplo, que a mí me encantaba hacerle regalos.

Pues él jamás te regaló nada a ti.

¿Me invitó alguna vez a cenar?

No, de hecho nunca salíais.

¿Por qué?

Él se negaba cuando tú se lo proponías. Además te decía algo que a mi hermana cama le sonaba extraño.

¿El qué?

Que no eráis amigos, ni tan siquiera amantes.

¿Entonces qué éramos?

Según él, compañeros.

¿Compañeros de qué?

No te sé responder.

¿Y aun así yo le quería?

Más de lo que te podías permitir.

Por eso ahora me arrepiento…. Así que dime, por favor, algo del tercero.

Lo conociste en La Habana. No te acostaste con él, y sin embargo…

¿Qué?

¡Cómo te miraba! No cabía más amor en su mirada. 

¿Tú crees?

Por supuesto. Además arriesgó su vida por ti, y después limpió y curó la herida que te provocó aquel hombre gigante. ¿Te acuerdas de lo que sentiste mientras te acariciaba el cabello?

Sí, digo, dejando escapar una lágrima. Sentí una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo eso existía; sentí un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, y un oasis salvador en el inhóspito desierto; sentí la generosidad y la belleza del mundo, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos. Parecía como si fuese para él la única mujer en la Tierra.

Es que lo eras, Alma. Lo eras. No puedes pensar otra cosa tras haber visto tu pañuelo verde apretado en su puño, y su mirada fija y lánguida sobre ti mientras te alejabas de aquel edificio derruido en la ciudad de La Habana.

Le doy, una vez más, la razón a la cama. Con Aziz me sentí verdaderamente amada.

Mariví emitió un largo suspiró… y de repente sonrió. Laura se había movido dentro de ella.

¿De quién es mi hija?, le preguntó a su cama.

¿No lo sabes tú?, se respondió a sí misma en su imaginación.

Claro que lo sé. Pero me encanta que me hables de ÉL.

Cuento disparatado sobre los barrios de Madrid

Sonia Rosado/

Echo de menos a mi abuela. Tanto que fantaseo con encontrarla en cada elemento de la naturaleza. Deslizo la cortina de la ventana. En el vidrio se reflejan mis labios rosados. Abro la boca y ahí están también mis dientes, que se aproximan a una pequeña taza blanca de café. Por eso su reflejo, por su color. No brillan en el cristal ni mi cabello oscuro ni mi rostro dorado por el sol, un sol que me deslumbra y al que me obligo a mirar, aun dañándome las pupilas. Y solo porque en la búsqueda constante de vida, en el sentir muy dentro de mí la mía, se me olvida, a veces se me olvida, que mi abuela ya no está. Y yo tampoco estoy donde debiera estar. He tenido que dejar el piso donde vivía con ella para habitar la única parte de mi herencia que no debo compartir con mis primos. Abro la ventana y miro hacia abajo, hacia la derecha, la placa azul de letras blancas incrustada en la fachada que indica el nombre de la calle. Ese nombre, hoy, nada tiene que ver conmigo.

Todo lo impregnan los recuerdos, es más, estos últimos días vivo por comparación, y no puedo hacer más que suspirar al darme cuenta de que he salido perdiendo. Nada que ver la vista desde mi actual apartamento −un parque infantil−, con la de todo Madrid, incluyendo el famoso pirulí, que veía desde la terraza llena de plantas del séptimo piso de mi abuela. Sin embargo, en este barrio de Villaverde la ausencia de belleza del paisaje urbano se combina con la extraña mezcla de sus residentes. Aquí son todos gigantes de gran cabeza o latinos de rasgos indígenas y estatura incipiente. Un barrio de contrastes en lo físico, pero aburrido en lo intelectual. Y esta es otra de las razones por las que tanto echo de menos vivir en el distrito de Vallecas, al lado de la Asamblea de Madrid. Adoraba la vecindad. Adoraba los paseos por las calles culturales, como la de Historias de la Radio, donde viven los periodistas radiofónicos, o la avenida Pablo Neruda, donde he pasado tardes enteras leyendo los poemas escritos en las aceras. Pero la calle preferida de mi abuela era La Cenicienta. Vamos a la pasarela, solía decir, a ver lo que se lleva este verano. Porque cariño, me decía, no he visto en mi vida tanta mujer bella y elegante en tan poco metro cuadrado. Aquella calle era, efectivamente, una pasarela de moda. En cambio, mi favorita era otra. Venga abuela, le decía tirándole de la manga del vestido, cuando no era más que una mocosa. Ella cedía a mis deseos y se ponía sus mejores galas. Y allí que íbamos las dos, a la Corte del Faraón, a casa de sus amigas Berenice y Cleopatra, las actrices.

Mi abuela leía en mis ojos la fascinación por el barrio y se echaba a reír. Si tú supieras, Laurita… ¿Saber qué?, le preguntaba yo con la inocencia de mis seis años. Algún día te lo contaré, cuando tengas edad suficiente para comprenderlo. Crecí por tanto con el misterio, y con la memoria imborrable de aquella frase que tantas veces le oí susurrar al aire: Ay, Mariví, ¡qué barrio más lindo nos hiciste! Mariví era mi madre, y había muerto, siendo yo un bebé de meses, en un accidente de tráfico. Al fin, el día que cumplí los nueve años, mi abuela me contó, como si fuera un cuento, la historia de nuestro admirado barrio.

Todo sucedió en la Navidad del 2019. Tu madre trabajaba como jefa de administración en el Instituto de la Vivienda. El día 23 de diciembre, justo un día antes de Nochebuena, centenares de personas hacían cola en la calle para recibir el certificado de adjudicación de una vivienda social. Corrían tiempos muy convulsos, políticamente hablando. Era una época tan excepcional, que incluso el mismo alcalde estaba al frente de la entrega. Su partido no podía descuidarse, la oposición le venía pisando los talones.

¿Cómo dice Mariví? ¿Que se ha caído el sistema? ¿Que un pirata informático ha eliminado la base de datos? El alcalde, boqueando como un besugo, se desajustó el nudo de la corbata. ¡Esto sí que es un problema, y gordo, y en plena campaña navideña! Hay que arreglar el desatino, como sea, o sufriremos el acoso de la oposición y de la prensa. Venga, tomen lápiz y papel y hagan ustedes mismas las adjudicaciones, ordenó a las secretarias.

Sí, señor alcalde, ¿pero qué criterio seguimos?, preguntó Mariví.

Qué sé yo, habrá que echarle imaginación. A ver, páseme una copia de la lista de los inmuebles, le dijo a Mariví. Cuando la tuvo en sus manos repasó con sus minúsculos ojos los distritos donde se erigían las viviendas: Vallecas, Usera, Villaverde, Chueca… Se le puso cara de horror. Mariví intuyó que el señor alcalde no viviría en ninguno de aquellos lugares ni aunque le regalaran una de las casas, que por otra parte no superaban los cincuenta metros cuadrados. La mirada del alcalde se paseó directamente de la lista a los afortunados que esperaban dentro del edificio.

Por ejemplo, usted, acérquese, le dijo a un caballero de ojos saltones y orejas de soplillo.

Mariví no pudo reprimir una risa floja. Señor, ha elegido usted al más feo, le dijo por lo bajo.

¡Válgame Dios, Mariví! ¡Qué falta de respeto!, le contestó él también en voz baja.

Entonces a ella se le ocurrió decir: a Chueca.

¿Cómo?, repítalo Mariví.

No, es que como ha dicho usted lo de «Válgame Dios»… Resulta que hay una calle que se llama así, en Chueca.

El alcalde se mesó con tranquilidad la punta de los cabellos y finalmente dijo:

Eso es Mariví, muy bien. Se acercó al resto de secretarias: Todos los feos a Chueca. Que se fastidie el colectivo LGTBI.

Ellas se echaron las manos a la cabeza.

Pues me ha gustado este criterio del físico, continuó diciendo el alcalde. ¿Cómo podemos seguir? ¿Alguna idea?

Señor, dijo una de las secretarias, en el distrito de Vallecas hay una calle que se llama La Cenicienta.

Eso es, muy bien Aurora. Selecciónenme entonces las mujeres más bellas y me las mandan a la calle La Cenicienta.

Y en Villaverde hay otra que se llama Paseo de Gigantes y Cabezudos, se animó otra compañera a decir.

Estupendo, pues hala, a todos los que parezcan jugadores de baloncesto me los acoplan ahí.

¡Madre del amor hermoso!, suspiró Mariví. A este paso vamos a hacer de Madrid un parque temático. Estamos tratando a estas personas como monos de feria.

Sí, efectivamente Mariví, respondió el alcalde, pero nosotros a lo que nos interesa… Vamos ahora con las parejas. A los jóvenes que vienen cogidos de la mano los envían a Usera, justo a la calle que ha mencionado usted: la del Amor hermoso. Y el resto, los menos cariñosos, a Vallecas, a la calle Romeo y Julieta.

Pasado un rato, Mariví se dirigió de nuevo al alcalde. Señor, hemos terminado de seleccionar las calles siguiendo los criterios físicos o de actitud de las parejas. Las últimas viviendas adjudicadas han sido las de la Reina de África, Cleopatra, La lechuga y la Rosa del azafrán. Ya no sabemos cómo continuar.

¿Y esos jóvenes de ahí?, preguntó el alcalde, señalando a un grupo situado a su derecha.

¿Qué pasa con ellos?

Son latinos.

Sí.

Seguro que solo escuchan reguetón. A todos estos los mandan a la Verbena de la paloma, que aprendan algo útil de nuestra tradición. Y déjeme de nuevo la lista, que repase el nombre de todas las calles, a ver si se me ocurre algo más. Carraspeó y se mesó el cabello de nuevo antes de decir: Ya está Mariví, tampoco es tan complicado, mujer, lo que deben hacer ustedes es eso que se les da tan bien, chismorrear. Es decir, sáquenle a esta gente un poco de información. Interroguen, sin que se note, claro, o al menos no demasiado.

¿Cómo está señora?, empezó a preguntar Aurora.

Un poco cansada, niña, con setenta años no debería haber estado en la calle tanto tiempo de pie, y pasando este frío… Es que verás… por mi edad me duelen todos los huesos, además tengo…

Sí, sí, muy bien, sentenció la secretaria, y le entregó su certificado.

Calle la Dolorosa, Villaverde, leyó la señora.

Tras tres horas de adjudicación el alcalde hizo una reflexión. ¿Y cómo es que hay tanto letrado en paro?

Mariví se encogió de hombros.

Bueno, está bien. A los periodistas los envían a la calle Historias de la radio, y a los escritores y poetas a la Avenida de Pablo Neruda.

¿Y a las víctimas de violencia de género?

El alcalde se quedó pensando. Pues, dijo al fin, me las reparten entre la calle del Calvario y la calle del Amparo, que están al lado. Y Mariví, continuó el alcalde, ¿por qué se tapa usted la nariz? No le hizo falta escuchar la respuesta. Un olor a queso de cabrales inundó sus fosas nasales. ¡Por Dios!, exclamó con repugnancia. El responsable del mal olor que se vaya enseguida a Lavapiés.

Hombre señor, no me lo meta usted con las maltratadas, que bastante han sufrido ya las pobres.

Tiene usted razón, a este lo dejamos para el final. Y que se aguante con las sobras, por guarro.

Por otra parte, prosiguió Mariví, ya con la nariz aliviada, están los divorciados y las divorciadas.

Ya…, se rascó la barbilla el alcalde. Pues todos esos a Volver a empezar.

Es que allí no hay pisos para todos.

Entonces indaguen mejor. Y a los cornudos me los reparten entre Olvido y Desengaño.

¿Y a los infieles?

Directamente a Mogambo.

De repente se produjo un tumulto en la fila, un señor, quizá del frío, de la espera, o de ambas cosas a la vez, se estaba poniendo azul.

Caballero, ¿qué le pasa?, se oyó decir.

Padezco de infección respiratoria, aclaró el hombre antes de desmayarse.

Rápido, una ambulancia, solicitó el alcalde en voz alta; y murmurando a continuación a Maraví: No hay duda, si sobrevive… A la calle del Oxígeno.

Cuando hubieron acoplado a todos, incluido al del olor a pies, Mariví le dijo al alcalde: Señor, quedo yo.

¿Usted, Mariví?

Sí, es que soy madre soltera y el sueldo no me llega.

Vaya, vaya, Mariví… El alcalde contempló su fina figura, y su piel clara y aterciopelada. Usted lo que necesita es… El alcalde se lo pensó mejor y no terminó la frase por miedo a que la secretaria lo denunciara por acoso sexual. Aun así, escenificó lo que quería decir con la metáfora de su decisión. En fin, Mariví, querida, que a usted la quiero yo en la Alegría de la huerta.

AUTOBIOGRAFÍA

Sonia Rosado/

A diferencia de los congéneres puramente decorativos soy, dentro de la ciudad, un elemento semántico y productivo. Y además una anomalía en mi especie, porque no debería pensar y, sin embargo, pienso. Soy un trozo consciente de metal, de hierro fundido y forjado, arqueado, gris, desaliñado. Lo único hermoso en mí son mis ojos, pero yo no domino mis ojos sino que ellos me dominan a mí. Soy, en este sentido, «un», o mejor dicho, «una» autómata, pues, en el único acto de rebeldía que podía permitirme, he decidido «ser» en femenino. Soy una esclava más de un mundo pragmático, de un universo particular donde la mayoría de elementos, infraestructuras y construcciones obedecemos a un objetivo funcional: preservar el orden, la estabilidad y la evolución de nuestra ciudad.

Reconozco, no sin cierta desolación, que si todos despertásemos, nos rebelásemos y exigiésemos el derecho a elegir nuestro trabajo, quizá no habría seres como yo, y la circulación se convertiría en una vorágine desenfrenada. Es por tanto imperativo servir a la ciudad. Pero a la vez, llegados a un determinado punto, cuando los objetos despiertos lleváramos una cierta cantidad de años ejerciendo nuestra labor, pasado un tiempo, creo que ella debería servirnos a nosotros, permitiéndonos y facilitándonos ser quien de verdad queremos ser, evitándonos así la frustración que nos hace fallar o funcionar mal, o caer incluso en esa anarquía que nuestros creadores trataban de evitar.

Y es que yo no quiero ser un ente monótono que modifica su mirada al antojo de estrictas normas estipuladas. La falta de libertad me oprime, me ahoga, me devasta. Siento que me volveré loca, desordenada y caótica en un barrio pobre, viejo y destartalado, que me ha privado de una caja amarilla con botón.

Soy un espécimen obsoleto por derecho de nacimiento, con el dibujo de un peatón impasible, estático, yerto. Tampoco poseo avisador acústico ni contador. Soy por tanto un artilugio previsible y rutinario, que cada tres minutos exactos pasa del verde al ámbar, tonalidad que mantengo por escasos cuatro segundos antes de pasar al rojo por otros tres minutos más, y luego… nada, vuelta a empezar. Esa es mi vida, mi apatía y mi ruina, pues me consumo sin desarrollar mi creatividad, porque para eso he despertado, para crear.

Yo quisiera simplemente iluminar, y ser hoy una farola, mañana un faro, pasado una luz de Navidad. Quiero ayudar, quiero inspirar, quiero encenderme en medio de la oscuridad, ser compañera y amiga de las voces desesperadas a mi lado detenidas.

Quiero arrojar luz sobre los problemas y preocupaciones de la sociedad, y erradicar la pobreza, la ambición, el miedo, la ignorancia, el egoísmo, el egocentrismo y el insolidario individualismo.

Quiero ser una aplacadora de egos exacerbados, porque la exaltación de una radical individualidad es fuente de conflictividad. Pero si debo renunciar a mi esencia, desearía poder, al menos, ser fiel a mis pensamientos. Y como el egocentrismo es rojo, porque es lo que nos detiene, lo que nos impide avanzar, deseo que mi ojo encarnado dure lo que el ámbar, cuatro segundos, y que el ámbar robe al tiempo los minutos necesarios para instalar el verde en la eternidad, pues el verde es el equilibrio, la tolerancia, la sabiduría, el entendimiento, la esperanza, el progreso y la paz.

Es un sueño utópico, lo sé, jamás se cumplirá. Me lo dicen hoy mis átomos, que bajo la luz de una de esas farolas que tanto me hubiera gustado ser, agonizan tristemente antes de sucumbir a la muerte.

En la hora azul de esta otoñal e inhóspita ciudad, me derrito con la sangre suspendida en uno de mis ojos, pues el rojo se ha convertido en grana. Soy un semáforo durmiente frente a las infames hogueras ardientes de una desconocida Barcelona.

Este mundo

Ida Vitale/

Sólo acepto este mundo iluminado,
cierto, inconstante, mío.
Sólo exalto su eterno laberinto
y su segura luz, aunque se esconda.
Despierta o entre sueños,
su grave tierra piso
y es su paciencia en mí la que florece.
Tiene un círculo sordo,
limbo acaso,
donde a ciegas aguardo
la lluvia, el fuego
desencadenados.
A veces su luz cambia,
es el infierno; a veces, rara vez,
el paraíso.
Alguien podrá quizás 
entreabrir puertas,
ver más allá,
promesas, sucesiones.
Yo sólo en él habito,
de él espero,
y hay suficiente asombro.
En él estoy,
me quede,
renaciera.

El amor de Aziz

 Sonia Rosado/

Tras ducharme rodeo mi cuerpo con una toalla y voy, no sin cierto pudor, a sentarme encima de la cama. Primero descubro mis hombros y luego, de espaldas a él, dejo caer la toalla a la altura de la cintura, exponiendo la herida infringida por el cuchillo del gigante y, aunque sé que él no los ve, me cubro los pechos con las manos. Espero paciente el tacto de un algodón sobre mi piel, pero no es esto lo que siento sobre mi persona, sino algo totalmente inesperado. Me pongo a temblar. ¿Es esto posible?

La forma en la que acaricia mi cabello pasando suavemente sus largos dedos entre mis mechones rizados, para consolarme, y la manera en que, a continuación, limpia con agua y jabón mi herida, como si mi piel fuese el delicado pétalo de una flor, me hace sentir que valgo algo, que soy un bien preciado, una mujer, un ser humano, y que importo, que a él, hombre desconocido, le importo.

Está anteponiendo mi bienestar a todo. Nada me ha preguntado, ni qué, ni cuándo, ni cómo, ni por qué. Ni una sola suspicacia, ni un solo juicio de valor.

Alzo la vista hacia la pared y sonrío ante El beso de Klimt. Me nace la imperiosa necesidad de saber más acerca de este misterioso musulmán, que desinteresadamente está vertiendo sobre mí toda la delicadeza del mundo, sin más pretensiones ni objetivo que  mimarme para hacerme sentir bien. Lloran por tanto mis ojos de emoción, y se desborda mi alma con la generosidad y la belleza de la Tierra, como si me hallara entre vastos campos de almendros y cerezos florecidos.

Me embargan una calma, una paz y una felicidad extraordinarias, en un momento de mi vida en el que había olvidado que todo esto existía, que aún existe. Porque después de tanta pena, tanta rabia, tanto dolor y tanta lucha encarnizada contra el sufrimiento, encuentro un remanso de aguas claras y serenas en medio de la tormenta, un oasis salvador en el inhóspito desierto.

Percibo cómo se pudren dentro de mí las frutas de una desconfianza y agresividad inconscientemente, durante este tiempo, cultivadas, y que en ocasiones habían salido irremediablemente a la luz, a pesar de mis esfuerzos por controlarlas. Yo, que he sido siempre tan dulce y tolerante, me había estado transformando, sin apenas percatarme, en un antipático gusano.

Ahora, la pureza de Aziz, la divinidad de las caricias con las que me prodiga y cura mis heridas, me conducen a una nueva metamorfosis.

Ahora, yo, Alma desgarrada, soy una prometedora crisálida.